¿Qué ves?
No debe haber pregunta más interesante que esa. O bien más posibilitadora que esa.
Lo de más interesante lo podemos discutir. Y lo otro por supuesto también.
Las generaciones son una farsa.
Cualquiera que las observa con un mínimo de atención lo sabe. O por lo menos cree que es así.
Saberlo, lo que se dice estrictamente saberlo. Estar seguro de manera irrevocable y definitiva, y que la realidad diga una y otra vez que es así, eso tal vez no.
El tipo lo sabe. Punto.
No jodas.
Pero volviendo al meollo del asunto que hoy nos convoca y no sabemos bien por qué, ¿qué ves?, no es una pregunta menor o irrelevante.
Es crucial para definir quiénes somos y la vida que vivimos.
Si no preguntémosle a quien ve imposibilidad y no por todas partes. Ese tipo vive poco o casi nada. No conoce la palabra aventura, riesgo, incertidumbre.
Ni logro.
O conoce muy poquito, lo mínimo de lo mínimo.
Ve peligro por todos lados, los monstruos hoy acechan.
¿Y qué va a hacer?
Se va a quedar quieto, por supuesto. No va a lanzarse en un despliegue memorable para construir vaya a saber qué cosas y qué futuro.
Con esa convicción el hombre no va a crear el celular, el auto, la electricidad, no va a vivir experiencias muy notables.
Más bien va a ir del trabajo a la casa. Y de la casa al trabajo.
Mirando quizás el partidito de fútbol, la serie de Netflix y tomando sus ricos matecitos con la patrona.
Por decir algo.
Nadie dijo que no se pueda ser feliz con una vida tan previsible y rutinaria. Capaz que el tipo prefiere la certeza de lo conocido a la posibilidad de reinventarse o vivir más.
Con regar las plantitas le alcanza.
Y está bien así. Cada uno es quien es y quien elige ser.
Conozco por ejemplo a uno que es feliz con esa vida chiquitita, y cuando sale de ahí se desestabiliza como loco, quiere volver con la mayor urgencia posible.
Pero uno es lo que ve, lo que puede ver, lo que se anima a ver.
Un futbolista profesional y exitoso metió varios goles mucho antes de ponerse siquiera la camiseta.
Lo mismo un empresario que hizo empresas.
O quien logró vaya a saber qué cosas.
Chiquitas o grandes.
No se trata de inventar el avión o la televisión, se trata solo de ver lo que aún la realidad no muestra, no solo para generar el mundo externo sino también para construirnos como personas.
Cuando alguien llega a una instancia que no tenía hay una primera condición que se cumplió con claridad, el primer partido que ganó fue siempre en la mente.
No fue azar ni casualidad, fue el resultado de imponerse en la batalla más crucial que debió librar, la que ocurrió en silencio en su mente.
La que le permitió que el sí le gane al no.
Que la convicción por el resultado derrote las argucias del mundo de las excusas.
Luego se apersonó la realidad.
Como resultado final de esa íntima batalla y como consecuencia del empeño irrenunciable en obtener el resultado que fuera.
Por eso ojito con este tema, porque cada uno termina siendo delimitado y posibilitado por lo que ve.
Nadie da un pasito más.
Hay quienes ven muy cerquita, y sus vidas reflejan su visión.
Y están los que ven más largo, más pretensioso.
También sus vidas los reflejan.
Salvo que uno alucine, pierda el sentido de su realidad y no se entrometa en los desafíos de obrar en consecuencia, comprometerse, construir las habilidades que fueran y trabajar con determinación debida, es muy difícil que lo que ve sea una fantasía.
Más tarde que temprano es su propia realidad.
La filosofía del mate
La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.
Tomamos mate.
Como los uruguayos, y como tantos otros.
¿Por qué lo hacemos?
Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.
¿Cuáles?
La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.
Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.
Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.
Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.
Y así sucesivamente.
Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.
Culpable.
Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.
Damos mate, devuelven el mate.
Pero hay algo más.
Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.
Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.
De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.
Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.
Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.
No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.
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