lunes, 12 de enero de 2026

Un helado para Santino


Santino revolotea feliz por la casa como si fuera el nieto más afortunado del mundo. Tocaron timbre los abuelos Liliana y Raúl.

Corre, revolotea, va de un lado para el otro del patio apenas llegan.

—Raúl, vamos a jugar —dice con la sonrisa de oreja a oreja.

El abuelo se apresta al juego.

—Escondidas —dice Santino.

—Bueno, dale.

Santino se echa sobre la falda de la abuela y empieza a contar. Uno, dos, tres…

El abuelo corretea por el patio sin encontrar un lugar oculto. Se pone frente a la pileta, literalmente al costado de Santino.

Cuatro, cinco…

El abuelo se agacha, pero está totalmente al descubierto.

Seis, siete, ocho.

—Escondete, Raúl —dice Liliana—, impaciente, mientras el abuelo no desiste del lugar, pero se agacha.

Nueve, diez.

Santino levanta la cabeza de la falda de la abuela, da vuelta la cara y lo ve de cuerpo entero al abuelo.

Mira como sin creerlo, la elocuencia lo descoloca.

—Pica —dice, mientras nos mira a nosotros pidiendo con la mirada una explicación.

Todos nos reímos.

Son las 12 del mediodía del domingo en Mar del Plata, el sol está radiante y nada es mejor que salir para la playa.

—Bueno, vamos —informo.

Agarramos mates, masitas, reposeras y perfilamos para el auto.

Se sube el abuelo adelante. Flavia y la abuela atrás. Santino con ellas.

—Pónganle el cinturón —digo.

Se lo abrochan y salimos felices como tanta gente que está en Mar del Plata y va a la playa un día domingo soleado.

Al llegar encontramos a mi amigo Darío con Paola y el adorable amigo de Santi, Antonio. Solo verlos es una alegría, la misma alegría que cualquiera siente cuando se encuentra con buena gente para compartir la vida.

Saludamos, nos echamos en las reposeras y Santino sale con el abuelo a disfrutar la vida. Se llevan la pelota y se van contentos a jugar.

En las reposeras nos quedamos Flavia, Paola, Liliana y el viejo Juan Manuel, que de momento se contiene de agarrar algún librito de los tres que trajo.

Y se enreda en ese momento parroquiano y agradable.

La conversación transcurre sobre el día, la ciudad, las posibilidades de acción cercanas para disfrutar la vida…

Mientras Darío, Antonio, Santino y el abuelo permanecen alejados, sin que supiéramos qué estaban haciendo.

Pasa Rodrigo, que es otro amigo, saluda con la alegría de vernos. Cuenta que está instalado en la sombrilla de enfrente y sigue con Alfonso en brazos. Lleva menos de dos años a cuestas, la cara repleta de arena y el gesto hermoso de esos niños que aún no hablan, pero sonríen cuando te reconocen.

De repente viene Santino que parece muy cansado, detrás, el abuelo, Darío y Antonio.

—Le ganó el helado —cuenta Darío sonriente—. Se lo tiene que comprar.

Santino vocifera que ganó, que el abuelo le tiene que comprar el helado.

Todos miramos a Raúl, que se ríe. Va de un lado al otro entre nosotros.

—El helado, abuelo, el helado —reclama Santino.

Nos reímos, mientras Raúl deambula sin decir nada, cuando todos lo miramos.

—Abuelo, el helado —dice Santino reclamando su premio.

Me quedo piola para ver qué sucede. Santino mira al abuelo, el abuelo mira para otro lado.

Seguimos conversando.

La tarde transcurre de manera inmejorable. Hay sol, gente, la playa extensa y hermosa.

Santino no dice más nada, se va a jugar con sus amigos y con una nena de la carpa de al lado, hasta que llega la tardecita y emprendemos la retirada.

—Vamos al cine, abuelo —dice Santino.

No escucho la respuesta, pero es esperable que vayan. Iban a ir ayer y le dijeron los abuelos que ayer finalmente no, pero que hoy lo llevaban seguro.

Salimos de la playa y llegamos a casa. Santino toma la leche, revolotea por el patio. Se prepara para ir al cine con los abuelos.

—Es muy tarde la película —dice el abuelo.

—Quiero ir al cine, me dijiste que íbamos a ir al cine —dice Santino, dando por sentado que esa noche irá al cine con los abuelos.

—Pero es muy tarde la película.

—Ayer me dijeron que íbamos a ir, vamos al cine —reclama Santino.

—Vayan —intervengo para darle una mano a Santino.

Raúl deambula, no responde. Se aleja y va a ver a Liliana. Vuelven diciendo que es tarde, que se van a bañar.

Santino irrumpe en llanto.

—Me dijeron que ayer no fuimos y hoy íbamos a ir al cine —recuerda con la fuerza de la evidencia—. Quiero ir al cine.

Raúl dice que es tarde, que mejor en febrero cuando vengan los otros dos nietos, que en febrero los va a llevar a los tres.

Santino no entra en razones y llora, está desolado. Sufre la desazón de quien se siente estafado. Se le caen las lágrimas.

Me empieza a doler el corazón, mientras Santino parece desmoronado, arruinado por la decisión ajena.

—Vamos a cenar a algún restaurante al centro —digo.

Ahí los abuelos vuelven, parece que es muy viable la propuesta. Pero Santino llora, insiste en que quiere ir al cine. Que le dijeron que hoy iban a ir al cine.

Solo hay una solución para resolver el tormento. Y todos la sabemos.

—Mejor dejemos la cena para otro día —digo.

Los abuelos se van, Santino se lanza sobre el sillón abatido, mientras se le caen las lágrimas.

Flavia dice que se bañe. Santino no quiere saber nada, es todo llanto, tristeza, desazón.

—Vamos, Santino, yo te llevo —le digo.

—Que se bañe entonces —grita Flavia.

Pero no quiere saber nada con bañarse y sacarse la arena. Yo lucho poco. Tan poco que con los dos primeros gritos desisto y empiezo a cambiarlo.

Santino se entrega, se echa de espaldas a la cama. Agarro el calzoncillo y se lo pongo, sigo con el pantalón, la chomba…

No encuentro pulóver, pero agarro un buzo.

—Listo, Flavia, salimos.

Nos vamos los tres al auto para el shopping donde está la película.

Llegamos al cine con la antelación debida. Cenamos rápido en el patio de comidas y, a la hora de la función, entramos gloriosos en la sala.

Empieza la película y Santino mira absorto. Los pájaros vuelan, todos luchan, es una guerra sin precedentes entre pájaros que vuelan por todos lados.

Cuando pasa algo más de media hora, veo que se tapa los ojos de miedo. Las escenas transcurren con una violencia inusitada. 

Decido aguardar un rato y veo que Santino permanece con los ojos tapados.

—¿Querés que vayamos? —le digo.

—Sí.

Nos levantamos de las butacas. Vamos caminando hasta la escalera mecánica que va al piso de abajo, al patio de comidas.

Y, obviamente, antes de irnos del shopping, Santino toma su helado.


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