sábado, 1 de diciembre de 2018

Decirlo todo



Algún día confío que cobraré valor y lo diré todo.

Basta de andar sigiloso, titubeante, con resguardo ante el despliegue de lo que se debiera decir y no se dice.

Llegará el día en que lo diré todo sin restricciones ni condicionamientos. En honor a las palabras, a la relidad.

Al mundo.

Que merece voces poderosas, determinadas, innegociables.

Uno no puede andarse con chiquitas, advirtiéndose a sí mismo que es mejor cuidar las formas, evitar ciertas palabras, decir ciertas cosas o esquivar determinados temas.

Uno debiera trascender esas indeseables delimitaciones, observar el mundo sin contemplaciones y arremeter sin miramientos para nombrarlo con la formas y las palabras que se merece.

Sin medias tintas. Con decisión y coraje.

Por eso celebro cuando veo en los medios algunos espadachines de las palabras que arremeten con todo y se hacen cargo del mundo sin el menor de los titubeos. Con total convicción, en el acierto y en el error.

Pero lo dicen todo.

Y en esas actitudes quijotescas de las palabras luchan por sus ideales y por construir el mundo en el que merecen vivir.

Siendo protagonistas de la historia, en vez de espectadores del acontecer ajeno que incide en forma a veces silenciosa pero siempre sistemática en construir la realidad que luego estos seres valientes pero determinados sobrellevan.

Algún día debiéramos todos ascender a esa instancia de la expresión liberada, para no quedarnos delimitados en una voz que insinúa, inquieta pero no resuelve.

Por eso compañeros, todos, todas y todes, hemos de cobrar coraje, vernos de frente con el mundo.

Y decirlo todo.

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