sábado, 10 de agosto de 2019

Tercer mundo


Cada día me cuesta más amoldarme a este país y aceptar la decadencia. Sigo sin poder creer las situaciones que encuentro cada vez que salgo a la calle.

Y como salgo todos los días de manera inevitable, no paro de atestiguar los despropósitos con los que se expresa la decadencia.

Desde una mujer que baja del auto a golpear a un hombre mayor porque supuestamente le frenó cerca, pasando por los soretes de perro que cada tanto piso, hasta observar el cartel de la calle robado, las farolas apedreadas, los graffitis afeando numerosos espacios públicos o el auto que pasa a mas de 100 km por pleno centro sin frenar.

Esos solo son detalles, porque si abro el diario para observar los desafortunados hechos la lista sigue.

Y aunque no abra el diario y lo mire por la web, vale la pena apuntar algunos otros despropósitos de la decadencia, que en realidad expresan la mediocridad, la dejadez y el ímpetu de que da todo lo mismo, en una suerte de culto por el desatino y la degradación de estos tiempos.

Hay gente que saca chapa por asesinar a bebés, como si fuera un mérito quitarle la vida a alguien. Gente que va a la cárcel y la violan o golpean. Chicos que terminan el secundario sin saber leer textos básicos.

Parejas que están años para adoptar bebés o niños deseosos de ser adoptados y por obra de la negligencia y desidia pasan sus días, años y vidas privados de esa posibilidad.

Personas que quieren liberar urgente a perros que acabaron de matar a un transeúnte en la playa para que vivan la libertad del espacio público. 

No digo que actúe la perrera en este caso. Más urgente es que actúe El Bobero y encierre a todos estos naboletis que no hacen otra cosa que validar la zoncera en la sociedad, con consecuencias nefastas para todos. 

También sería oportuno mencionar a políticos que antes presentaban propuestas y ahora solo indican que se los debe votar porque son menos peores que los peores.

Y si no ganan ellos el viejo de La Bolsa nos castigará. 

Todo es de cuarta y está a la vista. La decadencia no para de manifestarse.

Y uno solo escribe como para despojarse un poco del despropósito, y sacarse la amargura de encima, en un acto sutil de la rebeldía, que en el mejor de los casos relata la idiotez que se exhibe en estos días.

Lo peor es que sabe que la decadencia no parará de sorprendernos porque la degradación cultural solo se puede revertir con el tiempo. Y el daño ya está hecho.

Hay que aguantar al de la esquina dado vuelta pidiendo cinco pe, o haciendo malabares mientras trastabilla con fuego entre los autos.

Hay que darle 10 pesos al que está con el trapito en la vereda cuando uno estaciona, porque se le antoja dar un servicio que nadie pide y espera que se le de dinero para no mirarlo feo o hacer lo que cualquiera que no da dinero puede imaginar.

Hay que frenar de prepo en las esquinas porque los estúpidos no frenan ni cuando uno va por la mitad.

Quizás uno escribe para no envenenarse, para sobrellevar la decadencia dejándose resbalar en un rezongo verídico pero pasajero. Permitiéndose una curación simbólica, con la ilusión quizás de que se tome nota de lo que está ocurriendo para fomentar rápido un accionar que lo revierta.

Aunque tal vez es tarde para restablecer la normalidad, porque los tontos han proliferado. Y ya están por todos lados.

Cuídense.

Es triste observarlo pero las vicisitudes del alicaído tercer mundo se asientan por efecto de la degradación educativa y cultural, que parece acentuarse de manera innegociable para formar parte de nuestra vida.

Quizás lo importante es recordarnos que debemos rebelarnos y ofrecer batalla.

No nos resignemos a que gane siempre la mediocridad y la idiotez.





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sábado, 3 de agosto de 2019

Lo no dicho


Creo que muchos escritores intentan decir lo no dicho pero es un acto fallido, casi siempre errático.

Tantos años de humanidad parecieran haberlo dicho todo y uno en su intención de lograr decir lo que no se ha dicho falla irremediablemente, según puede suponer o con tiempo quizás constatar.

Decir lo que no fue dicho es un desafío irrenunciable para quien quiere escribir y contribuir cabalmente.

Refritar lo dicho para volverlo a decir con otras palabras o formas, tiene también su mérito y constituye muchas veces un valioso aporte pero radicalmente diferente a quien logra alguna vez ascender a una instancia superior y explicitar lo no dicho.

En mi humilde caso no me resigno al recurrente fracaso y honro la intención de aspirar a decir lo no dicho con el ímpetu de quien busca y sabe que quizás algún día encuentre.

De modo que mis zarpazos sobre la escritura para lograr decir lo no dicho persistirán perseverantemente hasta el final. Porque de lo contrario renunciaría a un propósito legitimo e inestimable.

A la cima de quien intenta escribir.

Creo que cuando uno escribe tiene con frecuencia la sensación de haber arribado a buen puerto. De haber dilucidado algo. O quizás siente que merodeó entre lo no dicho y algo nuevo fue capaz de decir.

Percibe como una suerte de vestigios un logro que en verdad quizás se escurrió entre las manos.

Entonces cobra valor para intentarlo de vuelta.

Pero muchas veces uno también debe reconocer que siente que lo no dicho se ha ausentado y cree que se ha quedado con las manos vacías.

Con el sano consuelo de haberlo intentado.






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sábado, 27 de julio de 2019

¿Qué quiere decir?


A veces me inquieta tratar de dilucidar lo que el otro quiere decir. Suelen ser situaciones donde quien habla se enreda en palabras o pasajes más o menos engorrosos y siempre complejos que insinúan pretender arribar a algún lugar.

Esa manera intrincada y difusa de hablar impone la necesidad de desentrañamiento. Es decir, exige que quien escucha pueda descubrir lo que quiere decir quien habla.

Circunstancia que demanda máxima concentración para elucidar lo que en verdad se quiere decir y no quedar extraviado en supuestos dichos que no se dijeron.

En este tipo de menesteres hay distintas calidades de hispanohablantes. Están los que ejercen la destreza de la lengua y ascienden a la poesía o narrativa elogiable, pero también están los esforzados que creen en embarullar lo dicho para mostrarse como pensantes de mayor complejidad o seres incomprendidos que viven en un nivel intelectual inaccesible para sus semejantes.

Transitan bajo la farsa de que lo que dicen escapa a la capacidad de entendimiento de cualquier distraído que se aprestó a escuchar. 

Si el tipo quiere decir o dice algo tan intrincado, complejo, difuso e inentendible, seguramente el tipo está volando en la abstracción y es razonable que su interlocutor quede extraviado sin comprenderlo. Con la ilusión de que el tipo está en la estratósfera mientras que el pobre diablo que lo escucha vive en el llano sin poder dilucidarlo.

Cuando en verdad, quizás el primero está extraviado en sí mismo. Y el segundo supone que sabe lo que quiere decir, aunque no le entienda básicamente o exactamente qué carajo quiere decir.

Esas situaciones hacen sospechar que en realidad lo que se necesita es que el hombre difuso o extraviado en sí mismo se aclare o desista de la lógica de querer empaquetar al interlocutor de turno. 

Caso contrario pareciera que lo que se requiere no es alguien que escuche, sino alguien que pueda traducir por ejemplo del Español al Español.

Con la única finalidad de facilitar el entendimiento. 

Esto aplica a los seres lingüísticos que parecen extraviados y se valen de la farsa de la complejidad al carecer de contenidos virtuosos. No a quienes en verdad celebran el lenguaje, lo extienden a su máxima expresión y logran regalarnos la destreza de su proceder. 

Porque cuando alguien interviene en el lenguaje con pericia, no solo celebra y enaltece las posibilidades de expresión, abre también los ojos al mundo y a las circunstancias que puedan inquietarlo.

Creo que cada uno por supuesto puede hacer lo que se le antoje y no está mal si algún embarullador de turno se vale de esa burda treta para pantomimizarse y ostentar un lugar de sapiensa que lo excede.

Aunque siempre pienso que la gente está avispada y hace tiempo que descubrió que lo que importa es el valor de lo dicho. Es decir, lo que en verdad se quiere decir.

Quizás por eso detrás de la simpleza se esconde la virtud.





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jueves, 18 de julio de 2019

Parlanchines


Es notable el séquito de parlanchines que pululan por los medios. Los observamos todos aunque en general nunca digamos nada.

Ni los mencionemos, por supuesto. Porque en general no hay ventajas en ganarse enemigos.

Salvo que uno sea uno de esos seres de espíritu peliagudo y cizañero que crea que la agresión personal es una virtud en vez de una degradación del ser humano.

Además, si uno osase mencionar a cualquier fulano, podría estar cometiendo una verdadera injusticia al bautizarlo como parlanchín cuando quizás sea un verdadero pensador que nos abre el intelecto para ver la vida o las circunstancias de otra manera, permitiéndonos en una instancia sutil pero irreversible la sensación de avivarnos o elucidar de un modo que no habíamos percibido.

Así que por estas vicisitudes expresadas bien vale contener el garrote que en sus inicios, debo confesar, tenía la intención de asestar metafóricamente contra algunos políticos que lo explican todo y saben resolver cada uno de los problemas de nuestros pueblos, ciudades, provincias, país y el mundo.

Aunque permítanme un leve desliz...

No voy a decir que hay numerosos políticos que son solo parlanchines. Son también elocuentemente incompetentes, chantas, hipócritas, farsantes.

Vivillos de poca monta que viven a costa de los demás.

Ignorantes impúdicos con pretensión de sabios predicadores del conocimiento que les falta.

Aunque no todos, por supuesto. Hay gente muy valiosa que se juega por sus convicciones y trabaja con el alma por el bien común. Sabiendo que la verdadera prioridad es el otro y no sus bolsillos.

Esos son los políticos que salvan la profesión entre tanta manga de impresentables.

Porque con el espíritu parlanchín no hacen otra cosa que explicar todo y parlotear con la certeza de quien inexorablemente cree que está siempre en lo cierto. Sin sospechar siquiera que puede estar equivocado.

Y determina con la convicción innegociable de quien sabe como son las cosas, y por qué él o ella, han de venir a salvarnos.

Como si todos fuéramos, lisa y llanamente, unos pelotudos.

Perdón.

Unos pelotudos que no nos damos cuenta que la intención preponderante no es salvarnos a nosotros sino salvarse ellos.

En definitiva compatriotas esa sapiencia suprema que se arroga el parlanchín de turno y manifiesta tener todas las soluciones, revela que es un verdadero despropósito que vivamos embaucados en problemas habiendo tantos representantes autoproclamados que tienen las soluciones.

Que están convencidos de lo que se debe hacer para cambiar los despropósitos, arreglar la realidad en cada uno de sus aspectos desbarajustados y corregir por fin de manera irrevocable al mundo decadente.

Es una lástima que los parlanchines lo sepan todo y la realidad se burle sistemáticamente de manera indiscriminada.

Diciendo de algún modo, que no era por acá.

Ni por allá.

Como el parlanchín de turno suele asegurarnos.






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viernes, 12 de julio de 2019

Punto a la i


Hace tiempo que quiero ponerle punto a la i. Amago, intento, me predispongo.

Y cada tanto arremeto.

Aunque a veces titubeando siento que me replego, que la intención fue válida pero fallida.

Debe ser por eso que cada vez que observo a alguien innegociable en su despliegue y vocación por ponerle puntos a las íes quedo absorto.

De alguna manera conmovido.

Celebro al gladiador que va contra viento y marea para acomodar al mundo desacomodado a sus auténticas convicciones.

Y lo hace sin pudor ni medias tintas, entregando el alma.

Dándolo todo.

Cada vez que veo a una persona con esa actitud irrenunciable siento que honra la existencia, que detesta la mediocridad y que muy bien hace en invertir su vida para construir la realidad que justifica su lucha.

Cuando observo a alguien que de manera antagónica a mis circunstanciales pensamientos se mueve con la misma inclinación, dejándolo todo y decidido a puntuar las íes, también siento en ese aspecto el mismo respeto y admiración.

Cosa que por supuesto no me pasa con los pusilánimes, lame botas, alcahuetes y acomodaticios que se visibilizan con tanta frecuencia en distintos ámbitos de la sociedad.

De más está decir que hincho y aliento siempre a los primeros. Los segundos, además de mediocres, suelen ser muy peligrosos.






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sábado, 6 de julio de 2019

Mundo descuajaringado


El mundo está descuajaringado hace rato. Yo y todos los que nos vamos poniendo viejos y observamos con espíritu curioso lo podemos percibir aunque a veces no digamos nada para evitar caer en el espíritu quejoso y gruñón que puede amargarnos la existencia.

Y desagradar a los demás, porque bien sabemos que el ser contrariado y peliagudo, que forcejea con el despropósito y lo revela a cada instante, no solo se agria a sí mismo sino que produce una incidencia negativa en los otros, aportándoles distintas dosis de veneno según el mayor o menor compromiso que tenga con narrar el despropósito.

Porque información nunca le falta.

No hay semáforos en cruces de avenidas. La droga se ve por todos lados. Las cárceles están repletas, sin plazas disponibles. Hay candidatos a legisladores que no solo no fueron a la universidad sino que nunca leyeron un libro.

Nadie le cede el asiento en el colectivo a la viejita.

Entre otras cuestiones de menor o mayor envergadura que podríamos enumerar en un libro o varios tomos entregados por capítulos para fundamentar debidamente lo dicho.

Así nadie se arroga la voz de denunciar que se precisan pavadas inconsistentes sin argumentaciones razonables que las justifiquen.

En síntesis el mundo está desbarajustado y los seres humanos fuerzan con dos intenciones claras.

Los que quieren desbarajustarlo aún más. Y quienes luchan a diario para ordenarlo.

Debemos persuadir para reclutar más adherentes a los segundos, así son muchos más los que proceden a diario para acomodar los desbarajustes.

Y rezongamos mucho menos.




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sábado, 29 de junio de 2019

La contribución


Mi sobrino Felipe cuenta que su amigo Alvarito ha quedado seleccionado y va a ir a jugar a Boca. Dice que no se la cree, que juega muy bien y que ha quedado elegido en las pruebas que hacen los clubes importantes para reclutar jugadores del interior.

-¿Juega muy bien? -pregunto.

-Sí, es muy habilidoso.

-¿Y vos no quedaste?

Yo no quedé -confiesa, mientras se agarra el pelo con cara de resignación y aceptación por la derrota.

-Juega muy bien Alvarito -insiste- y no se la cree. Es como que no se genera expectativas. Quedó pero no se la cree, otro estaría re agrandado.

-No puedo creer -refunfuña mi hermana Carla-, jugar al fútbol qué contribución es, se pregunta mirándonos desafiante.

Estamos todos en la mesa familiar cuando mi hermana evidencia la intención de desencadenar y enseñarnos cómo son las cosas.

De qué se trata la vida.

-Pero todos queríamos quedar -cuenta Felipe.

-Ah no, no. No puedo creer. Jugar al fútbol, qué es eso? Patear una pelota, qué es eso, qué contribución es?

Mi madre, mi padre, mis otros sobrinos, mi hermana chiquita, Gastón, Flavia, miramos sin chistar, mientras mi hermana se mueve alborotada gruñendo entre palabras.

-Yo quiero que mis hijas hagan una contribución -anuncia- jugar al fútbol, eso qué es, es una boludez, una pavada, establece mientras se atropella de palabras para determinar que ella está en lo cierto y quienes la escuchamos con cierta extrañeza estamos equivocados, somos unos pobres estúpidos que no podemos disentir de su filosofía incuestionable. Y no atinamos a abrir la boca, con el único propósito íntimo e indeclinable, de morigerar su desencadenamiento que exige impedir cualquier discordancia.

Carla camina de un lado para el otro, nos mira endiablada y arremete sin condolencias, firme en una postura innegociable contra cualquier disidencia.

La observamos sin abrir la boca, hasta que se produce un silencio.

-Pero el fútbol lo es todo -provoca mi hermano Facundo-. La vida es el fútbol, sintetiza.

Mi sobrino mira, como confirmando la certeza.

-Ah, no. No lo puedo creer. ¿El fútbol? Jaaaa. Mis hijas espero que hagan una contribución mayor que yo. Que sean científicas o aporten algo.

-Mucho no necesitan -digo sembrando cizaña con una sonrisa que certifica que es un chiste.

Mi hermana frena de golpe, detiene sus brazos alborotados, se ríe y dice que hay que inventar una vacuna o algo. Que espera que sus hijas no jueguen al fútbol y hagan una contribución mayor.

Mi sobrino Felipe resiste el embate de la locura, mira desconcertado ante la exaltación de mi hermana. Pero como es más inteligente que todos solo la observa, sonríe, se encoge los hombros como declarándose inocente de culpa y cargo, me mira con complicidad.

Y no dice nada.





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domingo, 23 de junio de 2019

La insana picardía


Primero hay que persuadir las mentes para que luego se produzcan los comportamientos convenientes, los que pueden beneficiar al ser humano y a la sociedad.

Para persuadir las mentes es necesario trabajar en valores, que son reguladores de las conductas. Imprimen de alguna manera los lineamientos que impulsan a obrar a las personas en determinadas sendas.

Si la persona construye valores y los honra, va conformando una identidad y una forma de estar en el mundo. Empieza a ser alguien reconocido para él o ella y para los demás.

Cuanto más obra en concordancia con sus valores, más alineado está su sentir, su pensar y su actuar. 

Sin perjuicios de deslices que quizás la naturaleza contradictoria y errática del ser humano puede manifestar.

Lo cierto es que fomentar valores es importante para producir conductas. Y es por esa relevante condición que se vuelve necesario propiciar los valores más sanos posibles para los seres humanos, dado que incidirán en ellos y en la sociedad en su conjunto.

Lo que ocurre en estos tiempos pareciera ser un estado de confusión, que facilita el extravío y el despropósito del accionar humano. Cada robo, cada asesinato, cada actitud de bajeza que conlleva una intención de perjuicio sobre el otro, cada acción propia de la viveza criolla, revela ese estado de confusión y despropósito que se difundió ganando muchos adeptos.

Es que el camino corto y la posibilidad de lograr objetivos a cualquier precio suele ofrecer resultados. Y los resultados, por más cortoplacistas que sean, son una evidencia indisimulable para persuadir nuevos adherentes.

Cuando alguien logra algo a la vista de todos usando las patrañas que fuera, motiva al resto a obrar igual. Porque el logro del objetivo por más vulnerable y endeble que fuera, es una elocuencia del resultado que incita sin dudas a persuadir al resto a obrar de similar manera.

Con insana picardía.

Podemos apreciar que cuanto menor es la calidad de valores de una persona, mayor es la disposición a obrar con malicia o insana picardía. Por el contrario, cuanto la persona es más formada, o más consciente de la importancia de obrar con bondad, esas posibilidades se vuelven inexistentes.

Porque existe el remordimiento de conciencia y la íntima convicción de que nada es mejor que sentirse bien consigo mismo o cuidar a los semejantes. Por más desconocidos que fueran.

Por más rivales o adversarios que sean.

Es raro que la insana picardía o la voluntad de perjudicar al otro, bajo las formas que fueran, sigan ganando adeptos más allá de los resultados endebles de sus logros. Al largo plazo lo que siempre se evidencia es que a la persona que obra mal, siempre le termina yendo mal.

Eso es así si uno observa con verdadera intención y propósito incluso a quienes en apariencia logran elocuentes resultados accionando de manera insana.

Quienes por el contrario siempre procuran en sus vidas obrar bien, a la larga les va siempre bien.

Es porque la felicidad se esconde detrás de los sanos valores y la paz con uno mismo.

Es bueno que sea así.






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