sábado, 28 de julio de 2018

Los chismosos



Hace tiempo que esquivo a los chismes y a las malas lenguas. La vulgaridad me espanta cuando se ejerce sin escrúpulos.

Antes, por el contrario, me sentía tentado a chusmear. Me sentaba sigiloso a la mesa de Marta y escuchaba con el interés que escucha un niño los cuentos, que tienen sus aristas memorables y no paran de exacerbar la atención.

Así que yo iba a visitar a un amigo y me prendía con interés a los chismes que desplegaba Marta sin miramientos.

Las historias eran tan disímiles que uno se podía encontrar con cualquier cosa. Aunque los personajes en cuestión a veces se repetían y eran personas inquietas o protagónicas del pueblo. A ellos siempre se les endilgaba algo y eran los actores principales de alguna historia.

Todo lo que no vivían las malas lenguas del chusmerío parecía que lo vivían ellos, que eran los verdaderos personajes de los relatos y al parecer los que llenaban de vida las mesas de los chismosos.

Yo antes caía en esas circunstancias cada vez que iba al pueblo y me predisponía a visitar a algún chismoso que era en verdad un amigo o un buen conocido. Lo iba a ver para saludarlo y pasar un buen momento pero de repente se imponía un chusmerío que en forma irremediable emergía, me inquietaba y eschuchaba con atención.

Con el interés que tiene alguien de descubrir la verdadera historia.

Lo mismo ocurría con otros amigos o buenos conocidos que visitaba hasta que me renegué y me indigné por los chusmeríos que eran siempre en algún aspecto maliciosos, decadentes y dañinos. Y que le impedían a la victima de turno ejercer su derecho de defensa para corregirlos y desmentirlos, porque siempre hablaban a sus espaldas con la impunidad que les ofrecía la cobardía.

Las malas lenguas eran en verdad demasiado dañinas y venenosas como para que atestigüe la maldad de los relatos inventados.

Si bien siempre ponía reparos a las historias y exigía verosimilitud, para tensionar las posibilidades de la inventiva, terminaba consintiendo algunos pasajes abusivos pero sin perjuicio de hacer notar los deslices que resultaban excesivos de los cuentos.

Y cierta vez, por qué negarlo, defendía con virulencia la incredibilidad que no podía permitir abusivas certezas del chismoso, que terminaba jurando y perjurando la veracidad de sus dichos.

Yo sabía que ni Josecito ni Pedrito o Clarita habrían sido partícipes de semejantes hechos escabrosos que les endilgaban y que siempre dañaban su reputación. Y sospechaba que lo que en verdad movilizaba a las malas lenguas era un espíritu precario, generado por la envidia y la frustración de quien en vez de admirar sufre el resentimiento que le ocasionan los exitosos.

Quizás eso me alertaba y me advertía del riesgo de caer en un mundo de tanta bajeza e improductividad.

Tal vez por eso es que en cierto momento recapacité, cerré mis oídos y hui espantado.

Me fui con la inquietud de que las malas lenguas jamás retractaban sus dichos y muy rara vez aceptaban replegarse de sus aseveraciones. Uno solo podía dejarles la duda y el escepticismo.

Y marcharse incrédulo y perturbado por la convicción con la que relataban sus cuentos.





Leer Más...

miércoles, 11 de julio de 2018

El mundo desbarajustado


Sería conveniente que uno no dejase de pensar que el mundo está desbarajustado. Que el mundo argentiniano se ha desbarajustado irremediablemente y que es preciso tomar cartas en el asunto para reabarajustarlo.

De manera urgente e innegociable.

Solo si se piensa desde esa perspectiva podríamos reconocer la decadencia que se manifiesta en la realidad y que cobra formas impensadas o inimaginables.

Basta recordar que del mundial salimos campeones de ser extraditados porque los desvergonzados compatriotas hicieron un esfuerzo memorable por exhibirnos de manera lastimosa ante los ojos del mundo.

Basta rememorar también las imágenes de quienes se burlaban de otras personas porque les hacían decir barbaridades o las que mostraban a violentos golpeando a rivales, para sentir tristeza, rabia, desazón, vergüenza o lástima ante semejantes zonceras.

Que solo nos sirven para recordar que no hay peor tonto que el que se cree vivo.

Pero uno abre los diarios y solo se anoticia de otras circunstancias que revelan la decadencia en la que nos encontramos metidos. Y eso sepámoslo bien, no es por culpa de nadie en particular, es por culpa de alguna forma de todos.

Somos quienes pagamos el precio de la viveza criolla y por si fuera poco muchos encima se vanaglorian de ella, sin aprender nada de la realidad que nos anoticia a todos de las inconveniencia que provoca el espíritu vivillo que supimos conseguir.

Y me incluyo para no hablar desde una tarima con la facilidad de quien mira desde arriba y apunta con el dedito acusador.

Aunque si fuera totalmente justo, debería decir que no tengo nada que ver con eso. Al igual que un número inmenso de compatriotas que sufrimos las consecuencias del despropósito que revela muchas veces el comportamiento ajeno.

Acá no es que no andan las cosas por impericia de una persona en particular o de un grupo de gente.

No andan porque se cree demasiado en la viveza y muy poco en la inteligencia.


No funcionan porque ante el despropósito de tener más de la mitad de graduados del secundario
analfabetos, que tristemente se reciben sin comprender textos básicos, se habla solo de salarios en vez de poner el grito en el cielo y las manos a la obra.

Uno podría hablar de todo un poco y amargarse un poco más con el correr de los párrafos. Pero no hay riesgo mayor que ser injusto con quienes actúan para incidir en la realidad y hacerse cargo de modificarla en beneficio de todos.

Porque si por algo mejoramos es por el accionar de tantos compatriotas que desde los más disímiles lugares honran los valores virtuosos que afectan positivamente a la sociedad.

Empecemos a aceptar que el mundo argentiniano está desbarajustado y que debe corregirse de manera urgente.

Premiar a los que producen y trabajan en vez de explotarlos a impuestos.

Disciplinar a quienes delinquen en lugar de justificarlos o subsidiarlos.

Educar con el ejemplo.

Usar el dinero de los ciudadanos para construir un país mejor en vez de premiar a quienes lo deterioran.

Creer en definitiva en un país serio, que puede construirse con el impulso del sentido común y las convicciones inquebrantables de quienes creen en valores virtuosos y no se dejan confundir con pícaras verdades ajenas o burdas patrañas.

Por eso es bueno dudar de todo menos de las sanas convicciones y los valores esenciales que son los pilares para construir un país mejor.

Si no empezamos por aceptar que la argentina está desbarajustada y se sigue haciendo lo mismo de siempre, no nos sorprendamos con las formas que la decadencia día a día nos vuelva a anoticiar.




Leer Más...

viernes, 29 de junio de 2018

La copa es nuestra!



Nada me alegra más que ver a los argentinos festejar un gol o el triunfo definitivo en un partido del mundial. Esa instancia memorable que vivimos los compatriotas es única e irrepetible y sirve para avisarnos que estamos vivos.

Que estamos verdaderamente vivos.

Cuando sale el equipo a la cancha y las tribunas se vienen abajo, la vida nos recuerda que vale la pena vivir y que la pasión es una emocionalidad inigualable. Basta sentir la piel de gallina entre la fiesta que ofrece el grito ensordecedor, los petardos, papelitos y los argentinos que tomados por un sentimiento innegociable se enervan en el fervor.

Y lo viven como se debe, sin el menor de los titubeos.

Por eso un gol puede explotar las tribunas, emocionar hasta las lágrimas y generar los abrazos más lindos del mundo.

Y un penal en contra puede desencadenar la amargura y sumir en la tristeza hasta un abismo impronunciable.

Nadie más feliz que un argentino de pura sepa viendo como nuestro jugador esquivó a un rival y metió un golazo en el partido del mundial. 

Esas vivencias son indescriptibles e inolvidables.

De chico recuerdo haber abrazado un sentimiento ingualable. Era fanático de Boca y del loco Gatti. Y me encerraba en el auto como sea a escuchar los partidos con los relatos de periodistas muy virtuosos que eran capaces de hacernos sentir que estábamos en la cancha.o

O mejor aún, pateando la pelota o atajando un tiro al arco.

Temblaba como una hoja si teníamos una situación de riesgo y celebraba como un lunático frenético si Graciani, Rinaldi, Comas o Tapia metía un gol.

Cualquiera que haya vivido alguna instancia de pasión futbolística sabe muy bien lo que digo. Y cualquiera que la siga viviendo no tiene la menor de las dudas.

La única mala suerte que quizás tuve yo, es que en algún momento el loco Gati dejó el fútbol y ahí. Justo en ese preciso momento.

A mí se me pincho la pelota.

Pero el recuerdo vive y con el tiempo me parece que se puede regenerar el sentimiento que sólo el fútbol puede brindar. Y que, de alguna manera se puede volver a inflar la pelota.

Sin dudas el mundial para los argentinos es una fiesta y por eso debemos celebrarlo.

Es cierto que a veces uno se enoja porque no puede creer el comportamiento de un grupo minúsculo de hinchas que deshonran los valores virtuosos de nuestro país y estropean la relación con países que siempre deberían ser amigos. Pero ese enojo disparado por unos pocos compatriotas confundidos y extraviados no nos representa, y esos cánticos, agresiones a rivales o formas deplorables con la que ejercen la viveza criolla para burlarse de los demás, a la inmensa mayoría de los argentinos nos avergüenza y enoja.

Esas situaciones hacen pensar que a veces una derrota es buena para educar el espíritu soberbio o engreído que tienen algunos compatriotas y que los impulsa a desplegar comportamientos detestables. Aunque a juzgar por los hechos el resultado de ese supuesto disciplinamiento ha sido inefectivo.

No basta con recordar que el último mundial que ganamos fue en 1986, de la mano de un equipo entrañable y la habilidad inigualable de Diego Maradona.

Los argentinos siempre vamos a creer que somos los mejores del mundo. Aunque la realidad nos desmienta, y casi a diario nos baje el copete.

Como diría mi abuela.

Y  si bien uno debe ser justo y decir que no todos nos reconocemos en esa creencia, no podemos dejar de reconocer que existe de alguna forma en la genética de nuestros conciudadanos.

De ahí que nunca a nadie se le ocurre que podamos perder o no ser campeones del mundo. 

En cualquier caso, sepamos que no importa que ganemos o perdamos porque vivimos el fútbol con intensidad. Lo vivimos como Dios manda.

Por eso ayer, hoy y mañana, la copa. La verdadera copa…

Es siempre nuestra.

Vamos Argentina!





Leer Más...

domingo, 10 de junio de 2018

¿Quién es Juancito?


Bueno, yo me siento contento de ser quien soy y de poder hacerme cargo de mí. Sería una preocupación preocupante que a esta altura no me sienta tranquilo con lo que soy y me diga que quisiera ser otra persona distinta a la que estoy siendo.

Esa situación me preocuparía porque debería saber primero quién quisiera ser y si no lo supiera, estaría peor todavía. Porque primero debería darme cuenta quién quiero ser y luego procurar ser quien quiero ser.

Y uno ya tiene cierta edad que no puede ahora andar hurgando en cuestiones esenciales desde lo más profundo de su ser para buscarse y encontrare. Y decir por fin, acá está. Este es. O este soy.

Y autodescubrirse en un acto que podría ser digno de las más notables de las iluminaciones. Porque el hallazgo de uno debe ser el mayor de los descubrimientos.

Así que yo no voy a buscarme mucho más porque pienso que ya no tengo tiempo de hacerlo. Soy lo que soy o lo que puedo ser. O lo que cierta inclinación me impulsa a ser. En determinado momento, en determinada circunstancia.

Porque creo en cierta fluidez que permite el despliegue de la vida. Una fluidez en algún aspecto medida. No es que no soy por ejemplo sacerdote y mañana la fluidez me sorprende dando misa en un altar.

Pero salvando esas distancias creo que uno puede dejarse fluir desde sus propias predisposiciones. Así que si no es cura y se inquieta con ser monaguillo, bienvenido sea.

En fin, dejarse llevar por nuestras propias intenciones parece ser una brújula interesante porque respeta la autenticidad de quienes estamos siendo y en esa decisión nos respetamos a nosotros mismos.

Nada es peor que pantomimizarse.

Quizás solo hay que procurar que el entorno no ofrezca mayores resistencias. Porque caso contrario uno se verá obligado a negociar consigo mismo con el riesgo de traicionarse o a cambiar el entorno para evadirse de las delimitaciones que pretenden imponerle.

Una disyuntiva que requiere un sano equilibrio para el hombre mesurado y un desafío a resolver para el hombre decidido.

Habría que descubrir cuál es nuestro caso.




Leer Más...

sábado, 2 de junio de 2018

El ser desconfiado


No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.

Nada de eso.

Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las observo un poco sin recriminarles nada.

Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor aún, de supervivencia.

Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.

Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación para evitar perjuicios.

Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera responsable, prolija.

No desmedida.

Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí, uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira, escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos. Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?

Y piensa.

¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué me quiere decir en verdad cuando me dice esto?

Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.

El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.

Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.

Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún punto de irrelevancia, ¿qué hace?

Uno escucha palabras pero mira los hechos.

Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones, comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.

Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para allá.

Justo para el otro lado.

Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos lo arrastran para el otro.

Entonces piensa, analiza, dilucida.

Trata de avivarse.

Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan encontrar la certeza.

El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.

Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún cuando la evidencia la desmienta.

Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.

Sanseacabó.

El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.

El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.

El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.

Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.




Leer Más...

sábado, 19 de mayo de 2018

Los malos


Nada es mejor que detectar a los malos a tiempo y evadirlos para siempre.

Si en algo he tenido suerte en la vida fue que casi nunca un malo aparece en mi camino, con lo cual el transcurrir se hace muy placentero y disfrutable. 

Los malos son dañinos, peligrosos, impredecibles y siempre destructivos. Nada los motiva más que generar problemas y hacer siempre el mayor daño posible.

Por eso es bueno desarrollar la habilidad para estar atentos y advertirlos a tiempo. Porque son personas confundidas y extraviadas, capaces de orquestar los engaños más burdos para salirse a toda costa con la suya, sin mediar sus actos por la razón, la justicia o la intención de cuidar al otro.

Por el contrario, embaucados en sus propias elucubraciones invitan siempre a un mundo indeseable que se caracteriza por perjudicar al otro tanto como sea factible.

Un mundo que bien vale la pena esquivar.

Nunca vi a un malo que tenga la intención de hacer el bien o de cuidar al otro. Por el contrario, preso de sus propósitos es capaz de superar cualquier límite y ocasionar todo el daño que pueda imaginar.

Debe ser por eso que el malo en su interior arrastra perturbaciones de conciencia. Y en su exterior refleja siempre su situación.

Por eso no es difícil advertirlos y distinguirlos. Basta con que estemos atentos para detectar sus patrañas.

Los malos son embaucadores. 

Suelen tener cierta destreza para orquestar relatos más o menos confiables, pero siempre engañosos. El problema que los acecha es que el tiempo les juega en contra porque la mentira tiene fecha de vencimiento. Dado que la verdad emerge con el transcurso del tiempo que poco a poco desenmascara la farsa.

Nunca he visto que a un malo le termine yendo bien en la vida. Sus triunfos son tan burdos como esporádicos y pasajeros. 

Y consumen sus vidas presos de sus propios engaños.





Leer Más...

sábado, 21 de abril de 2018

Viejo y gruñón


No me preocupa ponerme viejo.

Lo que me preocupa es ponerme viejo cabrón, malhumorado y quejoso.

Ese es el riesgo inminente y por eso debo estar atento. Como supongo que deberíamos estar todos atentos. Caso contrario uno corre riesgo de envenenarse con su propio veneno.

Así que ando por la vida disfrutando todavía una buena edad pero alerta. Porque cada tanto, o con mucha frecuencia, me advierto que estoy merodeando la cornisa a punto de caer en el descontento que termina intoxicándome en la queja.

Pero, ¿de qué me quejo? O, ¿de qué nos quejamos?

Siempre hay motivos, claro. Los más frecuentes suelen ser en mi caso los que aporta la decadencia.

Quizás nada me indigna más que saber que la mitad de los chicos terminan la secundaria sin comprender textos básicos. No puedo creer la dimensión que ha alcanzado esta estafa. Y que siempre se hable de salarios en vez de remplazar a todos los responsables de robarle el futuro a los chicos.

Después hay cuestiones en apariencia menores pero que tienen importancia. Caminar entre la caca de perro por las veredas de Buenos Aires y ver como los amos se van indiferentes al sorete que dejan sus mascotas sin culpa.

Y ver los cables que los de Iplan dejan sobre el contrafrente pasando desde el edificio donde vivo hacia los otros edificios, con la misma impunidad que obran los que dejan las cacas primero en las veredas y luego en las suelas de los transeúntes.

La queja no es tonta. Uno se queja porque quiere cambiar la realidad. Porque no la acepta en sus peores aspectos y tiene la ilusión de que algo puede hacer. Que por lo menos no va a ser partícipe de convalidarla o fomentarla. Y que va a dar pelea desde algún lugar con sus propias armas.

Aunque el resultado sea incierto o adverso.

Qué importa, lo relevante es quedarnos tranquilos sabiendo que fuimos consecuentes con nuestra capacidad de acción.

Que nos alzamos en armas de algún modo y ofrecimos pelea.

Nada más triste que quedarnos doblegados en un espíritu dócil y sumiso que contribuye a que el mundo se deteriore irremediablemente. Para eso están los cómodos, los haraganes, los que carecen de valor para luchar por lo que vale la pena vivir.

Los pusilánimes.

Bien podría yo decir que es un país decadente, que sufre su propia cultura.

Claro que sería injusto con innumerables aspectos. Pero cuando uno se transforma en viejo y gruñón, no pueden salirle otras palabras de la boca.

Es mentira que somos un país genial y tenemos el mejor equipo del mundo, o los mejores jugadores del planeta.

Lo que tenemos es una soberbia colectiva inconmensurable, que no la educa la realidad.

¿Nadie se percató todavía que el último mundial ganado fue en 1986?

Pareciera que no, porque no son pocos los argentinos que piensan que esta vez seremos campeones indefectiblemente. Porque, quién duda, ya sabemos quién tiene el mejor equipo del mundo, ¿no?

Es solo un detalle.

El meollo quizás tiene que ver con la cultura que enorgullece a muchos compatriotas y que bien podría suponer algún quejoso gruñón que es la principal responsable de nuestro declive.

Es la viveza criolla la que nos sepultó en la decadencia.

La trampa siempre tiene patas cortas y termina mal.

Puede alguien festejar un logro esporádico y pasajero. Puede vanagloriarse de una insana picardía que le permitió algún resultado.

Un gol con la mano o lo que fuera.

Como los cables aéreos tirados impunemente en el interior de las manzanas de Buenos Aires, conformando verdaderos árboles de navidad que perjudican a todos los vecinos.

Pero la cultura de la trampa es siempre penosa. Ofrece un dudoso beneficio a corto plazo.

Y termina mal.

Si no, piensen ustedes los innumerables ejemplos que la decadencia nos ha ofrecido.






Leer Más...

sábado, 14 de abril de 2018

Yoga orgásmico



Yo pensé que tenía que poner la palabra gemidos. Que orgásmico podría resultar demasiado y no haría justicia con este texto, porque en verdad no fue algo orgásmico, fue gemístico.

Llegué a las 20.30 en punto como todo alumno disciplinado para comenzar su clase de yoga.

Solo abrir la puerta, caminar unos 15 pasos y verlo a Alberto de blanco imperturbable, calma.

El ritual de darle un breve abrazo y recibir una sutil palmadita en silencio aquieta los torbellinos del pensamiento.

Camino hasta el vestuario, me cambio e ingreso al salón. Agarro el asiento que se llama zafú o algo así y las colchonetas.

Digo colchonetas porque antes agarraba una, luego dos y finalmente he comprobado que tres es la medida justa. Porque son en verdad finitas y no se trata aquí de ningún despropósito o exageración, es simplemente un breve resguardo de un yogui precavido.

El salón es amplio y finaliza con ventanales que dejan ver un patio enorme repleto de verde. Delante de ese ventanal se ubica sentado el maestro.

Uno lo mira de lejos, se acomoda el zafú y sabe que lo que vendrá será perfecto. Que el mundo desaparecerá por un instante y que quedará la mente disciplinada para que no perturbe haciendo de las suyas, enredada en sus propios pensamientos.

El guía dice que hay que sentarse sobre los talones o bien de piernas cruzadas. Con lo cual solo escucho que debo sentarme de piernas cruzadas, eso de los talones se insinúa siempre incómodo, sufriente, y es mejor evitarlo hasta que se impone irremediablemente en algún momento de la clase.

Recién ahí y en contra de mi voluntad me siento sobre los talones valiéndome de la almohadilla y resistiendo cual yogui estoico las indicaciones del maestro.

Todo empieza con respiraciones suaves. Manos sobre las piernas y giro lento de cabeza, hacia un lado y hacia el otro, en un ambiente perfumado por sahumerios que queda con la oscuridad que anuncia la noche.

Seremos veinte o treinta personas en la clase que nos ubicamos espaciadamente y seguimos las indicaciones de Alberto. Nadie como él tiene la destreza de domesticar la mente y flexibilizar el cuerpo a partir de las posturas y la respiración.

Hay que avanzar con la cabeza hacia arriba y hacia abajo, respirando en profundidad.

De repente se escucha un gemido.

No puede ser, me habrá parecido, pienso. Mientras sigo las indicaciones que procuran relajarnos.

Ahora hay que llevar la cabeza hacia un lado y las piernas hacia el otro. Todo de manera rítmica pero con cierta constancia.

El cuerpo se va relajando, va encontrando calma y flexibilidad. La mente va cediendo, el futuro y el pasado se diluyen en el presente.

El profesor indica que hay que hacer el gato, que consiste en ponerse en cuatro patas, extender la cabeza hacia arriba, la cola hacia atrás, mirar en alto. Y luego elevar la cintura y mirarse el ombligo.

Otra vez se siente un sonido profundo e inquietante propio de un gemido y esta vez nadie puede dudarlo.

No puede ser la señora de adelante, pienso. Es la chica de la punta o la otra que está al lado. Tiene que ser una de ellas dos.

Las luces permanecen tenues y el ámbito queda prácticamente oscuro.

De pronto hay que hacer la postura del bebé, que consiste en acurrucarse en sí mismo, pegar el cuerpo a las rodillas y extender las manos hacia atrás.

Es ahí, justo en ese momento, donde el gemido reaparece sin el menor de los titubeos.

Yo me siento acurrucado y vencido en mí mismo, con los brazos hacia atrás y la inquietud a flor de piel porque no puedo ver. Es un gemido auténtico, intenso y verdadero. No se trata de un acto postural propio de la simulación. Si fuera así, lo hubiera detectado desde el primer instante. Nadie como yo debe tener la experiencia de estar de alguna manera inmerso en un sistema de pantomimas y simulaciones que hace que los agentes obren con destreza para lograr sus intenciones, sin ser descubiertos. Esto no, no se trata de un burdo simulacro que persigue mezquinas intenciones, es a todas luces un gemido certero e innegociable.

Por ende, un acto respetable. O admirable.

El maestro se levanta y apaga la luz por completo, anuncia que estamos próximos a llegar a la parte final de la práctica. A la postura más importante de todas, que es la relajación definitiva.

Pienso que la vida ha traído una vivencia colectiva que nos desafía y por eso no le podemos fallar. No podemos dejarnos sucumbir por nuestras cobardías e inseguridades. No podemos creer una vez más en la mediocridad de salir indemnes, mirar para otro lado y dejar el mundo como está.

Permanecemos todos en silencio inmersos en la oscuridad mientras el maestro lee pasajes de textos que contribuyen al bienestar y mientras emerge casi de manera sutil el gemido tal vez de la chica de la punta, como si fuera una invitación persistente que se notifica con elocuencia a todos.

Creo que esta vez es posible que algo suceda. Es probable que Alberto se deje llevar por las circunstancias y los participantes nos entreguemos a lo que depare el destino, para escabullirnos de pronto de un mundo previsible y adentrarnos en un espacio inconfesable.

Pienso que esta vez es posible que nos liberemos de nosotros mismos.

Aunque creo que es probable que si nos dejamos llevar, luego las autoridades públicas sumidas en previsibilidades exijan reestablecer la compostura y reclamen el cierre de las numerosas sedes de esta noble institución, por haber permitido quizás transitar una experiencia novedosa, creativa, intensa e inconfesable.

Pronto advierto que nada ocurrirá, que volveremos a ser los mismos y el mundo nos dejará delimitados en nuestros disciplinamientos sostenidos por las normas interiorizadas. Y por nuestra propia cobardía.

Interiormente sé que el día no será memorable y que apenas quedará una anécdota para el olvido.

Serán una sucesión de gemidos inquietantes que hicieron una invitación fallida.

Permanezco inmóvil sobre las colchonetas, en el medio del silencio y la oscuridad.

Siento nuevamente respiraciones profundas con sonidos de gemidos, mientras advierto que algo me roza el cuerpo. Como si fuera una incipiente caricia que aparece desde el silencio.

Entreabro los ojos y no puedo creer lo que veo.






Leer Más...