viernes, 8 de marzo de 2013

Diálogo Intempestivo


Intempestivo quiere decir: “que es o está fuera de tiempo y sazón”.

Eso es lo que establece la Real Academia Española. La entidad que determina hasta dónde van las palabras, cuáles son sus límites y sus acepciones correctas.

Sazón quiere decir: “Punto o madurez de las cosas, o estado de perfección en su línea”. Según también resuelve la RAE.

Eso sí que no lo sabía.

Y acepciones significa: “Cada uno de los significados de una palabra según los contextos en que aparece”.

Aclaro por si hay algún lector despistado y se pierde en alguna palabra.

Entonces, después del traspié incial, que justificó la búsqueda en el diccionario, escribo.

Apunto lo que vine a desplegar. A decir u observar.

Hacer notar.

Creo que en esa práctica se ejerce cierta liberación, que alivia inquietudes o perturbaciones.

Por eso, en parte, escribo.

Me ha pasado participar de diálogos que detesto. Caigo en ellos como quien anda distraído y pisa en falso.

Es decir, sin querer.

O bien, por una decisión externa que se impone.

En la metáfora, un pozo. En el diálogo, el interlocutor.

Esto me pasa con excesiva recurrencia en Pringles, la ciudad del aire puro.

Yo voy desprevenido al intercambio verbal ocasional. Entro a la panadería, la farmacia, la oficina o donde fuera.

Me dispongo al diálogo con la cordialidad de siempre. Y de repente ocurre lo que no debería ocurrir.

Me lanzan preguntas como si quisieran escrutarme.

No es algo que me pasa solo a mí. Sospecho que las víctimas somos todos.

Aclaro.

Esta práctica idiosincrática de mis conciudadanos Pringlenses, creo a esta altura, me ha afectado desde tiempos memorables.

Con lo cual no he podido amoldarme y aceptarla. Por el contrario, me ha despertado siempre el más enérgico de mis enojos.

Liberando, cierta vez, el monstruo que hay en mí.

Eso es lo que me sucedía con reiteración ante ese tipo de hechos.

Es decir…

Yo hablaba como un cortés parroquiano. Del tiempo, de la lluvia, de miles de temáticas.

La otra persona también asistía al juego. Y se involucraba en la conversación.

De golpe, porque siempre es de golpe, el otro pegaba un timonazo al diálogo y preguntaba lo único que quería saber.

Si vivo acá o allá. Si trabajo en tal o cual lugar. Si cobro mucho. Si mi novia…

Hace tiempo que me declaré incapaz de erradicar esa torpeza. Por eso solo me procuré amoldarme para padecerla lo menos posible.

Así que ya no contesto de mala gana como un malevo que sin querer le pisaron el pie.

Ni saco el cuchillo que no sabía, juro que no sabía, pero llevaba debajo del poncho.

No hago eso.

Lo que sí hago es algo más efectivo.

Miento.

Como puedo. Pero siempre con mayor o menor habilidad.

A decir verdad, aún no cuento con la destreza. Y siempre tropiezo entre las primeras palabras que se orquestan en mi respuesta.

Creo que eso hace que se note mucho.

Que me descubran apenas empiezo.

Por eso me encuentro en un proceso de aprendizaje, con el claro objetivo de perfeccionar la técnica.

Contesto breve.

Muy breve.

Para evitar la contradicción y las imágenes un tanto enfáticas y fallidas que suelo desplegar.

Soy conciso. Justo. Preciso.

Muy medido.

Uso la menor cantidad de palabras posibles.

Y disparo.

Tan pronto como puedo.

2 comentarios:

  1. Me resultó muy entretenido e interesante el escrito, me ha pasado de estar en esas situaciones y creo que es una excelente manera de resolverlas. :)

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  2. Bueno, gracias por compartir tu comentario. Saludos!

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