domingo, 10 de junio de 2018

¿Quién es Juancito?


Bueno, yo me siento contento de ser quien soy y de poder hacerme cargo de mí. Sería una preocupación preocupante que a esta altura no me sienta tranquilo con lo que soy y me diga que quisiera ser otra persona distinta a la que estoy siendo.

Esa situación me preocuparía porque debería saber primero quién quisiera ser y si no lo supiera, estaría peor todavía. Porque primero debería darme cuenta quién quiero ser y luego procurar ser quien quiero ser.

Y uno ya tiene cierta edad que no puede ahora andar hurgando en cuestiones esenciales desde lo más profundo de su ser para buscarse y encontrare. Y decir por fin, acá está. Este es. O este soy.

Y autodescubrirse en un acto que podría ser digno de las más notables de las iluminaciones. Porque el hallazgo de uno debe ser el mayor de los descubrimientos.

Así que yo no voy a buscarme mucho más porque pienso que ya no tengo tiempo de hacerlo. Soy lo que soy o lo que puedo ser. O lo que cierta inclinación me impulsa a ser. En determinado momento, en determinada circunstancia.

Porque creo en cierta fluidez que permite el despliegue de la vida. Una fluidez en algún aspecto medida. No es que no soy por ejemplo sacerdote y mañana la fluidez me sorprende dando misa en un altar.

Pero salvando esas distancias creo que uno puede dejarse fluir desde sus propias predisposiciones. Así que si no es cura y se inquieta con ser monaguillo, bienvenido sea.

En fin, dejarse llevar por nuestras propias intenciones parece ser una brújula interesante porque respeta la autenticidad de quienes estamos siendo y en esa decisión nos respetamos a nosotros mismos.

Nada es peor que pantomimizarse.

Quizás solo hay que procurar que el entorno no ofrezca mayores resistencias. Porque caso contrario uno se verá obligado a negociar consigo mismo con el riesgo de traicionarse o a cambiar el entorno para evadirse de las delimitaciones que pretenden imponerle.

Una disyuntiva que requiere un sano equilibrio para el hombre mesurado y un desafío a resolver para el hombre decidido.

Habría que descubrir cuál es nuestro caso.




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sábado, 2 de junio de 2018

El ser desconfiado


No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.

Nada de eso.

Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las observo un poco sin recriminarles nada.

Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor aún, de supervivencia.

Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.

Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación para evitar perjuicios.

Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera responsable, prolija.

No desmedida.

Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí, uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira, escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos. Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?

Y piensa.

¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué me quiere decir en verdad cuando me dice esto?

Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.

El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.

Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.

Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún punto de irrelevancia, ¿qué hace?

Uno escucha palabras pero mira los hechos.

Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones, comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.

Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para allá.

Justo para el otro lado.

Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos lo arrastran para el otro.

Entonces piensa, analiza, dilucida.

Trata de avivarse.

Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan encontrar la certeza.

El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.

Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún cuando la evidencia la desmienta.

Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.

Sanseacabó.

El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.

El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.

El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.

Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.




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sábado, 19 de mayo de 2018

Los malos


Nada es mejor que detectar a los malos a tiempo y evadirlos para siempre.

Si en algo he tenido suerte en la vida fue que casi nunca un malo aparece en mi camino, con lo cual el transcurrir se hace muy placentero y disfrutable. 

Los malos son dañinos, peligrosos, impredecibles y siempre destructivos. Nada los motiva más que generar problemas y hacer siempre el mayor daño posible.

Por eso es bueno desarrollar la habilidad para estar atentos y advertirlos a tiempo. Porque son personas confundidas y extraviadas, capaces de orquestar los engaños más burdos para salirse a toda costa con la suya, sin mediar sus actos por la razón, la justicia o la intención de cuidar al otro.

Por el contrario, embaucados en sus propias elucubraciones invitan siempre a un mundo indeseable que se caracteriza por perjudicar al otro tanto como sea factible.

Un mundo que bien vale la pena esquivar.

Nunca vi a un malo que tenga la intención de hacer el bien o de cuidar al otro. Por el contrario, preso de sus propósitos es capaz de superar cualquier límite y ocasionar todo el daño que pueda imaginar.

Debe ser por eso que el malo en su interior arrastra perturbaciones de conciencia. Y en su exterior refleja siempre su situación.

Por eso no es difícil advertirlos y distinguirlos. Basta con que estemos atentos para detectar sus patrañas.

Los malos son embaucadores. 

Suelen tener cierta destreza para orquestar relatos más o menos confiables, pero siempre engañosos. El problema que los acecha es que el tiempo les juega en contra porque la mentira tiene fecha de vencimiento. Dado que la verdad emerge con el transcurso del tiempo que poco a poco desenmascara la farsa.

Nunca he visto que a un malo le termine yendo bien en la vida. Sus triunfos son tan burdos como esporádicos y pasajeros. 

Y consumen sus vidas presos de sus propios engaños.





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sábado, 21 de abril de 2018

Viejo y gruñón


No me preocupa ponerme viejo.

Lo que me preocupa es ponerme viejo cabrón, malhumorado y quejoso.

Ese es el riesgo inminente y por eso debo estar atento. Como supongo que deberíamos estar todos atentos. Caso contrario uno corre riesgo de envenenarse con su propio veneno.

Así que ando por la vida disfrutando todavía una buena edad pero alerta. Porque cada tanto, o con mucha frecuencia, me advierto que estoy merodeando la cornisa a punto de caer en el descontento que termina intoxicándome en la queja.

Pero, ¿de qué me quejo? O, ¿de qué nos quejamos?

Siempre hay motivos, claro. Los más frecuentes suelen ser en mi caso los que aporta la decadencia.

Quizás nada me indigna más que saber que la mitad de los chicos terminan la secundaria sin comprender textos básicos. No puedo creer la dimensión que ha alcanzado esta estafa. Y que siempre se hable de salarios en vez de remplazar a todos los responsables de robarle el futuro a los chicos.

Después hay cuestiones en apariencia menores pero que tienen importancia. Caminar entre la caca de perro por las veredas de Buenos Aires y ver como los amos se van indiferentes al sorete que dejan sus mascotas sin culpa.

Y ver los cables que los de Iplan dejan sobre el contrafrente pasando desde el edificio donde vivo hacia los otros edificios, con la misma impunidad que obran los que dejan las cacas primero en las veredas y luego en las suelas de los transeúntes.

La queja no es tonta. Uno se queja porque quiere cambiar la realidad. Porque no la acepta en sus peores aspectos y tiene la ilusión de que algo puede hacer. Que por lo menos no va a ser partícipe de convalidarla o fomentarla. Y que va a dar pelea desde algún lugar con sus propias armas.

Aunque el resultado sea incierto o adverso.

Qué importa, lo relevante es quedarnos tranquilos sabiendo que fuimos consecuentes con nuestra capacidad de acción.

Que nos alzamos en armas de algún modo y ofrecimos pelea.

Nada más triste que quedarnos doblegados en un espíritu dócil y sumiso que contribuye a que el mundo se deteriore irremediablemente. Para eso están los cómodos, los haraganes, los que carecen de valor para luchar por lo que vale la pena vivir.

Los pusilánimes.

Bien podría yo decir que es un país decadente, que sufre su propia cultura.

Claro que sería injusto con innumerables aspectos. Pero cuando uno se transforma en viejo y gruñón, no pueden salirle otras palabras de la boca.

Es mentira que somos un país genial y tenemos el mejor equipo del mundo, o los mejores jugadores del planeta.

Lo que tenemos es una soberbia colectiva inconmensurable, que no la educa la realidad.

¿Nadie se percató todavía que el último mundial ganado fue en 1986?

Pareciera que no, porque no son pocos los argentinos que piensan que esta vez seremos campeones indefectiblemente. Porque, quién duda, ya sabemos quién tiene el mejor equipo del mundo, ¿no?

Es solo un detalle.

El meollo quizás tiene que ver con la cultura que enorgullece a muchos compatriotas y que bien podría suponer algún quejoso gruñón que es la principal responsable de nuestro declive.

Es la viveza criolla la que nos sepultó en la decadencia.

La trampa siempre tiene patas cortas y termina mal.

Puede alguien festejar un logro esporádico y pasajero. Puede vanagloriarse de una insana picardía que le permitió algún resultado.

Un gol con la mano o lo que fuera.

Como los cables aéreos tirados impunemente en el interior de las manzanas de Buenos Aires, conformando verdaderos árboles de navidad que perjudican a todos los vecinos.

Pero la cultura de la trampa es siempre penosa. Ofrece un dudoso beneficio a corto plazo.

Y termina mal.

Si no, piensen ustedes los innumerables ejemplos que la decadencia nos ha ofrecido.






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sábado, 14 de abril de 2018

Yoga orgásmico



Yo pensé que tenía que poner la palabra gemidos. Que orgásmico podría resultar demasiado y no haría justicia con este texto, porque en verdad no fue algo orgásmico, fue gemístico.

Llegué a las 20.30 en punto como todo alumno disciplinado para comenzar su clase de yoga.

Solo abrir la puerta, caminar unos 15 pasos y verlo a Alberto de blanco imperturbable, calma.

El ritual de darle un breve abrazo y recibir una sutil palmadita en silencio aquieta los torbellinos del pensamiento.

Camino hasta el vestuario, me cambio e ingreso al salón. Agarro el asiento que se llama zafú o algo así y las colchonetas.

Digo colchonetas porque antes agarraba una, luego dos y finalmente he comprobado que tres es la medida justa. Porque son en verdad finitas y no se trata aquí de ningún despropósito o exageración, es simplemente un breve resguardo de un yogui precavido.

El salón es amplio y finaliza con ventanales que dejan ver un patio enorme repleto de verde. Delante de ese ventanal se ubica sentado el maestro.

Uno lo mira de lejos, se acomoda el zafú y sabe que lo que vendrá será perfecto. Que el mundo desaparecerá por un instante y que quedará la mente disciplinada para que no perturbe haciendo de las suyas, enredada en sus propios pensamientos.

El guía dice que hay que sentarse sobre los talones o bien de piernas cruzadas. Con lo cual solo escucho que debo sentarme de piernas cruzadas, eso de los talones se insinúa siempre incómodo, sufriente, y es mejor evitarlo hasta que se impone irremediablemente en algún momento de la clase.

Recién ahí y en contra de mi voluntad me siento sobre los talones valiéndome de la almohadilla y resistiendo cual yogui estoico las indicaciones del maestro.

Todo empieza con respiraciones suaves. Manos sobre las piernas y giro lento de cabeza, hacia un lado y hacia el otro, en un ambiente perfumado por sahumerios que queda con la oscuridad que anuncia la noche.

Seremos veinte o treinta personas en la clase que nos ubicamos espaciadamente y seguimos las indicaciones de Alberto. Nadie como él tiene la destreza de domesticar la mente y flexibilizar el cuerpo a partir de las posturas y la respiración.

Hay que avanzar con la cabeza hacia arriba y hacia abajo, respirando en profundidad.

De repente se escucha un gemido.

No puede ser, me habrá parecido, pienso. Mientras sigo las indicaciones que procuran relajarnos.

Ahora hay que llevar la cabeza hacia un lado y las piernas hacia el otro. Todo de manera rítmica pero con cierta constancia.

El cuerpo se va relajando, va encontrando calma y flexibilidad. La mente va cediendo, el futuro y el pasado se diluyen en el presente.

El profesor indica que hay que hacer el gato, que consiste en ponerse en cuatro patas, extender la cabeza hacia arriba, la cola hacia atrás, mirar en alto. Y luego elevar la cintura y mirarse el ombligo.

Otra vez se siente un sonido profundo e inquietante propio de un gemido y esta vez nadie puede dudarlo.

No puede ser la señora de adelante, pienso. Es la chica de la punta o la otra que está al lado. Tiene que ser una de ellas dos.

Las luces permanecen tenues y el ámbito queda prácticamente oscuro.

De pronto hay que hacer la postura del bebé, que consiste en acurrucarse en sí mismo, pegar el cuerpo a las rodillas y extender las manos hacia atrás.

Es ahí, justo en ese momento, donde el gemido reaparece sin el menor de los titubeos.

Yo me siento acurrucado y vencido en mí mismo, con los brazos hacia atrás y la inquietud a flor de piel porque no puedo ver. Es un gemido auténtico, intenso y verdadero. No se trata de un acto postural propio de la simulación. Si fuera así, lo hubiera detectado desde el primer instante. Nadie como yo debe tener la experiencia de estar de alguna manera inmerso en un sistema de pantomimas y simulaciones que hace que los agentes obren con destreza para lograr sus intenciones, sin ser descubiertos. Esto no, no se trata de un burdo simulacro que persigue mezquinas intenciones, es a todas luces un gemido certero e innegociable.

Por ende, un acto respetable. O admirable.

El maestro se levanta y apaga la luz por completo, anuncia que estamos próximos a llegar a la parte final de la práctica. A la postura más importante de todas, que es la relajación definitiva.

Pienso que la vida ha traído una vivencia colectiva que nos desafía y por eso no le podemos fallar. No podemos dejarnos sucumbir por nuestras cobardías e inseguridades. No podemos creer una vez más en la mediocridad de salir indemnes, mirar para otro lado y dejar el mundo como está.

Permanecemos todos en silencio inmersos en la oscuridad mientras el maestro lee pasajes de textos que contribuyen al bienestar y mientras emerge casi de manera sutil el gemido tal vez de la chica de la punta, como si fuera una invitación persistente que se notifica con elocuencia a todos.

Creo que esta vez es posible que algo suceda. Es probable que Alberto se deje llevar por las circunstancias y los participantes nos entreguemos a lo que depare el destino, para escabullirnos de pronto de un mundo previsible y adentrarnos en un espacio inconfesable.

Pienso que esta vez es posible que nos liberemos de nosotros mismos.

Aunque creo que es probable que si nos dejamos llevar, luego las autoridades públicas sumidas en previsibilidades exijan reestablecer la compostura y reclamen el cierre de las numerosas sedes de esta noble institución, por haber permitido quizás transitar una experiencia novedosa, creativa, intensa e inconfesable.

Pronto advierto que nada ocurrirá, que volveremos a ser los mismos y el mundo nos dejará delimitados en nuestros disciplinamientos sostenidos por las normas interiorizadas. Y por nuestra propia cobardía.

Interiormente sé que el día no será memorable y que apenas quedará una anécdota para el olvido.

Serán una sucesión de gemidos inquietantes que hicieron una invitación fallida.

Permanezco inmóvil sobre las colchonetas, en el medio del silencio y la oscuridad.

Siento nuevamente respiraciones profundas con sonidos de gemidos, mientras advierto que algo me roza el cuerpo. Como si fuera una incipiente caricia que aparece desde el silencio.

Entreabro los ojos y no puedo creer lo que veo.






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viernes, 30 de marzo de 2018

Feliz cumpleaños


Son las cinco de la tarde cuando me llega un mensaje de mi hermana mayor. 

-Hoy a las 20 hs. los espero a todos porque le festejo el cumpleaños de 40 a Juan y es sorpresa. Por favor no le digan. -leo.

No puede ser, pienso. A esa hora voy a estar jugando al paddle con el cumpleañero. Así quedamos y esa será la realidad.

-Carla, a las 20 hs. Juancito no puede porque quedamos que jugamos al paddle -escribo sabiendo lo que se viene.

Vuelvo a la notebook y sigo inmerso en la resolución de los problemas que uno debe afrontar en la cotidianidad para que el mundo permanezca como un lugar razonable y previsible.

Suena el teléfono, miro de reojo y corroboro lo esperable. Es mi hermana, un mensaje de voz donde pide que suspenda el partido. Pero contesto que no puedo suspenderlo porque lo organizó Juancito y no sé quiénes juegan. Vuelvo a mi mundo cuando recibo otro mensaje. Pide que llame a Carmen, que es la mandamás de la cancha, y cancele. Le digo que no tengo el teléfono y le pido que por favor me avise si se suspende.

Lo único que sé es lo que estoy dispuesto a hacer.

Llamaré a las 19.30 a Juancito para preguntarle si se hace el partido. Y ahí saldré para la cancha o para el cumpleaños.

Veo que llega un nuevo mensaje de mi hermana en audio, pero estimo que vendrá cargado de enojos y me obligará a afrontar una toxicidad evitable. 

-No voy a escucharlo, pienso. Mientras me comprometo en la resolución estratégica de olvidarme del tema y llamar a las 19.30 al cumpleañero.

Sigo con mis cosas y leo…

-Paso el cumpleaños para las 20.30 hs. porque Juancito tiene partido de paddle. 

Es un mensaje que cierra el tema y que se envía al grupo. 

Buenísimo pienso, voy a jugar y después voy al cumpleaños.

Dicho y hecho, después del partido voy a casa y salgo para los festejos. 

Entro a lo de mi hermana y veo a todos los grandes sentados sobre la mesa. Están los Díaz y los Valentini, en torno a la mesa mientras los chiquitos revolotean la casa corriendo por todos lados y aportando un ruido inevitable, que revela la vida, la intensidad y el compromiso con el presente, que se les vuelve un mandato irrenunciable.

Me alegra especialmente verlo sonriente a Eduardo que es el padre de Juancito, una persona muy agradable. Quizás le tengo un afecto especial porque es quien siempre pregunta por mí. Aunque debo decir y remarcar, por si mi hermana lee este escrito, que todos los Díaz son buena gente y es una suerte que se integren a la familia y compartamos estos momentos disfrutables.

Saludo parado pero veo que Flavia va a darle un beso a cada uno. No puede ser, pienso, son muchos. Tengo que dar toda la vuelta dándole un beso a todos para cumplir con el ritual. Y sí, voy, me digo. No  puedo ser tan arisco, descortés o desatento.

Mi espíritu complaciente y respetuoso doblega a mi inclinación rebelde, y al mandato quizás más importante que siento que debo asumir. Ser uno mismo.

Pero voy, beso a todos, uno por uno, termino la rueda y me escapo a donde hay más vida. Llego con los chiquitos y subo a Inés para que se pare sobre las piernas.

-Circo -le digo. Y ella trepa, levanta una pierna, ríe, levanta la otra. Todo mientras levanto sus brazos y mira Tatán celebrando el hecho.

-Un avión de papel -dice Tatán mientras me mira expectante.

-Ahora no, pero te traje un auto -le cuento, cuando siento que Amalia agarra mi pantalón y también me trepa.

-¿Qué tomás? -escucho.

-Agua, agua.

Mi hermana viene con el agua, pero debo reconocer que hay varias gaseosas y seguramente cerveza. Aunque en ese caso no sé si serán muchas. Veo todos los vasos de cerveza medios vacíos o vacíos, y no advierto ninguna copa llena ni ninguna botella disponible como para recargar sin problemas.

Otra vez van a salir los Díaz de urgencia a comprar para reasegurar la provisión en la fiesta, pienso. No, no, me digo. Los que están ahora no toman mucho y seguro no van a tomar más. No creo que la situación de para que salgan de manera presurosa a buscar algunos cajones de cerveza que permita resarcir la carencia y asegurar el aprovisionamiento esperado para un cumpleaños.

Miro la mesa y veo que hay dos o tres empanadas.

Llegué tarde, pienso. Voy a ver si como alguna porque tengo hambre.

Y en efecto me levanto, abandono a los chiquitos y agarro una. Luego voy por la segunda, pero descubro que no hay más.

Esperaré la próxima tanda, me digo mientras vuelvo a jugar con mis sobrinos y quedamos imbuidos en un mundo que parece mágico y perfecto.

Por fin aparece mi hermana otra vez con un platito, son como seis empanadas que seguramente serán todas mías, pienso. Porque qué duda cabe, el resto ya comió suficiente y yo llegué tarde. Pero agarro una empanada y veo que desaparecen rápidamente.

Espero la próxima tanda, me digo. 

Y vuelvo con los chiquitos, que corren por el lugar o se alejan. Miro a Tatán que está a los almohadonasos limpios con otro nene. Con tres años es un luchador, va a tener un espíritu estoico moldeado a partir de la actitud de sus hermanos mayores que lo tratan de igual a igual.

Más lejos advierto que están Elenita con Hilario revolcados en el sillón. Creo que voy a ir a zambullirme con ellos.

De repente se apagan las luces y aparece mi hermana con la torta. Es un biszochuelo de chocolate. 

Carla hace su ingreso memorable con la torta en sus manos, mientras todos observamos el momento cumbre de la celebración. Empezamos a cantar el feliz cumpleaños cuando intenta poner las velitas, pero mis sobrinos y los chiquitos se abalanzan sobre la torta y comienzan a tomar sus pedazos. Cada uno arremete sin miramientos y pone la mano sobre el bizcochuelo y arranca un pedazo que se lleva a la boca. El mismo Felipe que es uno de los mayores, no renuncia a la intención de agarrar lo suyo y salta de la silla para combatir por sus pedazos. Aunque vuelve cuando Carla pide clemencia y los grandes exigimos orden.

-Está horrible -le miente Felipe a su hermano menor, que lo escucha incrédulo. Y sabe que lo único que quiere es eliminar un jugador del partido.

Pero terminan los cánticos y Felipe ataca de nuevo, mientras veo que los chiquitos hacen también lo suyo y vuelven a arremeter sobre el bizcochuelo.

Pía grita, ¿qué hacés Felipe?

-Y qué querés, tengo hambre.






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sábado, 24 de marzo de 2018

No te calentés Juancito



Bueno Juancito, calmado, no te calentés. Tranquilo Juancito. Pero es que las injust… Tranquilo Juancito, tranquilo. Para qué te vas a andar calentando si al final te hacés mala sangre al pedo. Pero es que las… Tranquilo, Juancito. Tranquilo. Fijate que este mundo no va a cambiar mucho por más que vos le presente batallas, te alces en armas, te calientes como una pipa y procedas con el cuchillo entre los dientes para cometer justicia.

¿Te parece?

Y sí Juancito, a ver si te apiolás. Avivate hermano, vos te calentás, ¿no? Y, sí. Bueno viste, vos te calentás como una pipa, viste. Entonces, ¿qué hacés Juancito?

Procedo, qué querés que haga.

Sí, sí, Juancito, vos procedés pero antes estás que hervís de caliente y te envenenas en la mala sangre que te hacés.

¿Te parece?

Y sí Juancito, fíjate vos, que lo sabés mejor.

Pero no es para tanto.

A bueno Juancito entonces ahora no es para tanto. No es lo que parece, y qué se yo cuánto. No arrugues ahora Juancito.

Y, no, pero…

Sí igual vos qué haces, te calentás, te hacés mala sangre y después arremetés llevando las banderas de la justicia para reacomodar los desbarajustes del mundo que tiende a desbarajustarse porque, ¿qué prima Juancito?

La injusticia.

Y viste Juancito, es al pedo entonces. Vos podés confrontar con el mundo para reacomodar las injusticias, ¿pero qué va a pasar Juancito. ¿Sabés que va a pasar?

Van a volver los desbarajustes, con otras formas, con otras circunstancias. Pero van a volver por inercia y predisposición irrenunciable de tantos chantas que luchan, trabajan y se benefician del mundo descuajeringado.

Muy bien Juancito, muy bien.





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martes, 20 de marzo de 2018

El maltrato del banco



No voy a mencionar el banco porque no me gusta ganarme enemigos ni correr el riesgo de cometer injusticias.

Pero lo que ocurre es que sin querer queriendo el banco parece maltratar a los clientes, que bonachonamente se disponen a hacer trámites.

Los que fueran.

He visto viejitos luchando con cajeros o resistiendo el embate tecnológico que los doblega sistemáticamente, exigiéndoles ingresar a un mundo que les resulta totalmente ajeno pero que se les impone irremediablemente.

Es increíble como vapulean a esa gente las circunstancias en las que deben confrontar por voluntad ajena, porque si fuera la voluntad propia nada es mejor para ellos que ver a la persona de frente y decirle por ejemplo que tienen que renovar una tarjeta, hacer un depósito o saber el cbi.

CBU.

¿Qué culpa tienen los viejitos de que el mundo se tecnologice en aspectos que les son desfavorables en los hechos? ¿Qué margen tienen en organizarse y ofrecer resistencia?

Poco o ninguno, quizás. Quién sabe.

La reducción de costos operativos vía las posibilidades tecnológicas son una intención irrenunciable de los cochinos capitalistas.

Pero también son buenas, puede opinar alguien. Con toda la razón.

Porque optimiza tiempos, asegura eficiencia de procesos, elimina errores humanos, facilita trámites que demandan llevar el cuerpo hasta la sucursal.

Etcétera.

Y pensar que uno escribe todo esto porque no hay forma de que ande el tel. de soporte técnico del banco y se resiste a tener que ir personalmente a corroborar la única certeza que es evidente, que se elocuencia apenas uno avanza hasta la sucursal, abre la puerta del banco e ingresa.

Que será maltratado.

Sistemáticamente.
 



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