martes, 20 de diciembre de 2016

Problemas


Nada es mejor que liberarse de los problemas. Por eso no entiendo a la gente que consciente o inconscientemente se predispone siempre a generarlos. Es como si creyeran que en los problemas existe la vida, la intensidad. No sé. Ellos sabrán.

Si es que en algún momento se lo preguntaron.

Y si es que llegaron a alguna hipótesis que de alguna forma pudieron validar. O bien arribaron a ciertas explicaciones que les resultaron razonables, para dejarlos tranquilos y convencerlos de que las cosas son de tal o cual forma.

Porque uno anda así muchas veces por la vida, viviendo.

No queda otra.

Y al mismo tiempo algunos se preguntan ciertas cuestiones. Como esta, la de generar o no problemas. Y por qué se generan aquellos problemas que podían evitarse, pero emergen de repente y ahí están.

Delante de todos.

No sé ustedes pero yo soy de los que prefieren evitar problemas. Por eso creo que siempre estoy atento a no generarlos.

Si vienen por caprichos de la naturaleza o imprevisibilidades que uno no puede controlar. Bueno, que vengan. Ahí se verá cómo uno maniobra, saca pecho. Los enfrenta, para reacomodar el mundo en su lugar.

Porque en definitiva el problema viene siempre a desestabilizar. A complicar las cosas para descuajeringar el mundo.

Por eso creo en el compromiso de evitarlos. Para lo cual no hay nada mejor que facilitar las condiciones para que no emerjan.

Pero generarlos por vocación propia y determinación inquebrantable, ustedes me disculparán, pero en mi prejuiciosa opinión pienso que es una zoncera.

Un acto fallido de la torpeza humana.





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viernes, 25 de noviembre de 2016

Otra vez Yoga


He vuelto a yoga y lo he hecho con toda la convicción del caso. Es decir, ajustándome estrictamente a las indicaciones que nuestra profesora, la buena de Susana, nos hace.

He notado otra vez que el ámbito está plagado de mujeres. Son señoras o chicas más jóvenes y apenas dos o tres varones.

Siempre me ha llamado la atención que seamos pocos los hombres que vamos. Suelen ser dos o tres y yo. Pero eso tiene por supuesto una explicación. Muchos hombres no van porque piensan que esto es cuestión de mujeres. Que no es una práctica digna de alguien que es bien macho. Y que quizás si se vuelcan a esta disciplina terminarán afeminándose por demás y facilitando la posibilidad de hacerse putos.

Quién sabe.

Pero algo de eso piensan, sobre todo en el interior. Donde el promedio de hombres en clase de yoga disminuye considerablemente.

Salvo a Acuña yo por ejemplo en mi pueblo de nacimiento, no he visto a ningún hombre jamás hacer yoga. Con la excepción por supuesto de mi amigo Carlitos, que es claramente una persona desarrollada y vivencia los beneficios que ofrece esta disciplina.

El resto debe tener miedo de embarcarse en la práctica o bien que algún otro pueblerino lo vea contorsionarse, hacer el gato, enroscarse en movimientos o terminar con el glorioso saludo al sol.

Cuestiones que podrían confinarlo al rótulo de maricón o medio gay.

O rarito, por solo precisar unas etiquetas de esas que con convicción y prejuicios se lanzan entre los pueblerinos por solo ver algunos atisbos de conductas sospechosas.

En fin, he vuelto a yoga y en mi intención de ser alumno disciplinado me he excedido. A Susana se le ha ocurrido innovar y enroscarnos de tal manera que he quedado dolorido. Especialmente por una contorsión que consiste en esencia en doblegar el torso, mirar en exceso hacia atrás, doblar una pierna sobre la otra y sentarse sobre los tobillos.

Mala idea.

Convencido de la destreza de Susana para disponer las posturas, no dudé en brindarme al ejercicio. Pero he sufrido el dolor debajo de las rodillas que aún persiste.

La próxima vez que surjan contorsiones excesivas me mantendré firme y me declararé en rebeldía.

Solo haré los movimientos que mi cuerpo permita.

No me enrosco nunca más.




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sábado, 29 de octubre de 2016

La cultura de la vagancia


Yo creo que las cosas se están desvirtuando y muchos políticos están confundidos.

He dicho.

Arranco a lo macho como para mover el avispero. Pero voy al grano.

Lo que dicen que es justicia social, es en verdad injusticia social.

¿Por qué?

Por la sencilla razón que no se puede castigar con políticas arbitrarias a quienes más se esfuerzan y más trabajan, para robarles la mayor parte de sus ingresos y dárselos a quienes menos se esfuerzan y menos trabajan.

Punto ahí.

Eso es lo que se está percibiendo e instalando en la sociedad argentina como lógica natural y justa, que incluso a viva voz más de un político parlanchín proclama. Saca pecho, alza el dedo y dice que están decididos a hacer justicia social para salvar a los desposeídos.

Algo así dicen en términos simples, en otros términos hablan loas de los impuestos progresivos. Que no son ni más ni menos que cobrarles más a quienes mejor les ha ido. Es decir, a los más exitosos.

¿Quiénes?

Los que más se esforzaron, más trabajaron y más ingresos logran en la sociedad.

Algunos políticos demagógicos están obstinados en abalanzarse sobre esa gente y robarles cada vez más esfuerzo para trasladárselo a quienes menos se esfuerzan y menos trabajan.

Quienes deben ser salvados irremediablemente por el séquito político que ha venido a este mundo a rescatarlos de la desgracia. O la pobreza, que es lo mismo.

Esos mismos políticos que dicen dar la vida por la redistribución para salvar a los pobres, se incrementan el 70% sus ingresos en un acto de desfachatez, que lo único que hace es exhibir que los motiva más su interés mezquino que el bien común.

Chantas.

Por supuesto no todos los políticos son tan pelotudos. Y hay muchos que ante la inercia del despropósito levantan la mano, hablan con propiedad e inciden para que se recalcule y se alisten las políticas para lograr resultados positivos.

Esos valiosos políticos son cruciales en los momentos relevantes de la patria. Como son cruciales los periodistas y figuras públicas que participan en los medios y con sus intervenciones alertan o ponen puntos sobre las íes.

Quienes más se esfuerzan y más trabajan, está muy bien que ganen más. Y lejos de ser castigados cobrándoles cada vez más impuestos, deberían ser premiados.

Son ellos quienes agregan más valor a la sociedad con su trabajo cotidiano y consecuentemente favorecen a la sociedad. Detrás de ellos mejoran la calidad de productos y servicios que todos consumimos.

¿Han visto ustedes el aporte que hace una persona que no trabaja?

Miremos para el otro lado. Veamos a cualquier persona que trabaja. En el puesto que sea.

¿Ven el valioso aporte que hace?

Esa misma elocuencia debería ser suficiente para premiar a quienes trabajan y desalentar la posibilidad de quienes eligen no trabajar.

Si los que se benefician de políticas públicas arbitrarias son ellos, ¿qué podemos esperar?

Por supuesto, no estamos hablando de los abuelitos jubilados que deberían vivir como reyes luego de toda una vida de trabajo. Estamos hablando de los vagos, de quienes reciben cada vez más beneficios que son posibles gracias a quitarles a los que más trabajan para trasladárselos a ellos.

Las muchas veces erróneamente llamada justicia social. Que bien debería llamarse injusticia social.

Y esto no tiene nada que ver con el asistencialismo que son políticas necesarias para la sociedad.

Pero una cosa es el asistencialismo puntual y necesario, y otra muy distinta es pensar a diario políticas que en definitiva fomentan la cultura de la vagancia. Construyendo un mundo de beneficios en el que los cómodos quieren vivir.

En fin.

Si en vez de premiar a esa gente que creyó en la cultura del esfuerzo, se los castiga cobrándoles cada vez más impuestos para robarles cada vez una parte más relevante de su trabajo para dársela a quienes menos se esmeran y menos trabajan. Si insisten por ahí. Si no ceden…

Vamos a creer que ir a menos es mejor que ir a más.

Y en vez de fomentar la cultura del trabajo, vamos a sufrir el perjuicio de estar repletos de vagos.

Que no es más ni menos, que favorecer la construcción de un país cada vez más pobre. En vez de construir un país cada vez más rico.

He dicho.




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jueves, 27 de octubre de 2016

Los buenos modales


La vecina de arriba es la de los tacos. La abogada que no se anda con chiquitas y maldice al otro por teléfono eludiendo toda discreción.

Estúpida. Tarada.

Escucho que grita, que maltrata a su oponente, que no cesa en su ímpetu por mandarla a la mierda a la desafortunada telefonooyente que no entiendo por qué a esta altura todavía la escucha.

Debe ser masoquista, pienso.

O también le debe estar dando para que tenga.

Vaya uno a saber qué carajo le dice. Quizás le grita puta. Puta de mierda.

Escucha en silencio y cada tanto responde.

Puta de mierda.

Algo así debe ser la situación para que la mujer de arriba, la de los tacos, la abogada que según el portero Ulises es muy brava, se haya desatado para desplegar su locura cargada de cizaña a su oponente.

Escucho, “por qué no te vas a la mierda, tarada”.

“Estás revolviendo mierda, hija de puta”, sigue.

Andate a la puta que te re contra mil veces parió.

Mal cogida.





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miércoles, 19 de octubre de 2016

Distinguir


Uno de los principales errores que comete nuestra sociedad es que no distingue. Es lo mismo una cosa que otra. O bien caen todos en la misma bolsa.

De esa manera se cometen importantes injusticias. Pagan justos por pecadores. O trabajadores por vagos.

Como en la docencia.

Sin dudas es una vergüenza que tanta gente incompetente, mediocre e irresponsable ejerza la docencia. Es algo inaceptable ahora y siempre.

Como es inaceptable que tantos chantas se lo pasen de licencia cobrando igualmente el salario y no yendo a trabajar.

¿Hasta cuándo se van a permitir estas situaciones inadmisibles?

El otro día estaba en una charla y una mujer indignada se paró e interrumpió para decir que sus nietos no aprendían nada. Que era increíble que no les den deberes, que no hagan nada.

Es una breve anécdota de miles de situaciones seguramente similares. Donde abuelos o padres sufren la irresponsabilidad de quienes están a cargo de las aulas.

Si queremos cambiar, sin dudas hay que llamar las cosas por su nombre y tomar decisiones evidentes. Propias del sentido común.

Como remplazar los docentes chantas por esos maestros responsables, idóneos y comprometidos, que muchos de nosotros tuvimos la suerte de conocer.

Que recordamos con el mayor de los afectos.

Si se mira para el otro lado, si no se llaman las cosas por su nombre, si se quiere quedar bien con Dios y con el diablo, si no se toman las decisiones evidentes que hay que tomar, los chicos van a seguir siendo estafados.

Les van a seguir robando su tiempo. Y al mismo tiempo su futuro.




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domingo, 9 de octubre de 2016

Estaré en la Feria del Libro de Mar del Plata


Estaré en la Feria del Libro de Mar del Plata compartiendo la charla: "¿Puede la escritura transformar la realidad?

El evento será hoy domingo 9 de octubre a las 18 horas en el auditorio 1.

Agradezco la invitación para participar en la Feria del Libro. Y comparto la presentación del evento...

La charla es una invitación a reflexionar sobre la potencialidad que tiene la escritura para incidir en la realidad. ¿Cuál es el verdadero poder y alcance de las palabras? ¿Puede la letra impresa contribuir para influenciar de manera positiva en el ser humano y en la sociedad?

La aparición de nuevos medios nos invita a vivir en palabras. Todos somos de algún modo miembros de un mundo simbólico que cobra protagonismo con Facebook, twitter y las redes sociales. ¿Qué rol podemos asumir para para favorecer cambios sanos y positivos?





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sábado, 1 de octubre de 2016

Descuajaringado


Hace unos días estoy descuajaringado. Ocurre que he decidido arremeter con todo en el deporte y recuperar el tiempo perdido.

Cada día lo he hecho con una convicción y determinación irrenunciables. Sin dar el menor atisbo a la posibilidad de suspender la actividad física. Manteniéndome firme ante la decisión indeclinable.

Sosteniéndola como sea.

Contra viento y marea. Y más allá de las improcedencias que llegan con la imprevisibilidad de la 
cotidianidad, que siempre demanda nuestros tiempos para arrebatarlos por las cosas que sean.

Firme y decidido, he puesto las cosas en su lugar. Y no me he dejado vapulear por urgencias que exigían desatender mi propósito para dedicarme a otras cuestiones que siempre se presentaban como impostergables.

Es por eso que hace tres o cuatro días hago todos los días deporte. Me he juramentado al menos cumplir religiosamente con una actividad por día. Puede ser yoga, estiramiento, natación o basquet. 

Más o menos me muevo por ahí. A los fierros les tengo un poco de rechazo, porque implican indefectiblemente desde mi punto de vista prejuicioso y personal, una invitación al sacrificio. Algo que de plano considero, también desde mi punto de vista prejuicioso y personal, inconveniente.

Hoy me he levantado con el cuerpo torcido.

Cómo puede ser, dirán ustedes. Pero es cierto, el cuerpo está torcido. Desalineado. Ha quedado de alguna manera desamblado. Si es que existe esa palabra.

No creo.

Pero está desamblado. Lo noto. 

Es cierto.

Creo que la causante ha sido la profesora Fernanda. La de estiramiento. Muy simpática, cierto. Pero arremete sin miramientos y todos los jóvenes que estamos en la adultez la sufrimos de alguna manera. Porque Fernanda es implacable. Dice que hay que contorsionarse a veces con una exigencia que, creo, es la última causante de la desalineación corporal.

Eso de ir con el pecho al piso. Darse vuelta para un lado. Para el otro. Tirar la pierna en una dirección. Y la otra hacia arriba. O el torso en equilibrio. La mano derecha hacia adelante. El talón atrás. La cabeza al techo. El pecho arriba. Las palmas para abajo. La mirada en ángulo de cuarenta y cinco. Las rodillas juntas…

Esos movimientos no solo estiran. Estrujan.

Nos dejan maniatados dentro de nosotros mismos. Ejerciendo una suerte de reacomodamiento de nuestros órganos internos, tendones, músculos y hasta sangre. Que extraviados antes los movimientos abusivos, andarán como puedan de un lado al otro, hasta quedar finalmente ubicados quién sabe en qué lugar.

En definitiva, estoy descuajaringado. 

Siento que una pierna va para un lado y la cadera pide ir para otro. O el cuello quedó confundido. Zigzaguea sin saber para donde mirar. Hasta el pelo ha quedado arremolinado y extraviado. Por decir algunas minucias. 

Quiero decir, cuestiones menores.

Ahora sospecho que todos los que deben hacer ejercicio es posible que estén en mayor o menor grado así. Un poco doloridos, un poco descuajaringados.

Sé que volveré pronto a estiramiento. Confío que el cuerpo se alineará.

Que Fernanda volverá a dejarnos en nuestro propio eje.





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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Entrevista sobre superación personal

Tenía pendiente compartir el video de la entrevista sobre superación personal.

Espero que esta conversación sea un humilde aporte a la reflexión.

Agradezco la invitación al programa "Se hace camino al andar", conducido por Elba Torrado.






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sábado, 17 de septiembre de 2016

¿Sabemos quiénes somos?


Hace tiempo que escucho hablar sobre quiénes somos y me inquieto un poco al respecto. Al principio me preguntaba, pero cómo puede ser que no sepamos quiénes somos. No podemos ser tan tontos de convivir con nosotros mismos y no saber en verdad quiénes somos. Si hace 20, 30, 40 años que convivimos con nosotros lo menos que deberíamos saber es quiénes somos.

¿No?

Esas inquietudes tenía hace un tiempo y todavía tengo. Porque es cierto que es muy relevante conocerse y poder descubrir en algún momento quién carajo somos.

De lo contrario somos extraños a nosotros mismos, tomamos decisiones desafinadas con nuestra persona y actuamos como marionetas que en vez de ser comandadas por nuestra voluntad, son guiadas por otras cuestiones. Las circunstancias, otras personas, el ego o quizás muchas.

Muchísimas cosas más.

De manera entonces que primero y principal sería bueno conocerse. Es decir, sería conveniente conocerse. Para eso tal vez hay que aquietarse. 

Detenerse.

Mirarse un poco en el espejo y preguntarse. A ver Josecito, ¿quién sos? Y detenerse un poco ahí. Mirarse tranquilo hasta comprenderse con mayor fidelidad. Con la mayor objetividad del mundo. 

Ahí tal vez lo mejor es no usar palabras y quedarse en silencio. Esto sería más o menos así.

Josecito se detiene en la vida. Se pone frente al espejo. Y mira.

No dice nada.

Mira.

¿A quien? 

A Josecito. Mira qué ha hecho los últimos días, las últimas semanas. Los úlltimos años.

Que ha hecho en verdad Josecito, cómo se ha movido. Cómo ha interactuado con los demás. Qué emocionalidades ha tenido en las distintas circunstancias. Cuáles han sido sus deseos. Qué ha hecho con ellos. Hacia dónde ha ido en verdad. Qué miedos ha tenido, cómo ha resuelto sus cuestiones. 

En fin.

Josecito sabrá qué ver y qué preguntarse. Lo importante es quizás que se detenga, se mire frente al espejo y se observe.

Sin mentirse.

Después es cosa de Josecito lo que quiera ver. O darle lugar a lo que le de mayor relevancia. 

Tal vez luego de esa exploración que parecería conveniente hacer en forma habitual, esté listo para saber quién es o quién ha estado siendo.

Luego decidirá si es mejor ser el mismo o prefiere cambiar en algunos de sus aspectos.

Nadie le va a decir a Josecito qué es lo que tiene que hacer.





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sábado, 10 de septiembre de 2016

Tus lógicas


Yo no sé cuáles son tus lógicas, las que conozco son las mías.

No es que sea malevo ni mucho menos. Es que me gusta hacerme respetar. O más precisamente, respetarme.

Eso implica necesariamente conocer mis parámetros. Mis valores. Mi forma de proceder. Mi estilo, en síntesis.

Lo mismo le ocurre a cualquiera. Que tiene sus parámetros. Su forma de proceder. Su estilo.

En definitiva, cada uno tiene su manual de instrucciones y debe operarlo en consecuencia. Caso contrario corre el riesgo de ser atropellado por otras lógicas que son ajenas y que poco tienen que ver con su persona.

El resultado, una burda traición a quienes somos en favor de ser consecuentes con el mundo exterior. O con el proceder ajeno, para ser más exacto.

Con sus caprichos, con sus pretensiones. Con la voluntad de sus decisiones. Y su manera de vérselas con el mundo.

Por supuesto cada uno elige y puede hacerse atropellar tanto como quiera. A veces mucha gente considera que es mejor doblegarse a las lógicas ajenas que honrar las propias.

Yo nunca he visto tantos pusilánimes y obsecuentes como en estos tiempos. O, para ser más preciso, como hace un tiempito.

Pero todo es respetable.

Y todo tiene sus precios.

En cualquier caso, cada uno hará lo que considere.

A mí me parece, a riesgo de estar algo equivocado. O muy equivocado…

A mí me parece que es mejor alinearnos con nuestras lógicas. Es como si eligiéramos ser serios con nosotros mismos.

Como si creyéramos que lo mejor es respetarnos siempre.





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sábado, 3 de septiembre de 2016

Ganas


Me parece que la mejor forma de deshonrar la vida es vivir con pocas ganas. Algo que realmente me inquieta desde hace tiempo y me despierta algunas reflexiones.

Siempre quizás hay dos cuestiones que discierno cuando conozco a una persona. Lo primero, y principal, distingo si es una persona buena.

Lo segundo, si vive o no con ganas.

Cualquiera de las dos carencias es motivo suficiente y necesario para que esquive a esa persona.
Porque sé que es una mala influencia, aunque suene algo duro.

Aunque pueda ser la síntesis un prejuicio.

Las personas que no tienen ganas desperdician la vida. No son lo que pueden ser en sus potencialidades. Y en vez de ir siempre a más, van siempre a menos.

Actúan como si creyeran en la debilidad, en la carencia. En vez de apostar a sus posibilidades y fortalezas.

El resultado de esa actitud mediocre se manifiesta en sus realidades. Que habla con la elocuencia que no tienen las palabras.

No voy obviamente a juzgar o ajusticiar a quienes viven sin ganas. Quienes ponen poco empeño. Quienes creen que menos es mejor que más.

Son ellos quienes sabrán los beneficios de sus actitudes y recibirán la retribución que esa forma de estar en el mundo ofrece.

Lo que sí siempre me pregunto y me inquieta, es por qué eligen ser menos de lo que son. Por qué creen en la precariedad de ir a menos.

Por el contrario siempre me acerco a los buenos y a los que van a más. Creo en esas personas porque construyen vidas poderosas, alcanzan objetivos.

Viven intensamente.

Y, en esa actitud, honran la vida.

Gracias a ellos el mundo avanza. Se construye y evoluciona. No se regodea en la comodidad de las excusas.

Si tuviera que creer en alguien, creo por supuesto primero en los buenos.

Y después, en los que tienen ganas. En los que van a más. 





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domingo, 28 de agosto de 2016

Nosotros, los Peronistas


Por supuesto que soy Peronista, como somos de alguna manera todos. Hasta los que lo odian al general, que se definen como antiperonistas.

Con lo cual algo tienen que ver. Y su identidad no por concordancia pero sí por oposición está de alguna forma afectada por la doctrina.

Nuestra doctrina. La de los compañeros.

Y ahí también vemos, que estamos de algún modo en el mismo lodo. Porque compañeros, lo que se dice compañeros, somos todos.

Pero bueno algo hay que ser en la vida y yo como muchos, porque eso también hay que reconocerlo. Yo, como muchos, soy Peronista de algún modo.

Aunque no estoy seguro de qué modo o con qué precisión sería yo Peronista. Ni a qué linaje de Peronistas pertenecería. Porque no haber ocupado cargos públicos algo debe decir, o mucho debe decir.

Por ejemplo, que uno no se ha dedicado a la política. Y que se ha entregado a otras cuestiones.

Pero eso no le quita a uno la inquietud por el Peronismo que se desata en estos tiempos. Más si uno, que vengo a ser yo, de chiquito aprendió la marcha y la cantó con emoción genuina en actos que puede recordar ahora como momentos inolvidables.

Siempre había tres o cuatros oradores más o menos virtuosos. Entre los que se destacaban las figuras invitadas, que eran los políticos de renombre que llegaban al pueblo para pronunciar grandes discursos frente a un público que los vitoreaba y acompañaba con bombos y cánticos en un clima festivo.


Así eran los actos por ejemplo en el Club de Pesca Social y Deportivo. Que cerraban con un asado envidiable en un salón que albergaba más de mil personas.

Nada borrará en mi memoria que los días de los actos eran siempre soleados y que la marcha se escuchaba a todo volumen de manera incansable.

Yo recuerdo que en mi pueblo teníamos oradores locales de gran destreza. Y recuerdo también a la Chola, a Mario, al loco Conti. Y a tantos otros compañeros que eran piezas clave del Peronismo local y se deslomaban para que el movimiento salga adelante en cada una de las elecciones.

Ellos, mi padre, yo y algunos otros, sabíamos que el pueblo se salvaría si el Peronismo por fin llegaba al poder y comandaba la Municipalidad local, que siempre quedaba en manos de los malos de los radicales.  Por aquellos años, esos que para mí de alguna forma eran de esa estirpe. Aunque no tenía ningún tipo de enemistad ni encono con ellos.

No es que eran jodidos los Radicales, ni mucho menos. Pero de niño uno distingue lo esencial. Y en aquellos años, qué duda cabe, nosotros éramos los buenos.

Peor que los contrarios eran los otros. Los peronistas del otro bando, que afamados tenían cierto prontuario. Y el mandamás según se comentaba andaba cargado. Cargado hasta los dientes con un revolver en la guantera de la camioneta, listo para resolver cuestiones.

Era el loco que recuerdo el apellido pero por las dudas no pienso mencionar. A ver si todavía queda algún secuaz de aquella aparente banda y viene a arreglar las cosas conmigo, que apenas escribo.

Y no tengo nada que ver.      

Nada, absolutamente, nada que ver.

Yo conocí a todos los Peronistas auténticos de aquellos años gracias a mi padre, que es Peronista en serio. De los genuinos.

Algo que supe desde chico, no por acompañarlo al partido, sino por verlo en acción. Sobre todo cuando mi madre atendía a algunas personas que iban en busca de dinero para pagar la luz, el gas o más habitualmente los remedios.

El timbre sonaba en mi casa. Mi madre sabía que era algún hombre que buscaba a mi padre, que vendría con alguna urgencia. Salía entonces a abrir y atendía al señor desde la puerta. Decía que lo busque en el estudio, pero ante la insistencia de la urgencia siempre cedía. Cuando volvía contaba, es fulanito, no se puede tener parado.

Qué va a necesitar para los remedios, protestaba.

Mi padre se levantaba en silencio de la mesa, iba hasta su cuarto y agarraba supongo unos pocos pesos. Hablaba unos minutos en el porche de la casa con Perez, Reinoso o quien fuera y volvía sin decir palabra.

Desde mi silla miraba todo con la misma indignación que mi madre. Protestando en silencio por la injusticia de no haberme comprado el mísero helado torpedo rojo en lo de Marcelino y haber destinado los esforzados fondos de la familia a supuestos remedios apócrifos con forma de vino, según las fundadas sospechas que mi madre hacía notar.

Y afirmaba sin el menor de los titubeos.

Pero no quería distraerme en estos detalles sino adentrarme a la inquietud que no sé por qué me convoca, que es observar un poco más de cerca lo que pasa hoy con el Peronismo. O bien lo qué pasa en relación a estos tiempos.

Si cuento lo que cuento, será para observarlo más de cerca y entenderlo un poco. O para descubrir quién fui, quién soy. O quiénes somos.

Vaya uno a saber.

Siempre pensé que mi padre tendría chances de hacer carrera en la política y se abriría camino por ese sendero hasta llegar a alguna cima. Lo sospechaba por los recibimientos airosos que recibía cada vez que lo acompañaba al partido. Eran creo unos pocos gatos locos, pero gritaban como si fuera una horda de gente entusiasta ante la presencia de mi padre. Carlitos, se escuchaba. Carlitos. Y aplaudían y enseguida lo rodeaban.

A veces, la cosa se ponía más interesante y mi padre iba hasta un extremo de la sede partidaria y comenzaba a hablar luego de los repetidos gritos acompañados por palmas decididas.

Que hable, que hable…

Mi padre se acomodaba en algún rincón y siempre daba un discurso medido, tenue. Propio de la timidez que creo sufrió para hablar en público. Timidez que seguramente fue la responsable de que no pueda hacer discursos airosos, de esos memorables que hacían muchos de los políticos para embarullar a sus seguidores o entusiasmarlos con un futuro que seguro vivirán.

Y que estaba muy lejos de sus actuales realidades.


Siempre escuché con atención esos discursos y reflexioné sobre las frases que una y otra vez aquellos políticos repetían del General o de Evita.

Pero no sólo acompañaba a mi padre en aquellas circunstancias, también era parte del movimiento. Tenía varios amigos del partido con los que jugaba y repartía boletas. Y en las elecciones solía acompañar a mi madre y otros colaboradores que llevaban comida a los fiscales.

Como sea, por suerte mi padre desestimó pronto el camino de la política. Y no ocupó nunca un cargo público.

Es decir, lo que sí fue cuando tenía 23 años. De eso estoy seguro, porque lo repite siempre. Como dando sentado que su carrera alcanzó la cima en la juventud. Lo que sí fue, a los 23. A los 23 años. Fue.

Secretario de gobierno.

De la comuna local.

Qué tal, Carlitos. Grande Carlitos. Con 23 años.

Sí, 23 añitos.

Secretario de gobierno de la comuna local.

Grande Carlitos.

Eso lo sabe él. Lo sabemos muy bien en la familia. Y lo sabe cualquiera que se involucre con él en una conversación política.

Hasta el intendente radical del pueblo lo sabe porque yo escuché cuando mi padre le comentaba en una conversación que había ejercido ese cargo público.

Cuando tenía 23.

Digo del intendente anterior. No el de ahora. El que envidiaban muchos jóvenes del pueblo con cierta malicia porque siendo una persona humilde se había hecho camino en la política y era de algún modo el líder de nuestra comunidad.

La persona más importante de todas.

En fin, después de ese cargo que mi padre ocupó con dignidad concluyó su efímera carrera política. Se dedicó de lleno a trabajar en el sector privado para poder mantenernos a todos. Cosa que logró por suerte con altibajos, pero sin que la familia tuviera que afrontar situaciones caóticas por más que se insinuaban.

Como era por ejemplo pagar la interminable cuenta del querido almacenero Marcelino, que llegaba a fin de mes con hojas y más hojas de facturas, que jamás terminaban y hacían transpirar a mi padre.

U otras cuestiones más inquietantes como eran los presagios de mi madre que si a papá no le iba bien nos rematarían la casa. Algo que indefectiblemente podía suceder.

Todavía la veo a mi madre despedirme en los veranos cuando iba a la pileta del aeroclub, dándome un beso y diciéndome.

Esperemos que hoy le vaya bien a papi. No creo que nos rematen.

Yo no sé qué tan cierto era que rematarían la casa. O era cosa de mi madre que no se anda con chiquitas.

En cualquier caso, cierta vez se escucharon bombas de estruendo.

Pero eso parece que fue en una quinta. No sé.

En fin, yo cuando pienso en Peronistas pienso en los Peronistas como mi padre. Que son en general los más viejos. Gente que creyó en la doctrina Justicialista y se involucró con cuerpo y alma para ejercerla con determinación.

Los Peronistas de aquellos tiempos  tenían dos ideas irrenunciables. Favorecer a los humildes y crear trabajo.

Mi padre las honró a las dos.

De ahí que ese tipo de peronistas iban a las sedes partidarias y los vivaban o aplaudían, porque todos sabían que hacían lo que podían para cambiar la realidad. Y la transformaban, a partir de la energía y la convicción que les daba la filosofía que difundía el general.

Que existía.

Todavía recuerdo la situación con un afamado Sicólogo de nuestro país que viví hace dos años. Con el que yo pretendía hacer un proceso de trabajo personal pero quedaba intrincado en disquisiciones intelectuales.

Tenía muchos libros de Perón, le comenté no sé por qué cuestión. El hombre se sonrió en forma socarrona y yo quedé desconcertado. Escribía, preguntó. Sí, tenía un montón de libros, afirmé. Mientras pensaba que en realidad tal vez el principal era Conducción Política y el resto eran libros que hablaban sobre Perón.

Dejé de ir a ese Sicólogo pronto. No porque haya tenido una actitud ofensiva hacia el líder del movimiento, sino porque en vez de centrarnos en un proceso de trabajo personal siempre se predisponía a entablar conversaciones intelectualoides que me resultaban demasiado costosas como paciente.

La última vez que lo vi al buen hombre, llegaba cinco minutos tarde a su consultorio con la bolsita del supermercado. Y me dio la sensación que estaba en otro mundo.

Peronista no es.

Pero libros hay. Como el que escribió mi padre: “Los filósofos del general”. En verdad no lo escribió él solo, sino con su amiga. Había indagado en los filósofos en los que se inspiró Perón y luego había armado un texto virtuoso en el que rescataba las ideas fundacionales del movimiento Justicialista.

Una verdadera obra maestra.

Yo lo acompañé a mi padre a la librería Hernández de Corrientes y recuerdo la situación. Mi padre decidido dijo que publicaría el libro. El señor, que creo que era el propio Hernández, lo recibió con total cordialidad en su escritorio y se mostró como aliado incondicional. Acordaron la publicación.

Mi padre dejó la seña.

Y no apareció nunca más.

Muchas veces que paso por Hernández recuerdo la situación. Y me lamento no sólo de que no haya publicado el libro, sino que haya dejado la seña y ni siquiera la haya cambiado por libros.

Aunque, ahora que lo pienso, no correspondería cambiarla por libros. Porque era para publicar el libro.

En eso el señor Hernández, si se pusiera firme, sin dudas tendría razón.

En cualquier caso Perón tenía muchos libros. Y siempre pienso que el primero que leí fue Conducción Política, pero no recuerdo nada. Aunque no hace mucho una persona que me dijo que fue presidente del partido Peronista de una ciudad muy importante, me afirmó que se dio cuenta que lo había leído.

Lo aplicás, me dijo.

Raro. Porque no recuerdo nada. Nada de nada. Le insistí.

Lo aplicás. Insistió, sin dar lugar a la duda.

Debo decir que un poco me confundo sobre mi identidad política o ideológica, porque más que en el Peronismo creo en los buenos. Y sé qué están desparramados. Que no formen parte de un determinado partido me parece secundario, accesorio. Lo relevante es la actitud y las sanas intenciones.

Son los buenos los que nos van a salvar.

En fin compañeros, me inquieta también un buen hombre que tiene mucha capacidad intelectual y se endiabló con el Peronismo. Creo que tal vez hace un aporte muy bueno a la reflexión, pero esa postura endiablada e innegociable borronea o distorsiona sin querer tal vez los aspectos elogiables de la genuina doctrina Justicialista.

No la que desconocen compañeros improvisados que no saben la marcha que muchos aprendimos de niños. Y mucho menos saben las cuestiones esenciales de la filosofía Justicialista.

Yo creo que está lleno de truchos y farsantes.

Disculpen, se me escapó.

Pero Peronistas, lo que se dicen Peronistas de pura cepa. Como los de antes. No conozco muchos.

Solo Machado, la Chola, el loco Conto, mi padre.

Y unos poquitos más.

Aunque en Argentina, insisto, somos todos de alguna forma Peronistas. Hasta el Presidente, que al inaugurar la estatua de Perón dejó claro por quién hincha.

Por eso llegaremos siempre al poder con distintas formas, insignias, argucias o partidos. Pero siempre impulsados por el lema que nos constituye.

Viva Perón Carajo!





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domingo, 7 de agosto de 2016

La precariedad de la astucia


Lo que no me gusta son las artimañas y las insanas picardías.

Quizás no me gusta porque son la antítesis de la inteligencia y representan en esencia la bajeza del ser humano, que es capaz de beneficiarse mezquinamente a costa de perjudicar al semejante.

Por eso rechazo de plano esas lógicas precarias que honran con astucia personas que creen más en la viveza que en la inteligencia. Que piensan con compromiso en el corto plazo y repudian sin saberlo la posibilidad de construir a largo plazo, incluso en beneficio propio.

Pero el árbol tapa el bosque y la desesperación por obtener ventajas inmediatas nubla la posibilidad de construir visiones más grandes.

Es como creer en una visión chiquita. Cortita. Que reduce posibilidades. Que en vez de desplegar el mundo a lo máximo posible lo repliega a lo mínimo previsible.

Todo por la obsesión de obtener un beneficio propio que se sobre jerarquiza. Aun cuando en apariencias pueda parecer relevante.


Siempre inquieta observar la vida. Mirar comportamientos. Actitudes. Escuchar palabras que se pronuncian, pero atender principalmente a las que no se dicen.

El ser humano se revela por sus comportamientos. Por sus decisiones.

Quizás por eso las palabras cobren muchas veces forma de pantomimas. Porque tienen que ver mucho con lo simbólico pero a veces poco con la realidad.

De ahí que con palabras se pueden decir las cosas más alocadas. Las que no tienen nada que ver con la verdad.

Hay seres tan confundidos que quedan incluso empaquetados por sus dichos. Encerrados en frases y discursos que los envuelven. Viven así encarcelados en una farsa que ni siquiera reconocen.

Por eso cuando queremos conocer en verdad a alguien es mejor escuchar poco lo que dice y mirar mucho lo que hace.

Solo así podemos descubrir al ser detrás de cualquier máscara.

Eso no quiere decir que no sea lícito quien elige la astucia, la picardía. La precaria jugarreta.

Cada uno es lo que es o lo que puede hacer consigo mismo.

Lo que ocurre es que cuando alguien se compromete con la elección de la astucia, guiado solo por su interés íntimo y mezquino, niega el beneficio que le reporta la inteligencia.

Y repudia la posibilidad de construir a futuro realidades mucho más pretenciosas.

Es como elegir volar bajo.

Bien bajo.





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miércoles, 3 de agosto de 2016

Enmadejados


Si no es una cosa, es otra. Uno piensa que sus menesteres son siempre importantes y en verdad tal vez no lo sean.

En realidad, casi uno está seguro, en última instancia que no.

No son importantes, aunque se encuentra ensimismado por las particularidades de sus asuntos y embrollado en ellos con la intención de resolverlos. Es de alguna manera una mano que tira de un hilo con la intención de desanudar la madeja.

Algo así.

Pero uno no lo sabe, o quizás sí. Tal vez lo intuye y es ahí donde se inquieta. Se dice, pero cómo. Esto es realmente tan importante. Tan pero tan importante.

Se detiene de algún modo antes sus circunstancias. Observa. Hace silencio.

Mira.

Y sí, se dice casi seguro. Si no hago esto o aquello. Si no voy para acá, después para allá. Si no tiro por este lado. Avanzo por la punta. Doblo a la derecha. Salto este charquito. Le digo a fulanito tal cosa. Y a menganito tal otra. Voy y vuelvo, para volver a ir.

Y no, si no me hago cargo la cosa no funciona. Las cosas no se hacen solas. Y la técnica de mirar para otro lado y hacerse el distraído es muy burda. Muy precaria. Uno no construye nada con eso. Se queda ahí quietito. Cómodo pero quietito, como si no pasara nada.

Por supuesto que no pasa nada, o no pasa gran cosa. Porque en la quietud solo reside la comodidad.

No es poco, pero tampoco suficiente.

Es un triste papel para tan interesante posibilidad de vida.

Quién dijo. Bueno, uno piensa y comparte. No sé, ustedes sabrán. Cada uno elige.  Verá. Es grande. O chico. No importa. Puede pensar y tiene experiencia de vida. Corta, larga, como sea.
Cada uno dirá, y bueno no está mal la comodidad. Evitar problemas. Riesgos. Movilizarme. Etcéterá.

Me quedo quietito entonces puede decir. Qué se yo. Por qué no.

¿No?

Tal vez que los vagos, los cómodos los haraganes, se cuentan ese cuento. O no se lo cuentan, simplemente lo honran con compromiso y decisión.

Pero bueno, uno vive inmerso en una madeja de apariencias relevantes. Y se pasa la vida tirando del hilo para desanudarla.

Luego tal vez lo sorprende la muerte o la muerte se le avecina. Debe ser ahí el momento sublime del intelecto. La instancia crucial que facilita la claridad que muchas veces no tenemos.

Supongo que en ese tiempo, en esa brecha corta o chiquita. Ahí emergerá la verdad más elocuente.

La que merece ser escuchada.

Recién ahí sabremos con algo más de lucidez si en verdad era una madeja. Si nosotros estábamos de algún modo enmadejados.

Y si nuestras cuestiones eran tan importantes.





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miércoles, 27 de julio de 2016

El hombre enloquecido


El hombre comenzó a enloquecerse y no lo dudó. Desplegó la locura tanto como pudo ante la vista de todos. Fue en Animales Sueltos, un destacado programa televisivo que se emite todas las noches en la Argentina.

El conductor observaba impávido. Los televidentes celebrábamos la locura de ese hombre endemoniado.

Los compañeros de mesa no decían nada. Sólo atestiguaban el proceder desbocado del hombre enloquecido, que arremetía sin miramientos.

En un momento el conductor del programa televisivo le muestra un libro y pregunta. ¿Qué opinás de este libro?

Fue un momento sublime. Memorable para la televisión argentina.

El hombre hizo una pausa, clavo los ojos en el libro. Tomó aire. Y gritó...

Es una porquería. Eso es una verdadera porquería. Lo estudié, lo leí cinco veces.

Basura. Es una basura, gritó con el ceño fruncido y la mirada endiablada, como si estuviera poseído por una fuerza extraña que le obligaba a desencadenar una violencia inusitada para una mesa de conversación televisiva.

Es una porquería. Insistió.

No volaba una mosca en la mesa.

El conductor sigiloso escuchaba con una tensa calma. Los televidentes, supongo, estábamos absortos
frente a ese acto de locura.

Me gusta que el economista se enloquezca y haga despelote, escribí en twitter.

Otros tuiteros empezaron a poner comentarios a favor y en contra del hombre enloquecido, que no perdía oportunidad para recuperar la palabra, fruncir el ceño, mirar con cara de pocos amigos, revolear los brazos y gritar como si estuviera fuera de sí.

Como si tuviera ganas de mandar a todos, y por lo que fuera, a la re puta madre que los re contra mil veces parió.

Por momentos la locura parecía convertirse en el medio perfecto para que trascienda cierta genialidad. Y el hombre enloquecido tenía raptos elogiables, que parecían alentarlo a redoblar la apuesta. A acentuar el comportamiento impredecible.

Por eso gritaba. Por eso movía los brazos. Por eso miraba al conductor y a la cámara con un enojo inadecuado para la situación. O atacaba sin recelo a otra persona que compartía la mesa.

El Estado es una farsa, sentenció con los ojos verdes desorbitados, mientras revoleó su cabeza despeinada que acentuaba la locura.

Luego arremetió contra otro compañero de mesa, que es un reconocido periodista. Endiablado se abalanzó con saña sobre el pobre hombre que solo escuchaba la impostura provocativa que recibía.

Pero no había hecho nada. Nada de nada.

Veo bien que enloquezca pero mal que agreda, escribí en twitter. Y después pensé que no era suficiente, que el periodista agraviado merecía un trato digno y respetable.

Ismael es un destacado periodista económico que hace un valioso aporte en su trabajo cotidiano, escribí.

Varias personas pusieron me gusta al justo reconocimiento.

El hombre se fue calmando de a poco y por momentos se mantuvo en silencio. Pero creyó en la locura como un medio perfecto para compartir su pensamiento. Para permitirse ofrecer lo mejor de su intelecto.

Acostumbrados a estar encorsetados dentro de la normalidad, cualquiera que osa trascender los límites de la cordura tensiona el mundo de lo previsible. Y, si lo traspasa, asciende al mundo de la locura.

Un mundo que se manifiesta de improviso y nos deja a todos con los ojos abiertos.






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sábado, 16 de julio de 2016

Que nadie pregunte lo que no quiere escuchar


Freno el auto. Suena el teléfono.

Es mi padre.

Me dice que pase por su oficina así hablamos un rato. Le digo que no puedo. Que tengo que ir a ver a Claudito y después a Roberto.

Me insiste.

Reitero que estoy justo entrando a ver a Claudito y que después voy a reunirme con Roberto. Y le digo que después paso.

Bueno, escucho.

Voy hasta la oficina de Claudito, pero no está. Debe haber aprovechado que no está Guillermo para irse un poco antes. Pienso. No puedo ser tan mal pensado. Me digo. Claudito es excelente, súper responsable y súper profesional. De hecho si voy a verlo es para avivarme. Avivarme en cuestiones que el domina con la destreza de los que saben.

Vuelvo sobre mis pasos y salgo para la otra oficina.

Miro para la izquierda y veo a Virginia que está hablando por teléfono. Me cruzo con dos personas. Saludo al pasar. Abro la puerta y salgo a la calle. Camino unos veinte metros. Llego, saludo a Darío que siempre sonríe. Mientras de lejos me mira Flavio.

Camino unos metros y extiendo la mano.

-Mis respetos –le digo. Se ríe y avanzo unos pasos más hasta la oficina de Roberto.

Lo cruzo al Vasco, a Carlitos y a la esposa de Raúl. Están imbrincados hablando entre ellos. Cómo andan, digo.

Salgo y lo veo a Ismael, siempre sonriente también, como Darío.

¿Cómo anda la bicicleta? Muy bien, me dice. Siempre trato de andar porque me hace bien. Pero ahora ando en la moto. ¿Moto? Sí, tengo una de 110. Ah, buenísimo. Es con cambios, ¿no? Sí. Yo tenía la Zanellita, siempre me anduvo bien. Ah, yo tengo también la Juki. Pero esa cuesta arrancar, le digo.

Y sí, es mañera, reconoce.

Lo saludo y sigo unos pasos más. Por fin llego a destino.

Roberto saca la vista de la computadora y me recibe con una sonrisa. ¿Qué hacés rubio?, pregunta.

Hace mucho que no te veo y te vengo a visitar. Me río.

Hacía unos breves minutos que habíamos compartido otra reunión, por otras cuestiones. Otros menesteres. Pero ahora, en este momento vengo a verlo porque quiero avivarme de algunas cuestiones que él domina.

Cuestiones no muy sofisticadas pero que requieren cierta pericia.

Ingreso en los menesteres y hablamos con determinación. Aclara situaciones que estaban bastante aclaradas pero aún tenían ciertos matices difusos. Advierto posibilidades que pululan por el aire. Menciono esas alternativas. Escucho su posición.

No lo noto convencido. Pero hay una hendija donde se ve cierta luz.

Me despido agradeciéndole la conversación y voy a ver a mi padre, que está enfrente.

Hace mucho frío, el invierno no perdona. Cruzo la calle. Lo veo a Gaby. Lo saludo. Observo que se ríe, que anda apurado, que camina hacia enfrente. Parece estar contento. Qué bueno que Gaby esté contento, me digo.

Abro la puerta, lo veo a Maxi.

Lo saludo sonriente. Estás más flaco, le miento. No, no. Sí, sí, le reafirmo con la intención de dejarlo contento, mientras le apoyo la mano en el hombro.

No te creas, dice y se ríe.

El vasco está al lado de la puerta, ¿qué hacés Vasco?, le digo mientras lo abrazo. Acá ando. Avanzo sobre la puerta y entramos.

Está Gustavo. Hola Gustavo, le digo desde lejos, mientras se para. Camino hasta él y lo saludo con un abrazo. Al lado está papá, hola pá, digo y también lo saludo de la misma manera.

El Vasco no sé qué hizo. No sé dónde está. Cualquier cosa que podría decir al respecto sería impropia o mentirosa porque a decir verdad ahora que me detengo en esa situación, veo que el Vasco no está. Es decir, no se lo ve en esa situación.

Raro.

He quedado embrollado con Gustavo en una conversación que ha hecho desaparecer al Vasco.

En fin, me siento junto a Gustavo y los dos estamos frente a mi padre. Están embrincados en un tema que no me interesa, pero de alguna manera me compete. Es un tema en desuso, añejo, resuelto en mi cabeza hace años.

Escucho con atención pero no puedo dejar de intervenir. Sobre todo si me preguntan. Entonces hablo desde el mismo lugar que hablo siempre, con convicción y honestidad intelectual.

Digo lo que pienso, que es a la vez lo que creo conveniente. Y es a la vez también lo que no quiere escuchar mi padre. Lo que se niega a ver. A escuchar. A oír.

Por ende, me transformo en un falso enemigo. Cuando en verdad soy un aliado valioso de su causa.

Pienso.

Enemigo sería si me presto a su motivación para hacerle creer lo que él piensa y yo no pienso.

Aunque por supuesto esa actitud la recibe con encanto. De ahí que quien quiere llevarse bien y dejarlo contento, no hace más que decirle lo que quiere escuchar. Y, si se maneja con mayor destreza, acrecienta o ensalza lo que piensa.

Todo para dejarlo contento y evitar su indeseable mal humor.

Nos adentramos en una conversación donde surgen diferentes cuestiones, escenarios futuros, posibilidades.

¿Vos qué harías?, escucho mientras mi padre me clava la mirada.

Digo lo que pienso. Lo que creo que es conveniente.

Lo que mi padre no quiere escuchar.

Repetimos entonces una lógica recurrente. Me pregunta para escuchar lo que no quiere escuchar. Entonces no escucha. Se enoja y me niega, con palabras cizañeras que parecen querer apuñalarme.

Yo siempre me enojo un poco también porque creo que en su postura exhibe una posición desagradecida. En vez de valorar que le dé una opinión honesta que aporta a resolver sus menesteres, se contentaría si contribuyo a engañarlo, contándole el cuento que se quiere contar.

Luego me voy pensando que lo que alguien no escucha en palabras tarde o temprano lo escucha de la realidad.

Porque quiéramos o no, la realidad siempre habla.





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martes, 5 de julio de 2016

Primo Elpidio


Mi primo Elpidio está desbordado, no por lo que hizo sino por lo que tiene que hacer.

Abro la computadora y veo un mail desorbitado, que envía a varios destinatarios. Es Elpidio, escribe sin pausas y de manera determinada. Leo extraviado el espíritu endiablado de sus palabras. Es un mensaje escabroso, cizañero, enfurecido.

Mi primo Elpidio se muestra insidioso, desorbitado.

Pero qué le pasa, por qué ese rapto de rebeldía, que deja ver un enojo desproporcionado. Quizás simulado. Quizás auténtico.

Todo será una pantomima para preservar sus formas y reposar en la tranquilidad del status quo. Pienso. Pero no lo digo.

Leo…

Elpidio escribe con furia haciendo notar que está desbordado, que es una locura que tenga que hacer lo que tiene que hacer, porque no tiene tiempo, no tiene alternativa, no tiene recursos ni posibilidades.

Además, esto no lo dice… Además, si no lo hizo hasta ahora, por qué habrá de hacerlo.

El mundo resistió. La vida transcurrió igualmente. Por qué ahora, tanto tiempo después, debe empezar a hacer lo que no hizo.

No es justo.

Por eso ha decidido decirlo todo sin miramientos, con la boca abierta y bravuconadas. No es justo que a estas alturas venga el mundo a atropellarlo y a exigirle lo que no está dispuesto a dar. O a hacer.

Observo el mail sigiloso, sin hacer mayor ruido. Como si mi actitud pudiera correr el riesgo de acrecentar el despropósito.

Ante todo hay que preservar la familia más allá de las irracionalidades en las que convivimos los Valentinis. Incluido primo Elpidio con sus raptos de aparente locura que se expresa sin inhibiciones.

Estoy cansado de los informes que me pide Juan Manuel, leo como una información tangencial, entre pasajes inconexos de diversas cuestiones.

Vuelvo a la frase.

Estoy cansado de los informes que me pide Juan Manuel.

Decido escribir para defenderme de la imputación que se me ha hecho. Y de la cual, por supuesto, soy inocente. Absolutamente inocente.

Escribo entonces un breve mail…

Primo Elpidio, dado que se ha aludido a mi persona, atribuyéndome la solicitud de determinados trabajos, dejo constancia que NUNCA PEDÍ NI PIDO NINGÚN INFORME.

Aprieto el botón “enviar” y aguardo sigiloso.






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lunes, 4 de julio de 2016

Informantes


Nada detesto más que las personas que hablan como si estuvieran involucradas en temas laborales y en verdad les importa un carajo todo. Solo se preocupan por informarse y desplegarse hábilmente a partir de esas informaciones que reciben para hacer creer lo comprometido que están con los asuntos.

Es una patraña débil y de poca monta, si es que está bien decirlo así. Porque vaya uno a saber qué es poca monta. Pero supuestamente querrá decir, poco vuelo. Algo así. Poco vuelo porque no conduce a nada, solo a salvar el honor de manera pantomímica y mentirosa, haciendo suponer que el informante entrega la vida por la causa cuando en verdad le importa un bledo.

Y andá a saber bien qué carajo es un bledo y por qué es que la palabra aparece, se hace un lugar desde alguna grieta y emerge justo en un momento. Como ahora, un bledo, debe querer decir nada.

Nada de nada.

De ahí tal vez que uno se enoja cuando se encuentra con el opinólogo o informador que actúa como un simulador frente a quien no sabe nada y es presa fácil de la patraña. La persona que de algún modo lo evalúa y a quien en forma persistente rinde cuentas.

Eso ocurre mientras los compañeros de trabajo lo advierten todo y muchas veces quedan sorprendidos por la destreza con la que se mueve el farsante.






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viernes, 10 de junio de 2016

El colectivero



Decido ir a una actividad extraña. Secreta, inconfesable.

Siento la tentación de comentarla, de precisarla hasta en sus más mínimos detalles. Pero no podría hacerlo. Sería faltar al compromiso de cierta confidencialidad que implícitamente hemos asumido los participantes.

Por eso creo que no podría ventilarlo todo. Apenas si merodeo un poco por sus adyacencias.

Palabra poco utilizada.

Solo diré que al llegar me reciben por mi nombre. Y me abrazan, con un ímpetu digno de quienes aguardan a quien está siendo esperado y no han visto quizás por años.

Eso ocurre conmigo y también con el resto de mis compañeros, que llegan vestidos como personas normales pero al poco tiempo dicen que van a cambiarse y desaparecen. Vuelven luego con pantalones de tela rayados y camisas particulares que facilitan la actividad gimnástica, por llamarla de alguna manera. Pero aportan algo más a las circunstancias, que es un colorido que debe ejercer su influencia pero que es difícil de precisar.

Yo como hombre nacido en el interior profundo de nuestro país, apenas me apersono con un jogging propio de mis genes pueblerinos, que no menguan a pesar de los 15 años que llevo viviendo en Bs. As.

Con lo cual en el fondo, en el trasfondo del ser humano, es claro que uno lleva impregnada en su esencia las verdades de su naturaleza cultural, social y política.

Viva Perón Carajo.

Es solo un joggin de la marca de las tres tiras. Joggins que no sé por qué se usa mucho en los pueblos. Y tiene las tiras, tiras blancas de elástico que no sirven para nada, sólo para dar cuenta que la marca honra la terquedad al ofrecer la resistencia de renunciar a las tiras indeseables. Que las sostiene como sea, por más antiestéticas y feas que queden, y por más que signifiquen consumir de manera innecesaria toneladas de elásticos que podrían evitarse y destinarse a fines más inteligentes que encapricharse con ser el emblema de la marca.

Porque si quieren un emblema, que el emblema siga siendo la calidad. No las tres tiras de mierda.

Paro entonces en una parada de Palermo, Palermo Soho, para ser más exacto. Aguardo el colectivo sobre un bar con gente, lo cual reduce las posibilidades de robo o de sufrir un mal momento. Hace mucho frío. Son las 23 horas y cinco minutos.

Resisto estoico sobre la vereda, solo unos minutos hasta que veo que viene el colectivo.

Levanto la mano, el colectivo para.

Subo.

A congreso –digo.

El chofer marca 6.50.

Pongo la sube y pago.

Miro alrededor, no hay nadie. El colectivo está vacío. Completamente vacío. 

-No hay nadie –digo.

No.

Siempre va vacío a esta hora?

No. Lo que pasa es que justo el de adelante cargó y fijate que viene atrás otro. Pero es común que vaya vacío. Bueno. Qué raro, hay movimiento pero acá no hay nadie.

Y sí.

Avanzo hasta un asiento que está a tres o cuatro filas del chofer.

Noté que me cobraste 25 centavos más que tu compañero. Tu compañero para traerme me cobró menos.

Se ríe.

Pero a dónde vas.

A Congreso.

Cuánto te cobré? Seis cincuenta, y tu compañero seis veinticinto.

Uyyy.

Sí, me debés veinticinco.

Jaaa.

Pero bueno, ya que no hay nadie podés saldar la cuenta dejándome en la puerta de casa. Solo tendrías que desviarte dos cuadras.

El chofer sonríe y me mira por el espejo.

Cómo te llamás?

Ignacio.

Bueno Ignacio, para que esto no sea una estafa lo podemos solucionar así. Me dejás en la puerta de casa. Es –menciono la dirección exacta-. Solo te tenés que desviar unas dos cuadras, es una u que tendrías que hacer.

Ignacio ríe.

Cada cuánto paran? Cada hora y media o cada dos horas. Cada dos horas? Sí, al principio dos horas pero después cada hora y media. Y te podés bajar? Sí, para ir al baño y después vuelvo. Dónde paran? En las puntas. Pero no están entonces diez horas trabajando conteniendo las ganas de ir al baño. Pienso. No puedo ser tan ignorante de haber arrastrado hasta este momento esa verdad mentirosa, que como toda verdad mentirosa en realidad no era una verdad, sino un prejuicio. Los colectiveros paran y pueden ir al baño cada hora y media entonces. Reflexiono.

-Que bien que paren, es fundamental -digo.

Me levanto y voy para atrás para buscar otro asiento más alejado. El colectivo para. Sube una chica tapada por una bufanda de lana, de las que se hacen con las agujas grandes. Creo que son los puntos grandes. Lindas bufandas. Bien abrigadas. Rosa y marrón. A cuadros.

La abuela Dorita era buena tejiendo. Qué grande la abuela, excelente tejedora y peluquera. Invencible también en la producción de tortillas, hechas con papas fritas crocantes y la cocción siempre justa.

El colectivo retoma la marcha, ahora suben tres. Son tres amigos. Dos chicos y una chica. Tendrán veinticinco o treinta años. No más. A lo sumo treinta y dos, seguro están por ahí.

Desde el asiento de atrás miro a Ignacio que cada tanto me espía por el espejo. Pesco justo esos momentos y fruño el seño, como diciéndole, acordate de parar en la dirección indicada. Confío en que vas a cumplir.

El mira y capta el mensaje.

Sonríe y mueve la cabeza.

Pasamos por Cromañon. Hay zapatos colgados y flores. Es imposible no sentir la tristeza de la tragedia.

En la siguiente parada suben otros dos. Son una pareja, el tendrá 35 y ella 27. Vienen embrollados en una conversación que no pueden detener. Pagan 6.25. Avanza él con una guitarra en el lomo. Lo sigue ella.

Pasan al lado mío. Van hasta los últimos asientos del micro. Aunque acá se dice bondi. No micro.

El colectivo avanza y da otras volteretas. Todavía falta, pero se acerca.

Sube una señora de unos setenta años. Debe haber ido a visitar a alguna amiga. Tal vez fue a jugar a las cartas. O tal vez a vivir también alguna situación inconfesable. Raro que ande sola a esta hora.

Es el momento crucial, miro a Ignacio confiado. Como si no tuviera duda en lo que espero que haga. Aunque en verdad dudo que vaya a hacer la u y me deje enfrente de mi domicilio.

Somos todos seres previsibles de la vida. Hasta los rebeldes. Hasta los que se creen dislocados. No va a hacer la maniobra. Seguirá el recorrido. Pienso.

Es clave esta esquina.

Parece que va a seguir de largo, que no va a tomar la posibilidad de reparar el cobro indebido. Es difícil que doble a esta velocidad. Creo.

Ignacio clava los frenos. Me mira por el espejo y sonríe. 

Desvía el recorrido y avanza durante dos cuadras. Da vuelta a la derecha. Luego a la izquierda.

Frena en la dirección indicada.

Menciona en voz alta la dirección.

Me levanto y bajo. 

Levanto la mano para saludar a mi nuevo amigo. Mientras los dos nos reímos.





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martes, 24 de mayo de 2016

Imágenes ciudadanas


He venido de una reunión importante, donde se me ha dicho que las decisiones sugeridas fueron muy oportunas y que todo ha resultado mejor de lo previsto. Que si no hubiera sido por mi intervención el perjuicio hubiera sido irreversible y la realidad sería diametralmente opuesta. 

He recibido la cuenta y no se me ha dejado pagar. 

Luego tomé el picaporte de la confitería de la esquina y me fui. Prometiendo antes enviar el mail solicitado con mis observaciones sobre cuestiones de interés ajena, relevantes para objetivos ajenos que se escabullen de alguna manera y se vuelven, por razones que desconozco, propios.

Será que son buena gente y hay que ayudarlos, me digo. Tienen un lugar relevante para construir realidad.

Perfilo para Corrientes y Mario Bravo y veo.

Es la cuadra donde caminaba para ir a dar clases a la UP, pienso. Qué frío hacía tan temprano. Caminaba y estaba con la antelación necesaria para que la clase empiece en punto. Sin demoras.

Siempre fui responsable, me digo.

Doy vuelta a Corrientes. Sentido obelisco.

Pasa un muchacho con un carro de súper mercado y bolsas aspilleras adentro. Se dirá aspilleras o alpilleras, me pregunto. Quién sabe. 

Sigo.

Pero freno porque una señora un poco gorda entorpece la caminata. Tengo que probar ir más rápido, pienso.

A qué velocidad se podrá ir en Corrientes a las seis de la tarde. No mucho, me digo. Iré a cinco km, será más?

Malta, malta, grita un hombre con un carrito. Son unas cosas verdes. Cinco por veinte pesos. Son entonces, cuánto cada una? Serán 2,5. Sigo la marcha. Qué tonto, cuatro por cinco son veinte. Valen cuatro pesos cada una. 

Una chica va con la madre, entra a un negocio como si estuviera apurada. Garrapiñadas vende el hombre de la esquina. Tiene muchas bolsitas sin dudas, serán 20, no más. Deben ser 30 o más quizás. Quién sabe. Pero tiene almendras, las almendras hacen bien, son antioxidantes. Hay que comer almendras, muchas, todos los días. Avanzo a paso firme. Qué más tenía antioxidantes? Ah, creo que la cebolla. Y la manzana quizás también, aunque las manzanas en verdad son para la inteligencia. Para eso seguro que son las manzanas. Tengo que comer más manzanas, me digo. Hace mucho que no como, no me gusta porque me ensucio, hay que pelarlas. Bueno, no hay que pelarlas, pero hay que comprar en un súper conocido, no a los chinos. Pero qué culpa tienen los chinos. Es que por ahí anda un gato que sin querer roza el cajón y puedo morder la manzana que fue rozada por el cuerpo del gato. Si el cajón está en el piso de la vereda y hay gatos y perros que pasan al lado. Quién controla? Nadie controla en este país. Pero a Carrefour no voy a ir, no quiero gastar tiempo en la cola. Increíble que no solucionen eso los súper. Siendo el tema de la cola algo tan relevante y fácil de solucionar. Ya está, sigo sin comer manzanas.

Me choca una persona que no veo. Disculpas dice desde abajo. Es una señora muy educada que venía mirando para atrás y evadiéndose de la responsabilidad de esquivar la gente.

Obvio que iba a chocar.

Voy a ir más rápido a ver qué pasa. Sí a más de 5 km debo ir, el paso es acelerado, deben ser por lo menos siete u ocho kilómetros. Tengo que ir sin chocar, esquivando. Es claro que la culpa de la embestida no fue mía. Yo estaba haciendo las maniobras bien, acelerando al máximo y frenando cuando tenía que frenar.

Sigo.

Miro al costado y veo un hombre que tiene el ojo salido. Vuelvo a mirar al frente. No puede ser. Avanzo pero me doy vuelta. El hombre tiene el gorrito que usan los judíos. Cómo se llama eso? El Kipá. No sé, algo así. Eso es lo que alguna vez escuché o leí. Pero tiene el ojo sobresalido o no? Me freno en la esquina, pasan autos en bandada. Una mujer se escabulle y cruza. La van a atropellar, me digo. Zafó ahora pero si sigue así será una accidentada más. Cuántas personas mueren accidentadas por año? Deben ser muchas. Pasan los autos. El hombre se da vuelta pero está de perfil, solo veo la cinta blanca y el gorrito en su cabeza. No puedo asegurarme si tiene el ojo sobresalido. No puede ser. 

Otro hombre está en la esquina de enfrente. Tiene esas cosas verdes. Son paltas. Qué son las paltas? Seguro son, porque son muy parecidas a las otras que vi hace un rato. Paltas, escucho. A las paltas grita.

Ahora todos comen palta en Argentina, me digo. Debe ser buen negocio. 

Cruzo la calle.

Una chica parece infiltrada y avanza sin miramientos. Me cruza de costado mientras me mira. A dónde va. Qué le pasa? 

El gordito de al lado mira a la chica cuando la cruza o a los chicos de al lado, que parecen sospechosos. Serán pungas? No creo. Pero tengo que estar atento. 

Debo ir a siete u ocho kilómetros. Nadie inventó la velocidad de caminata. Debe existir, no puedo ser tan ignorante. Seguro está la aplicación.

Serán siete, ocho. Nueve. Quizás sean más.

Tal vez sean diez o incluso varios kilómetros más.

Quizás no importa tanto la velocidad, sino ir con la atención debida y sin chocar.





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miércoles, 18 de mayo de 2016

¿Cuándo nos avivamos?


Nací con la intención, la misión o el propósito de avivarme. Como sea, era un objetivo que se me impuso. Me atrapó desde el inicio. Y vaya a saber por qué.

El avivamiento era como la iluminación. Tenía que ver con despertar, darme cuenta.

En síntesis, avivarme.

¿Y por qué?, dirán ustedes.

Bueno, porque detrás del objetivo está el beneficio que reporta el cumplimiento del objetivo.

El ser avivado suponía, o supongo, es un ser que vive con mayor bienestar. Es más feliz. Logra lo que quiere.

Construye la realidad que desea.

En fin, todo es beneficio para quien logra el avivamiento y se decide a habitarlo en sus circunstancias cotidianas. Como una persona que disfruta del logro y se reconforta regodeándose en sus beneficios.

De chico no tuve la menor de las dudas. El avivamiento se escondía detrás de los libros. Cada uno de ellos era el medio propicio para alcanzarlo. Por eso leía con la voracidad de quien quiere lograr su objetivo. Buscaba detrás de cada página las respuestas decisivas en procura de conquistar el propósito.

La intención fue siempre fallida. Los libros eran sin dudas aportes sustanciales pero estaban siempre lejos de aportar el avivamiento definitivo.

Apenas si merodeaban con decisión algunas cuestiones y ocasionaban un despertar tan fugaz como repentino.

Pero avivarse, lo que se dice avivarse. Con todas las letras.

Eso no.

Siempre era esquivo. Y un libro concluía con una única comprobación.

Esta vez no. Quizás el próximo es clave.

Y otra vez a buscar con ímpetu y a dejarme entusiasmar. Seducir.

Persuadir, por el libro indicado. El que prometía ofrecer las respuestas esquivas del avivamiento que tiene en su naturaleza una actitud huidiza.

Que es quizás la única verdad entre tanta maraña de suposiciones.

A veces me pregunto si no debería rendirme. Deponer la intención. Y aceptar que jamás alcanzaré el avivamiento. Que no habrá libros, ni vivencias. Ni circunstancias que me lo ofrezcan.

Ni a mí. Ni a nadie.

Y que jamás podremos alcanzarlo.

Pero abandonar el propósito de avivarme sería como renunciar a la vida. O dejar de ser quien uno ha sido. O está siendo.

Un niño curioso, inquieto.

Que cree que siempre es posible construir un mundo mejor.

Por eso quizás uno puede renunciar a muchas cosas, pero no a la intención de alcanzar el avivamiento.

Aunque siempre se escape.





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miércoles, 27 de abril de 2016

La clase de teatro



Hace un tiempo había decidido retomar yoga. A esta altura no tengo la menor de las dudas sobre la conveniencia de ejercitar esa práctica milenaria. Conveniencia recomendable para quienes quieren aquietar la mente, flexibilizar el cuerpo, sentir mayor bienestar…

Y sí, ser también un poco más felices.

Para simplificarlo de algún modo, porque por supuesto el maestro no puede garantizarle eso al alumno. Sólo puede ofrecerle su espacio, tirarle de algún modo la mano. Una soga o un puente. Algo que a usted le permita avanzar, superarse, alcanzar tal vez el objetivo o merodearlo.

En fin.

Es quizás el riesgo de aburrimiento que me llevó a buscar después una clase de teatro. Si al yoga le sumo teatro el mundo va a ser más interesante e intenso, pensé.

Me anoté como pude en uno de los espacios que encontré en Internet. Y me apersoné otra vez ayer a la tarde, es decir a la tarde noche. O bien a la noche.

20.15 abrí la puerta del lugar y me senté a la espera de que comience la clase.

Pronto llegó Raquel, Marcelo, Martín…

No estoy en ese grupo -me quejé.

No Juan, es que somos los del verano. Por eso no están los de teatro. Dice Mariano sin despegar la vista del celular.

Ahh.

Ya te pongo.

Dale, buenísimo.

Igual, no miro mucho watupp. Pero poneme porque es bueno ser parte.

Dale.

Buensímo.

Sí, buenísimo. O algo así le dije mientras llegaba la negra, que apagaba el pucho, se sacaba la bufanda y se tiraba sobre nosotros a darnos un beso.

Mucho frío.

Sí, mañana dicen que habrá sudestada. Van a cerrar la costa.

Será cierto?

Quién sabe. Hoy está terrible, parece que se adelantó el invierno.

Sí, se adelantó. Digo.

Justo llega Marcia. Pasen chicos, grita cuando camina a paso firme.

Se levanta la negra. Se levanta Mariano. Me levanto yo, Raquel, Pitu y el resto que avanzan hacia donde va la profesora. Pasamos la puerta del otro salón y llegamos a las gradas. Nos sacamos las camperas, las zapatillas. Algunos gorros.

Qué frío chicos.

Sí, está terrible dice alguien. O varios. 

Vamos rápido al escenario. Es decir al lugar amplio donde hay una base de madera de unos cuantos metros. Nos ponemos en ronda y nos aprestamos a participar de la cuarta clase. Con el ejercicio primario e irrenunciable. El que hacemos siempre. El que cansa y agobia.

Nombres.

Juan. Pepe. Pedrito. Estefi…

Otra vez.

Juan. Pepe. Pedrito. Estefi.

Ahora para el otro lado, tocándole el hombro al compañero lo mencionamos.

Pepe. Pedrito. Estefi…

Luego a caminar. Caminar decididos. Vamos chicos, caminen. Caminen.

Voy para un lado, vuelvo para el otro. Voy despacio, relajado. Ya caminé como quince cuadras. pero está bueno caminar. Caminar entre todos.

Vamos chicos. 

Camino, camino.

Ahora se miran y ocupan los espacios vacíos.

Más rápido…

Que no queden espacios vacíos. 

Nos miramos, ocupamos los espacios vacíos. Caminamos más rápido.

Ya ha pasado más de una hora y todos estamos más contentos que cuando entramos. Lo vemos en las caras. En las sonrisas. En el estado de ánimo personal e intransferible que se escabulle desde nuestro interior para delatarse de alguna manera en nuestros rostros.

Alguien quiere aprovechar a ir al baño. Es ahora. 

Nos retiramos del escenario, algunos volvemos a las gradas. Nos sentamos. Casi ya estamos listos para retomar.

Sobre todo los ansiosos.

Jenny, no? 

Sí, Jenny.

Ahh.

Está buena la clase.

Sí, está buena.

Vos hiciste teatro.

Algunas veces. Pero vengo a divertirme.

Ahh, yo también. A despejarme por el trabajo.

Vamos chicos, dice la profesora.

Pepe fila uno. Maria fila dos. Juan fila tres. Arturo fila uno. José fila dos. Chuli a la tres.

Pronto los tres equipos estamos formados y tenemos que hacer una improvisación. Escucharemos música, deberemos caminar y luego sí, hacernos cargo de la actuación. Es la cuarta clase y no hay mucha confianza. Eso lo sabemos todos. Por eso el trato medido, cuidado, delicadamente cordial y respetuoso. 

Cosa que no quita que por ejemplo a la negra le digamos la negra. Porque según ella lo hizo saber, así le gusta que la llamen.

Es justamente ella quien debe pasar con su grupo primero. Así que la vemos que se acomoda en el escenario junto con sus compañeros, mientras comienza la música. 

Caminan tranquilos. Algunos bailan. 

Hay quienes caminan más decididos y quienes lo hacen con cierto resguardo. 

De repente se apaga la música. Es la hora de la acción.

Se miran mientras caminan.

La negra empieza a gritar. Grita más fuerte. Como si la estuvieran golpeando. O peor, como si la 
estuvieran acuchillando.

Estela sale al encuentro y la agarra. Pero no sirve de nada, la negra es presa de un ataque frenético y repentino. Grita, solloza. Maldice la vida, mientras su compañera falla en sus intentos de contenerla.

La negra libera alaridos como si estuviera endemoniada. Las otras compañeras solo perciben desde los costados, mientras ella forcejea con Estela. 

Miramos desde las gradas.

Está bien, dice la profesora. 

Todos aplaudimos. Y comenzamos a comentar. Es en general un buen feedback que cierra la actuación.

Ahora ustedes, dice la profesora mirándome.

Empieza la música y caminamos. Solo tiendo a golpear con la punta del pie el piso en cada paso o paso de por medio. No sé por qué lo hago. Pero golpeteo con las puntas cada tanto. 

Se corta la música. Solo sé que no haré nada. Me contendré y reposaré en la tranquilidad que aporta pasar desapercibido. Acompañando al grupo, pero sin el más mínimo protagonismo.

Me quedo callado un poco sobre el fondo. Miro desde lejos, parece que no sucederá nada relevante.
Bueno chicos, bienvenidos a la clase de teatro. Escucho.

Es Raquel, ha dicho bienvenidos a la clase de teatro. Nos ha salvado.

Una ronda, dice.

Me acerco sigiloso, titubeante.

Juan, digo. Golpeo al compañero de al lado, Pedro.

Esteban me mira, yo soy Juan pero él no es Pedro.

Juan. Pedro. Josesito. Cuánto más, digo. Vos, Estelita no? Estoy aburrido, digo. Susurro primero, luego parezco tomado por una fuerza extraña que necesita liberarse. A BU RRI DO. Digo, grito, me exaspero. Camino en círculo. Cuántas clases más nos vamos a decir los nombres. Juan, Pedrito. Josesito. Hace 20, 30, años que soy Juan. Juan. Juan. Siempre Juan.

Ahora la ronda, digo. Zip. Zap. Sip.

Me miran extrañados.

Mancha, mancha. Digo mientras corro.

Shock eléctrico. Shok, Shok. JAAA. SHOK SCHOK

Estelita pregunta si quiero dar la clase. No, digo. Disculpe. Me quedo apaciguado. 

Dale Juan, dice Corcho. Da la clase.

Todos me miran pero me siento aplacado, quieto. Otra vez recluido en la coraza de la timidez que evita la vida e impide desplegar la autenticidad.

Me Mira Jose, Mariano…

Dale Juan, escucho.

A volarrrr grito y voy directo a Pitu, la más chiquita que está sobre el fondo junto al telón. La levanto y empiezo a girar entre gritos. Volarrrr, volarrrr. Pitu ríe y extiende los brazos mientras nos desplazamos por el escenario perdidos en una dimensión que desconocemos, hasta que detenemos el vuelo.

Pitu se acomoda y nos reímos.

Otra vez el silencio. Pareciera que todo ha terminado, que volveremos a nuestras vidas para seguir siendo los mismos. Nadie dice nada. Solo hay silencio y quietud.

Vamos al centro, reclamo. Al centro. De la mano.

Nos agarramos de la mano. 

Ahora, con TODOOOO. Gritemossss.

Damos vueltas cada vez más rápido, con más gritos.

Más rápido.

Gritamos. Con todo. Ahhhh.

Al pisooo.

Aghhhhhgldkxkshahhhhaa. 







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