sábado, 27 de noviembre de 2010

Uno Escribe


Yo digo que uno escribe mientras camina, anda en subte, o levanta un barrilete.

Uno también escribe mientras salta, baila o habla por teléfono de otra cosa.

Uno es uno.

Tal vez dice “uno” sólo para amenguarse. Quedarse como al resguardo, detrás de las cortinas. Entre bambalinas.

Sin predisposición a moverlas para asomarse.

Presentándose ante los demás.

De modo que uno hace de algún modo su aparición titubeante.

Porque está. Porque no está.

Dice uno. No dice yo.

Y al decir uno se cubre. Se oculta sutilmente frente a los ojos que miran.

Así que así están las cosas. Mientras uno escribe un poquito.

Y otro poquito más.

Hoy sábado.

A las 12.48.
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miércoles, 24 de noviembre de 2010

A los Ojos


Un poco me desalienta escribir este escrito porque de alguna manera caeré en lo que quiero evitar.

Centrarme en mí mismo.

Mientras ustedes me miran, empiezan a armar su cuento mental. Celebran o refunfuñan. Pensando, otra vez quiere subirse al escenario.

Pero se percibe bondad y predisposición lúdica. Por eso no hay problema. Me permiten pasar.

Mientras yo agradezco.

Saludo a los conocidos. Me alegro de encontrarlos.

Doy un pasito, dos. Tres.

Hasta llegar con humildad al escenario, mirarlos contemplativo.

Y empezar a balbucear.

Porque el tema no es pasar. Es entregar algo.

A eso jugamos.

Decir una palabrita, una palabra, una palabrota.

Cuando de repente decido agigantarme y alzar la voz.

Para volver pronto a ser un angelito. Que los mira y de alguna manera comparte la vida con ustedes.

Para eso estamos.

Me dejo entonces caer en una suerte de perspectiva que focaliza en mi existencia.

Pone los ojos sobre mí y me escruta.

Es como que me saca primero el pullover, luego desbrocha la camisa.

Alguien que tira de los zapatos.

Y avanza sobre otras pocas prendas. Con voluntad de dejarme desnudo frente al público que mira.

Quiero hacerme el distraído, pero me pongo colorado.

No me gusta subirme al escenario. Mucho menos que me miren.

Observo la escena y no digo nada.

No importa que sean dos o tres. Cinco o diez.

Me rindo ante mí mismo. Me dejo despojar de lo poco que tengo.

Me ofrezco al desnudo y colaboro en ese sutil acto que procura arrebatarme de mi ser.

Para entregarme a los demás.

Como un artista voluntarioso que se esfuma en la intención.

El tiempo se va.

Entonces me miro a los ojos y me digo.

No pasa nada, Juan.

Sos el mismo.
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lunes, 22 de noviembre de 2010

El Compromiso


A mí me gusta el compromiso. He, quiero decir, claro. Si, sí el compromiso.

Porque el compromiso forma parte de la naturaleza del comportamiento humano.

Sin compromiso, no hay noticia.

Ahí está.

Es decir, bueno…

Digo que el compromiso es necesario.

Esencial, diría para definirlo con mayor precisión.

Esencial.

Sin compromiso no se avanza. Sin compromiso uno queda detenido.

Como congelado en el tiempo. A pesar de que la vida lo arrase, y se imponga por voluntad propia.

La pucha que es importante entonces el compromiso. Mirá vos uno preguntándose por su jerarquía, por su trascendencia y aparece de golpe sublime.

Imponiéndose majestuoso.

Y uno lo observa, aceptándolo. Sabiendo que es entonces majestuoso.

Majestuoso.

Si, sí. Así parece. Así se presenta.

Para que negarse ante la evidencia.

Uno se preguntaba si era importante y de golpe frente a sus ojos se queda como un niño que observa, esa sutil relevancia que lo vuelve majestuoso.

Entonces, se dice, se pregunta, piensa.

- A mayor compromiso, menor libertad. Aparece la vocesita.

Pide tiempo.

Otro minuto más.

Pero siempre el compromiso lo observa, está ahí, mirando fijo, como quien hizo la pregunta que tiene que hacer.

Y espera la respuesta.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Suelta de dedos


Yo escribo en cinco minutos.

En verdad no sé si soy yo el que escribe. O es la ansiedad que se manifiesta.

Pero un escrito aparece ante mis ojos, casi antes de ser tipeado.

De modo que no sé si en verdad escribo, o bien leo.

Porque me encuentro con la revelación, de esos dedos inquietos que avanzan presurosos para presentar palabras.

Ahora mismo trato de seguir lo que los dedos imponen.

Rápidos, decididos, venturosos.

Van y van.

Como si algo extraño los estuviera movilizando. Para dejar testimonio de una escritura que emerge.

Y yo, que solo miro como un niño que espera la aparición.

Sin mago, sin galera.

Y, a veces.

Sin conejo.
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lunes, 8 de noviembre de 2010

Los Libros


No es frecuente que la verdad aparezca, me venga a visitar, se instale.

Pero hoy pareció insinuarse y aquí está.

Presente.

Puede ser un supuesto, una expectativa. Pero no.

Aquí está.

De manera que abro la puerta para que pase y se manifieste. Como quien se predispone gentilmente a recibirla.

Siempre pensé que en los libros estaba la verdad. El momento sublime que lo explicaría todo, descubriría al ser humano, revelaría la trastienda de su comportamiento.

Fui consecuente con el supuesto y abrí cuento libro se cruzó en mi camino. No por pretensiones del conocimiento, sino por el sano afán del descubrimiento.

Quizás de las personas, quizás de mi mismo.

Pero a juzgar por el tiempo, me he equivocado.

Los libros son ilusiones pretenciosas de una precisión que no llega.

Por eso hay siempre un nuevo intento narrativo, y una nueva oportunidad de hallazgo que ofrece el lector, impulsado por su expectativa.

Otro libro, y otro lector.

No puedo dar cuenta de la totalidad del mundo de los libros, y certificar el resultado definitivo.

Por supuesto.
Pero hoy observo la predisposición fallida de las narraciones pretenciosas.

No es que los libros no sean un medio inspirador, digno y revelador.

Es que el hombre excede a las palabras.
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