sábado, 14 de septiembre de 2019

País intrincado


Había escrito sobre el hombre intrincado y esas reflexiones me instan a pensar sobre el país intrincado que vivimos los argentinos.

Una cosa lleva a la otra.

Nadie tiene las respuestas definitivas pero cualquier destello de reflexión ayuda a repensarnos y presumir la posibilidad de salir del vericueto en el que estamos metidos.

Única alternativa para pasar a una nueva instancia y constituirnos por fin en un país distinto.

Estamos intrincados por una sencilla razón.

Somos los mismos.

Quizás acentuados por la tendencia que reafirma nuestras lógicas, que con el tiempo en vez de reformularse se asientan.

Damos vueltas como país sobre los mismos temas una y otra vez. Nos regodeamos en un atolladero de explicaciones más o menos efectivas mientras observamos los mismos resultados de una realidad que no nos favorece.

Misma pobreza, misma inflación, misma atención al dólar.

Perdemos tiempo de vida enredados en noticias económicas que incitan nuestra atención y consumen de alguna manera nuestra energía.

Somos los mismos argentinos dando vueltas en circunstancias al parecer distintas pero que constituyen esencialmente el mismo firulete.

No nos mareamos de casualidad.

Si nunca se toma el coraje de cambiar en serio, nos vamos a morir observando los cortes de calles, la inflación permanente y zigzagueante, la impunidad que emerge en cada esquina, las destrezas de la insana picardía y el precio del dólar.

Es una lástima que seamos siempre los mismos y sigamos perdiendo el tiempo.




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sábado, 7 de septiembre de 2019

El hombre intrincado


Hace tiempo conozco al hombre intrincado.

Es un amigo, que viene con recurrencia a contarme vicisitudes de su mundo contrariado, que al parecer lo abruma y lo doblega, como si fuera una topadora que lo pasa por encima.

Siempre lo escucho con atención y siempre observo que es él el causante de su mundo. Lo genera con un compromiso que él mismo se asombraría si lo advirtiese.

El hombre intrincado refunfuña de cada cosa que emerge en sus circunstancias, pero en vez de desactivarlas las genera con sus actos.

Luego se queja, protesta, maldice las situaciones y se muestra abrumado por el mundo que se le viene encima.

Algunas veces intenté mencionarle que su proceder es el que causa sus desgracias. Puntualizándoles hechos concretos donde con claridad se fundamenta esta síntesis.

Que su acción es la que genera su mundo.

Siempre lo hago con las mejores intenciones, para que pueda dilucidar sus circunstancias y advertir que las genera.

Que es él y nadie más el único responsable de sus vivencias.

Pero el hombre intrincado no quiere escuchar o no puede escuchar.

O quizás no se anime a escuchar.

Por eso sigue enredado, maniatado a su tormento.

Dudo que se libere algún día, no le veo el más mínimo interés de abandonar la queja y convertirse en un hombre nuevo.

Vivir en la desgracia parece ser su insana adicción.





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sábado, 31 de agosto de 2019

El buen cuento


Creo que a los chicos se los obnubila con cuentos que de acuerdo a la destreza del cuentista logran crearle una percepción de realidad incuestionable al punto de que el niño cree que lo que escucha es cierto, y nada en el mundo podría convencerlo que es una ficción o una burda mentira.

Por lo menos en el momento en que recibe el relato con los ojos absortos.

Tanto es así que el niño puede morirse de miedo o llorar ante una historia, del mismo modo que puede explotar de alegría cuando el relato lo sorprende gratamente o supera sus expectativas.

A los niños grandes les pasa lo mismo, con la diferencia que los relatos no los hace el padre, la madre, los abuelos o el tío.

Lo hacen los políticos que tienen como condición necesaria, no suficiente, parlotear de la manera más creíble posible para que los niños grandes adviertan que de su mano cruzarán el puente y serán felices para siempre.

Por eso los buenos políticos tienen la obligación irrenunciable de construir relatos que movilicen las fibras más íntimas de sus clientes.

Digo, de sus ciudadanos.

Que movilicen las fibras más íntimas de sus ciudadanos y crean que en verdad esta vez la felicidad será posible para todos.

Y entraremos por fin al reino de los cielos.

Siempre de la mano de nuestros salvadores, los políticos.

Por eso compatriotas es muy injusto creer que son todos parlanchines, chantas o parloteadores de profesión, porque es justamente esa su naturaleza.

Su oficio.

Si no lograran ilusionarnos, empaquetarnos y engatusarnos de alguna manera con sus cuentos, estarían haciendo muy mal su trabajo.

Y ejerciendo con negligencia su profesión.

De hecho uno puede suponer que cuanto mejor es el cuento que pueda creer y pueda hacernos creer, mejor será la realidad a la que podemos aspirar.

Porque cualquier realidad puede aspirar hasta donde llegan los límites de la imaginación.

El tema es que el cuentista obviamente sea honesto y crea su cuento. Que luego proceda en consecuencia y no quede empaquetado en su propio discurso.

Si es un farsante, perdemos todos.





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sábado, 24 de agosto de 2019

Tontuelos


Quedo impávido, atónito, ofuscado.

Creo que no escuché bien y vuelvo a prestar atención o a procurar leer de nuevo cierta declaración. Sigo pensando que estoy equivocado, que leí o escuché cualquier cosa.

Releo una vez más.

No me equivoqué, el político de turno, que ni siquiera sé en este momento quién era, lo dijo. Lo dijo con todas las letras.

Hay que cuidarlos.

Dijo así, o algo así. Como si fuera una suerte de padre o madre súper poderoso y el ciudadano un pobre estúpido o minusválido que requiere sus imprescindibles servicios para salir a flote y sobrevivir.

Es increíble que haya todavía políticos que piensen que salvan a los ciudadanos en esta época, cuando los ciudadanos ya están avivados hace tiempo y saben que Papa Noel no existe.

Y si existe es porque toma dinero de sus bolsillos con impuestos para luego obrar como Santa Claus y darle lo que era de ellos. Mediando por supuesto lo que cobra por el inestimable servicio a la patria.

Definitivamente hay aún políticos retrógrados que se sobre estiman, quieren ser los padres de todos y obrar como Papa Noel.

Algo que solo es posible si piensan que los ciudadanos son todos tontuelos.

Unos estúpidos, o unos minusválidos.






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sábado, 10 de agosto de 2019

Tercer mundo


Cada día me cuesta más amoldarme a este país y aceptar la decadencia. Sigo sin poder creer las situaciones que encuentro cada vez que salgo a la calle.

Y como salgo todos los días de manera inevitable, no paro de atestiguar los despropósitos con los que se expresa la decadencia.

Desde una mujer que baja del auto a golpear a un hombre mayor porque supuestamente le frenó cerca, pasando por los soretes de perro que cada tanto piso, hasta observar el cartel de la calle robado, las farolas apedreadas, los graffitis afeando numerosos espacios públicos o el auto que pasa a mas de 100 km por pleno centro sin frenar.

Esos solo son detalles, porque si abro el diario para observar los desafortunados hechos la lista sigue.

Y aunque no abra el diario y lo mire por la web, vale la pena apuntar algunos otros despropósitos de la decadencia, que en realidad expresan la mediocridad, la dejadez y el ímpetu de que da todo lo mismo, en una suerte de culto por el desatino y la degradación de estos tiempos.

Hay gente que saca chapa por asesinar a bebés, como si fuera un mérito quitarle la vida a alguien. Gente que va a la cárcel y la violan o golpean. Chicos que terminan el secundario sin saber leer textos básicos.

Parejas que están años para adoptar bebés o niños deseosos de ser adoptados y por obra de la negligencia y desidia pasan sus días, años y vidas privados de esa posibilidad.

Personas que quieren liberar urgente a perros que acabaron de matar a un transeúnte en la playa para que vivan la libertad del espacio público. 

No digo que actúe la perrera en este caso. Más urgente es que actúe El Bobero y encierre a todos estos naboletis que no hacen otra cosa que validar la zoncera en la sociedad, con consecuencias nefastas para todos. 

También sería oportuno mencionar a políticos que antes presentaban propuestas y ahora solo indican que se los debe votar porque son menos peores que los peores.

Y si no ganan ellos el viejo de La Bolsa nos castigará. 

Todo es de cuarta y está a la vista. La decadencia no para de manifestarse.

Y uno solo escribe como para despojarse un poco del despropósito, y sacarse la amargura de encima, en un acto sutil de la rebeldía, que en el mejor de los casos relata la idiotez que se exhibe en estos días.

Lo peor es que sabe que la decadencia no parará de sorprendernos porque la degradación cultural solo se puede revertir con el tiempo. Y el daño ya está hecho.

Hay que aguantar al de la esquina dado vuelta pidiendo cinco pe, o haciendo malabares mientras trastabilla con fuego entre los autos.

Hay que darle 10 pesos al que está con el trapito en la vereda cuando uno estaciona, porque se le antoja dar un servicio que nadie pide y espera que se le de dinero para no mirarlo feo o hacer lo que cualquiera que no da dinero puede imaginar.

Hay que frenar de prepo en las esquinas porque los estúpidos no frenan ni cuando uno va por la mitad.

Quizás uno escribe para no envenenarse, para sobrellevar la decadencia dejándose resbalar en un rezongo verídico pero pasajero. Permitiéndose una curación simbólica, con la ilusión quizás de que se tome nota de lo que está ocurriendo para fomentar rápido un accionar que lo revierta.

Aunque tal vez es tarde para restablecer la normalidad, porque los tontos han proliferado. Y ya están por todos lados.

Cuídense.

Es triste observarlo pero las vicisitudes del alicaído tercer mundo se asientan por efecto de la degradación educativa y cultural, que parece acentuarse de manera innegociable para formar parte de nuestra vida.

Quizás lo importante es recordarnos que debemos rebelarnos y ofrecer batalla.

No nos resignemos a que gane siempre la mediocridad y la idiotez.





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sábado, 3 de agosto de 2019

Lo no dicho


Creo que muchos escritores intentan decir lo no dicho pero es un acto fallido, casi siempre errático.

Tantos años de humanidad parecieran haberlo dicho todo y uno en su intención de lograr decir lo que no se ha dicho falla irremediablemente, según puede suponer o con tiempo quizás constatar.

Decir lo que no fue dicho es un desafío irrenunciable para quien quiere escribir y contribuir cabalmente.

Refritar lo dicho para volverlo a decir con otras palabras o formas, tiene también su mérito y constituye muchas veces un valioso aporte pero radicalmente diferente a quien logra alguna vez ascender a una instancia superior y explicitar lo no dicho.

En mi humilde caso no me resigno al recurrente fracaso y honro la intención de aspirar a decir lo no dicho con el ímpetu de quien busca y sabe que quizás algún día encuentre.

De modo que mis zarpazos sobre la escritura para lograr decir lo no dicho persistirán perseverantemente hasta el final. Porque de lo contrario renunciaría a un propósito legitimo e inestimable.

A la cima de quien intenta escribir.

Creo que cuando uno escribe tiene con frecuencia la sensación de haber arribado a buen puerto. De haber dilucidado algo. O quizás siente que merodeó entre lo no dicho y algo nuevo fue capaz de decir.

Percibe como una suerte de vestigios un logro que en verdad quizás se escurrió entre las manos.

Entonces cobra valor para intentarlo de vuelta.

Pero muchas veces uno también debe reconocer que siente que lo no dicho se ha ausentado y cree que se ha quedado con las manos vacías.

Con el sano consuelo de haberlo intentado.






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sábado, 27 de julio de 2019

¿Qué quiere decir?


A veces me inquieta tratar de dilucidar lo que el otro quiere decir. Suelen ser situaciones donde quien habla se enreda en palabras o pasajes más o menos engorrosos y siempre complejos que insinúan pretender arribar a algún lugar.

Esa manera intrincada y difusa de hablar impone la necesidad de desentrañamiento. Es decir, exige que quien escucha pueda descubrir lo que quiere decir quien habla.

Circunstancia que demanda máxima concentración para elucidar lo que en verdad se quiere decir y no quedar extraviado en supuestos dichos que no se dijeron.

En este tipo de menesteres hay distintas calidades de hispanohablantes. Están los que ejercen la destreza de la lengua y ascienden a la poesía o narrativa elogiable, pero también están los esforzados que creen en embarullar lo dicho para mostrarse como pensantes de mayor complejidad o seres incomprendidos que viven en un nivel intelectual inaccesible para sus semejantes.

Transitan bajo la farsa de que lo que dicen escapa a la capacidad de entendimiento de cualquier distraído que se aprestó a escuchar. 

Si el tipo quiere decir o dice algo tan intrincado, complejo, difuso e inentendible, seguramente el tipo está volando en la abstracción y es razonable que su interlocutor quede extraviado sin comprenderlo. Con la ilusión de que el tipo está en la estratósfera mientras que el pobre diablo que lo escucha vive en el llano sin poder dilucidarlo.

Cuando en verdad, quizás el primero está extraviado en sí mismo. Y el segundo supone que sabe lo que quiere decir, aunque no le entienda básicamente o exactamente qué carajo quiere decir.

Esas situaciones hacen sospechar que en realidad lo que se necesita es que el hombre difuso o extraviado en sí mismo se aclare o desista de la lógica de querer empaquetar al interlocutor de turno. 

Caso contrario pareciera que lo que se requiere no es alguien que escuche, sino alguien que pueda traducir por ejemplo del Español al Español.

Con la única finalidad de facilitar el entendimiento. 

Esto aplica a los seres lingüísticos que parecen extraviados y se valen de la farsa de la complejidad al carecer de contenidos virtuosos. No a quienes en verdad celebran el lenguaje, lo extienden a su máxima expresión y logran regalarnos la destreza de su proceder. 

Porque cuando alguien interviene en el lenguaje con pericia, no solo celebra y enaltece las posibilidades de expresión, abre también los ojos al mundo y a las circunstancias que puedan inquietarlo.

Creo que cada uno por supuesto puede hacer lo que se le antoje y no está mal si algún embarullador de turno se vale de esa burda treta para pantomimizarse y ostentar un lugar de sapiensa que lo excede.

Aunque siempre pienso que la gente está avispada y hace tiempo que descubrió que lo que importa es el valor de lo dicho. Es decir, lo que en verdad se quiere decir.

Quizás por eso detrás de la simpleza se esconde la virtud.





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jueves, 18 de julio de 2019

Parlanchines


Es notable el séquito de parlanchines que pululan por los medios. Los observamos todos aunque en general nunca digamos nada.

Ni los mencionemos, por supuesto. Porque en general no hay ventajas en ganarse enemigos.

Salvo que uno sea uno de esos seres de espíritu peliagudo y cizañero que crea que la agresión personal es una virtud en vez de una degradación del ser humano.

Además, si uno osase mencionar a cualquier fulano, podría estar cometiendo una verdadera injusticia al bautizarlo como parlanchín cuando quizás sea un verdadero pensador que nos abre el intelecto para ver la vida o las circunstancias de otra manera, permitiéndonos en una instancia sutil pero irreversible la sensación de avivarnos o elucidar de un modo que no habíamos percibido.

Así que por estas vicisitudes expresadas bien vale contener el garrote que en sus inicios, debo confesar, tenía la intención de asestar metafóricamente contra algunos políticos que lo explican todo y saben resolver cada uno de los problemas de nuestros pueblos, ciudades, provincias, país y el mundo.

Aunque permítanme un leve desliz...

No voy a decir que hay numerosos políticos que son solo parlanchines. Son también elocuentemente incompetentes, chantas, hipócritas, farsantes.

Vivillos de poca monta que viven a costa de los demás.

Ignorantes impúdicos con pretensión de sabios predicadores del conocimiento que les falta.

Aunque no todos, por supuesto. Hay gente muy valiosa que se juega por sus convicciones y trabaja con el alma por el bien común. Sabiendo que la verdadera prioridad es el otro y no sus bolsillos.

Esos son los políticos que salvan la profesión entre tanta manga de impresentables.

Porque con el espíritu parlanchín no hacen otra cosa que explicar todo y parlotear con la certeza de quien inexorablemente cree que está siempre en lo cierto. Sin sospechar siquiera que puede estar equivocado.

Y determina con la convicción innegociable de quien sabe como son las cosas, y por qué él o ella, han de venir a salvarnos.

Como si todos fuéramos, lisa y llanamente, unos pelotudos.

Perdón.

Unos pelotudos que no nos damos cuenta que la intención preponderante no es salvarnos a nosotros sino salvarse ellos.

En definitiva compatriotas esa sapiencia suprema que se arroga el parlanchín de turno y manifiesta tener todas las soluciones, revela que es un verdadero despropósito que vivamos embaucados en problemas habiendo tantos representantes autoproclamados que tienen las soluciones.

Que están convencidos de lo que se debe hacer para cambiar los despropósitos, arreglar la realidad en cada uno de sus aspectos desbarajustados y corregir por fin de manera irrevocable al mundo decadente.

Es una lástima que los parlanchines lo sepan todo y la realidad se burle sistemáticamente de manera indiscriminada.

Diciendo de algún modo, que no era por acá.

Ni por allá.

Como el parlanchín de turno suele asegurarnos.






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