sábado, 11 de febrero de 2017

Las puertas del cielo


Es frecuente que andemos por la vida con ciertos temas que a veces se hacen recurrentes. Vienen a buscarnos y exigen nuestra atención.

Aún cuando procuremos mirar para otro lado.

Uno no sabe bien por qué carajo queda detenido ante ciertas circunstancias o situaciones. Y después de unos días o años vuelve la vista atrás para observarlas.

Debe haber algo particular en el ser humano que le dice, fíjate ahí. ¿A dónde vas? Esperá. Mirá para atrás. ¿Adónde?

Ahí, ahí.

Y uno tal vez por eso se detiene ante la vida, gira la cabeza para atrás y mira.

Yo la veo como si fuera ayer a la viejita catequista sentada en la punta de la mesa de su living, con sus anteojos prominentes y el libro de catecismo abierto de par en par. Mientras mis compañeros y yo la rodeamos en la mesa con la única intención de escucharla con atención.

-No hay que ser tontos, hay que portarse bien acá porque así en la eternidad vamos al cielo.

La señora no se andaba con chiquitas y dejaba las cosas claras, para que no quede la más mínima de las dudas.

Acá había que portarse bien.

Ir a misa los domingos, hacer los deberes de catecismo. No faltar. Y, por supuesto, olvidarse de hacer cualquier fechoría.

Pero, ¿qué puede hacer de malo un niño? No va a ahorcar a la tía, ni escupir al vecino. A lo sumo grita para cumplir sus deseos o se aferra al berrinche para construir su mundo. Lejos de disciplinarlo merece el mayor de los respetos, que un chico se haga cargo de sus verdades honrando su rebeldía es admirable en un mundo repleto de adultos pusilánimes que se doblegan ante sus propias convicciones.

En fin, yo a la señora la apreciaba quizás por su edad o tal vez por el indeclinable compromiso que ponía en su tarea. O, posiblemente, por honrar a rajatabla sus ideas directrices.

No lo sé. Lo que sí sé es que las cosas se ponían claras sobre la mesa y las determinaciones eran innegociables.

Había un cielo. Y había una posibilidad de entrar.

Aunque a decir verdad, uno siempre dudó porque a la razón no la conforma la falta de evidencia.

De ahí que me inquiete que tantas personas se disciplinen detrás del cura párroco o la exigencia de presentarse irremediablemente en la misa del domingo, donde no es poco habitual que en cierto pasaje los trate como unos pelotudos y los rete como a niños.

Es cierto que un número muy significativo va por convicción genuina y porque les hace muy bien.
¿Pero cuántos van en búsqueda de otro objetivo?

Un objetivo personal y mezquino.

De hecho nada me despierta más sospecha que quienes se obsesionan y se pegan al cura del pueblo para seguirlo a sol y sombra. Y congraciarse tanto como puedan.

Siempre sospecho que por algo lo hacen. Y la principal hipótesis es porque quieren ir al cielo.

Quién sabe.

De ahí quizás que se enfervoricen para festejar sus cumpleaños, lo rodeen las viejas y lo llenen de besos, y lo abrumen de regalos en un sutil acto de reverencia, sumisión y agradecimiento.

Yo no creo que esos burdos trucos logren su objetivo, porque si es cierto que existe Dios obviamente que no va a ser tal pelotudo de dejarse embaucar por esas patrañas.

Más bien sería esperable que se sienta ofendido y burlado. Y obre luego en consecuencia, mandándolos a la mierda.

Pero obviamente nadie va a creer que Dios vaya a ser tan hijo de puta. Por eso es esperable que no desistan de la actitud y mantengan el compromiso de aferrarse a los viejos trucos, con la fallida expectativa de que sean vistos como corderos de Dios.

Gente que merece entrar al reino de los cielos, con la puerta abierta de par en par.

En fin, yo respeto siempre las decisiones personales, aunque no puedo evitar inquietarme un poco cuando vislumbro con elocuente nitidez comportamientos especulativos que se hacen con la única intención de empaquetar al todo poderoso.

Y lo digo yo que aún soy católico, apostólico y romano. Aunque tengo contradicciones, porque soy argentino, cada vez creo más en la sabiduría del budismo y hace tiempo que no voy los domingos a misas.

Bien podría decir que soy católico no practicante para adoptar la comodidad de estos tiempos y asumir cierto reaseguro ante el día de mañana.

Lo que seguro no voy a hacer es procurar empaquetar a Dios o embaucarlo, cosa que seguramente me posicionará mejor para llegar al cielo.


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