martes, 18 de diciembre de 2018

¿De qué lado estás?


Hace tiempo que los ciudadanos argentinos estamos de alguna manera en situación de tener que definirnos para un lado o para el otro. 

Cada vez que me subo a un taxi avanzo con pie de plomo cuando se da la ocasión, porque las conversaciones no suelen ser ajenas a lo que ocurre en el país y por ende a la política.

Entonces en mis desempeños más medidos escucho con paciencia. En unas pocas cuadras ya genero la suposición de que la persona está a favor del gobierno o del Kirchnerismo. 

No suelo encontrar matices. 

Con lo cual el sondeo de opinión es bien simple. Y se limita a dos candidatos hasta ahora, porque en cualquier momento si avanza la desesperanza y crece la desilusión, es muy probable que cambien las cosas. Que por ejemplo la gente decida hacer un cambio en serio y vote a Espert, cansada de tanto palabrerío bien intencionado que no se corresponde en muchas instancias con un accionar consecuente, y deja como resultado el país como está o aún peor por más buenos propósitos que se tengan.

De lo cual, creo que no se duda.

Pero bueno, como toda creencia es cuestionable. Porque si uno piensa por un minuto en el bando contrario al gobierno, no solo dudan muchos sino que no son pocos los que piensan que hay un plan sistemático y perverso para saquearnos y destruirnos sin las más mínimas contemplaciones.

Cosa que honestamente en lo personal no creo en lo más mínimo. Más bien pienso que lo que explica el fracaso es esencialmente que sembraron dudas en sus auténticas convicciones y pasaron de gritar que se puede a explicar que el gradualismo es lo mejor que podía pasarnos. Y que no se puede hacer lo que se tiene que hacer en este país.

Por eso hay que vivir con piquetes y planes sociales.

Hay que seguir contando que los chicos son estafados porque terminan la escuela sin comprender un texto simple. 

O hay que sostener la presión impositiva con la ridícula expectativa que las inversiones vendrán o se alentarán en el país a fuerza de eventos elogiables pero realidades impositivas que no se modifican.

Es difícil abstraerse de lo que ocurre en la Argentina y a veces es bueno decir algo. La palabra inquieta y con frecuencia moviliza hasta incidir en la realidad.

Qué se yo, compatriotas. Creo que hay mitad de duda y mitad de confusión.

Hay que procesar la realidad con un desconcierto que nos abruma.

Y en el medio estamos todos los ciudadanos como exigidos a decir que uno está de un lado o de otro, como si se pudiera sintetizar una posición y dejar para siempre la propia capacidad de discernimiento que es en verdad el rasgo más honesto que uno puede tener. Porque cualquier persona con sanas intenciones lo primero que debería hacer es estar siempre a favor de todo lo que está bien y en contra de todo lo que está mal.

Y eso ocurre con un partido o con otro. En el idealismo de ambos solo se encuentra el fanatismo enceguecido que obstruye la posibilidad del discernimiento. Quizás la condición más relevante y valiosa para favorecer la calidad de las decisiones que en última instancia son las que generan la realidad que vivimos.

Pero pedir eso o estimular eso en un contexto de fanatismos que exige la simplificación del ser para etiquetarlo, es desmesurado.

Estos tiempos demandan que la identidad doblegue a la inteligencia. Que se esté de un lado o del otro.

Nada es más desconcertante que los ciudadanos que piensan por sí mismos.

Desconcierto que se acentúa en un mundo de obsecuencia, cobardía, carencia de educación y mediocridad.

Que es en verdad el mundo que hay que dejar atrás.






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domingo, 16 de diciembre de 2018

Regalos de Navidad


He pensado enviar un mensaje al grupo de mi familia extendida por WhatsApp pero mi principal asesora personal me ha sugerido no hacerlo, aunque tras mi insistencia en el propósito, me ha indicado no hacerlo, porque a la luz de los hechos he quedado cobardemente replegado en mi intención y no he tenido el coraje y la valentía necesaria para evadirme de la disposición ajena y ser fiel a mi mismo.

Este tipo de cuestiones son las que me hacen dudar primero y sospechar después, de que en las entrañas de mi ser reside un hombre calzonudo, inseguro y miedoso que prefiere evitar riesgos, evadir problemas y dejar esencialmente como consecuencia de esa actitud mediocre y cobarde, el mundo cómo está.

Mi intención llegó hasta las palabras finales de mi asesora:

-No generes alboroto hasta que nazca Santino.

Con eso solo. Con esa palabra mágica y perfecta.

Con eso desistí.

Yo simplemente quería evadirme de una imposición ajena que era participar de prepo en una suerte de amigo invisible familiar con alguna justificación que resulta apropiada para los manejos comportamentales recurrentes que propicia la familia y observamos sin decir nada todos.

En general hay una actuación que ejerce algún miembro familiar para resaltar penurias que desmiente la elocuencia. Y a mí que no me gustan las pantomimas propias de la farsa, me pareció un buen momento para incidir en la realidad, fomentar la sana reflexión que puede ayudarnos a replantear conductas y desarticular la vocación por desplegar lamentos falsos pero siempre bien representados.

Simplemente yo quería escribir en el grupo familiar de WhatsApp...

Querida familia,
Informo que no participaré del regalo del amigo invisible debido a las difucultades económicas, digo como para fundamentar algo que esté a tono con las lógicas de la familia.
Queda mi amigo invisible liberado de mi regalo.
Lo verdaderamente importante es el amor que podamos profesarnos! 💓




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viernes, 14 de diciembre de 2018

Entre el pensamiento y la realidad


No es que uno va a crear la realidad con el pensamiento en una suerte de pasaje telepático desde la imaginación al hecho materializado.

Algo que se produce por fuerza de la visualización y se materializa ante nuestros ojos.

Nada es tan fácil.

Si alguien creyó eso de los libros de autoayuda bien intencionados permitámonos sospechar que cayó en la trampa del facilísimo y la comodidad.

Si queda ahí, visualizando con el ímpetu, con el alma, con la fuerza del corazón, con lo más profundo de su ser y sus entrañas, es posible que no logre mucho.

O no logre nada.

Porque el pensamiento facilita y crea la posibilidad, pero no realiza. Solo incita y convence de que el mundo que usted ve es claramente posible.

No es poco.

Pero si uno no pone manos a la obra, compromiso, convicción, coraje y la acción irrenunciable que para construir cualquier realidad hace falta, permítame a mí asegurarle con la convicción que a veces me caracteriza, que a fuerza solo de la imaginación usted no va a cambiar mucho las cosas.

Se va a quedar ahí quieto, residiendo en el mismo mundo desde el que imaginó.

Sin ir a ninguna parte.





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lunes, 10 de diciembre de 2018

Dolor de ojos



Hace un tiempo quedé impávido ante un par de mails recibidos de alguien que manifestaba abiertamente total desprecio por la ortografía y la gramática.

Luego de esos correos recibí otros que se mantenían en la misma lógica y revelaban un compromiso indeclinable por manifestar la dejadez y el analfabetismo sin pudor alguno.

Casi por azar recibí esos mensajes que luego también me llegaban en comunicaciones de WhatsApp de mi nuevo compañero de trabajo, hasta que un día me reuní con el responsable del despropósito para procurar persuadirlo de la inconveniencia que supone obrar con extremos descuidos haciendo culto a la ignorancia.

Previamente por supuesto ya le había dicho que no debía comunicarse nunca por escrito con ningún cliente. Esa precisión fue una certeza elocuente ante el primer correo recibido.

Es cierto que soy amante de la libertad y estimulo a que cada uno haga lo que se le antoje, siempre con la salvedad de que sus actos no perjudiquen al otro al punto de ocasionarle un serio daño que pueda vulnerar drásticamente su bienestar físico o psicológico.

Por eso este muchacho debería deponer su actitud, porque apenas recibo sus correos creo que se me van a partir los ojos.






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sábado, 8 de diciembre de 2018

La decisión


En el juego de la vida me toca estar entre compañeros que deciden ir hacia un lado u otro con ciertas lógicas e ímpetus.

Mi forma de tomar decisiones es meditada, pausada, propia del análisis estratégico que requiere toda la información relevante para que pueda arribarse a una decisión sustentada por la racionalidad y validada por la conveniencia de la fundamentación.

Desde esa lógica muchas posibles decisiones que invitan a crear un nuevo mundo son viables y otras no.

En las primeras estoy en completo acuerdo. Y en las segundas estoy en completo desacuerdo.

Es difícil que me convenzan intenciones voluntariosas sin sustento. O que se asientan en optimismos negadores de las evidencias.

Es que cuando se hacen las cosas bien uno genera las condiciones propicias para que le vaya bien. Cuando se hacen las cosas más o menos se generan las condiciones propicias para que le vaya más o menos, y cuando se hacen mal se generan las condiciones propicias para que le vaya mal.

Y el optimismo negador de la evidencia siempre invita a transitar un mal camino que tarde o temprano notifica la realidad.

Puedo estar equivocado, pero estoy en lo cierto.




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martes, 4 de diciembre de 2018

Regalos navideños


Estoy consustanciado con los mails mientras escucho el tilín tilín de los mensajes que llegan. Sigo en mi mundo hasta que miro el cel y veo numerosos mensajes.

Son los integrantes de la familia extendida que mandan WhatsApp como si estuvieran desenfrenados.

Vuelvo a los mails y sigue el tilín tilín. Sacó la vista del cel, miro a Flavia y pregunto.

¿Qué dicen?

Nada, Carla que sugirió para Navidad que cada uno le haga un regalo a otro tipo amigo invisible.

Escucho pero no digo nada. Me doy cuenta enseguida que la intención es mezquina porque hará que los regalos se reduzcan notablemente y en vez de fomentar un mundo de abundancia y gratitud, se fomentará uno de escasez propio del ser pijotero.

No sé exactamente de qué hablan pero definitivamente estoy en contra.

¿Por qué tantos mensajes? -pregunto.

Es una idea de Carla, ahí está haciendo los papelitos y va a sortear. Cada uno le tiene que hacer un regalo a otro -me dice Flavia.

¿Uno solo?

Y sí, uno.

La situación se vuelve más clara hasta llegar por la voluntad de la ingenua indagación a la elocuencia.

El juego es un burdo truco que consciente o inconscientemente debe haber pergeñado mi hermana con la intención de restringir costos en los regalos y especialmente no quedar como un ser miserable por regalos muy modestos ante la actitud indeclinable e inconmensurable de mi primo dadivoso, que presentará una vez más regalos que sorprenderán a los presentes por el elevadísimo costo y la manifestación irrenunciable de una generosidad que a los ojos de los demás siempre resulta desmedida.

Lo sé porque cuando pasan las fiestas siempre se acerca algún confidente del clan familiar para mencionar algunos regalos lujuriosos que mi primo ha entregado y que al mismo tiempo que revelan con elocuencia su posición económica reflejan por oposición las penurias de otras supuestas condiciones económicas del resto de la familia que son más fingidas que ciertas, pero se reflejan en regalos muy escuetos y modestos.

El truco de mi hermana definitivamente es menguar el despliegue de mi primo, desalentarlo para que no aparezca con un auto para su querida mujer o una patineta voladora para sus niños, y poder erogar unos pocos pesos comprando los regalos de siempre que gracias a esta endeble treta saldrán de la penuria y pasarían desapercibidos.

Sinceramente debo decir que la intención de mi hermana es tan válida como legítima, pero no dudo que será totalmente inefectiva. Puede entusiasmar a los integrantes del juego en sus inicios pero la realidad pasará esa intención por arriba.

Sigo escuchando el tilín tilín del cel...

¿Qué dicen Flavia?

Facundo cantó que le regale Gonzalo. Y Pía le dijo a Carla que no se podía regalar un par de medias.





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sábado, 1 de diciembre de 2018

Decirlo todo



Algún día confío que cobraré valor y lo diré todo.

Basta de andar sigiloso, titubeante, con resguardo ante el despliegue de lo que se debiera decir y no se dice.

Llegará el día en que lo diré todo sin restricciones ni condicionamientos. En honor a las palabras, a la relidad.

Al mundo.

Que merece voces poderosas, determinadas, innegociables.

Uno no puede andarse con chiquitas, advirtiéndose a sí mismo que es mejor cuidar las formas, evitar ciertas palabras, decir ciertas cosas o esquivar determinados temas.

Uno debiera trascender esas indeseables delimitaciones, observar el mundo sin contemplaciones y arremeter sin miramientos para nombrarlo con la formas y las palabras que se merece.

Sin medias tintas. Con decisión y coraje.

Por eso celebro cuando veo en los medios algunos espadachines de las palabras que arremeten con todo y se hacen cargo del mundo sin el menor de los titubeos. Con total convicción, en el acierto y en el error.

Pero lo dicen todo.

Y en esas actitudes quijotescas de las palabras luchan por sus ideales y por construir el mundo en el que merecen vivir.

Siendo protagonistas de la historia, en vez de espectadores del acontecer ajeno que incide en forma a veces silenciosa pero siempre sistemática en construir la realidad que luego estos seres valientes pero determinados sobrellevan.

Algún día debiéramos todos ascender a esa instancia de la expresión liberada, para no quedarnos delimitados en una voz que insinúa, inquieta pero no resuelve.

Por eso compañeros, todos, todas y todes, hemos de cobrar coraje, vernos de frente con el mundo.

Y decirlo todo.




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viernes, 23 de noviembre de 2018

Todes



Es posible que me gane enemigos por escribir un poco sobre algo que al enterarme me ha resultado inquietante.

Digo inquietante por no decir que me ha resultado una tontería propia de la estupidez.

Es cierto que debiera informarme para adentrarme en el asunto, inmiscuirme en los fundamentos de su gestación y hablar con propiedad y argumentos más sólidos e inquebrantables, que exijan cierto trabajo al ataque de las fieras.

Pero el tema me ha resultado tan idiota que desde mi humilde parecer no merece dedicarle mayor tiempo, salvo el que pueda inspirar una breve escritura para abordarlo y quizás desentrañarlo.

O bien para observarlo, exorcizarlo de algún modo y dejarlo tranquilo.

Parece que decir todes constituye una suerte de emblema que defiende el idioma inclusivo.

O el lenguaje inclusivo.

Decir todos o todas apelando al debido uso de la gramática sería algo así como un despropósito o una ofensa para los paladines del todes, que habrían encontrado en esa palabra un espacio de reconocimiento que los erige como seres existentes y ante los demás los convalida como seres vivos.

Es muy precario el recurso de identidad que inspira a los revolucionarios del todes y les ofrece un lugar para sus existencias.

Antes se daba la vida por la patria, por un amor.

Ahora entregar la vida por semejante estupidez es un verdadero despropósito.




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viernes, 16 de noviembre de 2018

Grande Pedrito!


La escritura sirve para clarificarnos, inquietarnos y transformarnos de alguna manera. Con lo cual escribir es una bendición si detrás de la trastienda que impulsa esa escritura está la convicción de incidir sana y positivamente.

Siempre me pregunto para qué sirve la escritura y más o menos encuentro respuestas similares. Será que ahora vino el tema de Pedrito y uno dice en primera instancia qué tiene que andar escribiendo de Pedrito con todos los temas de la cotidianidad que tiene que resolver.

Pero luego se apiola y dice, ha sí, es bueno, hay que escribir, por ahí lee Pedrito, por ahí lee un ser cercano a Pedrito o los afectados directos por Pedrito y de algún modo se inquietan, se movilizan, observan con otros ojos y proceden.

Porque para eso está la escritura en última instancia, para proceder luego de aclarar. Y en ese acto sutil pero determinante es donde se define el mundo.

¿No?

Si no el mundo sigue igual arreglándoselas sin que nadie se entrometa y diga, cuidado. Por ahí no.

Ojito.

Y de alguna manera inquiete para que las preguntas inciten visiones superadoras y el mundo se encause por el camino más conveniente para todos. O bien por el que debiera ser natural y esté despojado del despropósito.

Lo que ocurre es que están desvirtuadas las cosas. Uno ve de refilón. Sí, ve de refilón y primero sospecha, pero luego parece percibir lo perceptible con claridad y de algún modo se apiola.

A fuerza de la elocuencia se da cuenta que muchos Pedritos que parecen dar la vida por acceder a la Presidencia de la Argentina les importa en realidad un rábano el fundamento esencial de su postulación como candidato.

Lo que los moviliza en verdad es el ego que les dice desde el silencio… ha muy bien, llegaste. Qué bien. Viste, por vos no daban mucho y ahora, mirate. Mirate bien Pedrito. Estás ahí en el sillón, en el candelero. Qué se puede decir ahora que las cosas se pusieron en su lugar, vas a vivir en la quinta de Olivos. Vas a hablar y te van a escuchar como si fueras un Dios en el oráculo. Se van a aglutinar quieras o no un séquito de obsecuentes para darte la razón en muchos casos y en definitiva el mundo quedará reducido a una sola síntesis que representará con evidencia irrefutable la única verdad por la que llegaste a donde llegaste.

A la cima.

Grande Pedrito!

En esa estás Pedrito, volando bajito porque se nota. Se ve que lo que en verdad te importa es estar en el pedestal.

Vivir en el país de Pedrito, como se escuchó algún día decir a un candidato.

No puede ser tan papanatas pero dijo así. El tipo dijo así, en el país de Pedrito…

En fin, por Dios Pedrito, somos grandes.


Si querés ser presidente que te movilicen los verdaderos motivos, que deberían ser llevar adelante el gobierno del país y liderarlo en las decisiones que hagan a la Argentina un país serio, respetable, productivo…

Somos grandes Pedrito.

Que tu ego no te maneje como un títere de tu propia vida. El país necesita un acto de responsabilidad, de autenticidad, de madurez.

Si estás para la pavada, mejor madurá primero y postulate después.

Disculpame Pedrito, disculpame.

Pero la verdad ayuda y crecer es doloroso.







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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Sentido común



La decadencia exige en una primera etapa que seamos capaces de llegar a la instancia del sentido común, donde las cosas se ponen en su lugar por el simple ejercicio del buen pensar.

Esto exige indefectiblemente trascender la zoncera y el despropósito, caso contrario quedaremos empantanados en el barro de la imposibilidad, la insana justificación de lo que está mal y la elocuente negligencia que perjudica a todos y nos impone vivir de alguna manera u otra en un país de mierda.

Un país tomado por los dos o tres vivillos de turno que deciden y resuelven cortar una calle o parar una aerolíneas para arruinarle la vida a miles de personas con la impunidad que ofrece la injusticia de un país bananero.

Todo no es lo mismo y si el status quo que supimos conseguir a fuerza de mediocridad o cobardia tocó fondo, hay que cambiarlo.

En serio.

No de manera pantomímica, verbal o retórica. Hay que darlo vuelta como sea, antes de resignarnos a anoticiarnos cada día con las novedosas e impensadas formas que cobra la decadencia.

Robar está mal. Mentir está mal. Cortar una calle está mal. Estafar a los chicos en las escuelas porque salen analfabetos está mal. No atrapar al chorro de la esquina está mal...

Y todo eso hay que darlo vuelta, con valentía, con convicción y con decisiones.

Por eso hay que pasar del comentario al accionar.

Caso contrario podemos terminar siendo todos espectadores de nuestra propia desgracia que nos reduce a vivir inmersos en una realidad cada día más decadente.

Y esto no depende de ningún iluminado ni de un grupo de buena gente, que tenga sanas intenciones.

Depende en verdad de la inmensa mayoría que decide en qué tipo de país quiere en verdad vivir.

Que la convicción le gane a la resignación, y que la acción correcta no se deje persuadir por el miedo.

Roguemos.

Y obremos.



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viernes, 2 de noviembre de 2018

Con el perdón de la palabra


Con el perdón de la palabra voy a decir lo que por comodidad y cobardía conviene callar.

Si no fuera porque esa conveniencia es tan insana como improductiva, quizás no accedería al espacio que habilita el perdón de las palabras.

Residiría plácidamente en el recóndito lugar seguro que evita riesgos y deja el mundo cómo está.

Pero con el perdón de la palabra esta vez lo diré todo, sin concesiones, condicionamientos y restricciones de ningún tipo que puedan querer persuadirme que es mejor callar, mirar para otro lado y hacerse el distraído.

Como nos vamos a morir de todos modos esa alternativa es un mal truco y un pésimo negocio. Es mejor decirlo todo, aliviar el alma de silencios ineficientes y abrir la boca bien grande con la expectativa de que quizás al menos en algún ser impacten, lo inquieten primero y lo movilicen después.

Para agarrar los aspectos de la realidad que son en definitiva los que afectan a todos, poder estrujarlos, afrontarlos y resolverlos o encauzarlos en un buen camino que en definitiva transforme la realidad que entre todos supimos conseguir, y la construya de alguna manera en beneficio de todos los seres que viven en el territorio argentino, nacional y popular.

Es inadmisible o indignante que tanta gente actúe de buenita y haga un desastre en la sociedad.

Cuando un policía agarra a alguien que mata, roba, viola o asesina, es el policía el que rápidamente es perseguido por los derechos humanos, la Justicia y los parlanchines de turno que aprovechan la volada para actuar de buenitos sin advertir que muchos los observan como oportunistas de ocasión.

Pero la puerta es giratoria y los derechos humanos existen para los delincuentes pero no para las víctimas.

Y eso persiste como si estuviera bien, como si fuera algo razonable, como si en verdad no fuera un despropósito de la zoncera humana que se vanagloria de su estupidez para evidenciar la decadencia.

Un policía que no puede atrapar a un chorro. Por Dios, podríamos permitirnos ser tontos, pero no tanto.

Y la víctima que tiene que dar explicaciones haciéndose cargo de un mundo que se asentó al revés.

Y ese es un aspecto de tantos otros con los que podemos gruñir, enojarnos y poner el grito en el cielo con la ilusión de que en algún momento a la idiotez la doblegue la racionalidad y gane por fin la inteligencia.

Que los delincuentes estén presos y que las víctimas sean resarcidas con las determinaciones de la ley que honren la Justicia.

Sigo...

Otro tema que ya a muchos nos debe tener bastante podridos es la convicción de tantos políticos mediocres que actúan de buenitos para favorecer con políticas públicas y arbitrariedades el fracaso y la generación de pobreza.

Erguiéndose Papanueles resuelven darle más plata a este o aquel bajo el pretexto de la farsa distribución del ingreso, que es esencialmente robarles dinero a quienes trabajan y producen para dárselos en una suerte de caridad propia que en verdad es ajena, a los supuestos desposeídos.

Aprovechando en muchos casos la intermediación para cobrar buenos sueldos, tener notables privilegios y vivir como ricos con la plata de todos.

Una vergüenza, un descaro, una pantomima insana propia de mediocres y farsantes que basados en los artilugios de la retórica aprovechan la volada y hasta se convencen que han venido a salvarnos.

Y eso por supuesto no incluye a la innumerable gente honesta y trabajadora que hay en la política, que movilizada por auténticas convicciones honra el rol que ocupa.

Incluye a los chantas, vivillos e hipócritas que relatan con la destreza de la retórica que les permiten sus palabras una distancia sideral con sus hechos.

Y en el medio seguramente hay matices y tal vez confundidos que creen obrar sanamente favoreciendo la pobreza con políticas públicas que la fomentan y motivan, mientras desmotivan la cultura del trabajo y la creación de la riqueza.

Por eso en vez de alentar a quienes no producen ni trabajan, deberían alentar a quienes producen y trabajan.

Pero hacen al revés, castigan al éxito para premiar la improductividad.

El resultado está a la vista.

Cada vez más pobres, cada vez más decadencia.

Con el perdón de la palabra.




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viernes, 26 de octubre de 2018

El ser pijotero


Gracias a andar con cierta curiosidad y atención por la vida descubrí hace un tiempo que el ser pijotero es un ser limitado.

Cada uno es preso de sus decisiones y restringir el despliegue del dinero tiene sus consecuencias. Cuando alguien lo hace de manera excesiva queda delimitado por un mundo pequeño que lo empobrece y le impide acceder a mayores posibilidades.

Todos tenemos una relación con el dinero que supongo será dinámica y cambiante. Observarla cada tanto quizás nos ayude a concientizarnos de ella, para sostenerla o redefinirla.

La calidad de nuestras decisiones definen las posibilidades de nuestro mundo.

Por eso quizás me alerté al ver al ser pijotero en acción. Primero, como ocurre con frecuencia, sospeché. Luego observé una seguidilla de comportamientos en distintas circunstancias.

Finalmente al descubrir su lógica, la inquietud se transformó en certeza y pude observar que en verdad las consecuencias del accionar del hombre pijotero eran delimitar su mundo y consecuentemente precarizarlo.

Y no voy a decir aquí que hablo de un amigo o de mi suegro.

Pero el ser pijotero es como que se cierra una puerta gigante ante las posibilidades que se le presentan. Y al detenerse frente a esa puerta se niega la alternativa de desplegarse ensanchando su mundo.

Lo cual ofrece al parecer una única ventaja de dudoso beneficio. Que es asegurarle preservar el dinero en su bolsillo.

¿Para qué?

También es algo que inquieta. Porque el hombre pijotero está expuesto a cualquier desliz que de repente le arrebate todo el dinero que preservó con empeño.

Como una multa por ejemplo, que facilitada por un descuido le puede sacar de un saque siete mil pesos.

U otras circunstancias que cada uno sabrá.

En la trastienda del hombre pijotero quizás puede suponerse que lo que valora es más el dinero que la experiencia.

Se queda con los billetes para negarse posibilidades.

Es cierto que por cuestiones éticas, filosóficas, humanas, de respeto irrestricto al derecho libertario que supone que cada uno haga lo que se le antoje, uno no debería emitir opinión, balbucear nada al respecto, y dejar al hombre pijotero tranquilo con sus propias elecciones.

Porque si asume esa identidad y la honra, es evidente que tiene para él sus claros beneficios.

Aunque uno lo mire de reojo y crea que no hace ningún negocio.




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viernes, 19 de octubre de 2018

Entre la escritura y la lectura


La escritura viene siempre a sintetizar alguna inquietud o a elaborarla. De Alguna manera sirve para aportar claridad y despojarte de cierta molestia.

Es como si fuera una piedra en el zapato que queremos sacar.

Por eso viene uno a veces a la página en blanco. Para liberarnos de la molestia y seguir con otra cosa.

Cuando se pone el punto final de alguna manera uno tiró la piedra y pasa a otro tema. O sigue con su vida sin la molestia que lo perturbaba.

El lector no tiene la culpa, pero al leer puede identificarse o inspirarse para construir su propio relato, tomar decisiones o facilitar la creación de su mundo.

Porque más importante que lo que puede decir alguien que escribe, es lo que puede elaborar con su pensamiento alguien que lee.

La escritura es un espacio mágico que habilita la creatividad, potencia la imaginación e incentiva la posibilidad de transformar la realidad y el mundo.

Sin exagerar.

También por eso vale la pena leer y escribir. Para darnos la posibilidad de facilitar un espacio de reflexión que nos despliegue hacia otros espacios que podemos habitar, incentivados por esa alternativa.

Por eso cuando uno lee está como encima de un trampolín. Primero habitándolo y luego quizás dando pequeños saltitos.

Abre una hoja y avanza párrafo a párrafo, mientras su pensamiento comienza el juego que lo lleva a recorrer territorios que pueden ser tan interesantes como inesperados.

Entonces surgen ideas, inquietudes, intenciones que escapan a lo que estrictamente uno puede leer en un determinado fragmento.

De ahí que escribir es en algún punto la posibilidad de invitar a que ese espacio de creación aparezca. Para que el lector llegue hasta donde quiera llegar, porque leer implica subirse al trampolín.

Para dar pequeños saltitos o hacer la pirueta final.






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viernes, 12 de octubre de 2018

El ser endiablado


La escritura es interesante porque muchas veces uno no sabe lo que va a escribir. Viene con una inquietud y arranca. Luego arremete hasta que llega al final.

Mira lo que escribió y se va como pancho por su casa.

Puse el título ese porque es lo primero que me vino a la mente. Esta vez no me ha pasado nada. No es que me haya cruzado con uno de esos seres y venga ahora turbado a resolver la situación y hacer justicia.

No.

Puede haber algún recuerdo de algo lejano, que debería buscar con intención pero vengo impoluto de la emocionalidad o el enojo que puede provocar el ser endiablado con su proceder.

Recuerdo por ahí una señora de mi pueblo de nacimiento y algunos que otros personajes menores que a fuerza de la agresión, la riña y el espíritu cizañero construyeron su identidad como seres endiablados.

Y quedaron presos de ella.

Es más o menos como los borrachos en los boliches.

Perdón, en las disco.

Supongo que se dice así, ¿no?

Bueno, es más o menos como los borrachos en las disco que reviven de la controversia primero y de la adrenalina después, que les aporta la pelea memorable que luego cuentan como proezas en sus vidas.

A mí me ha pasado de eso muy poco. Porque siempre he tenido la destreza y cobardía necesaria para evadirme de los seres endiablados y de los borrachos peleadores.

Siempre creí más en la inteligencia de la evitación que en la circunstancia de enredarme en conflictos indeseables.

Pero a veces debo reconocer que no son evitables, porque el borracho persiste buscando su víctima, al igual que persiste el ser endiablado.

Se nutren del otro y entonces se despliegan en la cotidianidad para edificar su existencia.

Creo que si en algo está confundida la sociedad argentina es en que el ser endiablado goza de cierto prestigio. Como si su actitud agresiva fuera un mérito, en vez de evidenciar la precariedad del ser humano.

Quizás por eso se mira con cierto respeto a quien insulta con mayor habilidad o despliega la destreza en el campo de la agresión, tanto con gestos como con palabras.

Creo que hay esencialmente un problema educativo, que afecta negativamente al conjunto de la sociedad.

Primero el ser endiablado adopta la identidad maliciosa. Luego se desenvuelve con habilidad y consecuentemente genera un contexto desagradable.

Insulta, agravia, putea…

Después las víctimas y la sociedad en su conjunto conviven con el perjuicio del clima social que lejos de tener algún mérito se muestra indeseable.

Y así andamos, entre seres endiablados que hacen de las suyas.

¿No?





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martes, 9 de octubre de 2018

Hoja en blanco


Andaba algo inquieto porque hace tiempo pensé que la escritura se había ido y no tenía nada más por decir.

Quedarme con las manos vacías sin nada que escribir sería para mí un despropósito, un hecho lamentable de la existencia que me provocaría una suerte de repudio innegociable. Porque no puede ser que la inspiración ande de un lado para el otro, merodeando en tantos seres y se termine olvidando de mí.

Uno anda a veces con esas inquietudes o menesteres de absoluta intrascendencia en la cotidianidad de los seres, porque sospecho humildemente, desconocen de la cualidad que tiene la escritura para incidir en el  mundo, elaborar nuestras emociones, comprender la complejidad de la vida.

Y liberarnos de nosotros mismos.

Quizás por eso la inquietud y el enojo de la inspiración fallida que se olvida de mí o decide no visitarme.

Aunque creo que ante los hechos el capricho es un mal consejero y uno no debe escribir cuando no quiere escribir. Porque de lo contrario supongo que se encuentra con la imposibilidad o la desazón que devuelve la hoja en blanco.

Que dice…

Bueno, dale.

¿Vas a escribir o no?

Dale, escribite algo.

Por eso me parece que lo mejor es escribir cuando uno quiere escribir o bien cuando alguna dimensión difusa pero existente de la naturaleza indica que Juancito, Pedrito o Josefa deben ir a la computadora para apuntar algo.

Solo en esos casos de genuina convicción puede uno titubear quizás desde el silencio. 

Pero luego debe ir hacia la hoja en blanco.






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martes, 18 de septiembre de 2018

¿Cuánto valen las cosas?



Diego me dice que esa bici es mejor que la otra. Luego que esta es mejor que la anterior porque tiene ciertas cuestiones que la anterior no tenía. Y esta otra es superior por otros motivos que muy bien comenta. Aunque esta siguiente es todavía mejor porque tiene tales o cuales cosas que son superiores. Y esta otra que le sigue ya es lo mejor de lo mejor....

Lo acompaño asombrado mientras recorremos su local porque son todas bicis de la misma marca. Y nunca hubiera pensado que una bicicleta podía valer desde dos mil pesos a más de cien mil.

Tampoco que cada una se las ingenie para superar a la anterior y justificar el nuevo precio, con cuestiones que parecen menores pero deben ser lo suficientemente tentadoras como para que el cliente esté dispuesto a sacar unos cuantos pesos más de su economía y los deje sobre la mesa del bicicletero.

Pero habría que ser justo y decir que una bicicleta superior logra justificar su precio mayor por las prestaciones, con lo cual el cliente puede comprar confiado y permitirse ascender a la cima del mundo bicicletero sin ningún riesgo de ser estafado.

Según parece observarse con absoluta claridad. 

Porque hasta el cliente más desconfiado puede advertir con sus propios ojos que esa cosita o cosa que tiene la bicicleta de la gama superior es claramente mejor que esa cosita o cosa que tiene la bicicleta inferior.

Por eso quizás lo único que debe disernir es hasta qué precio le conviene pagar para justificar esa erogación y no ser robado de inmediato en el espacio público.

Con lo cual advierte que la bicicleta debe ser casi típica y lo más conveniente es que pase desapercibida.

Pero se lamenta porque la otra bicicleta es claramente mejor y tendría todo el derecho a comprarla y usarla tranquilamente si no fuera porque siente que puede ser apuñalado impunemente por un loquito de turno, aunque parezca mentira.

Y entonces le viene a la mente lo que le pasó al destacado economista que sufrió un evento de esas características que casi le hace perder la vida.

-Cuál te parece entonces Juan? -pregunta Diego mientras me mira con atención y aguarda la respuesta.

-Con esta creo que está bien.








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jueves, 13 de septiembre de 2018

El Hombre enojoso



Nada me inquieta más en los últimos tiempos que ver al hombre enojoso reaccionar ante las situaciones cotidianas que se le presentan. Lo observo desde el silencio como arremete sin miramientos para encauzar el mundo que en algún aspecto se muestra desalineado.

Entonces incide, a veces con furia o vehemencia. Con la convicción de que lleva la verdad a cuestas y debe hacerse cargo de las situaciones injustas que emergen, se insinúan o imponen. Cosa que hace que el hombre enojoso en muchas oportunidades se repliegue para tomar aire y volver a la carga, con una actitud irrenunciable por sostener la lucha para lograr sus propósitos.

Creo que esos espíritus enojosos y rebeldes son muchas veces una bendición para todos. Porque la actitud combativa lleva a incidir sobre la realidad para transformarla, en vez de convalidarla en sus peores aspectos, con posturas de resignación propias de la falta de empeño que revela el ser acomodaticio.

Por eso creo que los economistas, ciudadanos o periodistas combativos que tienen buena fe merecen la mayor admiración. Aun cuando a veces puedan estar equivocados o enredados en sus abstracciones.

Pero si luchan por sus convicciones con honestidad intelectual, merecen ser respetados.

Son ellos los que inciden para transformar la realidad y construir un mundo mejor.

Asumiendo peleas que muchas veces ofrecen contra uno o contra todos.

Situación que los hace más admirables.

En la vereda de enfrente transitan los mediocres que miran para otro lado, con una actitud burda que solo honra el espíritu pusilánime de quien cree en la comodidad que ofrece la cobardía.





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viernes, 7 de septiembre de 2018

¿Qué decir?


Si no fuera porque decir lo que uno piensa de manera innegociable traería presumibles problemas, andaría por la vida abriendo la boca sin ningún miramiento.

Nada suele ser más saludable que liberarse y decirlo todo ante los hechos que acontecen.

Pero el problema es que si uno se deja caer en la tentación de hablar con voz grave corre el riesgo de sufrir las consecuencias.

Así que no es fácil esto de decirlo todo, sobre todo y todo el tiempo.

Uno administra sus palabras, sus dichos.

Anda con cierto resguardo para evitar enloquecer a la fiera.

Pero cada tanto o con frecuencia, se permite abrir la boca y poner la palabra sobre la mesa.

Lo hace con la convicción de que puede incidir en la realidad, cambiar las circunstancias o transformar el mundo.

Lo hace porque quiere ser consecuente con uno y no traicionarse a sí mismo.

En el otro extremo hay gente que se traga siempre las palabras para recluirse en los recovecos de los acomodaticios.

Resguardados en los rincones del silencio nunca corren ningún riesgo.

Solo el de atragantarse con lo que quisieran decir y no dicen.

Pero yo sospecho que esas palabras que no dicen en verdad los indigestan.

Es insano vivir callando siempre lo que pensamos.

Por eso no entiendo a los que nunca dicen nada. A los que siempre miran para otro lado.

A los que nunca se juegan por nada. 





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sábado, 28 de julio de 2018

Los chismosos



Hace tiempo que esquivo a los chismes y a las malas lenguas. La vulgaridad me espanta cuando se ejerce sin escrúpulos.

Antes, por el contrario, me sentía tentado a chusmear. Me sentaba sigiloso a la mesa de Marta y escuchaba con el interés que escucha un niño los cuentos, que tienen sus aristas memorables y no paran de exacerbar la atención.

Así que yo iba a visitar a un amigo y me prendía con interés a los chismes que desplegaba Marta sin miramientos.

Las historias eran tan disímiles que uno se podía encontrar con cualquier cosa. Aunque los personajes en cuestión a veces se repetían y eran personas inquietas o protagónicas del pueblo. A ellos siempre se les endilgaba algo y eran los actores principales de alguna historia.

Todo lo que no vivían las malas lenguas del chusmerío parecía que lo vivían ellos, que eran los verdaderos personajes de los relatos y al parecer los que llenaban de vida las mesas de los chismosos.

Yo antes caía en esas circunstancias cada vez que iba al pueblo y me predisponía a visitar a algún chismoso que era en verdad un amigo o un buen conocido. Lo iba a ver para saludarlo y pasar un buen momento pero de repente se imponía un chusmerío que en forma irremediable emergía, me inquietaba y eschuchaba con atención.

Con el interés que tiene alguien de descubrir la verdadera historia.

Lo mismo ocurría con otros amigos o buenos conocidos que visitaba hasta que me renegué y me indigné por los chusmeríos que eran siempre en algún aspecto maliciosos, decadentes y dañinos. Y que le impedían a la victima de turno ejercer su derecho de defensa para corregirlos y desmentirlos, porque siempre hablaban a sus espaldas con la impunidad que les ofrecía la cobardía.

Las malas lenguas eran en verdad demasiado dañinas y venenosas como para que atestigüe la maldad de los relatos inventados.

Si bien siempre ponía reparos a las historias y exigía verosimilitud, para tensionar las posibilidades de la inventiva, terminaba consintiendo algunos pasajes abusivos pero sin perjuicio de hacer notar los deslices que resultaban excesivos de los cuentos.

Y cierta vez, por qué negarlo, defendía con virulencia la incredibilidad que no podía permitir abusivas certezas del chismoso, que terminaba jurando y perjurando la veracidad de sus dichos.

Yo sabía que ni Josecito ni Pedrito o Clarita habrían sido partícipes de semejantes hechos escabrosos que les endilgaban y que siempre dañaban su reputación. Y sospechaba que lo que en verdad movilizaba a las malas lenguas era un espíritu precario, generado por la envidia y la frustración de quien en vez de admirar sufre el resentimiento que le ocasionan los exitosos.

Quizás eso me alertaba y me advertía del riesgo de caer en un mundo de tanta bajeza e improductividad.

Tal vez por eso es que en cierto momento recapacité, cerré mis oídos y hui espantado.

Me fui con la inquietud de que las malas lenguas jamás retractaban sus dichos y muy rara vez aceptaban replegarse de sus aseveraciones. Uno solo podía dejarles la duda y el escepticismo.

Y marcharse incrédulo y perturbado por la convicción con la que relataban sus cuentos.





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