lunes, 29 de diciembre de 2025

¿Qué hacer con la plata?



Todos estamos participando en un juego que tiene sus reglas y posibilita organizar la sociedad de una manera efectiva.


Nos guste o no.


Porque uno podría decir: che, che…


Esperá un poquito. Pará…


¿Dijiste efectiva?


¿A vos te parece…?


Siempre hay alguien que pone un “pero” antes de que uno despliegue el concepto. No alcanza uno ni a balbucear que ya hay que andar explicando lo que ni siquiera se dijo.


Sigamos…


Efectiva porque funciona. Todos trabajan, o casi todos trabajan. Hay productos y servicios en circulación.


Uno va al peluquero, muestra papelitos o hace un clic, o pone tarjeta de aproximación.


Y peluquero y clientes contentos, sin nada que discutir.


Porque el convenio se produjo sin inconvenientes entre las partes.


Después, se va a tomar un helado, y se repite más o menos la situación.


Y así sigue y sigue: junta papelitos, da papelitos.


Junta papelitos, da papelitos.


Salvo que sea uno pijotero. Entonces, en ese caso, la ecuación es también clara.


Junta papelitos, guarda papelitos.


Junta papelitos, guarda papelitos.


No hay peor negocio que el del pijotero, no solo reduce su mundo de posibilidades, sino que se autoflagela con lo económico y lo peor es que, muchas veces, ni lo advierte.


Disculpen el desliz.


La plata está para usarla, no para acobacharla.


Si se quiere jugar el juego de la plata, entonces se puede juntar más plata para hacer más plata.


¿Para qué?


Bueno, cada uno sabrá. Sería pretencioso dictar una verdad definitiva.


Cada uno se puede preguntar y responder para qué quiere más plata.


La plata puede dar mucha más libertad, pero depende de cómo se relacione cada uno con ella. Porque mucha gente que hace más plata también construye mayor esclavitud.


Es un tema de precisión, de habilidad personal, decidir desde dónde relacionarse con el dinero. Que define, en realidad, el criterio propio más conveniente que cada uno elige tomar.


Hay gente que gasta la vida detrás del dinero, y otra que lo domina a voluntad.


Hay que saber calibrar.


Y esas instancias son peligrosas porque, en vez de que la persona use el dinero, suele observarse que el dinero usa a la persona.


Le genera atención, la tiene de aquí para allá. La domina, le exige.


Y, cuando menos lo sospecha, es su súbdito en vez de ser su amo.


Porque termina robándole su libertad y su tiempo.


Por eso hay que saber maniobrar, calibrar. Decir: hasta acá.


Suficiente.


Ojo entonces con la posibilidad de hacernos millonarios.


Si es que queremos ser amos, y no esclavos.


¿Elegimos?


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domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Qué tan vivos estamos?



Buena pregunta.


Vale la pena indagar, profundizar para ver ciertas cuestiones y abrir la posibilidad de tomar decisiones que juzguemos convenientes.


Primero, la pregunta abre.


Dice, de algún modo, morimos ahí.


Dale…


Después está la opción de detenernos y quedarnos paralizados o lanzarnos de cabeza.


¿Qué tan vivos estamos?


Mamita, da miedo solo pensar la pregunta. No vaya a ser que nos encontremos algo moribundos y debamos tomar cartas en el asunto, lo que implicaría desestabilizar el presente para construir futuro.


Decir: bueno, creo que estoy poco vivo, no del todo vivo.

Ajá.


¿Qué hacemos entonces, Juancito? O Pedrito, o José…


¿Está bien así? ¿Te vas a quedar poco vivo, moribundo, respirando?


Viendo la vida pasar.


Fíjate bien, porque la elección es tuya.


Y es cara la comodidad.


¿Pero quién dijo que estamos moribundos o medio moribundos? ¿De dónde sacás esa suposición? ¿Esa pesimista respuesta?


Podemos estar bien vivos. Vivir del todo.


Ser quienes somos y hacer lo que auténticamente queremos,

aun cuando eso implique incomodarnos y abandonar las coartadas con las que sostenemos la vida que hoy tenemos.


Podemos estar viviendo con todo, como Dios manda.


O como cada uno manda.


Es todo un tema, una posibilidad de elucidación personal, primero. Para luego decidir.


En esas sutiles pero cruciales instancias de la existencia, observamos quiénes en verdad somos y decidimos quiénes elegiremos ser.


Si estamos algo vivos o viviendo con todo es una posibilidad de indagación primero.


Y lo mejor, después, es que la respuesta queda en nuestras manos.


Cada uno decide qué tan vivo quiere estar.



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jueves, 25 de diciembre de 2025

¿Hasta dónde defender la identidad?


Es posible que la identidad niegue la inteligencia.


Es algo que se ve con recurrencia, cuando alguien defiende, por ejemplo, lo indefendible a capa y espada, en contra de la elocuencia.


Cuando se llega a ese punto de negación sobre lo evidente, es cuando se decide defender a la identidad y despreciar la inteligencia.


Lo que hacen los fanáticos, por ejemplo.


Renuncian a la verdad, a la posibilidad de aceptar que están equivocados en todo o en parte, y defienden absolutamente todo: los errores y los aciertos. Como si fueran soldados incondicionales de lo que fuera.


Dejando la madurez y el sentido crítico de lado.


Negando cualquier traspié o error que pueda percibirse, dispuestos a transfigurar la realidad para darse la razón.


Cuando se defiende la identidad a capa y espada, se decide asumir la mentira en vez de afrontar la verdad y hacerse cargo de ella.


Cualquiera puede tener la identidad que fuera, pero solo con madurez y aceptación puede honrarse razonablemente.


No es todo idílico y perfecto.


Y reconocer los errores no desacredita cualquier identidad, sino que la honra con un mínimo nivel de madurez. 


Indispensable para obrar con criterio propio y no dejarse atropellar por veredictos o cuentos ajenos.


Porque lo que está bien, está bien. Y lo que está mal, está mal.


Ver todo color de rosas solo puede lograrse si uno está dispuesto a engañarse, creer en impolutos idealismos inexistentes y defender la identidad que fuera de modo burdo, infantil y también irresponsable.


Para obrar de esa manera, hay solo una condición necesaria como imprescindible.


Hay que elegir mentirse.


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viernes, 19 de diciembre de 2025

¿Por qué no nos gusta?



A mí el sushi no me gusta.


Decidí que no me gustaba antes de comerlo.


¿Por qué?


No sé, exploremos.


Me da como cosita, algo así diminuto tan armado, me hace pensar en primera instancia que está muy manoseado.


Dejate de joder.


¿Por qué esa mirada precavida, negativa, represora?


¿Por qué no pensás que pueden hacerlo con la mayor limpieza y cuidado del mundo, usando guantes?


¿Querés probarlo ahora?


No, tampoco, me quedo en el prejuicio. No me gusta, no me gusta para nada el sushi. No pienso dar ni el más minúsculo mordisquito a una pieza de esa naturaleza.


Y no tengo claro si es por la limpieza o por cierta proyección imaginativa que produce la cosita en la persona.


¿Qué decís?


¿Que hay una parafernalia de supuesta imagen de élite que estaría produciendo la cosita, o habría producido la cosita, y sería en muchos casos el movilizador para consumirla, bajo la frase…


¿Vamos a comer sushi?


No seas tan papanatas, querido. Qué estás diciendo. A la gente le gusta el sushi, come sushi, y no hay nada que decir.


Quedate con tus prejuicios y tu parafernalia de explicaciones, que con palabras se puede decir cualquier cosa, cualquier idiotez.


Yo como sushi, me gusta el sushi, y no soy ningún papanatas que dice de ir a comer sushi porque es una forma de transitar las glorietas de las élites.


¿Me entendiste, querido?


¿Quién habla? ¿Quién habla?



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