domingo, 16 de julio de 2017

Los idiotas


Sepan ustedes disculpar pero hace tiempo he llegado a una conclusión. Es que quienes escriben suelen caer en cierto enojo y dejan guiarse por él con la intención de incidir en el mundo para reacomodarlo de alguna manera.

Es una pretensión que puede sonar abusiva, pero es genuina y la impulsa una sana expectativa.

La creencia de que efectivamente la palabra se encargará del mundo, para inquietarlo primero y encauzarlo después.

Por eso más de uno escribe. Y por eso vale la pena escribir.

Y encargarse en cierto momento de temas escabrosos que parecería mejor esquivar pero que en verdad conviene enfrentarlos. Mirarlos de frente para clarificarlos de algún modo y luego encargarnos de ellos con la mayor determinación del mundo y sin el menor de los titubeos.

Caso contrario corremos el riesgo de caer en la actitud acomodaticia de los pusilánimes, que observan cualquier despropósito y atinan por impulso a mirar para otro lado.

Pero no es el caso de quienes a veces estamos presos del enojo y nos dejamos llevar por el espíritu gruñón para poner manos a la obra.

Sepan ustedes que el mundo está repleto de idiotas.

Y ese es el mayor riesgo que estamos afrontando.

No lo duden.

No quiero decir por supuesto que uno está liberado de la idiotez y jamás caerá en la zoncera, porque no es cierto. El ser humano por su propia naturaleza no está exento de honrar la idiotez y desplegarla circunstancialmente como a cualquiera nos puede pasar.

El tema es cuando la idiotez se entromete en el ser y se adopta como una forma de existencia.

Eso es lo preocupante.

Y lo inquietante es que los idiotas no se dan cuenta de su idiotez. Hasta se vanaglorian de ella.

Hay eventos menores que no debieran inquietarnos a pesar de que en ciertos casos los sufrimos. Por ejemplo hace poco fui a un recital de esos que uno puede decir que son costosos, o bien muy costosos. Estaba observándolo todo cuando advierto que en las primeras butacas apenas suena el primer acorde se levanta una mujer. Luego otra.

Y otra más.

Se ponen a bailar desaforadas frente a la eminencia mundial como si estuvieran repentinamente tomadas por un éxtasis irrenunciable.

Alzan las manos, cantan, gritan desaforadas. Y tapan a los pobres espectadores de las filas de atrás. La fila dos, sería. Y lo mismo con la fila tres. La cuatro. La cinco…

Unos segundos bastan para que todos los espectadores que han pagado una fortuna para ver a la estrella mundial desplegando sus habilidades se levanten de sus asientos y persistan, durante todo el recital, parados.

Por culpa del supuesto éxtasis de unas idiotas los pobres ricos espectadores deben ver todooooooooooooo un recital. PARADOS.

Ustedes dirán que no es para tanto, pero esto es tan solo una metáfora de lo que la idiotez puede hacer. Es bueno observarlo para tenerlo en cuenta. Aunque por supuesto más relevante es por ejemplo cuando uno va en la ruta y llega a una curva que no se ve, y observa que un auto de adelante se lanza a pasar a otro para generar el momento propicio del accidente, si es que viene uno de frente. Cosa que no lo sabe, porque no puede ver.

Ahí la idiotez cobra forma de asesinato.

Miren si será importante.

Por eso lo preocupante de estos tiempos no es que la idiotez sea una posibilidad de todos y que cada tanto uno pueda caer en ella. Lo preocupante es la proliferación de los idiotas que están ocupando sinnúmero de roles en la sociedad y que convivimos con ellos en cualquier circunstancia de la cotidianeidad.

De pronto se nos aparecen. De pronto se nos imponen.

Como en la playa o la montaña. Donde suele aparecer un idiota con un parlante o un auto que estaciona justo en frente de ese laguito recóndito que era un refugio de placer y silencio.

Ahí el idiota suele estar convencido que viene a salvarnos a todos y abre la puerta del auto y nos aturde con música, obligándonos a todos a escuchar lo que se le antoja quizás con el sano convencimiento de que está salvándonos la situación y sin advertir en lo más mínimo que su accionar impúdico e improcedente nos hace pensar que es un pelotudo. Un pobre desgraciado que ha venido a arruinarnos.

Y en la playa, pasa lo mismo. Sobre todo desde que no sé a quién se le ocurrió hacer parlantes portables, que estimulan a la gente a andar por playas, plazas, parques, ramblas, etc. Para musicalizarnos a todos e imponernos sus caprichos.

Ya lo verán ustedes pero los idiotas están en todas partes y el peligro es que a veces ocupan lugares relevantes.

Pueden estar manejando un auto, un colectivo. O cocinando. O cargando nafta. O en un quirófano…

¿Qué podemos hacer?

Cada uno sabrá. Pero no nos quedemos de brazos cruzados, porque hay que actuar urgente.

Cuidémonos y no los dejemos avanzar.




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