¿Son ciertas las supuestas verdades?
Algunos las creen, no todos por supuesto.
Siempre advertí un error en general en los libros que se vuelve muy notorio. El autor se esfuerza o bien le sale hacer afirmaciones que parecen inobjetables, pero son siempre observables y cuestionables.
Pueden tener razonables reparos.
Pero la generalización busca asentarse como el agua que va por un canal con un curso definido e innegociable.
Qué metaforita, ¿no?
Digo que la generalización que el autor balbucea o enuncia con todas las letras suele estar media floja de papeles siempre.
¿Por qué?
Muy simple, porque no es una verdad inobjetable. Es una supuesta verdad. Una afirmación presentada como verdad, pero objetable.
Cualquiera puede levantar la mano y decir, pará un poquito. Esto, por esto, por esto y por lo otro, no es tan así.
Obviamente eso no pasa de manera práctica con los libros. Porque si bien el lector puede advertir reparos y cuestionar las afirmaciones del autor, lo que no puede es incidir en ese momento sobre él. La discusión queda encapsulada, solo incide en sí mismo.
No estoy de acuerdo, puede pensar. O esto no es así. Está hablando gilipollas.
Linda palabra.
Pero el autor ni se entera, sigue el transcurso del libro con la misma convicción y ánimo de establecer verdades irrevocables. Como si no existiera la posibilidad de disentir en todo o en parte. Sin tener la humildad de decir, a mí me parece, ustedes verán, creo que la cosa es más o menos así…
Ojo que puedo estar equivocado.
O algo por el estilo.
También la generalización suele usarse como un burdo truco para construir una relación amigable con el autor. Se va de alguna manera entreteniendo una cercanía identificatoria y se genera una onda conveniente entre las partes.
Somos todos de Boca, por decir algo. O de River, según la ocasión.
Pero lo identitario se da hablando de la realidad en sus aspectos más diversos, que el mundo no fue como antes, que la puerta no se puede dejar abierta, que no sé qué carajo pasa con los valores…
Obviamente no hay muchos autores que se evadan de la tentación de generalizar y también de fomentar cierta identificación con los lectores porque si no, no los leería nadie. O los leería gente que fuera más inteligente que ellos. Que estaría dispuesta a pensar por sí misma tomando lo que diga el susodicho para inspirarse y hacerse cargo de sus propias perspectivas o verdades.
Y además le importaría un bledo tener buena onda con el señor o muchachito que escribió el libro que fuera.
Lo que le importaría es pensar a partir de la contribución ajena y apiolarse.
Pero esos son la minoría. La mayoría en el fondo se pregunta: ¿para qué compré el libro si no es para que me diga las verdades, las cosas como son?
Por algo pago, ¿no?
Por este motivo es tan frecuente que se hagan afirmaciones como verdades unívocas en libros.
La mayoría de los lectores, por algo pagan. Quieren respuestas, no preguntas.
Quieren pescados, no que les enseñen a pescar.
Verdades, no dudas.
Indicaciones ajenas, no la responsabilidad de hacerse cargo de las convicciones propias.
Alguien debe decir, debe indicar. Si es por acá o es para allá.
Presumiblemente esto es porque está lleno de niños que no han querido crecer y les cuesta hacerse en verdad cargo de ellos mismos, del riesgo que implica asumir la responsabilidad y las propias decisiones.
De ahí que tantos libros entregan con convicción papilla de mayor o menor calidad.






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