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lunes 5 de marzo de 2012

Escritos Espontáneos


Podría escribir un escrito espontáneo, lleno de frescura y notificaciones.

Porque el escrito revela lo imprevisible, lo que no sabía que iba a aparecer y sin embargo emerge.

Sube hasta el papel y se muestra ante la vista.

Algo así son los escritos espontáneos, tal vez en esencia presurosos. Porque avanzan sin pedir permisos innecesarios y se establecen casi de prepo.

Uno lee más que escribe.

Aunque tipea para participar del juego. Oficia entonces como un buscador que va desplegando pasos. Avanza hacia algún lugar impensado y luego observa.

Observa si hay algo, si alguna cosa se insinuó o se visualiza a partir de lo dicho.

Y es en este juego donde uno tal vez se libera, se desata de algún modo.

Queda purificado de palabras.

Para poder luego irse a caminar.


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jueves 16 de febrero de 2012

El Animo


Hace tiempo estoy con atención observando el ánimo.

El ánimo es de alguna manera un señor que convive con nosotros.

Señor, porque es evidentemente masculino.

Convive, porque nos asiste. Nos apresa.

Estamos nosotros, y está nuestro ánimo.

Muy bien. Así empezamos a percibirlo, a indagarlo.

Es posible que el ánimo actúe como una escalera. Es decir, se va constituyendo de a peldaños. Paso a paso.

Con las circunstancias que la persona vivencia. Y con las síntesis que luego genera de ellas.

Así, circunstancias de alegría, disfrute y placer, llevarían a la conformación de un estado anímico de bienestar.

Mientras que situaciones de dolor, frustraciones y amarguras, impulsarían a ánimos de tristeza.

Luego, unos y otros resultados se materializan en las caras. Que la gente lleva con sus cuerpos de lugar en lugar.

Constituyéndolas así en una imposición a los más disímiles contextos. Que deben aceptarlas sin mayores miramientos.

Habría entonces dos grandes polaridades. Y el ser humano conviviría entre los polos.

Balanceándose desde el bienestar hacia la tristeza. De un lado hacia el otro,  y viceversa.

En el medio, como siempre los matices. Que actúan como un espacio de intersección entre las polaridades.

Nadie está cien por ciento en el bienestar, ni cien por ciento en la tristeza. La naturaleza del ser humano indica que es imposible sostenerse en esas posiciones.

Hasta el masoquismo extremo debe desistir de su propósito.

De modo que es reconocible que el ser transite por las polaridades, con cierta preponderancia anímica. Resultado quizás de sus vivencias primero, y de sus interpretaciones después.

Puede advertirse también una dosis genética incidente en la conformación del ánimo, que sería la situación del ser inicial. Habría entonces una explicación biológica y fisiológica que la fundamente. Pero apenas podemos intuirla dado que aquí nos excede.

Y es bueno que nos exceda.

Porque no hay nada más tedioso que la explicación con todas las letras. Porque además de aburrir, vulnera la capacidad de completud del espíritu inquieto, que pone en marcha sus neuronas para honrar su inteligencia.

Advertir sobre lo no dicho o resignificar los atisbos conceptuales, que no son más que sanas sugerencias para una comprensión más sublime.

Y aunque recorramos algunas calles tangenciales del tema que nos convoca, podemos aspirar a ciertas distinciones. Que nos echan luz entre las tinieblas, o nos iluminan en la oscuridad.

Hay factores externos que influyen en el ánimo. También factores internos que lo determinan.

Un domingo anocheciendo o una lluvia pueden hacer de las suyas.

Si al ser lo atrapan desprevenido.

Si está atento, zafa. Reduce la ponderación del mundo externo y construye su mundo a voluntad. Asentándose sobre su interior y orquestando sus pensamientos.

Otros trucos son la música, el baile, las caminatas o las carreras.

Visualizar el mundo en el que uno quiere vivir.

Así se modela el ánimo.

De modo que se advierte en él, que no es para nada caprichoso. Ni definitivo.

Es un señor flexible y maleable.

Mejor así.


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viernes 10 de febrero de 2012

El Saludo


El saludo es una práctica sencilla de reconocimiento.

Uno levanta la mano o inclina la cabeza, en señal de reverencia.

Afirma que ha visto al otro, lo percibe y reconoce.

Moviliza entonces su mano en alto, a media asta o con escueta timidez.

O bien inclina la cabeza como un gesto sublime hacia el otro. Que observa y devuelve.

Con mano o cabeza a voluntad.

De modo que opta casi por instinto la devolución del comportamiento.

Levanta la mano efusivo, la sube con menor decisión. O inclina la cabeza para expresar sus respetos.

Todo depende de la vista inicial, que es el prerrequisito para incentivar el saludo y provocar el gesto consecuente.

Sin avistaje, no hay saludo.

No me vió, se escucha en ese caso si alguien es víctima del injustificado desprecio.

Si en cambio la persona va sola en el auto. Es la mente la que queda rumeando en la explicación.

No me vio.

En los pueblos hay una intersección que se marca con claridad entre unos y otros. El saludo es el espacio que aparece como medio para el encuentro. Así que todo el mundo tiene que establecer una relación con él y darle la importancia que en el pueblo merece.

Si uno es político, por ejemplo, puede que sea un tema relevante. No sólo considerará levantar la mano con énfasis, o inclinar la cabeza con determinación.

Por ejemplo, si maneja.

También acompañará con gesticulación elocuente y palmadas bien propinadas sobre espaldas. Que en conjunto son una conjunción de técnicas gesticulares y sonoras que elocuencian la destreza en el propósito.

Los tímidos son otro segmento interesante a considerar. Se trata de quienes están más complicados. Porque tienen una restricción en sus gestos y en sus palabras.

De modo que se arreglan como pueden, para participar del saludo y salir airosos.

Así como el momento más glorioso del saludo se encuentra en las palmadas y abrazos con palabras oportunas. La decadencia aparece en su carencia. En quien decidió por motu propio desistir del juego.

Es quien resuelve quitar el saludo.

Es una acción que suele provocar desconcierto e incomprensión.

La víctima se pregunta por qué lo ha hecho, si nunca hizo nada.

Pero el otro ha resuelto de algún modo alzarse en armas. Negarse a cualquier opción sonora o de gesticulación que constituya cierta reverencia.

Y quitarle al otro su atención y reconocimiento.

Como una suerte de desahogo sobre un enojo íntimo y molesto.

De singular explicación.


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Lector


Me resulta más fácil escribir, que leer lo que escribo.

Cuesta volver la vista atrás y ver lo que dicen los párrafos.

Quizás evito encontrarme con la inquietud o la incomodidad de conceptos o pasajes que puedan resultarme desajustados. Desalineados de expectativas que suponía cumplidas al despedirme con el punto final.

En los últimos textos me ha pasado lo mismo. Tipeo. Tipeo.

Dejo el punto final y me marcho.

Entrego al otro una suerte de problema con la esperanza de que encuentre la solución.

Siempre es un buen negocio la escritura si provoca y alienta la reflexión. Está después en cada uno encontrar los niveles de abstracción adecuados a los que puede aspirar.

Es ahí, en esa instancia, donde emerge cierta sensación reconfortante. O la incomprensión de quien se queda con las manos vacías y se pregunta.

Y?

Entonces vuelve para atrás a ver si algo pesca. Con renovado empeño y determinación.

Suele existir ese tipo de lector que pone ímpetu y esmero. Que se hace cargo de la experiencia de lectura y arremete a fondo. Se abalanza sobre el significado para procurar entendimiento.

Entonces encuentra lo que quizás otro no ve. Se queda pensando en esa lógica de relación entre la escritura y la lectura.

Y vuelve cada tanto al encuentro de un nuevo texto.

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lunes 30 de enero de 2012

Repito


Es cierto, repito.

Doy vueltas sobre lo mismo una y otra vez.

Caigo en la recurrencia para decir lo mismo, de modo diferente.

Porque exactamente lo mismo no digo. Sería injusto si entregara una afirmación de este tipo.

Contorneo, doy vueltas. Es como que merodeo por los mismos lugares.

Los mismos conceptos.

Con palabras, párrafos y metáforas diferentes. Que buscan siempre en el mismo lugar.

Eso sí puedo afirmarlo. Decirlo sin mayores titubeos. Porque el convencimiento no es reticente en este aspecto. Es claro, visible, oportuno.

Así que eso sí que puedo escribirlo. Apuntarlo tranquilo, aunque sepa que no le tengo miedo al error.

Ningún miedo, porque el error es constituyente de la naturaleza humana. Así que no vamos a engañarnos en este punto. Uno se equivoca y vivencia el error como un atisbo del ser.

No puede hacer otra cosa. Salvo mentirse, engañarse y mostrarse impoluto.

Linda palabra.

Pero escribía que doy vueltas sobre lo mismo y ahí es ahí donde caigo en la recurrencia.

Recurrencia.

Decir lo mismo una y otra vez.

Eso a mí no me preocupa demasiado, no me inquieta en lo más mínimo.

Los escritores dicen que escriben siempre lo mismo. Parecen que dicen algo distinto, pero no. Si uno mira con atención, descubre el juego. El sentido de la obra que emerge después de desglosar cientos de páginas de numerosos libros.

Y el caballo??

Que tiene que ver ahora el caballo, dirán. Es muy oportuno. Porque el caballo vuelve siempre al mismo lugar. Sáquelo usted del establo, creo que es establo. Sáquelo de ahí, llévelo a pasear por el campo y espere. Espere ver qué pasa cuando pega la vuelta.

El caballo no  necesita ser guiado a ningún lugar. Vuelve sin titubeos al establo apenas lo ve. O al casco, creo que es casco.

Pero el caballo vuelve, vuelve sin importarle lo que usted haga con las riendas.

De modo que aquí también, tiene usted un aval de la naturaleza. Una síntesis perfecta de que uno vuelve a su núcleo. A su lugar, exactamente al sitio donde nunca debió de haberse ido.

Buena conjunción verbal. Creo.

Así que el caballo puede andar por otros vericuetos, dar numerosas vueltas. Pero sabe dónde tiene que estar. De dónde no se tiene que ir.

Lo mismo con quienes escriben, se van para otros pagos. Y vuelven al mismo lugar.

Eso es lo natural, lo esencial y esperable. El resto son pantomimas o piruetas siempre infortunadas.

Además alguna vez escuché que el público se renueva. Uno mismo renace cada día y es otro.

Por eso es bueno decirse lo mismo una y otra vez. Machacarse con timidez primero y luego con énfasis.

Una y otra vez.

Y así, y así, y así. De escuchar y escuchar la viabilidad de ciertas verdades, o de leer y leer, uno debe tomar el mensaje. Ese núcleo que a mí me entusiasma y me parece efectivo.

Para alcanzar bienestar y ascender a la instancia de la alegría.

Cima interesante que merece la recurrencia de los conceptos, los justifica y los alienta.

Porque una cosa es leer una idea una vez, y otra es hacerlo sistemáticamente. De manera que uno se taladra a sí mismo con un mensaje. Para que penetre de algún modo en su cabecita, ingrese a su cuerpo y compenetre su ser.

Pasa así de la instancia de la escucha a la asimilación.

Lindo momento de reinvención.

Cierra luego los ojos, se detiene ante sus circunstancias. Y agradece…

Aleluya.


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jueves 26 de enero de 2012

El Hombre Triste


Al hombre triste lo conocí en una foto. Casi por casualidad, cuando abrí el diario lo vi. Me pareció que sería él, aunque dudé al principio. No tenía ninguna referencia, más allá de que era una persona muy adinerada, que podría comprar cualquier cosa y que vivía en bienes suntuosos.

Estaba triste el hombre pero no por vicisitudes de la cotidianeidad. Si no porque era su situación subjetiva. El malestar lo apresaba vaya a saber desde cuándo. Y el resistía con su cuerpo a un ánimo que lo doblegaba cada día.

Sospecho.

Por qué un hombre de tanto dinero no ofrece la más importante de las batallas. Que es doblegarse a sí mismo, transformarse y saltar de esa emocionalidad que lo aniquila a un estado de bienestar que le permita disfrutar la vida.

No lo sé.

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viernes 13 de enero de 2012

Disfrute


No voy a hacer una apología desmedida del disfrute. Eso no sería acertado, porque me ubicaría en una situación cuestionable de quienes arremeten contra él. Así que más vale merodeo un poco, lo insinúo permitiéndome sugerencia y me voy como si aquí no pasara nada.

Porque en realidad no es mucho lo que va a pasar, sólo una breve mirada para provocar inteligencia. Incitarla hasta escapar del sufrimiento e impulsar a la alegría.

No más que eso.

Lo digo con cierto cuidado, con cierta reticencia a la transparencia desmedida. Porque no puedo mencionar con la elocuencia descarada lo que necesito decirles. Porque si así lo hiciera, empezarían los problemas.

Alguien levantaría el dedo que apunta. Y otro propondría un sutil acto de ajusticiamiento.

En cambio, transitar la temática con cierto aire superficial, que no es más que un simulacro para posibilitar el dicho, me evade del castigo. Y deja a todos en mayor o menor medida contentos.

Pero aquí se trata de avivarse cuanto antes. Darse cuenta de una buena vez. Ultrajar las creencias que nos han dominado. Nos indicaron los recorridos sacrificados y ennoblecieron lo tortuoso. Con ánimo vaya a saber de qué propósitos que hoy se escapan, y fueron significativos para amedrentar la vida.

Hay que caer entonces en enaltecer la existencia. Profundizar las virtudes del disfrute. Permitirse la consecuencia de llevar a la realidad el pensamiento que lo sustenta.

Todos los días. Y a cada hora.


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lunes 9 de enero de 2012

Escribo


Yo escribo con espontaneidad. Eso lo hago por convicción. No por otra cosa.

Aunque es cierto también que lo hago porque de otra manera no escribiría. No creo en la escritura forzada, sacrificada. En las correcciones sistemáticas y abusivas.

Prefiero el error a la impecabilidad.

El ser humano es más errante que infalible.

Y aunque se busque la perfección, la exigencia, siempre habrá una manchita. Una cuestión que puede repararse para asentar la inconveniencia.

De una palabra, de una frase.

Una metáfora que no era la más indicada.

Y tantas cosas más.

Que develan el fallido propósito de la corrección.

Así que yo escribo desde la espontaneidad. Para honrar la naturaleza del ser humano, y disponerme a este acto de disfrute.

Que de otra manera quedaría invalidado por el esforzado, sufrido y detestable trabajo que supone la corrección.

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domingo 8 de enero de 2012

Conversaciones Espontáneas


Escribir espontáneamente debe purificar la mente, el cuerpo y el alma.

Eso pienso yo. Eso supongo o vaticino.

No tengo mayores pruebas, no es que aquí hay un sustento empírico que avale el vaticinio. Ni una determinación racional que lo fundamente.

No hay mucho en ese sentido. De modo que sólo emerge la carencia, la falta de una comprobación que notifique el acierto. Diga que esto es así. Determine con evidencia, reduzca las inquietudes y aniquile las dudas.

Es apenas una idea, una humilde mirada que se permite suponer. Proyectar de alguna manera un entendimiento que quizás es precario, pero siempre válido.

Porque uno puede suponer, vislumbrar, entusiasmarse con una definición. Cierta proyección que presumiblemente parecería respetable, entendible.

No más que eso.

Pero no es poco, porque esa suposición puede aportar ciertas posibilidades. Abrir así un camino que tal vez sea saludable recorrer. Transitar con atención para constatar la experiencia.

Ahí sí lo empírico podría aportar la validez que exigen los críticos. Que entusiastas se muestran hostiles ante una suposición que carece de argumentos, a pesar de que reconoce su vulnerabilidad.

Entonces, decía.

Creo que uno se purifica en la espontaneidad de las palabras.


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miércoles 4 de enero de 2012

Ser

Uno no es siempre el mismo. Eso es mentira.

Lo permanente es el cambio, la reconfiguración. Una suerte de reinvención de la persona, que expresa su renacer ante cada día.

Aunque esa imprevisibilidad moleste, suene perturbadora y nos invite al rechazo. Al repudio que libera el enojo, cuando se enfrenta a lo que disgusta, se exhibe un mundo diferente al que uno cree, comprende y vivencia.

El desafío es sostenerse sobre la imprevisibilidad, sin vulnerar confianza. Ahí esta el arte de la persona que tranquiliza y nos calma. De quien sabemos lo que podemos esperar.

A pesar de que estemos inmersos en el cambio.

Porque si bien la reinversión tiene su naturaleza de permnencia, nadie escapa a lo que es. Aún cuando se esfuerce por ser distinto.


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