domingo, 28 de agosto de 2016

Nosotros, los Peronistas


Por supuesto que soy Peronista, como somos de alguna manera todos. Hasta los que lo odian al general, que se definen como antiperonistas.

Con lo cual algo tienen que ver. Y su identidad no por concordancia pero sí por oposición está de alguna forma afectada por la doctrina.

Nuestra doctrina. La de los compañeros.

Y ahí también vemos, que estamos de algún modo en el mismo lodo. Porque compañeros, lo que se dice compañeros, somos todos.

Pero bueno algo hay que ser en la vida y yo como muchos, porque eso también hay que reconocerlo. Yo, como muchos, soy Peronista de algún modo.

Aunque no estoy seguro de qué modo o con qué precisión sería yo Peronista. Ni a qué linaje de Peronistas pertenecería. Porque no haber ocupado cargos públicos algo debe decir, o mucho debe decir.

Por ejemplo, que uno no se ha dedicado a la política. Y que se ha entregado a otras cuestiones.

Pero eso no le quita a uno la inquietud por el Peronismo que se desata en estos tiempos. Más si uno, que vengo a ser yo, de chiquito aprendió la marcha y la cantó con emoción genuina en actos que puede recordar ahora como momentos inolvidables.

Siempre había tres o cuatros oradores más o menos virtuosos. Entre los que se destacaban las figuras invitadas, que eran los políticos de renombre que llegaban al pueblo para pronunciar grandes discursos frente a un público que los vitoreaba y acompañaba con bombos y cánticos en un clima festivo.


Así eran los actos por ejemplo en el Club de Pesca Social y Deportivo. Que cerraban con un asado envidiable en un salón que albergaba más de mil personas.

Nada borrará en mi memoria que los días de los actos eran siempre soleados y que la marcha se escuchaba a todo volumen de manera incansable.

Yo recuerdo que en mi pueblo teníamos oradores locales de gran destreza. Y recuerdo también a la Chola, a Mario, al loco Conti. Y a tantos otros compañeros que eran piezas clave del Peronismo local y se deslomaban para que el movimiento salga adelante en cada una de las elecciones.

Ellos, mi padre, yo y algunos otros, sabíamos que el pueblo se salvaría si el Peronismo por fin llegaba al poder y comandaba la Municipalidad local, que siempre quedaba en manos de los malos de los radicales.  Por aquellos años, esos que para mí de alguna forma eran de esa estirpe. Aunque no tenía ningún tipo de enemistad ni encono con ellos.

No es que eran jodidos los Radicales, ni mucho menos. Pero de niño uno distingue lo esencial. Y en aquellos años, qué duda cabe, nosotros éramos los buenos.

Peor que los contrarios eran los otros. Los peronistas del otro bando, que afamados tenían cierto prontuario. Y el mandamás según se comentaba andaba cargado. Cargado hasta los dientes con un revolver en la guantera de la camioneta, listo para resolver cuestiones.

Era el loco que recuerdo el apellido pero por las dudas no pienso mencionar. A ver si todavía queda algún secuaz de aquella aparente banda y viene a arreglar las cosas conmigo, que apenas escribo.

Y no tengo nada que ver.      

Nada, absolutamente, nada que ver.

Yo conocí a todos los Peronistas auténticos de aquellos años gracias a mi padre, que es Peronista en serio. De los genuinos.

Algo que supe desde chico, no por acompañarlo al partido, sino por verlo en acción. Sobre todo cuando mi madre atendía a algunas personas que iban en busca de dinero para pagar la luz, el gas o más habitualmente los remedios.

El timbre sonaba en mi casa. Mi madre sabía que era algún hombre que buscaba a mi padre, que vendría con alguna urgencia. Salía entonces a abrir y atendía al señor desde la puerta. Decía que lo busque en el estudio, pero ante la insistencia de la urgencia siempre cedía. Cuando volvía contaba, es fulanito, no se puede tener parado.

Qué va a necesitar para los remedios, protestaba.

Mi padre se levantaba en silencio de la mesa, iba hasta su cuarto y agarraba supongo unos pocos pesos. Hablaba unos minutos en el porche de la casa con Perez, Reinoso o quien fuera y volvía sin decir palabra.

Desde mi silla miraba todo con la misma indignación que mi madre. Protestando en silencio por la injusticia de no haberme comprado el mísero helado torpedo rojo en lo de Marcelino y haber destinado los esforzados fondos de la familia a supuestos remedios apócrifos con forma de vino, según las fundadas sospechas que mi madre hacía notar.

Y afirmaba sin el menor de los titubeos.

Pero no quería distraerme en estos detalles sino adentrarme a la inquietud que no sé por qué me convoca, que es observar un poco más de cerca lo que pasa hoy con el Peronismo. O bien lo qué pasa en relación a estos tiempos.

Si cuento lo que cuento, será para observarlo más de cerca y entenderlo un poco. O para descubrir quién fui, quién soy. O quiénes somos.

Vaya uno a saber.

Siempre pensé que mi padre tendría chances de hacer carrera en la política y se abriría camino por ese sendero hasta llegar a alguna cima. Lo sospechaba por los recibimientos airosos que recibía cada vez que lo acompañaba al partido. Eran creo unos pocos gatos locos, pero gritaban como si fuera una horda de gente entusiasta ante la presencia de mi padre. Carlitos, se escuchaba. Carlitos. Y aplaudían y enseguida lo rodeaban.

A veces, la cosa se ponía más interesante y mi padre iba hasta un extremo de la sede partidaria y comenzaba a hablar luego de los repetidos gritos acompañados por palmas decididas.

Que hable, que hable…

Mi padre se acomodaba en algún rincón y siempre daba un discurso medido, tenue. Propio de la timidez que creo sufrió para hablar en público. Timidez que seguramente fue la responsable de que no pueda hacer discursos airosos, de esos memorables que hacían muchos de los políticos para embarullar a sus seguidores o entusiasmarlos con un futuro que seguro vivirán.

Y que estaba muy lejos de sus actuales realidades.


Siempre escuché con atención esos discursos y reflexioné sobre las frases que una y otra vez aquellos políticos repetían del General o de Evita.

Pero no sólo acompañaba a mi padre en aquellas circunstancias, también era parte del movimiento. Tenía varios amigos del partido con los que jugaba y repartía boletas. Y en las elecciones solía acompañar a mi madre y otros colaboradores que llevaban comida a los fiscales.

Como sea, por suerte mi padre desestimó pronto el camino de la política. Y no ocupó nunca un cargo público.

Es decir, lo que sí fue cuando tenía 23 años. De eso estoy seguro, porque lo repite siempre. Como dando sentado que su carrera alcanzó la cima en la juventud. Lo que sí fue, a los 23. A los 23 años. Fue.

Secretario de gobierno.

De la comuna local.

Qué tal, Carlitos. Grande Carlitos. Con 23 años.

Sí, 23 añitos.

Secretario de gobierno de la comuna local.

Grande Carlitos.

Eso lo sabe él. Lo sabemos muy bien en la familia. Y lo sabe cualquiera que se involucre con él en una conversación política.

Hasta el intendente radical del pueblo lo sabe porque yo escuché cuando mi padre le comentaba en una conversación que había ejercido ese cargo público.

Cuando tenía 23.

Digo del intendente anterior. No el de ahora. El que envidiaban muchos jóvenes del pueblo con cierta malicia porque siendo una persona humilde se había hecho camino en la política y era de algún modo el líder de nuestra comunidad.

La persona más importante de todas.

En fin, después de ese cargo que mi padre ocupó con dignidad concluyó su efímera carrera política. Se dedicó de lleno a trabajar en el sector privado para poder mantenernos a todos. Cosa que logró por suerte con altibajos, pero sin que la familia tuviera que afrontar situaciones caóticas por más que se insinuaban.

Como era por ejemplo pagar la interminable cuenta del querido almacenero Marcelino, que llegaba a fin de mes con hojas y más hojas de facturas, que jamás terminaban y hacían transpirar a mi padre.

U otras cuestiones más inquietantes como eran los presagios de mi madre que si a papá no le iba bien nos rematarían la casa. Algo que indefectiblemente podía suceder.

Todavía la veo a mi madre despedirme en los veranos cuando iba a la pileta del aeroclub, dándome un beso y diciéndome.

Esperemos que hoy le vaya bien a papi. No creo que nos rematen.

Yo no sé qué tan cierto era que rematarían la casa. O era cosa de mi madre que no se anda con chiquitas.

En cualquier caso, cierta vez se escucharon bombas de estruendo.

Pero eso parece que fue en una quinta. No sé.

En fin, yo cuando pienso en Peronistas pienso en los Peronistas como mi padre. Que son en general los más viejos. Gente que creyó en la doctrina Justicialista y se involucró con cuerpo y alma para ejercerla con determinación.

Los Peronistas de aquellos tiempos  tenían dos ideas irrenunciables. Favorecer a los humildes y crear trabajo.

Mi padre las honró a las dos.

De ahí que ese tipo de peronistas iban a las sedes partidarias y los vivaban o aplaudían, porque todos sabían que hacían lo que podían para cambiar la realidad. Y la transformaban, a partir de la energía y la convicción que les daba la filosofía que difundía el general.

Que existía.

Todavía recuerdo la situación con un afamado Sicólogo de nuestro país que viví hace dos años. Con el que yo pretendía hacer un proceso de trabajo personal pero quedaba intrincado en disquisiciones intelectuales.

Tenía muchos libros de Perón, le comenté no sé por qué cuestión. El hombre se sonrió en forma socarrona y yo quedé desconcertado. Escribía, preguntó. Sí, tenía un montón de libros, afirmé. Mientras pensaba que en realidad tal vez el principal era Conducción Política y el resto eran libros que hablaban sobre Perón.

Dejé de ir a ese Sicólogo pronto. No porque haya tenido una actitud ofensiva hacia el líder del movimiento, sino porque en vez de centrarnos en un proceso de trabajo personal siempre se predisponía a entablar conversaciones intelectualoides que me resultaban demasiado costosas como paciente.

La última vez que lo vi al buen hombre, llegaba cinco minutos tarde a su consultorio con la bolsita del supermercado. Y me dio la sensación que estaba en otro mundo.

Peronista no es.

Pero libros hay. Como el que escribió mi padre: “Los filósofos del general”. En verdad no lo escribió él solo, sino con su amiga. Había indagado en los filósofos en los que se inspiró Perón y luego había armado un texto virtuoso en el que rescataba las ideas fundacionales del movimiento Justicialista.

Una verdadera obra maestra.

Yo lo acompañé a mi padre a la librería Hernández de Corrientes y recuerdo la situación. Mi padre decidido dijo que publicaría el libro. El señor, que creo que era el propio Hernández, lo recibió con total cordialidad en su escritorio y se mostró como aliado incondicional. Acordaron la publicación.

Mi padre dejó la seña.

Y no apareció nunca más.

Muchas veces que paso por Hernández recuerdo la situación. Y me lamento no sólo de que no haya publicado el libro, sino que haya dejado la seña y ni siquiera la haya cambiado por libros.

Aunque, ahora que lo pienso, no correspondería cambiarla por libros. Porque era para publicar el libro.

En eso el señor Hernández, si se pusiera firme, sin dudas tendría razón.

En cualquier caso Perón tenía muchos libros. Y siempre pienso que el primero que leí fue Conducción Política, pero no recuerdo nada. Aunque no hace mucho una persona que me dijo que fue presidente del partido Peronista de una ciudad muy importante, me afirmó que se dio cuenta que lo había leído.

Lo aplicás, me dijo.

Raro. Porque no recuerdo nada. Nada de nada. Le insistí.

Lo aplicás. Insistió, sin dar lugar a la duda.

Debo decir que un poco me confundo sobre mi identidad política o ideológica, porque más que en el Peronismo creo en los buenos. Y sé qué están desparramados. Que no formen parte de un determinado partido me parece secundario, accesorio. Lo relevante es la actitud y las sanas intenciones.

Son los buenos los que nos van a salvar.

En fin compañeros, me inquieta también un buen hombre que tiene mucha capacidad intelectual y se endiabló con el Peronismo. Creo que tal vez hace un aporte muy bueno a la reflexión, pero esa postura endiablada e innegociable borronea o distorsiona sin querer tal vez los aspectos elogiables de la genuina doctrina Justicialista.

No la que desconocen compañeros improvisados que no saben la marcha que muchos aprendimos de niños. Y mucho menos saben las cuestiones esenciales de la filosofía Justicialista.

Yo creo que está lleno de truchos y farsantes.

Disculpen, se me escapó.

Pero Peronistas, lo que se dicen Peronistas de pura cepa. Como los de antes. No conozco muchos.

Solo Machado, la Chola, el loco Conto, mi padre.

Y unos poquitos más.

Aunque en Argentina, insisto, somos todos de alguna forma Peronistas. Hasta el Presidente, que al inaugurar la estatua de Perón dejó claro por quién hincha.

Por eso llegaremos siempre al poder con distintas formas, insignias, argucias o partidos. Pero siempre impulsados por el lema que nos constituye.

Viva Perón Carajo!





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domingo, 7 de agosto de 2016

La precariedad de la astucia


Lo que no me gusta son las artimañas y las insanas picardías.

Quizás no me gusta porque son la antítesis de la inteligencia y representan en esencia la bajeza del ser humano, que es capaz de beneficiarse mezquinamente a costa de perjudicar al semejante.

Por eso rechazo de plano esas lógicas precarias que honran con astucia personas que creen más en la viveza que en la inteligencia. Que piensan con compromiso en el corto plazo y repudian sin saberlo la posibilidad de construir a largo plazo, incluso en beneficio propio.

Pero el árbol tapa el bosque y la desesperación por obtener ventajas inmediatas nubla la posibilidad de construir visiones más grandes.

Es como creer en una visión chiquita. Cortita. Que reduce posibilidades. Que en vez de desplegar el mundo a lo máximo posible lo repliega a lo mínimo previsible.

Todo por la obsesión de obtener un beneficio propio que se sobre jerarquiza. Aun cuando en apariencias pueda parecer relevante.


Siempre inquieta observar la vida. Mirar comportamientos. Actitudes. Escuchar palabras que se pronuncian, pero atender principalmente a las que no se dicen.

El ser humano se revela por sus comportamientos. Por sus decisiones.

Quizás por eso las palabras cobren muchas veces forma de pantomimas. Porque tienen que ver mucho con lo simbólico pero a veces poco con la realidad.

De ahí que con palabras se pueden decir las cosas más alocadas. Las que no tienen nada que ver con la verdad.

Hay seres tan confundidos que quedan incluso empaquetados por sus dichos. Encerrados en frases y discursos que los envuelven. Viven así encarcelados en una farsa que ni siquiera reconocen.

Por eso cuando queremos conocer en verdad a alguien es mejor escuchar poco lo que dice y mirar mucho lo que hace.

Solo así podemos descubrir al ser detrás de cualquier máscara.

Eso no quiere decir que no sea lícito quien elige la astucia, la picardía. La precaria jugarreta.

Cada uno es lo que es o lo que puede hacer consigo mismo.

Lo que ocurre es que cuando alguien se compromete con la elección de la astucia, guiado solo por su interés íntimo y mezquino, niega el beneficio que le reporta la inteligencia.

Y repudia la posibilidad de construir a futuro realidades mucho más pretenciosas.

Es como elegir volar bajo.

Bien bajo.





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miércoles, 3 de agosto de 2016

Enmadejados


Si no es una cosa, es otra. Uno piensa que sus menesteres son siempre importantes y en verdad tal vez no lo sean.

En realidad, casi uno está seguro, en última instancia que no.

No son importantes, aunque se encuentra ensimismado por las particularidades de sus asuntos y embrollado en ellos con la intención de resolverlos. Es de alguna manera una mano que tira de un hilo con la intención de desanudar la madeja.

Algo así.

Pero uno no lo sabe, o quizás sí. Tal vez lo intuye y es ahí donde se inquieta. Se dice, pero cómo. Esto es realmente tan importante. Tan pero tan importante.

Se detiene de algún modo antes sus circunstancias. Observa. Hace silencio.

Mira.

Y sí, se dice casi seguro. Si no hago esto o aquello. Si no voy para acá, después para allá. Si no tiro por este lado. Avanzo por la punta. Doblo a la derecha. Salto este charquito. Le digo a fulanito tal cosa. Y a menganito tal otra. Voy y vuelvo, para volver a ir.

Y no, si no me hago cargo la cosa no funciona. Las cosas no se hacen solas. Y la técnica de mirar para otro lado y hacerse el distraído es muy burda. Muy precaria. Uno no construye nada con eso. Se queda ahí quietito. Cómodo pero quietito, como si no pasara nada.

Por supuesto que no pasa nada, o no pasa gran cosa. Porque en la quietud solo reside la comodidad.

No es poco, pero tampoco suficiente.

Es un triste papel para tan interesante posibilidad de vida.

Quién dijo. Bueno, uno piensa y comparte. No sé, ustedes sabrán. Cada uno elige.  Verá. Es grande. O chico. No importa. Puede pensar y tiene experiencia de vida. Corta, larga, como sea.
Cada uno dirá, y bueno no está mal la comodidad. Evitar problemas. Riesgos. Movilizarme. Etcéterá.

Me quedo quietito entonces puede decir. Qué se yo. Por qué no.

¿No?

Tal vez que los vagos, los cómodos los haraganes, se cuentan ese cuento. O no se lo cuentan, simplemente lo honran con compromiso y decisión.

Pero bueno, uno vive inmerso en una madeja de apariencias relevantes. Y se pasa la vida tirando del hilo para desanudarla.

Luego tal vez lo sorprende la muerte o la muerte se le avecina. Debe ser ahí el momento sublime del intelecto. La instancia crucial que facilita la claridad que muchas veces no tenemos.

Supongo que en ese tiempo, en esa brecha corta o chiquita. Ahí emergerá la verdad más elocuente.

La que merece ser escuchada.

Recién ahí sabremos con algo más de lucidez si en verdad era una madeja. Si nosotros estábamos de algún modo enmadejados.

Y si nuestras cuestiones eran tan importantes.





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