miércoles, 4 de noviembre de 2015

Compañero Valentini



Llegamos con Vicente, Guillermo y mi hermano. Apenas entramos vemos a mi padre que nos espera con mi tío en la mesa del restaurant que vamos habitualmente.

Veo de lejos que mi padre levanta los brazos y sonríe en una suerte de señal de bienvenida. Es tal vez un gesto espontáneo que aparece por su vocación de celebrar la vida.

Avanzamos hacia ellos y nos saludamos con la alegría del encuentro. Después nos sentamos a disfrutar del almuerzo.

Mi hermano mayor está a mi lado, mi padre un poco más lejos. Mi tío a la izquierda de mi padre. Guillermo a la izquierda de mi tío. Vicente, a la izquierda de Guillermo.

Yo a la izquierda de Vicente. Mi hermano a mi izquierda.

Salvo ese último detalle, las ubicaciones parecen una ironía del destino.

Alza la voz mi padre para entrometernos en vicisitudes de la realidad actual.

-Nadie sabe las veinte verdades justicialistas –se queja, con tono indignación.

-Los nuevos peronistas son todos truchos –alcanzo a decir con una suerte de bocadillo certero-. Peronistas auténticos como ustedes ya no existen más –remato, para enfatizar el perjuicio y forzar la certeza hasta donde la certeza no llega.

-A quién le importan las verdades justicialistas –interviene mi hermano-. Eso ya fue hace años.

Escucho desconcertado la posición de Facundo. Quedo confundido al ver que discrepa con mi padre.

Vicente mira.

Guillermo no dice nada.

Mi tío observa.

Todos miramos a mi padre.

-Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres –dice.

Salto como una pipa. Eso es inadmisible. Primero los hombres, siempre primero la vida, digo con determinación innegociable.

Enfatizo diciendo que nunca hay que dar la vida por nada, porque primero y ante todo está la vida.

Punto.

Mi padre habla encima. Mi tío observa. Vicente mira. Guillermo no dice nada.

Nos enredamos en esa disidencia innegociable para ambas partes. Sé muy bien que mi padre no resignará la identidad peronista, ni sus veinte verdades, ni el orden de los factores que jamás deberían modificarse.

Primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres.

Sanseacabó.

Me siento tentado a traer el otro tema álgido que es motivado por la filosofía justicialista. Y decir que “combatiendo el capital”, es un error garrafal de la perspectiva justicialista. El capital bien empleado, genera trabajo, desarrolla empresas que ofrecen mejores bienes y servicios, produce infraestructura que mejora la calidad de vida….

No digo nada, pero me vienen algunos recuerdos. La marcha que cantaba de chiquito. A mi padre en el partido justicialista del pueblo. A la gente que lo rodeaba o lo recibía con alegría. Y a mí cantando ese fragmento de la marcha en los actos peronistas de mi pueblo, entre bombos y carteles de los candidatos de turno, cuando tendría siete u ocho años. Todo en actos pintorescos e inolvidables de peronistas convencidos.

-Lo mejor de Perón fue la frase “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”- digo. Pero casi nadie la sabe –afirmo.

Otra vez siento que me dejo tomar por cierto aspecto cizañero y provocativo. Quizás para mover el avispero o tal vez para precisar ciertas percepciones personales que observan aspectos notorios de la realidad actual.

Mi padre vuelve a decir de las veinte verdades justicialistas. Habla de la redistribución del ingreso. Que el capital y que los trabajadores…

Vicente intercede.

-Eso es socialista, cuasi marxista –advierte.

Todos intervienen. Dicen que al peronismo lo integran todos, que tiene distintas ramas. Que van desde la derecha hacia la izquierda. Con matices.

Con movimientos circulares, retóricos. Cambiantes. Contradictorios. Pienso.

No lo digo.

Es el cumpleaños de mi tío y la celebración es interesante.

-Traete champán –le dice mi padre al mozo con cordialidad.

Yo no. Dice mi hermano. Yo no. Dice Guillermo. Yo no. Dice Vicente. Yo no. Digo yo.

-Somos dos, se resigna mi padre.

El y el tío.

La charla sigue animada. Mi tío me llama para conversar un tema que nos compete a nosotros. Me levanto de mi silla. Pongo una silla al lado de él y me entrego a la conversación. Despejamos dudas, urdimos planes, nos notificamos mutuamente de menesteres propios de nuestras existencias.

Viene la cuenta y mi padre quiere pagar indefectiblemente.

Nos levantamos y salimos hacia la puerta del restaurant. Apenas pasamos la puerta dos señores de la edad de mi padre levantan los  brazos y dicen:

-Compañero Valentini.

Mi padre sonríe, devuelve el gesto y se entrega al saludo fraternal.
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