viernes, 16 de noviembre de 2018

Grande Pedrito!


La escritura sirve para clarificarnos, inquietarnos y transformarnos de alguna manera. Con lo cual escribir es una bendición si detrás de la trastienda que impulsa esa escritura está la convicción de incidir sana y positivamente.

Siempre me pregunto para qué sirve la escritura y más o menos encuentro respuestas similares. Será que ahora vino el tema de Pedrito y uno dice en primera instancia qué tiene que andar escribiendo de Pedrito con todos los temas de la cotidianidad que tiene que resolver.

Pero luego se apiola y dice, ha sí, es bueno, hay que escribir, por ahí lee Pedrito, por ahí lee un ser cercano a Pedrito o los afectados directos por Pedrito y de algún modo se inquietan, se movilizan, observan con otros ojos y proceden.

Porque para eso está la escritura en última instancia, para proceder luego de aclarar. Y en ese acto sutil pero determinante es donde se define el mundo.

¿No?

Si no el mundo sigue igual arreglándoselas sin que nadie se entrometa y diga, cuidado. Por ahí no.

Ojito.

Y de alguna manera inquiete para que las preguntas inciten visiones superadoras y el mundo se encause por el camino más conveniente para todos. O bien por el que debiera ser natural y esté despojado del despropósito.

Lo que ocurre es que están desvirtuadas las cosas. Uno ve de refilón. Sí, ve de refilón y primero sospecha, pero luego parece percibir lo perceptible con claridad y de algún modo se apiola.

A fuerza de la elocuencia se da cuenta que muchos Pedritos que parecen dar la vida por acceder a la Presidencia de la Argentina les importa en realidad un rábano el fundamento esencial de su postulación como candidato.

Lo que los moviliza en verdad es el ego que les dice desde el silencio… ha muy bien, llegaste. Qué bien. Viste, por vos no daban mucho y ahora, mirate. Mirate bien Pedrito. Estás ahí en el sillón, en el candelero. Qué se puede decir ahora que las cosas se pusieron en su lugar, vas a vivir en la quinta de Olivos. Vas a hablar y te van a escuchar como si fueras un Dios en el oráculo. Se van a aglutinar quieras o no un séquito de obsecuentes para darte la razón en muchos casos y en definitiva el mundo quedará reducido a una sola síntesis que representará con evidencia irrefutable la única verdad por la que llegaste a donde llegaste.

A la cima.

Grande Pedrito!

En esa estás Pedrito, volando bajito porque se nota. Se ve que lo que en verdad te importa es estar en el pedestal.

Vivir en el país de Pedrito, como se escuchó algún día decir a un candidato.

No puede ser tan papanatas pero dijo así. El tipo dijo así, en el país de Pedrito…

En fin, por Dios Pedrito, somos grandes.


Si querés ser presidente que te movilicen los verdaderos motivos, que deberían ser llevar adelante el gobierno del país y liderarlo en las decisiones que hagan a la Argentina un país serio, respetable, productivo…

Somos grandes Pedrito.

Que tu ego no te maneje como un títere de tu propia vida. El país necesita un acto de responsabilidad, de autenticidad, de madurez.

Si estás para la pavada, mejor madurá primero y postulate después.

Disculpame Pedrito, disculpame.

Pero la verdad ayuda y crecer es doloroso.







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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Sentido común



La decadencia exige en una primera etapa que seamos capaces de llegar a la instancia del sentido común, donde las cosas se ponen en su lugar por el simple ejercicio del buen pensar.

Esto exige indefectiblemente trascender la zoncera y el despropósito, caso contrario quedaremos empantanados en el barro de la imposibilidad, la insana justificación de lo que está mal y la elocuente negligencia que perjudica a todos y nos impone vivir de alguna manera u otra en un país de mierda.

Un país tomado por los dos o tres vivillos de turno que deciden y resuelven cortar una calle o parar una aerolíneas para arruinarle la vida a miles de personas con la impunidad que ofrece la injusticia de un país bananero.

Todo no es lo mismo y si el status quo que supimos conseguir a fuerza de mediocridad o cobardia tocó fondo, hay que cambiarlo.

En serio.

No de manera pantomímica, verbal o retórica. Hay que darlo vuelta como sea, antes de resignarnos a anoticiarnos cada día con las novedosas e impensadas formas que cobra la decadencia.

Robar está mal. Mentir está mal. Cortar una calle está mal. Estafar a los chicos en las escuelas porque salen analfabetos está mal. No atrapar al chorro de la esquina está mal...

Y todo eso hay que darlo vuelta, con valentía, con convicción y con decisiones.

Por eso hay que pasar del comentario al accionar.

Caso contrario podemos terminar siendo todos espectadores de nuestra propia desgracia que nos reduce a vivir inmersos en una realidad cada día más decadente.

Y esto no depende de ningún iluminado ni de un grupo de buena gente, que tenga sanas intenciones.

Depende en verdad de la inmensa mayoría que decide en qué tipo de país quiere en verdad vivir.

Que la convicción le gane a la resignación, y que la acción correcta no se deje persuadir por el miedo.

Roguemos.

Y obremos.



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viernes, 2 de noviembre de 2018

Con el perdón de la palabra


Con el perdón de la palabra voy a decir lo que por comodidad y cobardía conviene callar.

Si no fuera porque esa conveniencia es tan insana como improductiva, quizás no accedería al espacio que habilita el perdón de las palabras.

Residiría plácidamente en el recóndito lugar seguro que evita riesgos y deja el mundo cómo está.

Pero con el perdón de la palabra esta vez lo diré todo, sin concesiones, condicionamientos y restricciones de ningún tipo que puedan querer persuadirme que es mejor callar, mirar para otro lado y hacerse el distraído.

Como nos vamos a morir de todos modos esa alternativa es un mal truco y un pésimo negocio. Es mejor decirlo todo, aliviar el alma de silencios ineficientes y abrir la boca bien grande con la expectativa de que quizás al menos en algún ser impacten, lo inquieten primero y lo movilicen después.

Para agarrar los aspectos de la realidad que son en definitiva los que afectan a todos, poder estrujarlos, afrontarlos y resolverlos o encauzarlos en un buen camino que en definitiva transforme la realidad que entre todos supimos conseguir, y la construya de alguna manera en beneficio de todos los seres que viven en el territorio argentino, nacional y popular.

Es inadmisible o indignante que tanta gente actúe de buenita y haga un desastre en la sociedad.

Cuando un policía agarra a alguien que mata, roba, viola o asesina, es el policía el que rápidamente es perseguido por los derechas humanos, la Justicia y los parlanchines de turno que aprovechan la volada para actuar de buenitos sin advertir que muchos los observan como oportunistas de ocasión.

Pero la puerta es giratoria y los derechos humanos existen para los delincuentes pero no para las víctimas.

Y eso persiste como si estuviera bien, como si fuera algo razonable, como si en verdad no fuera un despropósito de la zoncera humana que se vanagloria de su estupidez para evidenciar la decadencia.

Un policía que no puede atrapar a un chorro. Por Dios, podríamos permitirnos ser tontos, pero no tanto.

Y la víctima que tiene que dar explicaciones haciéndose cargo de un mundo que se asentó al revés.

Y ese es un aspecto de tantos otros con los que podemos gruñir, enojarnos y poner el grito en el cielo con la ilusión de que en algún momento a la idiotez la doblegue la racionalidad y gane por fin la inteligencia.

Que los delincuentes estén presos y que las víctimas sean resarcidas con las determinaciones de la ley que honren la Justicia.

Sigo...

Otro tema que ya a muchos nos debe tener bastante podridos es la convicción de tantos políticos mediocres que actúan de buenitos para favorecer con políticas públicas y arbitrariedades el fracaso y la generación de pobreza.

Erguiéndose Papanueles resuelven darle más plata a este o aquel bajo el pretexto de la farsa distribución del ingreso, que es esencialmente robarles dinero a quienes trabajan y producen para dárselos en una suerte de caridad propia que en verdad es ajena, a los supuestos desposeídos.

Aprovechando en muchos casos la intermediación para cobrar buenos sueldos, tener notables privilegios y vivir como ricos con la plata de todos.

Una vergüenza, un descaro, una pantomima insana propia de mediocres y farsantes que basados en los artilugios de la retórica aprovechan la volada y hasta se convencen que han venido a salvarnos.

Y eso por supuesto no incluye a la innumerable gente honesta y trabajadora que hay en la política, que movilizada por auténticas convicciones honra el rol que ocupa.

Incluye a los chantas, vivillos e hipócritas que relatan con la destreza de la retórica que les permiten sus palabras una distancia sideral con sus hechos.

Y en el medio seguramente hay matices y tal vez confundidos que creen obrar sanamente favoreciendo la pobreza con políticas públicas que la fomentan y motivan, mientras desmotivan la cultura del trabajo y la creación de la riqueza.

Por eso en vez de alentar a quienes no producen ni trabajan, deberían alentar a quienes producen y trabajan.

Pero hacen al revés, castigan al éxito para premiar la improductividad.

El resultado está a la vista.

Cada vez más pobres, cada vez más decadencia.

Con el perdón de la palabra.




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viernes, 26 de octubre de 2018

El ser pijotero


Gracias a andar con cierta curiosidad y atención por la vida descubrí hace un tiempo que el ser pijotero es un ser limitado.

Cada uno es preso de sus decisiones y restringir el despliegue del dinero tiene sus consecuencias. Cuando alguien lo hace de manera excesiva queda delimitado por un mundo pequeño que lo empobrece y le impide acceder a mayores posibilidades.

Todos tenemos una relación con el dinero que supongo será dinámica y cambiante. Observarla cada tanto quizás nos ayude a concientizarnos de ella, para sostenerla o redefinirla.

La calidad de nuestras decisiones definen las posibilidades de nuestro mundo.

Por eso quizás me alerté al ver al ser pijotero en acción. Primero, como ocurre con frecuencia, sospeché. Luego observé una seguidilla de comportamientos en distintas circunstancias.

Finalmente al descubrir su lógica, la inquietud se transformó en certeza y pude observar que en verdad las consecuencias del accionar del hombre pijotero eran delimitar su mundo y consecuentemente precarizarlo.

Y no voy a decir aquí que hablo de un amigo o de mi suegro.

Pero el ser pijotero es como que se cierra una puerta gigante ante las posibilidades que se le presentan. Y al detenerse frente a esa puerta se niega la alternativa de desplegarse ensanchando su mundo.

Lo cual ofrece al parecer una única ventaja de dudoso beneficio. Que es asegurarle preservar el dinero en su bolsillo.

¿Para qué?

También es algo que inquieta. Porque el hombre pijotero está expuesto a cualquier desliz que de repente le arrebate todo el dinero que preservó con empeño.

Como una multa por ejemplo, que facilitada por un descuido le puede sacar de un saque siete mil pesos.

U otras circunstancias que cada uno sabrá.

En la trastienda del hombre pijotero quizás puede suponerse que lo que valora es más el dinero que la experiencia.

Se queda con los billetes para negarse posibilidades.

Es cierto que por cuestiones éticas, filosóficas, humanas, de respeto irrestricto al derecho libertario que supone que cada uno haga lo que se le antoje, uno no debería emitir opinión, balbucear nada al respecto, y dejar al hombre pijotero tranquilo con sus propias elecciones.

Porque si asume esa identidad y la honra, es evidente que tiene para él sus claros beneficios.

Aunque uno lo mire de reojo y crea que no hace ningún negocio.




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viernes, 19 de octubre de 2018

Entre la escritura y la lectura


La escritura viene siempre a sintetizar alguna inquietud o a elaborarla. De Alguna manera sirve para aportar claridad y despojarte de cierta molestia.

Es como si fuera una piedra en el zapato que queremos sacar.

Por eso viene uno a veces a la página en blanco. Para liberarnos de la molestia y seguir con otra cosa.

Cuando se pone el punto final de alguna manera uno tiró la piedra y pasa a otro tema. O sigue con su vida sin la molestia que lo perturbaba.

El lector no tiene la culpa, pero al leer puede identificarse o inspirarse para construir su propio relato, tomar decisiones o facilitar la creación de su mundo.

Porque más importante que lo que puede decir alguien que escribe, es lo que puede elaborar con su pensamiento alguien que lee.

La escritura es un espacio mágico que habilita la creatividad, potencia la imaginación e incentiva la posibilidad de transformar la realidad y el mundo.

Sin exagerar.

También por eso vale la pena leer y escribir. Para darnos la posibilidad de facilitar un espacio de reflexión que nos despliegue hacia otros espacios que podemos habitar, incentivados por esa alternativa.

Por eso cuando uno lee está como encima de un trampolín. Primero habitándolo y luego quizás dando pequeños saltitos.

Abre una hoja y avanza párrafo a párrafo, mientras su pensamiento comienza el juego que lo lleva a recorrer territorios que pueden ser tan interesantes como inesperados.

Entonces surgen ideas, inquietudes, intenciones que escapan a lo que estrictamente uno puede leer en un determinado fragmento.

De ahí que escribir es en algún punto la posibilidad de invitar a que ese espacio de creación aparezca. Para que el lector llegue hasta donde quiera llegar, porque leer implica subirse al trampolín.

Para dar pequeños saltitos o hacer la pirueta final.






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viernes, 12 de octubre de 2018

El ser endiablado


La escritura es interesante porque muchas veces uno no sabe lo que va a escribir. Viene con una inquietud y arranca. Luego arremete hasta que llega al final.

Mira lo que escribió y se va como pancho por su casa.

Puse el título ese porque es lo primero que me vino a la mente. Esta vez no me ha pasado nada. No es que me haya cruzado con uno de esos seres y venga ahora turbado a resolver la situación y hacer justicia.

No.

Puede haber algún recuerdo de algo lejano, que debería buscar con intención pero vengo impoluto de la emocionalidad o el enojo que puede provocar el ser endiablado con su proceder.

Recuerdo por ahí una señora de mi pueblo de nacimiento y algunos que otros personajes menores que a fuerza de la agresión, la riña y el espíritu cizañero construyeron su identidad como seres endiablados.

Y quedaron presos de ella.

Es más o menos como los borrachos en los boliches.

Perdón, en las disco.

Supongo que se dice así, ¿no?

Bueno, es más o menos como los borrachos en las disco que reviven de la controversia primero y de la adrenalina después, que les aporta la pelea memorable que luego cuentan como proezas en sus vidas.

A mí me ha pasado de eso muy poco. Porque siempre he tenido la destreza y cobardía necesaria para evadirme de los seres endiablados y de los borrachos peleadores.

Siempre creí más en la inteligencia de la evitación que en la circunstancia de enredarme en conflictos indeseables.

Pero a veces debo reconocer que no son evitables, porque el borracho persiste buscando su víctima, al igual que persiste el ser endiablado.

Se nutren del otro y entonces se despliegan en la cotidianidad para edificar su existencia.

Creo que si en algo está confundida la sociedad argentina es en que el ser endiablado goza de cierto prestigio. Como si su actitud agresiva fuera un mérito, en vez de evidenciar la precariedad del ser humano.

Quizás por eso se mira con cierto respeto a quien insulta con mayor habilidad o despliega la destreza en el campo de la agresión, tanto con gestos como con palabras.

Creo que hay esencialmente un problema educativo, que afecta negativamente al conjunto de la sociedad.

Primero el ser endiablado adopta la identidad maliciosa. Luego se desenvuelve con habilidad y consecuentemente genera un contexto desagradable.

Insulta, agravia, putea…

Después las víctimas y la sociedad en su conjunto conviven con el perjuicio del clima social que lejos de tener algún mérito se muestra indeseable.

Y así andamos, entre seres endiablados que hacen de las suyas.

¿No?





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martes, 9 de octubre de 2018

Hoja en blanco


Andaba algo inquieto porque hace tiempo pensé que la escritura se había ido y no tenía nada más por decir.

Quedarme con las manos vacías sin nada que escribir sería para mí un despropósito, un hecho lamentable de la existencia que me provocaría una suerte de repudio innegociable. Porque no puede ser que la inspiración ande de un lado para el otro, merodeando en tantos seres y se termine olvidando de mí.

Uno anda a veces con esas inquietudes o menesteres de absoluta intrascendencia en la cotidianidad de los seres, porque sospecho humildemente, desconocen de la cualidad que tiene la escritura para incidir en el  mundo, elaborar nuestras emociones, comprender la complejidad de la vida.

Y liberarnos de nosotros mismos.

Quizás por eso la inquietud y el enojo de la inspiración fallida que se olvida de mí o decide no visitarme.

Aunque creo que ante los hechos el capricho es un mal consejero y uno no debe escribir cuando no quiere escribir. Porque de lo contrario supongo que se encuentra con la imposibilidad o la desazón que devuelve la hoja en blanco.

Que dice…

Bueno, dale.

¿Vas a escribir o no?

Dale, escribite algo.

Por eso me parece que lo mejor es escribir cuando uno quiere escribir o bien cuando alguna dimensión difusa pero existente de la naturaleza indica que Juancito, Pedrito o Josefa deben ir a la computadora para apuntar algo.

Solo en esos casos de genuina convicción puede uno titubear quizás desde el silencio. 

Pero luego debe ir hacia la hoja en blanco.






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martes, 18 de septiembre de 2018

¿Cuánto valen las cosas?



Diego me dice que esa bici es mejor que la otra. Luego que esta es mejor que la anterior porque tiene ciertas cuestiones que la anterior no tenía. Y esta otra es superior por otros motivos que muy bien comenta. Aunque esta siguiente es todavía mejor porque tiene tales o cuales cosas que son superiores. Y esta otra que le sigue ya es lo mejor de lo mejor....

Lo acompaño asombrado mientras recorremos su local porque son todas bicis de la misma marca. Y nunca hubiera pensado que una bicicleta podía valer desde dos mil pesos a más de cien mil.

Tampoco que cada una se las ingenie para superar a la anterior y justificar el nuevo precio, con cuestiones que parecen menores pero deben ser lo suficientemente tentadoras como para que el cliente esté dispuesto a sacar unos cuantos pesos más de su economía y los deje sobre la mesa del bicicletero.

Pero habría que ser justo y decir que una bicicleta superior logra justificar su precio mayor por las prestaciones, con lo cual el cliente puede comprar confiado y permitirse ascender a la cima del mundo bicicletero sin ningún riesgo de ser estafado.

Según parece observarse con absoluta claridad. 

Porque hasta el cliente más desconfiado puede advertir con sus propios ojos que esa cosita o cosa que tiene la bicicleta de la gama superior es claramente mejor que esa cosita o cosa que tiene la bicicleta inferior.

Por eso quizás lo único que debe disernir es hasta qué precio le conviene pagar para justificar esa erogación y no ser robado de inmediato en el espacio público.

Con lo cual advierte que la bicicleta debe ser casi típica y lo más conveniente es que pase desapercibida.

Pero se lamenta porque la otra bicicleta es claramente mejor y tendría todo el derecho a comprarla y usarla tranquilamente si no fuera porque siente que puede ser apuñalado impunemente por un loquito de turno, aunque parezca mentira.

Y entonces le viene a la mente lo que le pasó al destacado economista que sufrió un evento de esas características que casi le hace perder la vida.

-Cuál te parece entonces Juan? -pregunta Diego mientras me mira con atención y aguarda la respuesta.

-Con esta creo que está bien.








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jueves, 13 de septiembre de 2018

El Hombre enojoso



Nada me inquieta más en los últimos tiempos que ver al hombre enojoso reaccionar ante las situaciones cotidianas que se le presentan. Lo observo desde el silencio como arremete sin miramientos para encauzar el mundo que en algún aspecto se muestra desalineado.

Entonces incide, a veces con furia o vehemencia. Con la convicción de que lleva la verdad a cuestas y debe hacerse cargo de las situaciones injustas que emergen, se insinúan o imponen. Cosa que hace que el hombre enojoso en muchas oportunidades se repliegue para tomar aire y volver a la carga, con una actitud irrenunciable por sostener la lucha para lograr sus propósitos.

Creo que esos espíritus enojosos y rebeldes son muchas veces una bendición para todos. Porque la actitud combativa lleva a incidir sobre la realidad para transformarla, en vez de convalidarla en sus peores aspectos, con posturas de resignación propias de la falta de empeño que revela el ser acomodaticio.

Por eso creo que los economistas, ciudadanos o periodistas combativos que tienen buena fe merecen la mayor admiración. Aun cuando a veces puedan estar equivocados o enredados en sus abstracciones.

Pero si luchan por sus convicciones con honestidad intelectual, merecen ser respetados.

Son ellos los que inciden para transformar la realidad y construir un mundo mejor.

Asumiendo peleas que muchas veces ofrecen contra uno o contra todos.

Situación que los hace más admirables.

En la vereda de enfrente transitan los mediocres que miran para otro lado, con una actitud burda que solo honra el espíritu pusilánime de quien cree en la comodidad que ofrece la cobardía.





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viernes, 7 de septiembre de 2018

¿Qué decir?


Si no fuera porque decir lo que uno piensa de manera innegociable traería presumibles problemas, andaría por la vida abriendo la boca sin ningún miramiento.

Nada suele ser más saludable que liberarse y decirlo todo ante los hechos que acontecen.

Pero el problema es que si uno se deja caer en la tentación de hablar con voz grave corre el riesgo de sufrir las consecuencias.

Así que no es fácil esto de decirlo todo, sobre todo y todo el tiempo.

Uno administra sus palabras, sus dichos.

Anda con cierto resguardo para evitar enloquecer a la fiera.

Pero cada tanto o con frecuencia, se permite abrir la boca y poner la palabra sobre la mesa.

Lo hace con la convicción de que puede incidir en la realidad, cambiar las circunstancias o transformar el mundo.

Lo hace porque quiere ser consecuente con uno y no traicionarse a sí mismo.

En el otro extremo hay gente que se traga siempre las palabras para recluirse en los recovecos de los acomodaticios.

Resguardados en los rincones del silencio nunca corren ningún riesgo.

Solo el de atragantarse con lo que quisieran decir y no dicen.

Pero yo sospecho que esas palabras que no dicen en verdad los indigestan.

Es insano vivir callando siempre lo que pensamos.

Por eso no entiendo a los que nunca dicen nada. A los que siempre miran para otro lado.

A los que nunca se juegan por nada. 





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sábado, 28 de julio de 2018

Los chismosos



Hace tiempo que esquivo a los chismes y a las malas lenguas. La vulgaridad me espanta cuando se ejerce sin escrúpulos.

Antes, por el contrario, me sentía tentado a chusmear. Me sentaba sigiloso a la mesa de Marta y escuchaba con el interés que escucha un niño los cuentos, que tienen sus aristas memorables y no paran de exacerbar la atención.

Así que yo iba a visitar a un amigo y me prendía con interés a los chismes que desplegaba Marta sin miramientos.

Las historias eran tan disímiles que uno se podía encontrar con cualquier cosa. Aunque los personajes en cuestión a veces se repetían y eran personas inquietas o protagónicas del pueblo. A ellos siempre se les endilgaba algo y eran los actores principales de alguna historia.

Todo lo que no vivían las malas lenguas del chusmerío parecía que lo vivían ellos, que eran los verdaderos personajes de los relatos y al parecer los que llenaban de vida las mesas de los chismosos.

Yo antes caía en esas circunstancias cada vez que iba al pueblo y me predisponía a visitar a algún chismoso que era en verdad un amigo o un buen conocido. Lo iba a ver para saludarlo y pasar un buen momento pero de repente se imponía un chusmerío que en forma irremediable emergía, me inquietaba y eschuchaba con atención.

Con el interés que tiene alguien de descubrir la verdadera historia.

Lo mismo ocurría con otros amigos o buenos conocidos que visitaba hasta que me renegué y me indigné por los chusmeríos que eran siempre en algún aspecto maliciosos, decadentes y dañinos. Y que le impedían a la victima de turno ejercer su derecho de defensa para corregirlos y desmentirlos, porque siempre hablaban a sus espaldas con la impunidad que les ofrecía la cobardía.

Las malas lenguas eran en verdad demasiado dañinas y venenosas como para que atestigüe la maldad de los relatos inventados.

Si bien siempre ponía reparos a las historias y exigía verosimilitud, para tensionar las posibilidades de la inventiva, terminaba consintiendo algunos pasajes abusivos pero sin perjuicio de hacer notar los deslices que resultaban excesivos de los cuentos.

Y cierta vez, por qué negarlo, defendía con virulencia la incredibilidad que no podía permitir abusivas certezas del chismoso, que terminaba jurando y perjurando la veracidad de sus dichos.

Yo sabía que ni Josecito ni Pedrito o Clarita habrían sido partícipes de semejantes hechos escabrosos que les endilgaban y que siempre dañaban su reputación. Y sospechaba que lo que en verdad movilizaba a las malas lenguas era un espíritu precario, generado por la envidia y la frustración de quien en vez de admirar sufre el resentimiento que le ocasionan los exitosos.

Quizás eso me alertaba y me advertía del riesgo de caer en un mundo de tanta bajeza e improductividad.

Tal vez por eso es que en cierto momento recapacité, cerré mis oídos y hui espantado.

Me fui con la inquietud de que las malas lenguas jamás retractaban sus dichos y muy rara vez aceptaban replegarse de sus aseveraciones. Uno solo podía dejarles la duda y el escepticismo.

Y marcharse incrédulo y perturbado por la convicción con la que relataban sus cuentos.





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miércoles, 11 de julio de 2018

El mundo desbarajustado


Sería conveniente que uno no dejase de pensar que el mundo está desbarajustado. Que el mundo argentiniano se ha desbarajustado irremediablemente y que es preciso tomar cartas en el asunto para reabarajustarlo.

De manera urgente e innegociable.

Solo si se piensa desde esa perspectiva podríamos reconocer la decadencia que se manifiesta en la realidad y que cobra formas impensadas o inimaginables.

Basta recordar que del mundial salimos campeones de ser extraditados porque los desvergonzados compatriotas hicieron un esfuerzo memorable por exhibirnos de manera lastimosa ante los ojos del mundo.

Basta rememorar también las imágenes de quienes se burlaban de otras personas porque les hacían decir barbaridades o las que mostraban a violentos golpeando a rivales, para sentir tristeza, rabia, desazón, vergüenza o lástima ante semejantes zonceras.

Que solo nos sirven para recordar que no hay peor tonto que el que se cree vivo.

Pero uno abre los diarios y solo se anoticia de otras circunstancias que revelan la decadencia en la que nos encontramos metidos. Y eso sepámoslo bien, no es por culpa de nadie en particular, es por culpa de alguna forma de todos.

Somos quienes pagamos el precio de la viveza criolla y por si fuera poco muchos encima se vanaglorian de ella, sin aprender nada de la realidad que nos anoticia a todos de las inconveniencia que provoca el espíritu vivillo que supimos conseguir.

Y me incluyo para no hablar desde una tarima con la facilidad de quien mira desde arriba y apunta con el dedito acusador.

Aunque si fuera totalmente justo, debería decir que no tengo nada que ver con eso. Al igual que un número inmenso de compatriotas que sufrimos las consecuencias del despropósito que revela muchas veces el comportamiento ajeno.

Acá no es que no andan las cosas por impericia de una persona en particular o de un grupo de gente.

No andan porque se cree demasiado en la viveza y muy poco en la inteligencia.


No funcionan porque ante el despropósito de tener más de la mitad de graduados del secundario
analfabetos, que tristemente se reciben sin comprender textos básicos, se habla solo de salarios en vez de poner el grito en el cielo y las manos a la obra.

Uno podría hablar de todo un poco y amargarse un poco más con el correr de los párrafos. Pero no hay riesgo mayor que ser injusto con quienes actúan para incidir en la realidad y hacerse cargo de modificarla en beneficio de todos.

Porque si por algo mejoramos es por el accionar de tantos compatriotas que desde los más disímiles lugares honran los valores virtuosos que afectan positivamente a la sociedad.

Empecemos a aceptar que el mundo argentiniano está desbarajustado y que debe corregirse de manera urgente.

Premiar a los que producen y trabajan en vez de explotarlos a impuestos.

Disciplinar a quienes delinquen en lugar de justificarlos o subsidiarlos.

Educar con el ejemplo.

Usar el dinero de los ciudadanos para construir un país mejor en vez de premiar a quienes lo deterioran.

Creer en definitiva en un país serio, que puede construirse con el impulso del sentido común y las convicciones inquebrantables de quienes creen en valores virtuosos y no se dejan confundir con pícaras verdades ajenas o burdas patrañas.

Por eso es bueno dudar de todo menos de las sanas convicciones y los valores esenciales que son los pilares para construir un país mejor.

Si no empezamos por aceptar que la argentina está desbarajustada y se sigue haciendo lo mismo de siempre, no nos sorprendamos con las formas que la decadencia día a día nos vuelva a anoticiar.




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viernes, 29 de junio de 2018

La copa es nuestra!



Nada me alegra más que ver a los argentinos festejar un gol o el triunfo definitivo en un partido del mundial. Esa instancia memorable que vivimos los compatriotas es única e irrepetible y sirve para avisarnos que estamos vivos.

Que estamos verdaderamente vivos.

Cuando sale el equipo a la cancha y las tribunas se vienen abajo, la vida nos recuerda que vale la pena vivir y que la pasión es una emocionalidad inigualable. Basta sentir la piel de gallina entre la fiesta que ofrece el grito ensordecedor, los petardos, papelitos y los argentinos que tomados por un sentimiento innegociable se enervan en el fervor.

Y lo viven como se debe, sin el menor de los titubeos.

Por eso un gol puede explotar las tribunas, emocionar hasta las lágrimas y generar los abrazos más lindos del mundo.

Y un penal en contra puede desencadenar la amargura y sumir en la tristeza hasta un abismo impronunciable.

Nadie más feliz que un argentino de pura sepa viendo como nuestro jugador esquivó a un rival y metió un golazo en el partido del mundial. 

Esas vivencias son indescriptibles e inolvidables.

De chico recuerdo haber abrazado un sentimiento ingualable. Era fanático de Boca y del loco Gatti. Y me encerraba en el auto como sea a escuchar los partidos con los relatos de periodistas muy virtuosos que eran capaces de hacernos sentir que estábamos en la cancha.o

O mejor aún, pateando la pelota o atajando un tiro al arco.

Temblaba como una hoja si teníamos una situación de riesgo y celebraba como un lunático frenético si Graciani, Rinaldi, Comas o Tapia metía un gol.

Cualquiera que haya vivido alguna instancia de pasión futbolística sabe muy bien lo que digo. Y cualquiera que la siga viviendo no tiene la menor de las dudas.

La única mala suerte que quizás tuve yo, es que en algún momento el loco Gati dejó el fútbol y ahí. Justo en ese preciso momento.

A mí se me pincho la pelota.

Pero el recuerdo vive y con el tiempo me parece que se puede regenerar el sentimiento que sólo el fútbol puede brindar. Y que, de alguna manera se puede volver a inflar la pelota.

Sin dudas el mundial para los argentinos es una fiesta y por eso debemos celebrarlo.

Es cierto que a veces uno se enoja porque no puede creer el comportamiento de un grupo minúsculo de hinchas que deshonran los valores virtuosos de nuestro país y estropean la relación con países que siempre deberían ser amigos. Pero ese enojo disparado por unos pocos compatriotas confundidos y extraviados no nos representa, y esos cánticos, agresiones a rivales o formas deplorables con la que ejercen la viveza criolla para burlarse de los demás, a la inmensa mayoría de los argentinos nos avergüenza y enoja.

Esas situaciones hacen pensar que a veces una derrota es buena para educar el espíritu soberbio o engreído que tienen algunos compatriotas y que los impulsa a desplegar comportamientos detestables. Aunque a juzgar por los hechos el resultado de ese supuesto disciplinamiento ha sido inefectivo.

No basta con recordar que el último mundial que ganamos fue en 1986, de la mano de un equipo entrañable y la habilidad inigualable de Diego Maradona.

Los argentinos siempre vamos a creer que somos los mejores del mundo. Aunque la realidad nos desmienta, y casi a diario nos baje el copete.

Como diría mi abuela.

Y  si bien uno debe ser justo y decir que no todos nos reconocemos en esa creencia, no podemos dejar de reconocer que existe de alguna forma en la genética de nuestros conciudadanos.

De ahí que nunca a nadie se le ocurre que podamos perder o no ser campeones del mundo. 

En cualquier caso, sepamos que no importa que ganemos o perdamos porque vivimos el fútbol con intensidad. Lo vivimos como Dios manda.

Por eso ayer, hoy y mañana, la copa. La verdadera copa…

Es siempre nuestra.

Vamos Argentina!





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domingo, 10 de junio de 2018

¿Quién es Juancito?


Bueno, yo me siento contento de ser quien soy y de poder hacerme cargo de mí. Sería una preocupación preocupante que a esta altura no me sienta tranquilo con lo que soy y me diga que quisiera ser otra persona distinta a la que estoy siendo.

Esa situación me preocuparía porque debería saber primero quién quisiera ser y si no lo supiera, estaría peor todavía. Porque primero debería darme cuenta quién quiero ser y luego procurar ser quien quiero ser.

Y uno ya tiene cierta edad que no puede ahora andar hurgando en cuestiones esenciales desde lo más profundo de su ser para buscarse y encontrare. Y decir por fin, acá está. Este es. O este soy.

Y autodescubrirse en un acto que podría ser digno de las más notables de las iluminaciones. Porque el hallazgo de uno debe ser el mayor de los descubrimientos.

Así que yo no voy a buscarme mucho más porque pienso que ya no tengo tiempo de hacerlo. Soy lo que soy o lo que puedo ser. O lo que cierta inclinación me impulsa a ser. En determinado momento, en determinada circunstancia.

Porque creo en cierta fluidez que permite el despliegue de la vida. Una fluidez en algún aspecto medida. No es que no soy por ejemplo sacerdote y mañana la fluidez me sorprende dando misa en un altar.

Pero salvando esas distancias creo que uno puede dejarse fluir desde sus propias predisposiciones. Así que si no es cura y se inquieta con ser monaguillo, bienvenido sea.

En fin, dejarse llevar por nuestras propias intenciones parece ser una brújula interesante porque respeta la autenticidad de quienes estamos siendo y en esa decisión nos respetamos a nosotros mismos.

Nada es peor que pantomimizarse.

Quizás solo hay que procurar que el entorno no ofrezca mayores resistencias. Porque caso contrario uno se verá obligado a negociar consigo mismo con el riesgo de traicionarse o a cambiar el entorno para evadirse de las delimitaciones que pretenden imponerle.

Una disyuntiva que requiere un sano equilibrio para el hombre mesurado y un desafío a resolver para el hombre decidido.

Habría que descubrir cuál es nuestro caso.




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sábado, 2 de junio de 2018

El ser desconfiado


No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.

Nada de eso.

Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las observo un poco sin recriminarles nada.

Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor aún, de supervivencia.

Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.

Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación para evitar perjuicios.

Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera responsable, prolija.

No desmedida.

Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí, uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira, escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos. Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?

Y piensa.

¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué me quiere decir en verdad cuando me dice esto?

Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.

El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.

Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.

Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún punto de irrelevancia, ¿qué hace?

Uno escucha palabras pero mira los hechos.

Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones, comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.

Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para allá.

Justo para el otro lado.

Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos lo arrastran para el otro.

Entonces piensa, analiza, dilucida.

Trata de avivarse.

Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan encontrar la certeza.

El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.

Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún cuando la evidencia la desmienta.

Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.

Sanseacabó.

El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.

El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.

El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.

Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.




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