jueves, 2 de julio de 2020

El hombre enojado


Ayer abrí el libro “El silencio” y me dejé caer en la profundidad del pensamiento de un referente budista que compartía sus experiencias y aprendizajes.

El nombre es complicado y no hice el esfuerzo de retenerlo. Pero busqué en YouTube unos videos y encontré más contenido.


A la una de la mañana puse a este hombre en una congregación budista y observé con atención todo lo que decía.


Hablaba pausado, en calma. Como si estuviera habitando la profundidad de la paz, instalado en el presente con cuerpo y alma.


Luego abrí otro video que me llamó la atención. Tenía más de 5 millones de vistas una entrevista que le habían hecho en un canal norteamericano.


Voy a seguir profundizando en el bienestar del silencio, la meditación y la calma mental.


Sospecho que habitar el presente nos hace partícipes de la profundidad de la existencia, apacigua el ruido mental, aporta lucidez y fomenta el bienestar.


Creo que el hombre enojado que está adentro mío está haciendo las últimas rabietas. Debe sospechar que lo quieren domesticar.






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miércoles, 1 de julio de 2020

El hombre que no sabe




No me enoja el hombre que no sabe.


El que me hace calentar es el hombre que no sabe y afirma como si supiera. Hace aseveraciones determinantes y no sabe un carajo. Pero habla con la certeza del hombre que en verdad sabe, cuando desconoce hasta lo más esencial.


Ejercito la paciencia pero tener que escuchar al hombre que no sabe hablando como si fuera un hombre que sabe es un verdadero suplicio.


El problema no es que hable como si supiera, es que afirma y asevera cosas que no se corresponden con la realidad. Entonces hay que escucharlo afirmar estupideces.


No se trata de estar de acuerdo o no, ese no es ningún problema. Por el contrario nada es más enriquecedor que escuchar a quien piensa diferente. El tema complicado es escuchar a quien hace afirmaciones que no se corresponde con la realidad.


Es como que diga, miren esta hoja es negra.


No, no es negra.


Todos la vemos, es blanca. Bien blanca.


Es un dato objetivo de la realidad. Lo  puede corroborar cualquiera.


Negra no, blanca.


En fin, yo estoy grande para andar perdiendo el tiempo vinculándome con el hombre que no sabe y se encapricha en dar certezas que no se corresponden con la verdad. Encima se ofusca si cualquiera le indica que la aseveración es errónea, objetivamente equivocada.


El tema es que uno se pone grande y ya no tiene tiempo para perder en cuestiones básicas. 


Ustedes verán lo que hacen pero yo, Juan Manuel, no pierdo un minuto más de mi vida con el hombre que no sabe y se encierra en sus mentiras. 


Que se embauque él mismo, yo me voy a jugar.






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martes, 30 de junio de 2020

El poder de elegir



Me parece que la mejor forma de deshonrar la vida es vivir con pocas ganas. Algo que realmente me inquieta desde hace tiempo y me despierta algunas reflexiones.

Siempre quizás hay dos cuestiones que discierno cuando conozco a una persona. Lo primero, y principal, distingo si es una persona buena.

Lo segundo, si vive o no con ganas.

Cualquiera de las dos carencias es motivo suficiente y necesario para que esquive a esa persona. Porque sé que es una mala influencia, aunque suene algo duro.

Aunque pueda ser la síntesis un prejuicio.

Las personas que no tienen ganas desperdician la vida. No son lo que pueden ser en sus potencialidades. Y en vez de ir siempre a más, van siempre a menos.

Actúan como si creyeran en la debilidad, en la carencia. En vez de apostar a sus posibilidades y fortalezas.

El resultado de esa actitud mediocre se manifiesta en sus realidades. Que habla con la elocuencia que no tienen las palabras.

No voy obviamente a juzgar o ajusticiar a quienes viven sin ganas. 

Quienes ponen poco empeño. Quienes creen que menos es mejor que más.

Son ellos quienes sabrán los beneficios de sus actitudes y recibirán la retribución que esa forma de estar en el mundo ofrece.

Lo que sí siempre me pregunto y me inquieta, es por qué eligen ser menos de lo que son. Por qué creen en la precariedad de ir a menos.

Por el contrario siempre me acerco a los buenos y a los que van a más. Creo en esas personas porque construyen vidas poderosas, alcanzan objetivos.

Viven intensamente.

Y, en esa actitud, honran la vida.

Gracias a ellos el mundo avanza. Se construye y evoluciona. No se regodea en la comodidad de las excusas.

Si tuviera que creer en alguien, creo por supuesto primero en los buenos.

Y después, en los que tiene ganas. En los que van a más. 





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domingo, 28 de junio de 2020

El hombre susceptible


Conozco al hombre susceptible por azares de la vida. Fue casi casualmente cuando me topé con él y desde entonces advertí su presencia de manera elocuente. 


Al principio me resultaba extraño, difícil de comprender. 


Cualquier cosa por pequeña que sea hacía que el hombre susceptible se embrolle en su susceptibilidad y se sienta afectado negativamente. 


Eso lo observaba luego o con el tiempo, cuando el hombre susceptible manifestaba su historia, sus logros, sus proezas o la relevancia que había tenido en el logro de ciertos objetivos colectivos en los que se adjudicaba un rol determinante.


Nada de eso se hablaba en ciertas circunstancias pero sin dudas las contingencias que fueran disparaban esa posición indeclinable del hombre susceptible. Era de alguna manera como esas situaciones en las que el caballo que se alejó del casco, volvía apenas lo divisaba sin la más mínima necesidad de que el jinete maniobre las riendas hacia ese lugar.


Eso hacía el hombre susceptible.


Volvía a su pesar.


Ante cualquier circunstancia que le permitan divisar al menos un vestigio de su dolencia, volvía  a su centro. Un lugar extraño y en apariencias penoso, que imprimía algún malestar, propio del ser que siente que no es reconocido ni valorado. Y que en los recónditos recovecos de su existencia percibe una desatención que no hace justicia con su trabajo, trayectoria y proceder.


Percibe una supuesta ingrata mirada ajena que aviva sus dolencias. Y se embrolla en un dialogo interno que lo apresa y atormenta.


Ensimismado en su pesar el hombre susceptible anda por la vida con esa herida de sus profundidades a flor de piel. Apenas un soplido ajeno en otra dirección puede activar su malestar y disparar sus propios cuentos. Narraciones que se autoforumula en intrincados diálogos internos que, cuando están por ebullecer, salen a la luz para exhibirlo todo.


En esos momentos tan inesperados como recurrentes se revela al mundo con la clara presencia del ser susceptible que confiesa su alma.






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miércoles, 24 de junio de 2020

¿Quiénes dominan nuestras mentes?


Estoy inquieto.


Ya van dos, tres, cuatro personas que dicen de algún modo lo mismo aunque con distintas palabras.


Al parecer están convencidos que hay unos pocos vivos que entretejen cuestiones de las más diversas y en síntesis se encuentran orquestados para dominar nuestras mentes.


Esos dos, tres o vaya a saber cuántos, no son muchos, son unos pocos que según advierten los desconfiados son quienes dominan nuestras mentes y nuestras vidas.


Somos según la visión de quienes los reconocen con ese poder, unos pobres minusválidos, tontos que estamos sometidos a su voluntad y capricho.


Y actuamos como zombis frente a sus disposiciones y a la vida que nos manejan, y que de acuerdo a esa visión minusválida, les pertenece.


Yo no puedo creer que gente grande piense que somos todos una manga de estúpidos que nos manejan como marioneta, mientras en el mejor de los casos advertimos esas tretas injustas, dañinas y desproporcianales.


Me inquieta la visión que nos trata como seres frágiles, fácilmente persuasivos y manipulables por unos pocos vivos que se adjudicarían nuestra libertad y moverían los hilos siendo nosotros sus marionetas.


Creo que exageran los que piensan que somos todos tontos, y que los señores que logran que ocupemos parte de nuestro tiempo en sus pantallas o plataformas nos tienen subsumidos en sus mundos presos de su voluntad y ajenos a nuestra arbitrariedad, que consiste esencialmente en abrir esas puertas, entreabrirlas o cerrarlas.


Con lo cual no somos tan pobrecitos ni tontuelos porque ese mundo no viene caprichosamente hacia nosotros para someternos y embaucarnos, somos nosotros los que podemos elegir o no ir hacia él.






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domingo, 21 de junio de 2020

El mundo del NO


Nunca escuchamos decir tantas veces no como cuando somos niños.


No a esto, no a aquello. 


No a lo otro.


No, no, no.


El niño explora y se despliega llegando siempre hasta el no que le impone los límites.


No es tan tonto el no porque ejerce muchas veces la función de cuidarlo. Que no toque el fuego, que no toque el enchufe, que no se lleve algo peligroso a la boca...


La curiosidad e impulso auténtico del niño por explorar y descubrir el mundo se encuentra restringido desde el inicio.


Pero pareciera que lo natural muestra que el niño viene con el SI de fábrica.


Quiere ver y tocar esto y aquello.


También lo otro.


Parecería conveniente preguntarnos qué NO son esenciales y cuáles serían arbitrarios. Los primeros deberían reducirse al parecer esencialmente a preservar su integridad y evitarle elocuentes experiencias perjudiciales. Los No arbitrarios serían los que responden a los valores que los padres quieren transmitirle.


Si le pega a un niño por ejemplo muchos padres le dirán que eso no se hace. Que no lo debe volver a hacer.


Con el tiempo el niño crece y forma su propio entendimiento. También sus propios valores que consciente o inconscientemente guían su conducta.


Con discernimiento propio asume la responsabilidad del SI o del NO ante los vericuetos de la existencia.


A partir de ahí expande o restringe su mundo. Vive las experiencias que se procura y las que se le presentan en la vida.


Su realidad es afectada por esas dos palabras que tienen la implicancia de construirle la vida y resolver la forma de estar en el mundo.


Deseo que todos los niños sean cuidados con el amor y la responsabilidad de los padres que necesitan decirles NO para beneficiarlos.


Y que cuando crezcan reaviven el SI con el que iniciaron la existencia. Lo honren para expresar sus potencialidades, hacer su mundo lo más amplio posible y contribuir así en forma positiva a los demás.






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sábado, 20 de junio de 2020

El reconocimiento


Cuanto más se diluye el ego menos necesario es el reconocimiento.

Lo mismo con la seguridad.

¿Qué pasa con la seguridad?

Cuanto más segura es una persona menos necesita el reconocimiento o directamente no lo necesita. Le basta con autoobservarse y reconocer sus logros sin que venga fulanito a decirle, mirá vos...

Sos un maestro.

Es todo un tema el ego porque uno conforma una identidad que se afecta por los ojos de los demás.

Cuanto más necesita ser reconocido y celebrado, más aplausos reclama de algún modo y mendiga como un ser necesitado de afecto que le digan que lo quieren, que lo adoran, que sin él el mundo carecería de sentido.

Por eso es un esclavo.

De alguna manera, no a todas luces.

No vamos a decir que el pobre hombre necesitado está dispuesto a someterse en todos los sentidos. 

Está inclinado, doblegado, manipulado por su propia carencia y guiado como marioneta por los ojos de los demás.

Eso ocurre cuando el ego llega a los extremos. El ser es por disposición ajena.

Aunque piense que es por convicción propia.

Por eso a mucha gente cuando le sacan la etiqueta que era el jefe, subjefe, director, presidente o vocal suplente, sufre o muere.

Por dar un burdo ejemplo.

Muere de quien le habían hecho creer que era y había aceptado con entusiasmo.

En la medida que madure, adquiera más conciencia y se desarrolle se puede ir liberando.

Advirtiendo que cada vez le afectan menos los aplausos y abucheos. Hasta que desaparecen de su radar.

Y toma toma sus propias riendas sabiendo quien es, sin preguntarle a nadie.

Eso puede hacer cualquier persona que quiera liberarse.

Pero seamos honestos, todos quieren ser esclavos.





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miércoles, 17 de junio de 2020

La opinión disidente


No conozco a ninguna persona inteligente que persista con ánimo caprichoso en su misma opinión.


Conozco gente inteligente de convicción, que se juega por lo que piensa pero siempre están dispuestos a replantearse sus miradas para superarse.


Están en las antípodas de los testarudos e inmodificables que creen tener su verdad incuestionable y han de dar la vida para demostrarte al otro que está equivocado.


La gente más inteligente que conozco en vez de estar recolectando datos para darse la razón y convencerse que está en lo cierto, se entusiasma por desafiar su pensamiento pensando dónde puede estar equivocada y qué convendría redefinir de su perspectiva.


Por eso escucha con atención e interés. Sobre todo si alguien piensa distinto.


Además, en vez de enojarse por la palabra disidente, se alegra. 


La escucha absorto como al niño que le cuentan un cuento.


Hay un tema de seguridad.


Cuanto más inseguro es alguien más necesita tener razón y que cualquier salame le diga que es un genio.


El pensamiento disidente en vez de estimularlo le resulta una amenaza intolerable.


No lo puede ni escuchar


Siempre pienso que este es un motivo esencial que explica la proliferación de pusilánimes obsecuentes del mandamás en nuestro país.


Líderes inseguros terminan rodeados de ese tipo de mediocres y quedan con gusto embaucados por ellos.


Todo para que le digan siempre que tiene razón hasta en sus equivocaciones más notables y regodear su ego que no acepta ningún tipo de apreciación que contribuya a reflexionar o contradecir su opinión.


Sospecho que cuando alguien quiere volverse inteligente debe creer en el pensamiento disidente, propio y ajeno.


Debe preguntarse con ánimo de cuestionarse para redefinir su mirada. Más que reafirmarse y darse la razón.


La oportunidad de mejora no está en seguir pensando como piensa, sino en evolucionar hacia un pensamiento de mayor calidad.


Si no cambia de opinión nunca y se aferra a sus supuestas verdades va a vivir en la precariedad propia de su capricho y entendimiento.


Permanecerá engañado por sus certezas rodeado de pusilánimes que ejercen el oficio de darle siempre la razón. 


Con los importantes perjuicios que esa actitud ocasiona.








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