La filosofía del mate
La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.
Tomamos mate.
Como los uruguayos, y como tantos otros.
¿Por qué lo hacemos?
Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.
¿Cuáles?
La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.
Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.
Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.
Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.
Y así sucesivamente.
Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.
Culpable.
Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.
Damos mate, devuelven el mate.
Pero hay algo más.
Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.
Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.
De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.
Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.
Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.
No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.






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