miércoles, 11 de julio de 2018

El mundo desbarajustado


Sería conveniente que uno no dejase de pensar que el mundo está desbarajustado. Que el mundo argentiniano se ha desbarajustado irremediablemente y que es preciso tomar cartas en el asunto para reabarajustarlo.

De manera urgente e innegociable.

Solo si se piensa desde esa perspectiva podríamos reconocer la decadencia que se manifiesta en la realidad y que cobra formas impensadas o inimaginables.

Basta recordar que del mundial salimos campeones de ser extraditados porque los desvergonzados compatriotas hicieron un esfuerzo memorable por exhibirnos de manera lastimosa ante los ojos del mundo.

Basta rememorar también las imágenes de quienes se burlaban de otras personas porque les hacían decir barbaridades o las que mostraban a violentos golpeando a rivales, para sentir tristeza, rabia, desazón, vergüenza o lástima ante semejantes zonceras.

Que solo nos sirven para recordar que no hay peor tonto que el que se cree vivo.

Pero uno abre los diarios y solo se anoticia de otras circunstancias que revelan la decadencia en la que nos encontramos metidos. Y eso sepámoslo bien, no es por culpa de nadie en particular, es por culpa de alguna forma de todos.

Somos quienes pagamos el precio de la viveza criolla y por si fuera poco muchos encima se vanaglorian de ella, sin aprender nada de la realidad que nos anoticia a todos de las inconveniencia que provoca el espíritu vivillo que supimos conseguir.

Y me incluyo para no hablar desde una tarima con la facilidad de quien mira desde arriba y apunta con el dedito acusador.

Aunque si fuera totalmente justo, debería decir que no tengo nada que ver con eso. Al igual que un número inmenso de compatriotas que sufrimos las consecuencias del despropósito que revela muchas veces el comportamiento ajeno.

Acá no es que no andan las cosas por impericia de una persona en particular o de un grupo de gente.

No andan porque se cree demasiado en la viveza y muy poco en la inteligencia.


No funcionan porque ante el despropósito de tener más de la mitad de graduados del secundario
analfabetos, que tristemente se reciben sin comprender textos básicos, se habla solo de salarios en vez de poner el grito en el cielo y las manos a la obra.

Uno podría hablar de todo un poco y amargarse un poco más con el correr de los párrafos. Pero no hay riesgo mayor que ser injusto con quienes actúan para incidir en la realidad y hacerse cargo de modificarla en beneficio de todos.

Porque si por algo mejoramos es por el accionar de tantos compatriotas que desde los más disímiles lugares honran los valores virtuosos que afectan positivamente a la sociedad.

Empecemos a aceptar que el mundo argentiniano está desbarajustado y que debe corregirse de manera urgente.

Premiar a los que producen y trabajan en vez de explotarlos a impuestos.

Disciplinar a quienes delinquen en lugar de justificarlos o subsidiarlos.

Educar con el ejemplo.

Usar el dinero de los ciudadanos para construir un país mejor en vez de premiar a quienes lo deterioran.

Creer en definitiva en un país serio, que puede construirse con el impulso del sentido común y las convicciones inquebrantables de quienes creen en valores virtuosos y no se dejan confundir con pícaras verdades ajenas o burdas patrañas.

Por eso es bueno dudar de todo menos de las sanas convicciones y los valores esenciales que son los pilares para construir un país mejor.

Si no empezamos por aceptar que la argentina está desbarajustada y se sigue haciendo lo mismo de siempre, no nos sorprendamos con las formas que la decadencia día a día nos vuelva a anoticiar.




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viernes, 29 de junio de 2018

La copa es nuestra!



Nada me alegra más que ver a los argentinos festejar un gol o el triunfo definitivo en un partido del mundial. Esa instancia memorable que vivimos los compatriotas es única e irrepetible y sirve para avisarnos que estamos vivos.

Que estamos verdaderamente vivos.

Cuando sale el equipo a la cancha y las tribunas se vienen abajo, la vida nos recuerda que vale la pena vivir y que la pasión es una emocionalidad inigualable. Basta sentir la piel de gallina entre la fiesta que ofrece el grito ensordecedor, los petardos, papelitos y los argentinos que tomados por un sentimiento innegociable se enervan en el fervor.

Y lo viven como se debe, sin el menor de los titubeos.

Por eso un gol puede explotar las tribunas, emocionar hasta las lágrimas y generar los abrazos más lindos del mundo.

Y un penal en contra puede desencadenar la amargura y sumir en la tristeza hasta un abismo impronunciable.

Nadie más feliz que un argentino de pura sepa viendo como nuestro jugador esquivó a un rival y metió un golazo en el partido del mundial. 

Esas vivencias son indescriptibles e inolvidables.

De chico recuerdo haber abrazado un sentimiento ingualable. Era fanático de Boca y del loco Gatti. Y me encerraba en el auto como sea a escuchar los partidos con los relatos de periodistas muy virtuosos que eran capaces de hacernos sentir que estábamos en la cancha.o

O mejor aún, pateando la pelota o atajando un tiro al arco.

Temblaba como una hoja si teníamos una situación de riesgo y celebraba como un lunático frenético si Graciani, Rinaldi, Comas o Tapia metía un gol.

Cualquiera que haya vivido alguna instancia de pasión futbolística sabe muy bien lo que digo. Y cualquiera que la siga viviendo no tiene la menor de las dudas.

La única mala suerte que quizás tuve yo, es que en algún momento el loco Gati dejó el fútbol y ahí. Justo en ese preciso momento.

A mí se me pincho la pelota.

Pero el recuerdo vive y con el tiempo me parece que se puede regenerar el sentimiento que sólo el fútbol puede brindar. Y que, de alguna manera se puede volver a inflar la pelota.

Sin dudas el mundial para los argentinos es una fiesta y por eso debemos celebrarlo.

Es cierto que a veces uno se enoja porque no puede creer el comportamiento de un grupo minúsculo de hinchas que deshonran los valores virtuosos de nuestro país y estropean la relación con países que siempre deberían ser amigos. Pero ese enojo disparado por unos pocos compatriotas confundidos y extraviados no nos representa, y esos cánticos, agresiones a rivales o formas deplorables con la que ejercen la viveza criolla para burlarse de los demás, a la inmensa mayoría de los argentinos nos avergüenza y enoja.

Esas situaciones hacen pensar que a veces una derrota es buena para educar el espíritu soberbio o engreído que tienen algunos compatriotas y que los impulsa a desplegar comportamientos detestables. Aunque a juzgar por los hechos el resultado de ese supuesto disciplinamiento ha sido inefectivo.

No basta con recordar que el último mundial que ganamos fue en 1986, de la mano de un equipo entrañable y la habilidad inigualable de Diego Maradona.

Los argentinos siempre vamos a creer que somos los mejores del mundo. Aunque la realidad nos desmienta, y casi a diario nos baje el copete.

Como diría mi abuela.

Y  si bien uno debe ser justo y decir que no todos nos reconocemos en esa creencia, no podemos dejar de reconocer que existe de alguna forma en la genética de nuestros conciudadanos.

De ahí que nunca a nadie se le ocurre que podamos perder o no ser campeones del mundo. 

En cualquier caso, sepamos que no importa que ganemos o perdamos porque vivimos el fútbol con intensidad. Lo vivimos como Dios manda.

Por eso ayer, hoy y mañana, la copa. La verdadera copa…

Es siempre nuestra.

Vamos Argentina!





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domingo, 10 de junio de 2018

¿Quién es Juancito?


Bueno, yo me siento contento de ser quien soy y de poder hacerme cargo de mí. Sería una preocupación preocupante que a esta altura no me sienta tranquilo con lo que soy y me diga que quisiera ser otra persona distinta a la que estoy siendo.

Esa situación me preocuparía porque debería saber primero quién quisiera ser y si no lo supiera, estaría peor todavía. Porque primero debería darme cuenta quién quiero ser y luego procurar ser quien quiero ser.

Y uno ya tiene cierta edad que no puede ahora andar hurgando en cuestiones esenciales desde lo más profundo de su ser para buscarse y encontrare. Y decir por fin, acá está. Este es. O este soy.

Y autodescubrirse en un acto que podría ser digno de las más notables de las iluminaciones. Porque el hallazgo de uno debe ser el mayor de los descubrimientos.

Así que yo no voy a buscarme mucho más porque pienso que ya no tengo tiempo de hacerlo. Soy lo que soy o lo que puedo ser. O lo que cierta inclinación me impulsa a ser. En determinado momento, en determinada circunstancia.

Porque creo en cierta fluidez que permite el despliegue de la vida. Una fluidez en algún aspecto medida. No es que no soy por ejemplo sacerdote y mañana la fluidez me sorprende dando misa en un altar.

Pero salvando esas distancias creo que uno puede dejarse fluir desde sus propias predisposiciones. Así que si no es cura y se inquieta con ser monaguillo, bienvenido sea.

En fin, dejarse llevar por nuestras propias intenciones parece ser una brújula interesante porque respeta la autenticidad de quienes estamos siendo y en esa decisión nos respetamos a nosotros mismos.

Nada es peor que pantomimizarse.

Quizás solo hay que procurar que el entorno no ofrezca mayores resistencias. Porque caso contrario uno se verá obligado a negociar consigo mismo con el riesgo de traicionarse o a cambiar el entorno para evadirse de las delimitaciones que pretenden imponerle.

Una disyuntiva que requiere un sano equilibrio para el hombre mesurado y un desafío a resolver para el hombre decidido.

Habría que descubrir cuál es nuestro caso.




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sábado, 2 de junio de 2018

El ser desconfiado


No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.

Nada de eso.

Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las observo un poco sin recriminarles nada.

Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor aún, de supervivencia.

Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.

Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación para evitar perjuicios.

Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera responsable, prolija.

No desmedida.

Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí, uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira, escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos. Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?

Y piensa.

¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué me quiere decir en verdad cuando me dice esto?

Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.

El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.

Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.

Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún punto de irrelevancia, ¿qué hace?

Uno escucha palabras pero mira los hechos.

Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones, comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.

Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para allá.

Justo para el otro lado.

Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos lo arrastran para el otro.

Entonces piensa, analiza, dilucida.

Trata de avivarse.

Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan encontrar la certeza.

El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.

Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún cuando la evidencia la desmienta.

Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.

Sanseacabó.

El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.

El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.

El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.

Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.




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sábado, 19 de mayo de 2018

Los malos


Nada es mejor que detectar a los malos a tiempo y evadirlos para siempre.

Si en algo he tenido suerte en la vida fue que casi nunca un malo aparece en mi camino, con lo cual el transcurrir se hace muy placentero y disfrutable. 

Los malos son dañinos, peligrosos, impredecibles y siempre destructivos. Nada los motiva más que generar problemas y hacer siempre el mayor daño posible.

Por eso es bueno desarrollar la habilidad para estar atentos y advertirlos a tiempo. Porque son personas confundidas y extraviadas, capaces de orquestar los engaños más burdos para salirse a toda costa con la suya, sin mediar sus actos por la razón, la justicia o la intención de cuidar al otro.

Por el contrario, embaucados en sus propias elucubraciones invitan siempre a un mundo indeseable que se caracteriza por perjudicar al otro tanto como sea factible.

Un mundo que bien vale la pena esquivar.

Nunca vi a un malo que tenga la intención de hacer el bien o de cuidar al otro. Por el contrario, preso de sus propósitos es capaz de superar cualquier límite y ocasionar todo el daño que pueda imaginar.

Debe ser por eso que el malo en su interior arrastra perturbaciones de conciencia. Y en su exterior refleja siempre su situación.

Por eso no es difícil advertirlos y distinguirlos. Basta con que estemos atentos para detectar sus patrañas.

Los malos son embaucadores. 

Suelen tener cierta destreza para orquestar relatos más o menos confiables, pero siempre engañosos. El problema que los acecha es que el tiempo les juega en contra porque la mentira tiene fecha de vencimiento. Dado que la verdad emerge con el transcurso del tiempo que poco a poco desenmascara la farsa.

Nunca he visto que a un malo le termine yendo bien en la vida. Sus triunfos son tan burdos como esporádicos y pasajeros. 

Y consumen sus vidas presos de sus propios engaños.





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sábado, 21 de abril de 2018

Viejo y gruñón


No me preocupa ponerme viejo.

Lo que me preocupa es ponerme viejo cabrón, malhumorado y quejoso.

Ese es el riesgo inminente y por eso debo estar atento. Como supongo que deberíamos estar todos atentos. Caso contrario uno corre riesgo de envenenarse con su propio veneno.

Así que ando por la vida disfrutando todavía una buena edad pero alerta. Porque cada tanto, o con mucha frecuencia, me advierto que estoy merodeando la cornisa a punto de caer en el descontento que termina intoxicándome en la queja.

Pero, ¿de qué me quejo? O, ¿de qué nos quejamos?

Siempre hay motivos, claro. Los más frecuentes suelen ser en mi caso los que aporta la decadencia.

Quizás nada me indigna más que saber que la mitad de los chicos terminan la secundaria sin comprender textos básicos. No puedo creer la dimensión que ha alcanzado esta estafa. Y que siempre se hable de salarios en vez de remplazar a todos los responsables de robarle el futuro a los chicos.

Después hay cuestiones en apariencia menores pero que tienen importancia. Caminar entre la caca de perro por las veredas de Buenos Aires y ver como los amos se van indiferentes al sorete que dejan sus mascotas sin culpa.

Y ver los cables que los de Iplan dejan sobre el contrafrente pasando desde el edificio donde vivo hacia los otros edificios, con la misma impunidad que obran los que dejan las cacas primero en las veredas y luego en las suelas de los transeúntes.

La queja no es tonta. Uno se queja porque quiere cambiar la realidad. Porque no la acepta en sus peores aspectos y tiene la ilusión de que algo puede hacer. Que por lo menos no va a ser partícipe de convalidarla o fomentarla. Y que va a dar pelea desde algún lugar con sus propias armas.

Aunque el resultado sea incierto o adverso.

Qué importa, lo relevante es quedarnos tranquilos sabiendo que fuimos consecuentes con nuestra capacidad de acción.

Que nos alzamos en armas de algún modo y ofrecimos pelea.

Nada más triste que quedarnos doblegados en un espíritu dócil y sumiso que contribuye a que el mundo se deteriore irremediablemente. Para eso están los cómodos, los haraganes, los que carecen de valor para luchar por lo que vale la pena vivir.

Los pusilánimes.

Bien podría yo decir que es un país decadente, que sufre su propia cultura.

Claro que sería injusto con innumerables aspectos. Pero cuando uno se transforma en viejo y gruñón, no pueden salirle otras palabras de la boca.

Es mentira que somos un país genial y tenemos el mejor equipo del mundo, o los mejores jugadores del planeta.

Lo que tenemos es una soberbia colectiva inconmensurable, que no la educa la realidad.

¿Nadie se percató todavía que el último mundial ganado fue en 1986?

Pareciera que no, porque no son pocos los argentinos que piensan que esta vez seremos campeones indefectiblemente. Porque, quién duda, ya sabemos quién tiene el mejor equipo del mundo, ¿no?

Es solo un detalle.

El meollo quizás tiene que ver con la cultura que enorgullece a muchos compatriotas y que bien podría suponer algún quejoso gruñón que es la principal responsable de nuestro declive.

Es la viveza criolla la que nos sepultó en la decadencia.

La trampa siempre tiene patas cortas y termina mal.

Puede alguien festejar un logro esporádico y pasajero. Puede vanagloriarse de una insana picardía que le permitió algún resultado.

Un gol con la mano o lo que fuera.

Como los cables aéreos tirados impunemente en el interior de las manzanas de Buenos Aires, conformando verdaderos árboles de navidad que perjudican a todos los vecinos.

Pero la cultura de la trampa es siempre penosa. Ofrece un dudoso beneficio a corto plazo.

Y termina mal.

Si no, piensen ustedes los innumerables ejemplos que la decadencia nos ha ofrecido.






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sábado, 14 de abril de 2018

Yoga orgásmico



Yo pensé que tenía que poner la palabra gemidos. Que orgásmico podría resultar demasiado y no haría justicia con este texto, porque en verdad no fue algo orgásmico, fue gemístico.

Llegué a las 20.30 en punto como todo alumno disciplinado para comenzar su clase de yoga.

Solo abrir la puerta, caminar unos 15 pasos y verlo a Alberto de blanco imperturbable, calma.

El ritual de darle un breve abrazo y recibir una sutil palmadita en silencio aquieta los torbellinos del pensamiento.

Camino hasta el vestuario, me cambio e ingreso al salón. Agarro el asiento que se llama zafú o algo así y las colchonetas.

Digo colchonetas porque antes agarraba una, luego dos y finalmente he comprobado que tres es la medida justa. Porque son en verdad finitas y no se trata aquí de ningún despropósito o exageración, es simplemente un breve resguardo de un yogui precavido.

El salón es amplio y finaliza con ventanales que dejan ver un patio enorme repleto de verde. Delante de ese ventanal se ubica sentado el maestro.

Uno lo mira de lejos, se acomoda el zafú y sabe que lo que vendrá será perfecto. Que el mundo desaparecerá por un instante y que quedará la mente disciplinada para que no perturbe haciendo de las suyas, enredada en sus propios pensamientos.

El guía dice que hay que sentarse sobre los talones o bien de piernas cruzadas. Con lo cual solo escucho que debo sentarme de piernas cruzadas, eso de los talones se insinúa siempre incómodo, sufriente, y es mejor evitarlo hasta que se impone irremediablemente en algún momento de la clase.

Recién ahí y en contra de mi voluntad me siento sobre los talones valiéndome de la almohadilla y resistiendo cual yogui estoico las indicaciones del maestro.

Todo empieza con respiraciones suaves. Manos sobre las piernas y giro lento de cabeza, hacia un lado y hacia el otro, en un ambiente perfumado por sahumerios que queda con la oscuridad que anuncia la noche.

Seremos veinte o treinta personas en la clase que nos ubicamos espaciadamente y seguimos las indicaciones de Alberto. Nadie como él tiene la destreza de domesticar la mente y flexibilizar el cuerpo a partir de las posturas y la respiración.

Hay que avanzar con la cabeza hacia arriba y hacia abajo, respirando en profundidad.

De repente se escucha un gemido.

No puede ser, me habrá parecido, pienso. Mientras sigo las indicaciones que procuran relajarnos.

Ahora hay que llevar la cabeza hacia un lado y las piernas hacia el otro. Todo de manera rítmica pero con cierta constancia.

El cuerpo se va relajando, va encontrando calma y flexibilidad. La mente va cediendo, el futuro y el pasado se diluyen en el presente.

El profesor indica que hay que hacer el gato, que consiste en ponerse en cuatro patas, extender la cabeza hacia arriba, la cola hacia atrás, mirar en alto. Y luego elevar la cintura y mirarse el ombligo.

Otra vez se siente un sonido profundo e inquietante propio de un gemido y esta vez nadie puede dudarlo.

No puede ser la señora de adelante, pienso. Es la chica de la punta o la otra que está al lado. Tiene que ser una de ellas dos.

Las luces permanecen tenues y el ámbito queda prácticamente oscuro.

De pronto hay que hacer la postura del bebé, que consiste en acurrucarse en sí mismo, pegar el cuerpo a las rodillas y extender las manos hacia atrás.

Es ahí, justo en ese momento, donde el gemido reaparece sin el menor de los titubeos.

Yo me siento acurrucado y vencido en mí mismo, con los brazos hacia atrás y la inquietud a flor de piel porque no puedo ver. Es un gemido auténtico, intenso y verdadero. No se trata de un acto postural propio de la simulación. Si fuera así, lo hubiera detectado desde el primer instante. Nadie como yo debe tener la experiencia de estar de alguna manera inmerso en un sistema de pantomimas y simulaciones que hace que los agentes obren con destreza para lograr sus intenciones, sin ser descubiertos. Esto no, no se trata de un burdo simulacro que persigue mezquinas intenciones, es a todas luces un gemido certero e innegociable.

Por ende, un acto respetable. O admirable.

El maestro se levanta y apaga la luz por completo, anuncia que estamos próximos a llegar a la parte final de la práctica. A la postura más importante de todas, que es la relajación definitiva.

Pienso que la vida ha traído una vivencia colectiva que nos desafía y por eso no le podemos fallar. No podemos dejarnos sucumbir por nuestras cobardías e inseguridades. No podemos creer una vez más en la mediocridad de salir indemnes, mirar para otro lado y dejar el mundo como está.

Permanecemos todos en silencio inmersos en la oscuridad mientras el maestro lee pasajes de textos que contribuyen al bienestar y mientras emerge casi de manera sutil el gemido tal vez de la chica de la punta, como si fuera una invitación persistente que se notifica con elocuencia a todos.

Creo que esta vez es posible que algo suceda. Es probable que Alberto se deje llevar por las circunstancias y los participantes nos entreguemos a lo que depare el destino, para escabullirnos de pronto de un mundo previsible y adentrarnos en un espacio inconfesable.

Pienso que esta vez es posible que nos liberemos de nosotros mismos.

Aunque creo que es probable que si nos dejamos llevar, luego las autoridades públicas sumidas en previsibilidades exijan reestablecer la compostura y reclamen el cierre de las numerosas sedes de esta noble institución, por haber permitido quizás transitar una experiencia novedosa, creativa, intensa e inconfesable.

Pronto advierto que nada ocurrirá, que volveremos a ser los mismos y el mundo nos dejará delimitados en nuestros disciplinamientos sostenidos por las normas interiorizadas. Y por nuestra propia cobardía.

Interiormente sé que el día no será memorable y que apenas quedará una anécdota para el olvido.

Serán una sucesión de gemidos inquietantes que hicieron una invitación fallida.

Permanezco inmóvil sobre las colchonetas, en el medio del silencio y la oscuridad.

Siento nuevamente respiraciones profundas con sonidos de gemidos, mientras advierto que algo me roza el cuerpo. Como si fuera una incipiente caricia que aparece desde el silencio.

Entreabro los ojos y no puedo creer lo que veo.






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viernes, 30 de marzo de 2018

Feliz cumpleaños


Son las cinco de la tarde cuando me llega un mensaje de mi hermana mayor. 

-Hoy a las 20 hs. los espero a todos porque le festejo el cumpleaños de 40 a Juan y es sorpresa. Por favor no le digan. -leo.

No puede ser, pienso. A esa hora voy a estar jugando al paddle con el cumpleañero. Así quedamos y esa será la realidad.

-Carla, a las 20 hs. Juancito no puede porque quedamos que jugamos al paddle -escribo sabiendo lo que se viene.

Vuelvo a la notebook y sigo inmerso en la resolución de los problemas que uno debe afrontar en la cotidianidad para que el mundo permanezca como un lugar razonable y previsible.

Suena el teléfono, miro de reojo y corroboro lo esperable. Es mi hermana, un mensaje de voz donde pide que suspenda el partido. Pero contesto que no puedo suspenderlo porque lo organizó Juancito y no sé quiénes juegan. Vuelvo a mi mundo cuando recibo otro mensaje. Pide que llame a Carmen, que es la mandamás de la cancha, y cancele. Le digo que no tengo el teléfono y le pido que por favor me avise si se suspende.

Lo único que sé es lo que estoy dispuesto a hacer.

Llamaré a las 19.30 a Juancito para preguntarle si se hace el partido. Y ahí saldré para la cancha o para el cumpleaños.

Veo que llega un nuevo mensaje de mi hermana en audio, pero estimo que vendrá cargado de enojos y me obligará a afrontar una toxicidad evitable. 

-No voy a escucharlo, pienso. Mientras me comprometo en la resolución estratégica de olvidarme del tema y llamar a las 19.30 al cumpleañero.

Sigo con mis cosas y leo…

-Paso el cumpleaños para las 20.30 hs. porque Juancito tiene partido de paddle. 

Es un mensaje que cierra el tema y que se envía al grupo. 

Buenísimo pienso, voy a jugar y después voy al cumpleaños.

Dicho y hecho, después del partido voy a casa y salgo para los festejos. 

Entro a lo de mi hermana y veo a todos los grandes sentados sobre la mesa. Están los Díaz y los Valentini, en torno a la mesa mientras los chiquitos revolotean la casa corriendo por todos lados y aportando un ruido inevitable, que revela la vida, la intensidad y el compromiso con el presente, que se les vuelve un mandato irrenunciable.

Me alegra especialmente verlo sonriente a Eduardo que es el padre de Juancito, una persona muy agradable. Quizás le tengo un afecto especial porque es quien siempre pregunta por mí. Aunque debo decir y remarcar, por si mi hermana lee este escrito, que todos los Díaz son buena gente y es una suerte que se integren a la familia y compartamos estos momentos disfrutables.

Saludo parado pero veo que Flavia va a darle un beso a cada uno. No puede ser, pienso, son muchos. Tengo que dar toda la vuelta dándole un beso a todos para cumplir con el ritual. Y sí, voy, me digo. No  puedo ser tan arisco, descortés o desatento.

Mi espíritu complaciente y respetuoso doblega a mi inclinación rebelde, y al mandato quizás más importante que siento que debo asumir. Ser uno mismo.

Pero voy, beso a todos, uno por uno, termino la rueda y me escapo a donde hay más vida. Llego con los chiquitos y subo a Inés para que se pare sobre las piernas.

-Circo -le digo. Y ella trepa, levanta una pierna, ríe, levanta la otra. Todo mientras levanto sus brazos y mira Tatán celebrando el hecho.

-Un avión de papel -dice Tatán mientras me mira expectante.

-Ahora no, pero te traje un auto -le cuento, cuando siento que Amalia agarra mi pantalón y también me trepa.

-¿Qué tomás? -escucho.

-Agua, agua.

Mi hermana viene con el agua, pero debo reconocer que hay varias gaseosas y seguramente cerveza. Aunque en ese caso no sé si serán muchas. Veo todos los vasos de cerveza medios vacíos o vacíos, y no advierto ninguna copa llena ni ninguna botella disponible como para recargar sin problemas.

Otra vez van a salir los Díaz de urgencia a comprar para reasegurar la provisión en la fiesta, pienso. No, no, me digo. Los que están ahora no toman mucho y seguro no van a tomar más. No creo que la situación de para que salgan de manera presurosa a buscar algunos cajones de cerveza que permita resarcir la carencia y asegurar el aprovisionamiento esperado para un cumpleaños.

Miro la mesa y veo que hay dos o tres empanadas.

Llegué tarde, pienso. Voy a ver si como alguna porque tengo hambre.

Y en efecto me levanto, abandono a los chiquitos y agarro una. Luego voy por la segunda, pero descubro que no hay más.

Esperaré la próxima tanda, me digo mientras vuelvo a jugar con mis sobrinos y quedamos imbuidos en un mundo que parece mágico y perfecto.

Por fin aparece mi hermana otra vez con un platito, son como seis empanadas que seguramente serán todas mías, pienso. Porque qué duda cabe, el resto ya comió suficiente y yo llegué tarde. Pero agarro una empanada y veo que desaparecen rápidamente.

Espero la próxima tanda, me digo. 

Y vuelvo con los chiquitos, que corren por el lugar o se alejan. Miro a Tatán que está a los almohadonasos limpios con otro nene. Con tres años es un luchador, va a tener un espíritu estoico moldeado a partir de la actitud de sus hermanos mayores que lo tratan de igual a igual.

Más lejos advierto que están Elenita con Hilario revolcados en el sillón. Creo que voy a ir a zambullirme con ellos.

De repente se apagan las luces y aparece mi hermana con la torta. Es un biszochuelo de chocolate. 

Carla hace su ingreso memorable con la torta en sus manos, mientras todos observamos el momento cumbre de la celebración. Empezamos a cantar el feliz cumpleaños cuando intenta poner las velitas, pero mis sobrinos y los chiquitos se abalanzan sobre la torta y comienzan a tomar sus pedazos. Cada uno arremete sin miramientos y pone la mano sobre el bizcochuelo y arranca un pedazo que se lleva a la boca. El mismo Felipe que es uno de los mayores, no renuncia a la intención de agarrar lo suyo y salta de la silla para combatir por sus pedazos. Aunque vuelve cuando Carla pide clemencia y los grandes exigimos orden.

-Está horrible -le miente Felipe a su hermano menor, que lo escucha incrédulo. Y sabe que lo único que quiere es eliminar un jugador del partido.

Pero terminan los cánticos y Felipe ataca de nuevo, mientras veo que los chiquitos hacen también lo suyo y vuelven a arremeter sobre el bizcochuelo.

Pía grita, ¿qué hacés Felipe?

-Y qué querés, tengo hambre.






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sábado, 24 de marzo de 2018

No te calentés Juancito



Bueno Juancito, calmado, no te calentés. Tranquilo Juancito. Pero es que las injust… Tranquilo Juancito, tranquilo. Para qué te vas a andar calentando si al final te hacés mala sangre al pedo. Pero es que las… Tranquilo, Juancito. Tranquilo. Fijate que este mundo no va a cambiar mucho por más que vos le presente batallas, te alces en armas, te calientes como una pipa y procedas con el cuchillo entre los dientes para cometer justicia.

¿Te parece?

Y sí Juancito, a ver si te apiolás. Avivate hermano, vos te calentás, ¿no? Y, sí. Bueno viste, vos te calentás como una pipa, viste. Entonces, ¿qué hacés Juancito?

Procedo, qué querés que haga.

Sí, sí, Juancito, vos procedés pero antes estás que hervís de caliente y te envenenas en la mala sangre que te hacés.

¿Te parece?

Y sí Juancito, fíjate vos, que lo sabés mejor.

Pero no es para tanto.

A bueno Juancito entonces ahora no es para tanto. No es lo que parece, y qué se yo cuánto. No arrugues ahora Juancito.

Y, no, pero…

Sí igual vos qué haces, te calentás, te hacés mala sangre y después arremetés llevando las banderas de la justicia para reacomodar los desbarajustes del mundo que tiende a desbarajustarse porque, ¿qué prima Juancito?

La injusticia.

Y viste Juancito, es al pedo entonces. Vos podés confrontar con el mundo para reacomodar las injusticias, ¿pero qué va a pasar Juancito. ¿Sabés que va a pasar?

Van a volver los desbarajustes, con otras formas, con otras circunstancias. Pero van a volver por inercia y predisposición irrenunciable de tantos chantas que luchan, trabajan y se benefician del mundo descuajeringado.

Muy bien Juancito, muy bien.





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martes, 20 de marzo de 2018

El maltrato del banco



No voy a mencionar el banco porque no me gusta ganarme enemigos ni correr el riesgo de cometer injusticias.

Pero lo que ocurre es que sin querer queriendo el banco parece maltratar a los clientes, que bonachonamente se disponen a hacer trámites.

Los que fueran.

He visto viejitos luchando con cajeros o resistiendo el embate tecnológico que los doblega sistemáticamente, exigiéndoles ingresar a un mundo que les resulta totalmente ajeno pero que se les impone irremediablemente.

Es increíble como vapulean a esa gente las circunstancias en las que deben confrontar por voluntad ajena, porque si fuera la voluntad propia nada es mejor para ellos que ver a la persona de frente y decirle por ejemplo que tienen que renovar una tarjeta, hacer un depósito o saber el cbi.

CBU.

¿Qué culpa tienen los viejitos de que el mundo se tecnologice en aspectos que les son desfavorables en los hechos? ¿Qué margen tienen en organizarse y ofrecer resistencia?

Poco o ninguno, quizás. Quién sabe.

La reducción de costos operativos vía las posibilidades tecnológicas son una intención irrenunciable de los cochinos capitalistas.

Pero también son buenas, puede opinar alguien. Con toda la razón.

Porque optimiza tiempos, asegura eficiencia de procesos, elimina errores humanos, facilita trámites que demandan llevar el cuerpo hasta la sucursal.

Etcétera.

Y pensar que uno escribe todo esto porque no hay forma de que ande el tel. de soporte técnico del banco y se resiste a tener que ir personalmente a corroborar la única certeza que es evidente, que se elocuencia apenas uno avanza hasta la sucursal, abre la puerta del banco e ingresa.

Que será maltratado.

Sistemáticamente.
 



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sábado, 3 de marzo de 2018

El buen camino


Me inquietan muchas cosas pero entre ellas quizás nada me inquieta más que el tema del camino. Tal vez por eso me detengo, miro u observo.

Uno queda como enredado en aquellas cosas que lo inquietan hasta que en determinado momento las afronta, las escribe y de alguna manera se las saca de encima. Presumiblemente con la intención de liberarse, propósito por el cual vale la pena luchar y ofrecer resistencia.

Si algo me gusta son los rebeldes que miran la mirada ajena como diciendo, qué te pasa. ¿Cuál es el problema?

Y siguen con sus cosas, andando en patineta, sacando la sortija, levantando un barrilete o viviendo en varias ciudades a la vez.

Reconozco que cada uno puede hacer lo que quiera, lo que se le antoje. Y nada es mejor que usar esa arbitrariedad para desplegar la vida. Pero pocas cosas me generan más respeto y admiración que las personas que se hacen cargo de lo que son y asumen su auténtica singularidad para construir la vida que quieren vivir.

Hincho por ellos.

Uno no está por supuesto para subirse a una tarima, observar ciertos aspectos de la realidad y señalarlos con el dedo como si fuera a ofrecer alguna visión infranqueable que determine lo que está bien y lo que está mal. 

Apenas si observa, se inquieta y comparte cierta inquietud para que otro se disponga al juego de interpretar las cuestiones del asunto y saque sus propias conclusiones, tal vez para reafirmar su vida.

O para transformarla.

Aún no puedo creer la cantidad de niños grandes que viven guiados por la mirada ajena. La honran en su cotidianidad y en ese mismo instante desprecian la vida. 

Si uno es exagerado.

Si es moderado puede presumir que la desaprovechan o la malgastan.

Gastan su tiempo en deberías que preconfiguran su existencia y se extravían a sí mismos para brindarle pleitesía a expectativas ajenas que miran con atención para establecer sentencias.

Entristece quizás que hombres y mujeres adultos sigan la supuesta buena senda, entrampados en ciertas certezas cuestionables, que marcan los pasos que deben seguir para no errar el camino.

Y en esa voluntad sumisa y condescendiente, no hacen otra cosa en muchos casos, que rechazar la existencia y la posibilidad de construir el mundo en el que vale la pena vivir.

También hay gente que genuinamente se adoctrina por coincidencia auténtica con los mundos esperabables que suponen muchos que deben habitar. 

Bravo por ellos, se sacan un problema de encima en esa suerte de disciplinamiento genuino que los reconforta.

El tema es el hombre que vive la vida que no quiere vivir, que es arrastrado por las excusas que alivian su responsabilidad y pasa su tiempo evitando las circunstancias que genuinamente quiere vivenciar. 

Muchas veces es por comodidad, para evitar problemas, prejuicios o incertidumbres.

Pero ese burdo truco es en realidad una destreza que ejerce la sutil cobardía, que lo delimita denigrando sus posibilidades.

Dejándolo en el lugar que muchas veces no quiere estar.

Por eso quizás uno admira a los rebeldes, que inquietan las miradas ajenas hasta perturbarlas, pero siempre celebran la existencia al seguir sus auténticas convicciones que construyen las vidas que quieren vivir.






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domingo, 18 de febrero de 2018

El bien pensado



Podría yo hablar del mal pensado y establecer quizás con mayor precisión sus lógicas, entrometiéndome en sus menesteres para observar su proceder y elucidarlo con más elocuencia. Podría profundizar tal vez en algunas cuestiones y señalarlo con mayor nitidez, cosa que generaría menores reparos de quien observa y críticamente muy bien analiza lo dicho. Porque por algo es un compañero de este mundo de escritos que se construye en conjunto, con alguien que tiene capacidad de elaborar desde la lectura, y otro que propone quizás alguna inquietud para la reflexión o el divertimento.

Somos un equipo.

Yo me preguntaba si el tipo que es bien pensado puede cambiar de actitud ante los reveses que le ofrece la existencia. Si las contrariedades que se le imponen por sus lógicas son cachetazos suficientemente fuertes como para movilizarlo y hacerlo replantear su vocación a ser bien pensado.

Me preguntaba si el tipo era quizás testarudo o negador, y no tomaba registro de la realidad que de tanto en tanto lo notifica. Y le dice, mire, aquí hay una pérdida de valores. Tenga cuidado. Hay un contexto de patrañas, engaños, vivilllos...

Pero si el tipo no escucha o es negador, no puede ver eso. Pienso. El tipo se juega por lo que es, y eso está bien. Nada mejor que alentarlo a ser él mismo. Entonces si es bien pensado, el tipo hace de algún modo bien. Se asume y se despliega desde su convicción, con los precios y perjuicios que le ocasiona. No importa si la realidad lo ajusticia o lo vapulea, si el tipo es bien pensado puede jugársela igual por el mismo camino. Quizás no le gusta sospechar, o no le gusta ver los indicios.

O peor, los hechos.

Porque si ve los hechos el tipo no tiene otra que darse la cabeza con la pared. Decir por ejemplo, pero qué hijo de puta, cómo pude haber confiado.

O, no puede ser, este tipo que se veía tan seriecito, tan responsable.

Miralo vos, cómo puede ser que sea un ladronzuelo, un farsante, un embaucador.

Pero nadie quiere darse la cabeza con la pared porque por supuesto duele. Entonces es razonable que el burdo truco lo invita al tipo bien pensado a mirar para otro lado o a taparse los ojos.

Pocas argucias son más efectivas para esquivar la realidad. Para dejar el mundo como está.

Y evitarse el arduo trabajo de poner manos a la obra y asumir las situaciones como si fuera uno un hombre estoico e innegociable, que con la madurez que le dieron sus años dice hasta acá. Y toma las decisiones que tiene que tomar.

Uno supone, no sé, pero el tipo bien pensado algo tiene que hacer.

O se juega por sí mismo, encaprichado en sus lógicas y se dedica a justificar y desmentir. O enfrenta la realidad.

No sé, no debe ser fácil porque siempre uno paga un precio. Y si el bien pensado decide seguir aferrado a sus lógicas más allá de las evidencias, por algo será.

Nadie está aquí para cuestionarlo.




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domingo, 21 de enero de 2018

Al cielo


Si bien mis hermanas son auténticas religiosas y sospecho que compiten por ese aspecto de la identidad que valora la familia, creo que la hermana mayor se está aventajando de la chiquita y su empeño innegociable de acentuar ese compromiso la está llevando a ganar posiciones.

Mi hermana menor que por estos tiempos anda embarullada en otros menesteres no se ha percatado de los movimientos de la mayor y está cediendo terreno para que mi hermana mayor avance en su identidad religiosa y se aventaje sin que la otra se de cuenta.

Sin dudas, se va por la punta.

Todo porque Paulita está distraída en sus menesteres que por fuerza de cierta naturaleza indescifrable la llevan a acelerar la vida sin el menor de los titubeos, afrontando con esa actitud todos los perjuicios y riesgos que la aceleración de la vida implica. Pero tomando también todos los beneficios que tal actitud conlleva.

-Carla está yendo a Caritas a ayudar -escucho, que me dice Flavia.

-Me contó tu mamá -remata.

Escucho que mi hermana mayor va con vocación auténtica y honra sus genuinas motivaciones de ayudar a los demás. Escucho también que está jodida de la espalda.

-Lleva colchones.

Colchones, pienso. Cómo puede ser que mi hermana flaquita lleve colchones o se los hagan cargar. No puede ser que lleve colchones y los cargue porque se va a joder la espalda. Pienso.

-¿Estás segura?

-Sí, tu mama está preocupada.

Me pregunto si debo hablar con mi hermana para persuadirla de que haga tareas más aliviadas. O que canalice su intención de ayudar de manera menos perjudicial para su salud.

Creo que sería conveniente que sea más práctica y lleve dinero. Pero inmediatamente sospecho que la idea no prosperará y mi hermana verá un espíritu de vagancia y comodidad detrás de esa sugerencia.

El espíritu sufrido, trabajoso y doliente, es más preciado en el ámbito religioso y las personas con auténtica vocación de religiosidad consciente o inconscientemente se deben sentir obligadas a honrarlo.

Pienso, pero no digo nada.





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domingo, 14 de enero de 2018

La libertad


Estoy contento.

Creo que me alegró muchísimo enterarme de una noticia que me libera de condicionamientos.

La libertad es sin dudas mi bien más preciado. Ser libre es para mí hacer lo que absolutamente quiero, sin estar condicionado con los ojos de los demás que lo preguntan todo primero y luego lo evalúan desde perspectivas muchas veces conservadoras que exigen consecuencias.

Quizás por eso me escapo.

Nada me resulta más desalentador que las vidas previsibles que cumplen el manual tradicional de la existencia. 

Las respeto por supuesto y creo que es muy lícito honrarlas. Sobre todo cuando se tiene la auténtica convicción de hacerlo. De lo contrario si alguien me pidiera un consejo al respecto, le sugeriría ahorrarse la pantomima. 

Poner la vida en manos de los ojos de los demás no es ningún negocio.

Pero nadie me pide consejos, y mucho menos me gusta darlos, porque siempre pienso que el mejor consejo es el que es capaz de darse alguien a sí mismo.

El resto es chamullo, o sólo buenas intenciones.

La libertad es para mí tal vez el bien más preciado. Pocas cosas se comparan con la satisfacción de ser y hacer lo que uno considera. Excluyéndose de las expectativas ajenas o los mandatos establecidos socialmente, que aún operan en nuestras subjetividades para indicarnos algún camino.

Si no fuera porque estoy atento sería una marioneta de mi propio destino. Y estaría honrando sin saberlo desde el inconsciente lo que alguien relevante me dijo con buenas intenciones, o esperó, o sugirió. Y ahí iría yo haciendo esa vida supuestamente mía pero verdaderamente prestada.

Quizás por eso me gustan los buenos rebeldes, los que esencialmente hacen la vida que quieren hacer. 

Sea cual sea.

Y poco escuchan lo que les dicen los demás.

Yo hincho por ellos, porque se debaten muchas veces contra perjuicios que les quieren imponer las fieras. Pero siempre salen airosos porque las fieras desde sus mundos nunca logran comprender mundos ajenos.

Y no hablo de nada raro, simplemente de quienes lideran vidas propias. De quienes creen en sí mismos para honrarlas. 

De quienes se hacen cargo de ellos.

Y viven la libertad. 





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sábado, 6 de enero de 2018

El poeta


Son las cuatro de la tarde y estoy en la playa de Necochea sentado en la repostera mientras leo un libro. El sol está demasiado fuerte pero no tan fuerte como para sofocarme y convencerme de que es mejor levantarme de la repostera e ir directo al mar a darme un chapuzón.

Sé muy bien que mi espíritu prefiere morir sofocado ante el sol implacable que llevar mi cuerpo hasta el mar para mortificarlo con una temperatura helada e innegociable, capaz de atravesar la piel y hacer doler los tobillos.

Maricón, me digo.

Pero sigo leyendo.

-Drogas, drogas. Hay drogas.

Quito la vista del libro y veo a lo lejos. Es un hombre de unos treinta y pico que anda en cuero con una lata de cerveza Brahma en la mano. Camina tambaleando entre la gente y grita mientras avanza ante la mirada de quienes estamos en la playa.

-Drogas, hay drogas.

Otro hecho de decadencia, pienso, mientras miro que no hay ningún policía a la vista y siento que la ciudadanía está expuesta a cualquier boludo que se le ocurre hacer cualquier cosa, con la impunidad que ofrecen los países bananeros.

No puedo ser tan duro, reflexiono. Y me quedo calmo, sigiloso, con la vista clavada en el libro. Mientras veo que el hombre repite el grito desaforado a plena luz del día.

No va a venir hacia mí, pienso. Estoy en un mundo ajeno.

Vuelvo a escuchar los alaridos y percibo que el muchacho se acerca hasta que de repente llega hasta mí y se frena.

-Disculpe, ¿usted es poeta? -me dice desalineado con la lata de cerveza en la mano cuando yo levanto la vista del libro.

-No -suelto breve con gesto de pocos amigos, al tiempo que dejo el rostro adusto con la intención de desalentar la incipiente conversación.

-Pero usted seguro que es poeta -insiste-. Por eso pensé en pedirle un cigarrillo, porque como es poeta seguro es bohemio y fuma.

-No fumo -le digo complaciente, como lamentándome de no poder colaborar con las intenciones que lo perjudican.

-¿Pero seguro que no es poeta?

-No -respondo seco mientras sonrío.

Pienso que el hombre se puede fastidiar, me puede tirar la cerveza si desencadena su enojo o clavarme un cuchillo. Siento que estoy exagerando y que los malos pensamientos deben tener reminiscencias en los antepasados y los miedos. 

Pero estoy atento para levantarme ante cualquier imprevisto de la repostera y noquearlo con una patada voladora.

Vuelvo la vista al libro y persisto de manera sigilosa.

El hombre se da vuelta y continúa su caminata.

-Drogas, drogas. Hay drogas -vocifera desaforado.




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