sábado, 12 de octubre de 2019

Los idiotas


Pocas cosas me enojan más que la zoncera manifestándose de manera impúdica en las circunstancias más disímiles.

La idiotez avanzó tanto que hasta degradó la estupidez, porque antes quizás muchos eran tontos y no lo advertían pero ahora se vanaglorian de eso y hacen un culto a la zoncera.

Disculpen ustedes pero veo idiotas por todos lados y el problema es que son muy peligrosos.

Desde que me convertí en padre me parece por ejemplo una locura que cualquiera pueda tener un bebé en su casa. Teniendo en cuenta la estupidez reinante es realmente un peligro que seres indefensos estén en manos de tontos, incompetentes, irresponsables o insensibles.

Ayer nomás vi como una mujer bullanguera maltrataba a su hija con una agresividad que indignaba.

Y el otro día vi zamarrear con violencia a un niño por su padre con la agresividad propia del idiota que repentinamente se encuentra con una dosis de poder y es una persona subdesarrollada.

He visto idiotas que ponen música en autos armados con parlantes prepotentes en lugares paradisíacos como playas o laguitos que son el paraíso del silencio.

Lo hacen con el entusiasmo de los tontos que no advierten el perjuicio que ocasionan y creen que han venido para salvar al mundo.

Algunos son tan tontos que ni siquiera advierten que a pocos metros otro tonto hace lo mismo y entre estos parlantes invasivos, compulsivos y desafortunados, se mezclan los ruidos y solo logran aturdir a todos.

Otros que se hacen notar son los que andan en motos con los escapes ruidosos, creyendo que esos estruendos insoportables los transforma en galanes de turno, sin advertir que los revelan como idiotas molestos.

Entre los tontos más peligrosos no puedo dejar de mencionar los que cruzan en las esquinas sin mirar y de espalda generando las condiciones propicias para que los atropellen.

Y los idiotas que manejan autos sin frenar en las esquinas, a velocidad de descerebrado en calles y avenidas o pasando en curvas de rutas, propiciando la posibilidad de que esas conductas asesinas generen los previsibles resultados consecuentes.

Pero no voy a seguir enumerando la cantidad de idiotas que andan dando vueltas porque me doy manija y me dan ganas de mandarlos a todos a la mierda, con la expectativa de que ese recóndito lugar exista y puedan avivarse de una vez para no seguir haciendo daño.

Ustedes dirán que soy un rezongón y que podría tener una mirada positiva por ejemplo tapándome los ojos ante la idiotez.

Pero si sirve de defensa propia aduzco que en verdad apunto estas cuestiones que emergen de la elocuencia, con un espíritu positivo, porque creo que enfocarlas y mencionarlas puede servir para resolverlas.

Quizás algún idiota tome nota y se replantee su accionar.

Aunque debo confesarles que mis expectativas al respecto no son muy buenas.






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sábado, 5 de octubre de 2019

¿De quién es el futuro?


Creo que la educación tradicional genera muchos riesgos en las personas que en vez de asumir responsabilidad por sus actos y decisiones, delegan esa facultad bajo la insana suposición o certeza de que alguien lo va a cuidar.

Y nadie lo va a cuidar.

Diría para precisar el concepto con cierto estruendo, con la única finalidad de que se escuche, inquiete y movilice tal vez a la siempre sana y conveniente reflexión.

No lo va a cuidar el médico, el arquitecto, ni el portero por metaforizar de alguna manera.

Ellos andan embrollados en sus cuestiones, en sus intereses y tienen absoluta prioridad sobre sus vidas por sobre la de los demás.

Con contadas excepciones.

Y abro un paréntesis.

No está mal.

No está mal que tengan prioridad sobre sus propias vidas porque responde a la naturaleza de la creación y es a la vez una decisión personal e intransferible que puede hacerse por más que otro reproche desde la tribuna o grite, egoísta, individualista.

Etcétera.

Lo que pareciera que ocurre es que hay una degradación de valores que implican un retroceso en la dimensión humana. De ahí el descuido hacia el otro.

Antes lo habitual era que un maestro se preocupe y hasta se haga mala sangre porque su alumno no cumplió con los deberes o no dedicó tiempo de estudio porque sabe que esas lógicas le garantizan un mal destino y quiere involucrarse en facilitarle el mejor futuro posible, no el peor de todos.

De ahí que el docente responsable de ayer se comprometía con su rol. El de hoy por supuesto también lo hace, pero pareciera que no es lo más habitual.

Al igual que el médico, que antes se hacía mala sangre si el paciente reconocía que había seguido fumando, había continuado comiendo mal y no había hecho nada de ejercicio.

Por decir algo.

-El médico me va a retar -decía el paciente, sabiendo que el profesional de la salud comprometido se haría de alguna manera mala sangre y se enojaría por el infortunio buscado por el paciente.

Ahora pareciera que pocos médicos retan y algunos ni registran el nombre del paciente que los consulta.

Paréntesis...

No digo que el médico tenga que retar o darle chas chás en la cola a sus pacientes díscolos. Digo, o mejor dicho intento decir, que tal vez se ha degradado el compromiso en general de los médicos sobre sus pacientes porque esa situación que en realidad manifiesta un nivel de compromiso absoluto no es tan habitual.

Y porque más de un médico ni registra a sus pacientes.

Nada de esto estaría mal si no fuera porque los niños grandes tienen la falsa creencia de que hay otro que se preocupa auténticamente por ellos. Y delegan en ese acto su responsabilidad, su poder personal y en definitiva las lógicas básicas y esenciales para generar las condiciones que les construyan el mejor futuro posible o los libere eficientemente de las vicisitudes que los aquejen.

Los retaba la maestra y el médico de antes pero ahora cambiaron las cosas.

Y lo mismo pasa con los arquitectos y tantos otros.

Lo preocupante no es que no los reten, que es quizás una metáfora de la pavada. Lo preocupante es que el otro espere que se hagan cargo de él.

Por eso ante la degradación de valores y la creciente despreocupación por el otro, nada es mejor que hacerse cargo de la propia vida, las decisiones necesarias que se deben tomar y las vicisitudes que fueran.

Sea rechequear el tamaño de la columna o la pastilla que sugirió el médico.

Caso contrario a cada uno lo perseguirán las consecuencias.

Por eso es preferible preocuparse y comprometerse. A despreocuparse, dejar todo en manos de otro y mirar confiadamente para otro lado.






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lunes, 23 de septiembre de 2019

Vivir sin ego



La gente tal vez se equivoca al dejarse caer en la trampa y fomentar el ego.

Quizás ese paso en falso le juega en contra y lo distancia de su verdadero ser, exigiéndole comportamientos, decisiones y elecciones que quizás no concuerdan con su verdad íntima.


El riesgo del ego es que toma a la persona como marioneta de su propia vida. Y sin querer o queriendo muchos seres terminan obrando a su voluntad.

Son esclavos de si mismos.

Hay gente que compra un auto, una casa, estudia una carrera o adquiere algo que a veces no necesita pero valoran los demás para obtener el reconocimiento de los ojos ajenos o poder pertenecer a un grupo de esencia superficial pero que por alguna razón lo incita para integrar.

Siempre es bueno huir espantados de esos ámbitos apenas se advierten. Suele ser gente que necesita demostrar poder o capacidad económica, como si fueran las cuestiones más valiosas de la existencia.

Están totalmente extraviados en una vulgaridad de aparente relevancia, pero que es en esencia un ámbito muchas veces de personas miedosas e inseguras que se caracterizan por dudar de su propia valía.

Necesitan un estandarte. Como puede ser contar de un viaje. Una casa. Un auto de esos que cuestan una fortuna hacerle el service o vaya a saber qué cosa que demuestre que es muy costosa, puede exigir una suma importante para mantenerla y no está al alcance de todos.

Perjuicios aparte siempre es bueno estar atentos y no caer en las trampas que ofrece el ego.

Y de esos ámbitos, obviamente, huir antes de abrir la puerta.

Pero el ego no se regodea solo en esos reductos pantomímicos, existen otros más asequibles y cercanos para todos.

Hoy con Facebook o Instagram hay gente que muestra hasta una parrillada.

O un cordero al fuego, o sánguche de milanesa completo.

Con papas fritas al costado.

Mirando con cara de sí, lo he logrado.

Mírenme.

Llegué.

Y acá nadie va a andar juzgando al hombre sonriente que acredita su momento de gloria en face con sonrisa de oreja a oreja. Cada uno es libre de hacer lo que quiere.

Por supuesto.

Solo que estamos abordando el ego y algunas metáforas que inquietan y contribuyen a la reflexión para que el lector construya su propia conceptualización sobre el tema.

O llegue a sus propias conclusiones.

Tampoco es cuestión de denigrar el ego porque no es negativo en todos sus aspectos, es también el motor para lograr ciertos resultados. 

Lo único quizás que quisiera compartir es que fomentar el ego distancia del propio ser.

Del auténtico ser.

Pero quien logra administrarlo puede tranquilamente ser el dueño de sí mismo.  

Cada uno sabrá desempeñar su propia destreza, asumiendo riesgos y posibilidades.

Quizás lo más peligroso del ego es extraviarnos de nosotros mismos. Porque cada vez que el ego se agiganta se reduce la libertad.

Tal vez por eso siempre es mejor una foto menos para no caer en la trampa y quedarse aferrado a quien uno es.

Recluido en su propia vida.





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sábado, 14 de septiembre de 2019

País intrincado


Había escrito sobre el hombre intrincado y esas reflexiones me instan a pensar sobre el país intrincado que vivimos los argentinos.

Una cosa lleva a la otra.

Nadie tiene las respuestas definitivas pero cualquier destello de reflexión ayuda a repensarnos y presumir la posibilidad de salir del vericueto en el que estamos metidos.

Única alternativa para pasar a una nueva instancia y constituirnos por fin en un país distinto.

Estamos intrincados por una sencilla razón.

Somos los mismos.

Quizás acentuados por la tendencia que reafirma nuestras lógicas, que con el tiempo en vez de reformularse se asientan.

Damos vueltas como país sobre los mismos temas una y otra vez. Nos regodeamos en un atolladero de explicaciones más o menos efectivas mientras observamos los mismos resultados de una realidad que no nos favorece.

Misma pobreza, misma inflación, misma atención al dólar.

Perdemos tiempo de vida enredados en noticias económicas que incitan nuestra atención y consumen de alguna manera nuestra energía.

Somos los mismos argentinos dando vueltas en circunstancias al parecer distintas pero que constituyen esencialmente el mismo firulete.

No nos mareamos de casualidad.

Si nunca se toma el coraje de cambiar en serio, nos vamos a morir observando los cortes de calles, la inflación permanente y zigzagueante, la impunidad que emerge en cada esquina, las destrezas de la insana picardía y el precio del dólar.

Es una lástima que seamos siempre los mismos y sigamos perdiendo el tiempo.




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sábado, 7 de septiembre de 2019

El hombre intrincado


Hace tiempo conozco al hombre intrincado.

Es un amigo, que viene con recurrencia a contarme vicisitudes de su mundo contrariado, que al parecer lo abruma y lo doblega, como si fuera una topadora que lo pasa por encima.

Siempre lo escucho con atención y siempre observo que es él el causante de su mundo. Lo genera con un compromiso que él mismo se asombraría si lo advirtiese.

El hombre intrincado refunfuña de cada cosa que emerge en sus circunstancias, pero en vez de desactivarlas las genera con sus actos.

Luego se queja, protesta, maldice las situaciones y se muestra abrumado por el mundo que se le viene encima.

Algunas veces intenté mencionarle que su proceder es el que causa sus desgracias. Puntualizándoles hechos concretos donde con claridad se fundamenta esta síntesis.

Que su acción es la que genera su mundo.

Siempre lo hago con las mejores intenciones, para que pueda dilucidar sus circunstancias y advertir que las genera.

Que es él y nadie más el único responsable de sus vivencias.

Pero el hombre intrincado no quiere escuchar o no puede escuchar.

O quizás no se anime a escuchar.

Por eso sigue enredado, maniatado a su tormento.

Dudo que se libere algún día, no le veo el más mínimo interés de abandonar la queja y convertirse en un hombre nuevo.

Vivir en la desgracia parece ser su insana adicción.





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sábado, 31 de agosto de 2019

El buen cuento


Creo que a los chicos se los obnubila con cuentos que de acuerdo a la destreza del cuentista logran crearle una percepción de realidad incuestionable al punto de que el niño cree que lo que escucha es cierto, y nada en el mundo podría convencerlo que es una ficción o una burda mentira.

Por lo menos en el momento en que recibe el relato con los ojos absortos.

Tanto es así que el niño puede morirse de miedo o llorar ante una historia, del mismo modo que puede explotar de alegría cuando el relato lo sorprende gratamente o supera sus expectativas.

A los niños grandes les pasa lo mismo, con la diferencia que los relatos no los hace el padre, la madre, los abuelos o el tío.

Lo hacen los políticos que tienen como condición necesaria, no suficiente, parlotear de la manera más creíble posible para que los niños grandes adviertan que de su mano cruzarán el puente y serán felices para siempre.

Por eso los buenos políticos tienen la obligación irrenunciable de construir relatos que movilicen las fibras más íntimas de sus clientes.

Digo, de sus ciudadanos.

Que movilicen las fibras más íntimas de sus ciudadanos y crean que en verdad esta vez la felicidad será posible para todos.

Y entraremos por fin al reino de los cielos.

Siempre de la mano de nuestros salvadores, los políticos.

Por eso compatriotas es muy injusto creer que son todos parlanchines, chantas o parloteadores de profesión, porque es justamente esa su naturaleza.

Su oficio.

Si no lograran ilusionarnos, empaquetarnos y engatusarnos de alguna manera con sus cuentos, estarían haciendo muy mal su trabajo.

Y ejerciendo con negligencia su profesión.

De hecho uno puede suponer que cuanto mejor es el cuento que pueda creer y pueda hacernos creer, mejor será la realidad a la que podemos aspirar.

Porque cualquier realidad puede aspirar hasta donde llegan los límites de la imaginación.

El tema es que el cuentista obviamente sea honesto y crea su cuento. Que luego proceda en consecuencia y no quede empaquetado en su propio discurso.

Si es un farsante, perdemos todos.





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sábado, 24 de agosto de 2019

Tontuelos


Quedo impávido, atónito, ofuscado.

Creo que no escuché bien y vuelvo a prestar atención o a procurar leer de nuevo cierta declaración. Sigo pensando que estoy equivocado, que leí o escuché cualquier cosa.

Releo una vez más.

No me equivoqué, el político de turno, que ni siquiera sé en este momento quién era, lo dijo. Lo dijo con todas las letras.

Hay que cuidarlos.

Dijo así, o algo así. Como si fuera una suerte de padre o madre súper poderoso y el ciudadano un pobre estúpido o minusválido que requiere sus imprescindibles servicios para salir a flote y sobrevivir.

Es increíble que haya todavía políticos que piensen que salvan a los ciudadanos en esta época, cuando los ciudadanos ya están avivados hace tiempo y saben que Papa Noel no existe.

Y si existe es porque toma dinero de sus bolsillos con impuestos para luego obrar como Santa Claus y darle lo que era de ellos. Mediando por supuesto lo que cobra por el inestimable servicio a la patria.

Definitivamente hay aún políticos retrógrados que se sobre estiman, quieren ser los padres de todos y obrar como Papa Noel.

Algo que solo es posible si piensan que los ciudadanos son todos tontuelos.

Unos estúpidos, o unos minusválidos.






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sábado, 10 de agosto de 2019

Tercer mundo


Cada día me cuesta más amoldarme a este país y aceptar la decadencia. Sigo sin poder creer las situaciones que encuentro cada vez que salgo a la calle.

Y como salgo todos los días de manera inevitable, no paro de atestiguar los despropósitos con los que se expresa la decadencia.

Desde una mujer que baja del auto a golpear a un hombre mayor porque supuestamente le frenó cerca, pasando por los soretes de perro que cada tanto piso, hasta observar el cartel de la calle robado, las farolas apedreadas, los graffitis afeando numerosos espacios públicos o el auto que pasa a mas de 100 km por pleno centro sin frenar.

Esos solo son detalles, porque si abro el diario para observar los desafortunados hechos la lista sigue.

Y aunque no abra el diario y lo mire por la web, vale la pena apuntar algunos otros despropósitos de la decadencia, que en realidad expresan la mediocridad, la dejadez y el ímpetu de que da todo lo mismo, en una suerte de culto por el desatino y la degradación de estos tiempos.

Hay gente que saca chapa por asesinar a bebés, como si fuera un mérito quitarle la vida a alguien. Gente que va a la cárcel y la violan o golpean. Chicos que terminan el secundario sin saber leer textos básicos.

Parejas que están años para adoptar bebés o niños deseosos de ser adoptados y por obra de la negligencia y desidia pasan sus días, años y vidas privados de esa posibilidad.

Personas que quieren liberar urgente a perros que acabaron de matar a un transeúnte en la playa para que vivan la libertad del espacio público. 

No digo que actúe la perrera en este caso. Más urgente es que actúe El Bobero y encierre a todos estos naboletis que no hacen otra cosa que validar la zoncera en la sociedad, con consecuencias nefastas para todos. 

También sería oportuno mencionar a políticos que antes presentaban propuestas y ahora solo indican que se los debe votar porque son menos peores que los peores.

Y si no ganan ellos el viejo de La Bolsa nos castigará. 

Todo es de cuarta y está a la vista. La decadencia no para de manifestarse.

Y uno solo escribe como para despojarse un poco del despropósito, y sacarse la amargura de encima, en un acto sutil de la rebeldía, que en el mejor de los casos relata la idiotez que se exhibe en estos días.

Lo peor es que sabe que la decadencia no parará de sorprendernos porque la degradación cultural solo se puede revertir con el tiempo. Y el daño ya está hecho.

Hay que aguantar al de la esquina dado vuelta pidiendo cinco pe, o haciendo malabares mientras trastabilla con fuego entre los autos.

Hay que darle 10 pesos al que está con el trapito en la vereda cuando uno estaciona, porque se le antoja dar un servicio que nadie pide y espera que se le de dinero para no mirarlo feo o hacer lo que cualquiera que no da dinero puede imaginar.

Hay que frenar de prepo en las esquinas porque los estúpidos no frenan ni cuando uno va por la mitad.

Quizás uno escribe para no envenenarse, para sobrellevar la decadencia dejándose resbalar en un rezongo verídico pero pasajero. Permitiéndose una curación simbólica, con la ilusión quizás de que se tome nota de lo que está ocurriendo para fomentar rápido un accionar que lo revierta.

Aunque tal vez es tarde para restablecer la normalidad, porque los tontos han proliferado. Y ya están por todos lados.

Cuídense.

Es triste observarlo pero las vicisitudes del alicaído tercer mundo se asientan por efecto de la degradación educativa y cultural, que parece acentuarse de manera innegociable para formar parte de nuestra vida.

Quizás lo importante es recordarnos que debemos rebelarnos y ofrecer batalla.

No nos resignemos a que gane siempre la mediocridad y la idiotez.





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