¿Qué opinamos?
El otro día estaba en una cena familiar cuando hice un breve comentario a partir de una situación que había indignado a mi madre.
—No puede ser tan desagradecido —solté de manera espontánea—.
Mi hermana mayor, que oficia de santulona y cree que por ir a misa es más buena que el resto, sin percatarse de que la bondad o la maldad se revela en los actos, saltó como leche hervida desde el otro lado de la mesa.
—No podés decir eso —gritó con el rostro desencajado—, y prosiguió con una catarata propia de enojos contenidos y mal curados, que solo podrían resolverse quizás en un profundo, continuado y comprometido proceso pscicoterapéutico.
—Yo digo lo que pienso —solté—. Mirá si me vas a decir vos si puedo opinar o no —dije con firmeza, por encima de la exaltación de la susodicha, que reclamaba censura por todos los medios al compás de gestos desmedidos que tomaron toda su corporalidad y la abalanzaron sobre la mesa—.
Mi madre, que estaba al lado, saltó como una pipa para decir, de algún modo, que cualquiera puede decir lo que piensa.
—Mirá si no voy a decir lo que pienso, si de chiquito lo digo —reafirmé en pleno conventillo—.
Luego se hizo un silencio memorable y la comida siguió como si no hubiera pasado nada.
Cuando, en realidad, lo que pasó es que, en esos sutiles pasajes de la existencia, la persona está llamada a ser y a sostener su voz para reafirmarse como sujeto.
Y es claro que nadie puede permitirse ser vapuleado por el insano enojo ajeno, cuya intensidad, cuando desborda, encuentra mejor destino en los espacios curativos pertinentes.
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