domingo, 10 de junio de 2018

¿Quién es Juancito?


Bueno, yo me siento contento de ser quien soy y de poder hacerme cargo de mí. Sería una preocupación preocupante que a esta altura no me sienta tranquilo con lo que soy y me diga que quisiera ser otra persona distinta a la que estoy siendo.

Esa situación me preocuparía porque debería saber primero quién quisiera ser y si no lo supiera, estaría peor todavía. Porque primero debería darme cuenta quién quiero ser y luego procurar ser quien quiero ser.

Y uno ya tiene cierta edad que no puede ahora andar hurgando en cuestiones esenciales desde lo más profundo de su ser para buscarse y encontrare. Y decir por fin, acá está. Este es. O este soy.

Y autodescubrirse en un acto que podría ser digno de las más notables de las iluminaciones. Porque el hallazgo de uno debe ser el mayor de los descubrimientos.

Así que yo no voy a buscarme mucho más porque pienso que ya no tengo tiempo de hacerlo. Soy lo que soy o lo que puedo ser. O lo que cierta inclinación me impulsa a ser. En determinado momento, en determinada circunstancia.

Porque creo en cierta fluidez que permite el despliegue de la vida. Una fluidez en algún aspecto medida. No es que no soy por ejemplo sacerdote y mañana la fluidez me sorprende dando misa en un altar.

Pero salvando esas distancias creo que uno puede dejarse fluir desde sus propias predisposiciones. Así que si no es cura y se inquieta con ser monaguillo, bienvenido sea.

En fin, dejarse llevar por nuestras propias intenciones parece ser una brújula interesante porque respeta la autenticidad de quienes estamos siendo y en esa decisión nos respetamos a nosotros mismos.

Nada es peor que pantomimizarse.

Quizás solo hay que procurar que el entorno no ofrezca mayores resistencias. Porque caso contrario uno se verá obligado a negociar consigo mismo con el riesgo de traicionarse o a cambiar el entorno para evadirse de las delimitaciones que pretenden imponerle.

Una disyuntiva que requiere un sano equilibrio para el hombre mesurado y un desafío a resolver para el hombre decidido.

Habría que descubrir cuál es nuestro caso.




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sábado, 2 de junio de 2018

El ser desconfiado


No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.

Nada de eso.

Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las observo un poco sin recriminarles nada.

Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor aún, de supervivencia.

Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.

Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación para evitar perjuicios.

Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera responsable, prolija.

No desmedida.

Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí, uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira, escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos. Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?

Y piensa.

¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué me quiere decir en verdad cuando me dice esto?

Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.

El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.

Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.

Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún punto de irrelevancia, ¿qué hace?

Uno escucha palabras pero mira los hechos.

Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones, comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.

Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para allá.

Justo para el otro lado.

Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos lo arrastran para el otro.

Entonces piensa, analiza, dilucida.

Trata de avivarse.

Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan encontrar la certeza.

El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.

Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún cuando la evidencia la desmienta.

Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.

Sanseacabó.

El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.

El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.

El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.

Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.




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