miércoles, 27 de mayo de 2020

No lo dejan…



Nadie se equivoca cuando siente que hace lo que tiene que hacer.

Es en ese espacio donde encuentra la mayor fidelidad a sí mismo. Y nada es mejor que ser auténticamente quienes somos para honrar nuestra existencia.

No es fácil.

Uno vive en relaciones y desde el punto de vista de víctima, bien podría decir que le gustaría hacer tal o cual cosa, pero no lo dejan.

Ahá.

A uno entonces le gustaría hacer tal cosa. Mirá vos.

Pero no lo dejan…

¿Quién no lo deja? Bueno, el jefe, la esposa…

Qué se yo. Al tipo no lo dejan. Quiere hacer tal o cual cosa, pero fijate vos. El tipo quiere, claro que quiere. Pero no, no lo dejan. 

Apenas insinúa es como que le dicen... Ojito querido, qué es lo que vas a hacer? Sabés que no, que eso no se puede, no está acordado o no te lo permitimos.

Pero si yo…

A lo sumo puede balbucear un poco si quiere transparentar sus intenciones repudiadas. Intentar desplegar una oración o unos breves párrafos que sustenten sus propósitos, que validen por qué es necesario o conveniente que pueda hacer lo que quiere hacer. O lo que tiene la intención de hacer.

Pero no, no lo dejan ni siquiera a veces permitirse ese balbuceo menor que confiesa sus intenciones. Y hasta en el peor de los casos ni siquiera evaluar balbucear porque conoce la respuesta de antemano.

Entonces el tipo debe negociar consigo mismo y llegar a una definición quizás absoluta o flexible en relación a sus intenciones negadas por el mundo externo que lo rodea.

Es a partir de esa decisión íntima y a veces inconfesable, que el tipo resuelve su existencia y acepta el juego de la interdependencia humana, que le exige condicionamientos a sus voluntades profundas, que le amenazan de alguna manera la posibilidad de ejercer la autenticidad que le reclama su ser.

Por eso cada uno sabrá lo que debe hacer.





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sábado, 23 de mayo de 2020

El boludo



Más de una vez he primero sospechado, luego pensado y finalmente creído, que el otro piensa circunstancialmente o en forma definitiva que uno es un boludo.

Que yo soy un boludo, para ser más preciso y claro.

Y si lo piensa, por algo será.

Con lo cual por más que quiera defenderme y evadirme de esa suposición ajena debo reconocer que tendrá sus fundamentos.

Sus razones.

De modo que uno sea tal vez un boludo y no se de cuenta. Entonces en forma sistemática y recurrente se deje engañar, trampear como si fuera un niño.

Eso supongo que debe estar viendo y pensando cuando observo el proceder del otro que ha supuesto primero y determinado luego que uno es un boludo.

Un boludo con todas las letras.

Solo así se puede explicar y entender que el otro proceda como si fuera un picarón insano, un chanta, un vivillo.

Un farsante. 

Un mentiroso por convicción que vive enredado en la precariedad del mundo de la trampa, el engaño y la fabulación.





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domingo, 17 de mayo de 2020

El buen pensamiento


No es relevante, es crucial predisponerse a lograr el buen pensamiento, porque es el que posibilita incidir en el mundo para construirse la mejor realidad posible.

El hombre piensa y luego se alinea en un camino que lo lleva hasta su realidad. Porque luego de pensar y analizar, decide, y posteriormente avanza.

Muchas veces a paso firme, otras de manera más dubitativa. Como con reticencia.

O temblequeando.

Pero el hombre racional y quien valora la capacidad de pensar para forjar su destino sabe que le conviene pensar. 

Luego decidir y obrar en consecuencia. 

Siempre repensando, por supuesto. Y volviendo a decidir.

Pero advierte que es conveniente zambullirse en su mundo de abstracción para hurgar en sus inquietudes, anhelos, deseos, problemas que lo atormentan y futuro esperado.

El hombre inteligente se sumerge en las profundidades de su ser para encontrarse.

Y hacerse cargo de ser quien podría ser.

Justamente quizás una de las mayores motivaciones que le ofrece su existencia, extrañamente despreciada por algunos semejantes.

Pero aprovechada a más no poder por tantos compañeros de la existencia que se entusiasman cada día y avanzan a paso firme.

Creen en sus potencialidades y se embarcan en procesos de discernimiento para arribar al buen pensamiento.

Piensan que disfrutarán el presente, vivirán la realidad que merecen y serán quienes están llamados a ser.

Con convicción y sin titubeos.

Hacen muy bien.

Nada es más estimulante que forjarse a sí mismo y construir el propio destino.




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sábado, 9 de mayo de 2020

El mundo externo


Nada es más perturbador que el mundo externo que viene a inmiscuirse en nuestras realidades.

Uno puede despojarse de él en el grado máximo posible pero no logra escabullirse y desentenderse del todo.

Siempre al acecho y dispuesto a afectarnos el mundo externo vendrá.

Nos dirá que ahora atendamos tal o cual cosa. Que luego atendamos la otra.

Y así irá desplegando su reclamo de atención con las cuestiones más disímiles.

Situación que nos obliga a atenderlo de algún modo porque en la naturaleza de estas posibilidades no se encuentra la alternativa de la huida definitiva.

Si estuviera, sin dudas residiría ahí yo y tantos otros.

O tantos otros y yo.

Porque seríamos muchos los que quisiéramos residir en la libertad.

En la más absoluta de las libertades, donde nada requiere nuestra atención ni nos obliga a atender cosas diversas, para las cuales este mundo descuajeringado quedó orquestado reclamando nuestra mirada.

Uno puede pensar que es conveniente andar liviano por la vida, despojado y desposeído. 

Desplegado como el aire, que fluye por decisión propia o por voluntad individual de las inclinaciones que el ser humano libre siente y lo movilizan, como si emanaran desde su autenticidad vaya a saber a qué parte.

Son todas predisposiciones en algún punto posibles pero idealistas. Porque el mundo cada día requiere atención de manera innegociable, es por eso que delimita y encarcela en nuestras propias vidas.

El truco más interesante es disminuir ese reclamo y llevarlo a la dimensión mínima de su existencia.

Destreza que puede desarrollarse paulatinamente con cierto esmero y cuidado.

Pero que no evita que el mundo se manifieste, perturbe e insista. Con la intención consciente o inconsciente de doblegar la liviandad del ser.

Mañana quisiera levantarme enajenado y evitar prender enseguida el teléfono para ver los mails y WhatsApp que siempre con urgencia requieren nuestro tiempo.

Dudo que podré lograrlo, porque el mundo persiste demandándonos la atención, de forma incesante y caprichosa.

Y a esta altura soy un rebelde domesticado.





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sábado, 2 de mayo de 2020

¿Qué debemos hacer?



Es la niñez la que de algún modo marca a fuego al individuo y lo encarcela en la disposición de la palabra ajena.

Es por esa simple razón que las sociedades están repletas de adultos con espíritus de niños, que demandan de alguien que les indique qué pueden o no pueden hacer.

Y qué vida deben vivir.

Si van para acá, para allá.

O deben quedarse quietos.

La palabra marca a fuego cuando uno es chico y está de alguna manera desprovisto de su propia capacidad de discernimiento, porque carece de un desarrollo intelectual que le permita sumirse en el mundo de la abstracción en profundidad para arribar con el mayor criterio posible a sus propias decisiones.

Es quizás por esas circunstancias que hacen mella en las mentes de los chicos las palabras de los grandes.

Tanto que no son pocos los casos que al pasar los años y transformarse en adultos mayores quedan de alguna manera guiados por esas palabras, ideas o síntesis directrices.

Y demandan que suplanten el propio discernimiento por la disposición ajena.

Solo así podría entenderse que la gente se la pase embobada pidiendo indicaciones o glorificando al mandamás que fuera, dispuesta a adoctrinarle e indicarle lo que debe hacer con su propia vida.

Quizás ese espíritu infantil que se acienta en tantas personas es el mismo que inconscientemente reclama que le hablen con determinación y la reten para no dar el más mínimo resquicio de dudas sobre lo que puede o no pude hacer.

Y sobre lo que debe o no debe hacer.

No solo en cuanto a casarse o tener hijos. Sino sobre un innumerable mundo de cuestiones.

Ustedes sabrán.

Pero está repletos de niños que reclaman indicaciones y tienen nula disponibilidad para escapar de la manada.

Es tiempo de que esos niños grandes asuman su responsabilidad, crezcan con la madurez que exigen estos tiempos.

Y dejen de reclamar padres cuando ya están grandes.




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sábado, 25 de abril de 2020

Palabras al aire



Una de las condiciones necesarias para preservar la libertad es permitir el despliegue irrestricto de las palabras.

Por eso cada vez que quieren amedrentarlas es un motivo de alerta, un reclamo a estar en guardia para quienes defienden la libertad.

La palabra es importante porque incide en la posibilidad de crear el pensamiento y transformar consecuentemente la realidad.

Esto hace que cualquier persona que piense y se disponga a compartir palabras genere las circunstancias propicias para modificar la realidad.

Y nada mejor para hacerlo que despojar a la persona de todas las limitaciones que puedan restringir sus palabras.

Si avanzan las delimitaciones que caen sobre la posibilidad de expresión del individuo, retrocede la posibilidad de ampliar el pensamiento y provocar positivamente la realidad.

Una sociedad inteligente que procure extender sus posibilidades de resultados en las incumbencias que fueran, alienta el uso de las palabras y expande la posibilidad de expresión.

En vez de mandar al susodicho a la hoguera y callarlo, se entusiasma con quien viene a proponer una idea nueva o aporta un enfoque distinto al prevaleciente.

Es porque el díscolo que se permite desalinearse de la manada puede avivarnos. Hacernos ver distinto lo que vemos o abrirnos los ojos a lo que no vemos.

De ahí que lejos de enojarnos con quien piensa diferente es conveniente que cada uno diga lo que piensa con la finalidad de contribuir al pensamiento en vistas de favorecer la toma de decisiones que pueden afectar directamente a toda la sociedad.

Por el contrario las posiciones más mezquinas e inseguras, las sociedades más precarias y fracasadas, se alertan cuando la palabra disidente puede echar luz a cualquier vicisitud o manifestar ciertas discrepancias. Por eso se abalanzan sobre ella para desgastarla, desalentarla, silenciarla y si fuera posible erradicarla.

Temen que la palabra esclarezca el pensamiento y persuada para tomar decisiones o redefinir rumbos.

La mezquindad sucede porque defienden más beneficios personales que la convicción por lograr el bien común.

Y porque detrás de esos espíritus intolerantes muchas veces están las inseguridades propias de quienes no creen en sus supuestas certezas.

Por eso no es extraño que actúen con daño y saña para disciplinar al disidente que propone una mirada distinta.

Frente a esa actitud mediocre, muchas veces pendenciera y maliciosa, es conveniente recordar que siempre hay que defender la palabra auténtica y alentarla. La libre expresión favorece el despliegue de la inteligencia y la posibilidad de transformar positivamente la realidad.

Quienes defienden la libertad no titubean y saben que siempre deben defender el uso de sus palabras.




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martes, 14 de abril de 2020

Los perdedores



Quizás el mayor error de los perdedores es culpar de su fracaso a los ganadores.

Desde la derrota le zampan la culpa a quienes triunfaron y de esa manera se reaseguran perpetuarse en su condición primero de derrotados, y luego de fracasados y resentidos.

A veces se convencen tanto de que el exitoso es el causante de sus desdichas que ofuscados se lanzan hacia él para acometer justicia.

Con la intención siempre fallida de nivelar para abajo.

Porque si el otro está muy por encima viviendo en el exito, no son pocos los que suponen que una buena idea es traerlo para abajo y que experimente él también el mundo de la precariedad y la desgracia.

Tal como lo hacen los países más fracasados, frustrados y resentidos del planeta tierra.

Enzalsan tanto la pobreza que no paran de fomentarla, en vez de combatirla y erradicarla.

En esas tierras solo los gobernantes que se erigen como salvadores truchos de sus pueblos viven excelentemente bien y el resto experimenta a diario una vida de mierda.

Sin metáforas.

El problema con todos los malos perdedores, fracasados y resentidos que se abalanzan sobre los exitosos para perjudicarlos con las tretas que fueran, no es que los vulneren y en el cortísimo plazo no logren su fugaz propósito, es que se asientan en su posición para perpetuar sus resultados.

Viven entrampados.

Con un futuro para ellos previsible.

Mientras que el exitoso que claramente es más inteligente, se reacomoda y sigue para adelante tomando decisiones que en el mediano y largo plazo lo benefician e indirectamente perjudican a quienes quisieron perjudicarlo.

El problema mayor es que los ciudadanos de a pie que creemos en la posibilidad de progresar y por eso admiramos a los exitosos y a los países mas desarrollados del mundo, nos vemos perjudicados con el accionar de los fracasados, que no solo espantan a los exitosos sino que influencian las decisiones políticas propicias para que nadie pueda triunfar.

Y que todos experimentemos la pobreza.

Que nadie pueda emprender, generar empresas, empleos y consecuentemente riqueza para todos.

Por eso por el bienestar general es conveniente admirar a los exitosos, alentarlos y emularlos.

En vez de criticarlos y defenestrarlos, es imperioso aprender de ellos.

Y premiarlos tanto como se pueda, para que acentúen su camino de crear empresas, empleos y riqueza. 

Así nos beneficiamos todos.

Cuanto más exitosos logramos que sean, más ímpetu pondrán en invertir, generar emprendimientos, empleos y consecuentemente productividad, aportando mucho más gracias al éxito a las arcas del Estado.

Si por el contrario los fracasados se imponen, castigan a los exitosos y fomentan ideas que desalienten la creación de empresas, se generan las condiciones propicias para que todos perdamos y terminemos viviendo en un país donde lo único que proliferen sean seres perdedores, resentidos, envidiosos y frustrados.



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sábado, 29 de febrero de 2020

Vivir como Dios manda


Hace tiempo decidí vivir como Dios manda.

En realidad no podría precisar la fecha porque hará como una década o más. Quizás podrían ser dos, aunque parezca exagerado.

Creo que el primer indicio de este avivamiento fue cuando llegaba mi fecha de cumpleaños. Ahí me recordé la importancia de homenajearme. Y al mismo tiempo observé que el beneficio era tan elocuente que sería una tontería festejar el cumpleaños solo un día.

Rápido advertí que el cumpleaños se debía festejar toda la semana y uno debía agasajarse sin restricciones de ningún tipo.

Un avivamiento mayor me vino cuando supuse que era una zoncera festejar solo una semana y había que festejar un mes. 

O mejor, todo el año.

Cada día.

Vivir sintiendo que el cumpleaños de uno es todo el año me resultó una alternativa estimulante y conveniente.

Y eso es lo que hice, hasta que me di cuenta que tantos churros, facturas, chocolates y tortas no reportarían a largo plazo ningún beneficio.

😃

Si bien exagero, lo que digo es estrictamente cierto y la conceptualización esencial que acabo de compartir la tengo sellada en el alma, como un tatuaje imposible de extirpar.

Debe ser por eso que cuando me encuentro con alguien que optó por la filosofía contraria me ofusco y pienso que es un pobre hombre, que se dejó apresar por una ideología lastimosa y apesadumbrada.

La antítesis de la felicidad.

Claro que como cualquier filosofía que el ser humano adopta consciente o inconscientemente reporta beneficios. Y si quien actúa de pobrecito maldiciendo la vida y sus contingencias, está inmerso en esa precariedad por elección, buen negocio debe hacer.

No estoy para juzgarlo.

Ni tampoco era mi intención narrar ese tipo de circunstancias de quien ejerce el oficio de pobrecito o decide vivir menos.

Solo escribo esto para recordarme que debo vivir todos los días como Dios manda. Y para transmitir ese concepto que creo que puede incidir de forma sana y positiva, como muchas de las cosas que procuro escribir.

Por eso me entusiasma la gente que vive mucho. Quedo como un tonto obnubilado cuando me cruzo con alguien que vive cada día, cada minuto, cada segundo.

No importa la edad. No importa la raza ni residencia. Admiro la actitud y celebro compartir la vida con ellos.

Cuando alguien cercano sin querer o queriendo me quiere persuadir para vivir poco, estoy alerta.

Frunzo el ceño. 

Y me voy espantado.





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