¿Qué decir?
Creo que la disposición a decirlo todo es afortunada para la liviandad del ser. Favorece la resolución de perturbaciones, fomenta la claridad, elimina rumiaciones inquietantes y también hace justicia.
Esa inclinación saludable es al parecer muy recomendable y en la experiencia demuestra su efectividad.
Doy fe.
Luego existe una suerte de delimitación que emerge por el ojo ajeno.
Uno debería o podría considerarla.
En mi caso tengo siempre cierto recelo a observarla porque creo en la autenticidad, en la espontaneidad y en la verdad, que está más cerca de las palabras que emergen sin vueltas que en los condicionamientos que procuran delimitarlas.
Así que ahí reconozco el riesgo, porque las palabras son como los niños, irrumpen y hacen lo que tienen que hacer, sea políticamente correcto o incorrecto.
Hacen lo suyo, desatendiendo a cualquier normativa o restricción extraña que pretenda imponerse o encauzarlas.
De ahí el problema.
Uno quiere honrar la verdad que está cerca de la autenticidad y la espontaneidad, y el ojo externo de alguna manera exige respeto, sumisión, amoldamiento.
Las buenas costumbres, lo que se puede decir, la forma que debería decirse…
Es decir, la aparición del otro es lo que genera la disyuntiva de evaluar el auténtico despliegue de las palabras o permitir que se liberen sin ningún reparo.
De modo que el otro opera como un intruso que viene a encausar y a poner orden.
Lo cual no quiere decir que se hará su voluntad.
Así que cada uno sabrá qué hacer al respecto, pero creo que las palabras son como hijas del universo que salen a jugar.
A hacer lo suyo.
Por supuesto que las observo, pero obviamente las dejo.
Aunque, a veces, se portan un poco mal.






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