sábado, 24 de enero de 2026

¿Qué ves?



No debe haber pregunta más interesante que esa. O bien más posibilitadora que esa.

Lo de más interesante lo podemos discutir. Y lo otro por supuesto también.

Las generaciones son una farsa.

Cualquiera que las observa con un mínimo de atención lo sabe. O por lo menos cree que es así.

Saberlo, lo que se dice estrictamente saberlo. Estar seguro de manera irrevocable y definitiva, y que la realidad diga una y otra vez que es así, eso tal vez no.

El tipo lo sabe. Punto.

No jodas.

Pero volviendo al meollo del asunto que hoy nos convoca y no sabemos bien por qué, ¿qué ves?, no es una pregunta menor o irrelevante.

Es crucial para definir quiénes somos y la vida que vivimos.

Si no preguntémosle a quien ve imposibilidad y no por todas partes. Ese tipo vive poco o casi nada. No conoce la palabra aventura, riesgo, incertidumbre.

Ni logro.

O conoce muy poquito, lo mínimo de lo mínimo.

Ve peligro por todos lados, los monstruos hoy acechan.

¿Y qué va a hacer?

Se va a quedar quieto, por supuesto. No va a lanzarse en un despliegue memorable para construir vaya a saber qué cosas y qué futuro.

Con esa convicción el hombre no va a crear el celular, el auto, la electricidad, no va a vivir experiencias muy notables.

Más bien va a ir del trabajo a la casa. Y de la casa al trabajo.

Mirando quizás el partidito de fútbol, la serie de Netflix y tomando sus ricos matecitos con la patrona.

Por decir algo.

Nadie dijo que no se pueda ser feliz con una vida tan previsible y rutinaria. Capaz que el tipo prefiere la certeza de lo conocido a la posibilidad de reinventarse o vivir más.

Con regar las plantitas le alcanza.

Y está bien así. Cada uno es quien es y quien elige ser.

Conozco por ejemplo a uno que es feliz con esa vida chiquitita, y cuando sale de ahí se desestabiliza como loco, quiere volver con la mayor urgencia posible.

Pero uno es lo que ve, lo que puede ver, lo que se anima a ver.

Un futbolista profesional y exitoso metió varios goles mucho antes de ponerse siquiera la camiseta.

Lo mismo un empresario que hizo empresas.

O quien logró vaya a saber qué cosas.

Chiquitas o grandes.

No se trata de inventar el avión o la televisión, se trata solo de ver lo que aún la realidad no muestra, no solo para generar el mundo externo sino también para construirnos como personas.

Cuando alguien llega a una instancia que no tenía hay una primera condición que se cumplió con claridad, el primer partido que ganó fue siempre en la mente.

No fue azar ni casualidad, fue el resultado de imponerse en la batalla más crucial que debió librar, la que ocurrió en silencio en su mente.

La que le permitió que el sí le gane al no.

Que la convicción por el resultado derrote las argucias del mundo de las excusas.

Luego se apersonó la realidad.

Como resultado final de esa íntima batalla y como consecuencia del empeño irrenunciable en obtener el resultado que fuera.

Por eso ojito con este tema, porque cada uno termina siendo delimitado y posibilitado por lo que ve.

Nadie da un pasito más.

Hay quienes ven muy cerquita, y sus vidas reflejan su visión.

Y están los que ven más largo, más pretensioso.

También sus vidas los reflejan.

Salvo que uno alucine, pierda el sentido de su realidad y no se entrometa en los desafíos de obrar en consecuencia, comprometerse, construir las habilidades que fueran y trabajar con determinación debida, es muy difícil que lo que ve sea una fantasía.

Más tarde que temprano es su propia realidad.


La filosofía del mate

La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.

Tomamos mate.

Como los uruguayos, y como tantos otros.

¿Por qué lo hacemos?

Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.

¿Cuáles?

La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.

Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.

Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.

Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.

Y así sucesivamente.

Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.

Culpable.

Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.

Damos mate, devuelven el mate.

Pero hay algo más.

Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.

Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.

De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.

Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.

Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.

No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.


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viernes, 23 de enero de 2026

La filosofía del mate




La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.

Tomamos mate.

Como los uruguayos, y como tantos otros.

¿Por qué lo hacemos?

Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.

¿Cuáles?

La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.

Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.

Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.

Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.

Y así sucesivamente.

Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.

Culpable.

Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.

Damos mate, devuelven el mate.

Pero hay algo más.

Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.

Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.

De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.

Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.

Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.

No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.


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miércoles, 21 de enero de 2026

La redundancia


Hace tiempo que comparto los escritos con la inteligencia artificial para escuchar lo que dice. Suele hacer comentarios precisos y bien fundados. Y suelo discrepar en algunas instancias.

Por ejemplo, el tema de la redundancia.

Más de una vez sugiere amputar lo escrito para sintetizarlo y que sea más filoso, según sus propias palabras.

Pero no quiero ser filoso. Quiero ser claro.

Pienso.

Por lo menos dilucidar los conceptos y perspectivas que procuro compartir. Y proponerlos con elocuente simpleza.

La mayor simpleza de todas.

Tampoco quiero resignar ciertas pretensiones de lo narrativo. El lenguaje tiene una potencialidad estilística, estética, que sería inconveniente despreciar. 

En el trasfondo siempre está la potencialidad artística que puede aspirar cualquier desarrollo aún sin pretensiones literarias.

Resignar la posibilidad de belleza narrativa sería como obstinarse a bailar con la fealdad.

Y cualquiera debería estar dispuesto a bailotear con las más lindas.

Pero este tema de la redundancia me hace recordar a algunos libros que leí. Y que lo que hacían era repetir lo mismo casi en todas sus páginas.

No exagero.

Creo que está mal. Es decir, creo que está pésimamente mal.

No se puede decir lo mismo una y otra vez.

Cada párrafo algo debería agregar. Sea una mayor profundidad, un mayor desarrollo.

Un matiz.

O una idea nueva.

Son dos extremos de una misma problemática. 

La redundancia.

Vamos a empezar a mirarla entonces con mayor cuidado. Porque en el otro extremo está quien repite siempre lo mismo, y ese tipo es en exceso pesado y aburrido. 

Si está viviendo adentro mío, quédense tranquilos.

Lo voy a vigilar de cerca.


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domingo, 18 de enero de 2026

Llenar la cabecita




Yo siempre he llenado mi cabecita de manera abusiva y sistemática.

Sin pausa.

¿Por qué?

Porque creo en la posibilidad de avivamiento que es esencial para que te vaya bien en la vida. Y a mí, como a muchos, quiero que me vaya bien en la vida.

En todos los aspectos relevantes.

Así que desde muy chico no hice otra cosa que llenar mi cabecita con la inteligencia ajena. Leía todo lo que podía, convencido de que en los libros estaba el saber, y me atosigaba a voluntad con contenidos que me aportaban valor.

Todavía recuerdo los viajes que hacía en el colectivo Andesmar que iba de La Plata a mi querido pueblo de nacimiento, Coronel Pringles.

La panzada comenzaba desde el departamento. Agarraba no menos de cinco apuntes de distintas materias de la universidad, que metía directo a la mochila. Luego iba al estante de los libros y agarraba no menos de tres, casi seguro cuatro o cinco.

También agarraba un aparatito para escuchar inglés en mp3. Porque en esa época había un aparato diminuto en el que cargabas los archivos y podías escuchar esos audios.

Escuchaba todo en inglés para practicar y aprender. Así que me taladraba también con eso.

Y cuando llegaba a la terminal de micros de La Plata, compraba. A saber:
La revista Noticias, el diario La Nación, el diario Clarín y la revista Ñ. A veces sumaba Página/12, y los diarios El día y Hoy.

Todo metía con entusiasmo en la mochila que quedaba siempre desbordada.

Luego subía al micro, me ponía junto a un ventanal y comenzaba la panzada.
Pocas cosas me hacían más feliz que ese viaje que duraba como diez horas y tranquilamente podría haber sido interminable, si por aquel entonces hubiera podido elegir.

Lo único perturbador era la música bullanguera que a veces ponía el chofer y hacía que me levante y vaya hasta él para pedir clemencia.

De modo que llenaba la cabecita con la mayor cantidad de contenido que podía absorber, pienso ahora. De ahí que andaba atosigado, desbordado por rumiaciones internas y contenidos interminables.

Iba feliz como un niño repleto de caramelos. 

Solo intercalaba el consumo de contenidos con la vista sobre la ventanilla inmensa que cambiaba el paisaje.

Y debo reconocer ahora que no he desistido del propósito del avivamiento definitivo, que por supuesto aún no llegó.

Si bien sé que no llegará nunca, también debo reconocer que el atosigamiento ofrece sus frutos, uno siente que va dando algunos pasos.

Pero tengo que confesar que a esta altura el avivamiento también se va desplazando.

Por eso, si bien he pensado en reducir la ingesta de contenidos y desacelerar bastante, ni loco me quedo quieto.

Si corre, yo voy detrás.


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sábado, 17 de enero de 2026

¿Caer mal o bien?



Hay gente que cae pésimamente mal y gente que cae elocuentemente bien.


También hay gente que puede estar más cerca de un extremo que del otro.


Los matices.


Pero esencialmente, ya que acabamos de decir algo al respecto, digamos que están los primeros, los segundos y los terceros.


También podríamos decir, dado especialmente que se puede decir cualquier cosa, que en esta cuestión no hay una determinación absoluta. Más bien existe un cierto dinamismo que muestra a los sujetos desplazándose en todo o en parte hacia uno de los extremos, e incluso hacia el medio.


O sea, que habría tres fuerzas. Dos de los extremos y una del medio.


Y que los susodichos, si bien tienen una predisposición que puede ser notable sobre su característica posición en esta cuestión, están inmersos en cierto dinamismo sobre la materia que no los concluye.


No los define.


Es decir, que tiendan a desenvolverse en un extremo no significa que queden fijados allí de una vez y para siempre.


Creo que esta perorata existe para comprender por qué la esposa de un amigo se refirió al susodicho diciendo que siempre cae mal.


Y por qué carajo a ese buen amigo le terminaron dando la peor cochera de todo el balneario.


Situación que podría dilucidarse si uno explora en profundidad este tipo de cuestiones.


Y luego advierte ciertos recursos, trucos y actitudes convenientes, para que quien sufre de este mal y de sus consecuencias tenga la oportunidad de reordenar su manera de ser en la materia y no padecer los perjuicios del caso.


Dependerá obviamente de su voluntad y de su compromiso con esta materia.


Pero, a no dudarlo, puede fundarse un hombre nuevo.


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jueves, 15 de enero de 2026

¿Son ciertas las supuestas verdades?



Algunos las creen, no todos por supuesto.


Siempre advertí un error en general en los libros que se vuelve muy notorio. El autor se esfuerza o bien le sale hacer afirmaciones que parecen inobjetables, pero son siempre observables y cuestionables.


Pueden tener razonables reparos.


Pero la generalización busca asentarse como el agua que va por un canal con un curso definido e innegociable.


Qué metaforita, ¿no?


Digo que la generalización que el autor balbucea o enuncia con todas las letras suele estar media floja de papeles siempre.


¿Por qué?


Muy simple, porque no es una verdad inobjetable. Es una supuesta verdad. Una afirmación presentada como verdad, pero objetable.


Cualquiera puede levantar la mano y decir, pará un poquito. Esto, por esto, por esto y por lo otro, no es tan así.


Obviamente eso no pasa de manera práctica con los libros. Porque si bien el lector puede advertir reparos y cuestionar las afirmaciones del autor, lo que no puede es incidir en ese momento sobre él. La discusión queda encapsulada, solo incide en sí mismo.


No estoy de acuerdo, puede pensar. O esto no es así. Está hablando gilipollas.


Linda palabra.


Pero el autor ni se entera, sigue el transcurso del libro con la misma convicción y ánimo de establecer verdades irrevocables. Como si no existiera la posibilidad de disentir en todo o en parte. Sin tener la humildad de decir, a mí me parece, ustedes verán, creo que la cosa es más o menos así…


Ojo que puedo estar equivocado.


O algo por el estilo.


También la generalización suele usarse como un burdo truco para construir una relación amigable con el autor. Se va de alguna manera entreteniendo una cercanía identificatoria y se genera una onda conveniente entre las partes.


Somos todos de Boca, por decir algo. O de River, según la ocasión.


Pero lo identitario se da hablando de la realidad en sus aspectos más diversos, que el mundo no fue como antes, que la puerta no se puede dejar abierta, que no sé qué carajo pasa con los valores…


Obviamente no hay muchos autores que se evadan de la tentación de generalizar y también de fomentar cierta identificación con los lectores porque si no, no los leería nadie. O los leería gente que fuera más inteligente que ellos. Que estaría dispuesta a pensar por sí misma tomando lo que diga el susodicho para inspirarse y hacerse cargo de sus propias perspectivas o verdades.


Y además le importaría un bledo tener buena onda con el señor o muchachito que escribió el libro que fuera.


Lo que le importaría es pensar a partir de la contribución ajena y apiolarse.


Pero esos son la minoría. La mayoría en el fondo se pregunta: ¿para qué compré el libro si no es para que me diga las verdades, las cosas como son?


Por algo pago, ¿no?


Por este motivo es tan frecuente que se hagan afirmaciones como verdades unívocas en libros.


La mayoría de los lectores, por algo pagan. Quieren respuestas, no preguntas.


Quieren pescados, no que les enseñen a pescar.


Verdades, no dudas.


Indicaciones ajenas, no la responsabilidad de hacerse cargo de las convicciones propias.


Alguien debe decir, debe indicar. Si es por acá o es para allá.


Presumiblemente esto es porque está lleno de niños que no han querido crecer y les cuesta hacerse en verdad cargo de ellos mismos, del riesgo que implica asumir la responsabilidad y las propias decisiones.


De ahí que tantos libros entregan con convicción papilla de mayor o menor calidad.



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