miércoles, 30 de marzo de 2011

Ensayo del Extravío


Salir para un lado. Y luego para el otro.

Poner el mismo ímpetu. La misma predisposición. La determinación que elocuencia el propósito.

Extraviado.

Con convicción.

De ahí tal vez el desconcierto. Porque si uno mira con atención. Si en verdad se detiene y toma el tema en serio. Qué observa?

Observa la quietud en la duda. La persistencia de la irresolución. Que detiene al hombre frente a las diagonales. Y lo sostiene sin que acometa el propósito.

Dar el paso.

Porque la duda es la que impone la quietud. La desaceleración de la marcha.

La pausa.

De modo que es extraño que en la duda se avance. Más extraño aún que se avance con convicción. Como sabiendo. A dónde va.

Embaucándose así con pasos en el camino. Con decisión y coraje.

Que suelen desvanecerse de improvisto. Aniquilando la determinación de los pasos, que ya ascendieron a un ritmo.

Pero se detienen.

Porque han decidido dudar. Y arremeter en sentido contrario.

Con la misma predisposición. Y el mismo coraje.

Embaucándose nuevamente. En un camino, que puede resultar entusiasta, venturoso y motivador.

De modo que bien vale aprovechar el momento y acelerar el paso. Antes de que vuelva la duda.

Hasta la rendición final.

Del extravío.

Que le exige a uno que se deje de joder.

Y avance, en el mismo sentido.
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miércoles, 23 de marzo de 2011

La Cornisa


No sé si hago bien en adentrarme en este tema.

En verdad tengo mis dudadas. Pero es la escritura la que facilita claridad, la que abre la instancia al entendimiento. Hace emerger lo escondido y aporta a veces con cierta fugacidad lo oculto.

Aunque no sé si adentrarme en el tema. Caer para observarlo y encontrarme una vez más a mí mismo.

En un renglón pienso que puede ser positivo. Que bien lo vale el descubrimiento.

De modo que avanzo.

Pero en otro, me inquieto. Me pregunto si en verdad quiero encontrarme para descubrir lo que se insinúa. Lo que indefectiblemente aparecerá.

De modo que me detengo, en vez de avanzar.

Pero avanzo ahora.

Y me detengo una vez más.

Hasta que resuelvo…

Me quedo.

Muy bien. Gran paso. Me quedo para avanzar entonces. Descubrir lo que haya que descubrir y enfrentarme a mí mismo.

El tema es la cornisa tentadora y persuasiva. Subirse a la cornisa aporta la instancia de mayor libertad. Porque uno desde ese lugarcito puede observarlo todo. Permanece sin mayores perturbaciones y se evade de lo definitivo.

Ni de boca ni de river. Peronista o radical.

No es que uno no sepa quién es. A dónde va. Por supuesto que no.

Ausentarse de la definición es un respiro para el alma. Porque uno experimenta la naturaleza que impone la vida y se permite asumir el cambio. Y con él la posibilidad que expande al ser.

Me detengo entonces y miro.

Pienso que quizás esté haciendo una apología de la cornisa. Vendrán seres definitivos a reclamarme el despropósito. Me permito entonces advertir la mirada, reducir el entusiasmo que supone la cornisa y procurar hacer mayor justicia. Para precisar con propiedad lo que advertía con énfasis.

No hay que entusiasmarse con una campana. Ni elogiar por demás cierta mirada. Cierta asunción del ser que revela a la persona.

Debo reconocer, y esto es muy cierto. Que no todo es tan perfecto.

A veces hace frío en la cornisa.

Y hay mucho viento.
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Astucia e Inteligencia


He notado ciertas disidencias entre la astucia y la inteligencia.

Es notable como esas diferencias esenciales pueden percibirse con cierta atención.

De modo que al bucear sobre ellas. Al inmiscuirse para escrutarlas, emerge la naturaleza de las mismas. Anunciándose y haciéndose visible frente al espíritu curioso de quien pretende observarlas.

Antes pensaba que la astucia era una virtud. Un conjunto de rasgos que participaban de la personalidad y posibilitaban lograr resultados.

Pero me equivoqué.

La astucia tiene sus menesteres, sus dolores de cabeza. De modo que el astuto queda siempre como maniatado de elucubraciones que lo perturban. Porque le generan energía y atención, mientras que lo convocan a sostener una actividad mental que parece productiva a sus fines, pero inconveniente para su bienestar.

Es el astuto el que paga el precio de la elucubración. De sus vicisitudes que le posibilitan tal vez diseñar realidades. Vivenciarlas, con suerte. Siempre experimentando la disociación.

Caro. Pienso.

La mente entre mentiras, conversaciones solapadas, engaños más o menos evidentes.

Una catarata de actividad para la cabeza. Que culmina cesando en el placer de estar tranquila.

La astucia no hace a la persona virtuosa en diversas circunstancias. Por el contrario culmina manifestando la imposibilidad de que la persona obre con claridad, honestidad e integridad.
De manera que revela cierta denigración del ser humano. Una suerte de versión empobrecida de la calidad a la que puede arribar una persona.

Y genera la peor de las traiciones que alguien puede acometer. La imposibilidad de hacerse cargo de quien realmente es.

Triste.

Pienso que la inteligencia en cambio es una instancia superadora de la astucia. Porque la persona obra con las manos limpias. Presenta el porqué de su pensamiento. Muestras las cartas y sus expectativas. Habla con claridad, honestidad.

Se puede hacer cargo de sí mismo.

Es la inteligencia una virtud a la que debemos aspirar desde nuestra cotidianeidad. Desde cada acto y palabra. Desde cada gesto.

La inteligencia genuina no tiene dobleces.

En la asunción de la integridad está el bienestar. La paz y calma para la mente.

La versión más respetable de la condición humana.
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martes, 22 de marzo de 2011

Vieja PC


Reencontrarme con el pasado suele ser una experiencia displacentera.

Algo anda mal entre el pasado y yo.

En verdad no sé si es el pasado o mi persona. Pero ese espacio de reencuentro que se habilita de improviso, suele iniciar cierta sensación de languidez que permanece y se asienta en mi persona.

Mientras yo escribo esa suerte de pesadez que persuade, la nostalgia me convoca. Como si yo estuviera intentando alejarme, y ella me estuviera intentando atrapar.

Así andamos.

Me escapo en un renglón.

Pero me da alcance en otro.

Hoy la energía que parece envolverme en la tristeza apareció de repente. Por fin abrir los archivos de la computadora vieja para recuperar lo recuperable.

Una mirada fugaz a los mails fue un hachazo en la espalda.

Es que en los mails de hace años uno se encuentra con lo que quizás fue y ya ha sido. Y anda a tientas, como sigiloso, entre unos pocos correos que le ofrecen la certeza. Le indican que anduvo por tales o cuales circunstancias, que fue preso de ciertas inquietudes, o participó de determinados sueños, propósitos. Que a veces fueron y otras veces procuraron ser.

Y es en ese sigilar mesurado y presuroso, donde uno se enfrenta a sí mismo. Se descubre de prepo ante la vida.

Se escucha en silencio.

Mientras lo viene a buscar la nostalgia. Lo invita a ser atrapado.

Y, por fin, lo alcanza.
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miércoles, 16 de marzo de 2011

Inseguridad


Al principio no lo advertía pero con el tiempo se vislumbró.

Se hizo visible de manera elocuente y significativa.

Podrían haber pasado más días, más meses, más años. Pero cierto día la recurrencia de actos reveló el entuerto.

La inseguridad.

En este caso.

No voy a centrarme en los detalles de las metáforas que fundamentan el suceso. La revelación, para ser más exacto.

Porque inmiscuirme en las vicisitudes. Ofrecer las imágenes que la sustentan, revelaría a los protagonistas. Y no es mi intención indicarlos con el dedo.

Decir.

Son ellos.

Véanlos.

Y dejarlos desnudos delante de todos.

Por supuesto que no voy a hacerlo. Que no voy a mencionarlos, ni sugerirlos. No daré apellidos, nombres.

Iniciales primarias ni secundarias.

Gracias a ellos he descubierto ciertos atisbos de la personalidad insegura que se revela en pequeños actos. Enriqueciéndome así, desde esos menesteres, una mirada que tiene cierta pretensión del conocimiento humano. Que apenas sirve para zacear la curiosidad que inquieta o facilitar la efectividad de circunstancias en apariencia irrelevantes.

Pero qué inseguros se ven algunos hombres que no pueden viajar de acompañantes en el auto.

Se perciben molestos y menguados.

Y que mal la pasan, ante la realidad que a diario se les impone. Por no permitir la natural aceptación de virtudes que los exceden.

Viendo que los doblega el tiempo, el vecino y la muerte.
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domingo, 6 de marzo de 2011

El que busca...


No sé si el que busca encuentra. Me permito dudar, sospechar de esta sapiencia del conocimiento colectivo.

Porque el buscar encontrando parecería ser un énfasis del positivismo. Del espíritu esperanzador que muchas veces se evidencia sin motivos.

Es decir.

Suponer encontrar. Ahí está el tema. Suponer encontrar revela la subjetividad de quien manifiesta la suposición.

Una subjetividad venturosa. Colorida. Bienaventurada, si cabe el término.

Porque no se duda del objetivo. No se lo pone en cuestión. Simplemente se lo anuncia como resultado.

El que busca encuentra.

Aunque en verdad la síntesis sea engañosa y carezca de fundamentación sólida. Basta buscar para no encontrar. De modo que un accionar sencillo invalida la iniciativa.

Aunque después claro. A uno le dirán que busque más. Que siga buscando. Que tarde o temprano encontrará.

Y ahí estamos sí frente a la trampa.

Del carácter positivo de la subjetividad. Que estimula con el anhelo.

Aún cuando el acto fallido está frente a nuestros ojos.
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viernes, 4 de marzo de 2011

Atrapado


Estaba atrapado.

Eso es cierto. Eso es así.

Arrinconado, diría.

Casi enjaulado. Maniatado. Rodeado.

Apresado.

Quizás apresado. Esa es la palabra. Esa es la imagen, la justa precisión del hecho que ahora me perturba. De la condición que en este instante reclama mi atención.

Apresado.

La palabra correcta, oportuna. Indicada.

Apresado entre ideas que me abrumaban. Miradas de pasado. Análisis de presente. Proyecciones de futuro.

Una catarata de instancias que suponían cierta jerarquía y convocaban momento a momento mi atención. Como si fueran situaciones relevantes que exigen máxima urgencia.

Tonto.

Porque obraba en consecuencia.

Respondía a estas perturbaciones con ímpetu. Como un disciplinado, servil, obsecuente.

De la mente.

Que hacía de las suyas.
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