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Porque creo en la posibilidad de avivamiento que es esencial para que te vaya bien en la vida. Y a mí, como a muchos, quiero que me vaya bien en la vida.
En todos los aspectos relevantes.
Así que desde muy chico no hice otra cosa que llenar mi cabecita con la inteligencia ajena. Leía todo lo que podía, convencido de que en los libros estaba el saber, y me atosigaba a voluntad con contenidos que me aportaban valor.
Todavía recuerdo los viajes que hacía en el colectivo Andesmar que iba de La Plata a mi querido pueblo de nacimiento, Coronel Pringles.
La panzada comenzaba desde el departamento. Agarraba no menos de cinco apuntes de distintas materias de la universidad, que metía directo a la mochila. Luego iba al estante de los libros y agarraba no menos de tres, casi seguro cuatro o cinco.
También agarraba un aparatito para escuchar inglés en mp3. Porque en esa época había un aparato diminuto en el que cargabas los archivos y podías escuchar esos audios.
Escuchaba todo en inglés para practicar y aprender. Así que me taladraba también con eso.
Y cuando llegaba a la terminal de micros de La Plata, compraba. A saber:
La revista Noticias, el diario La Nación, el diario Clarín y la revista Ñ. A veces sumaba Página/12, y los diarios El día y Hoy.
Todo metía con entusiasmo en la mochila que quedaba siempre desbordada.
Luego subía al micro, me ponía junto a un ventanal y comenzaba la panzada.
Pocas cosas me hacían más feliz que ese viaje que duraba como diez horas y tranquilamente podría haber sido interminable, si por aquel entonces hubiera podido elegir.
Lo único perturbador era la música bullanguera que a veces ponía el chofer y hacía que me levante y vaya hasta él para pedir clemencia.
De modo que llenaba la cabecita con la mayor cantidad de contenido que podía absorber, pienso ahora. De ahí que andaba atosigado, desbordado por rumiaciones internas y contenidos interminables.
Iba feliz como un niño repleto de caramelos.
Solo intercalaba el consumo de contenidos con la vista sobre la ventanilla inmensa que cambiaba el paisaje.
Y debo reconocer ahora que no he desistido del propósito del avivamiento definitivo, que por supuesto aún no llegó.
Si bien sé que no llegará nunca, también debo reconocer que el atosigamiento ofrece sus frutos, uno siente que va dando algunos pasos.
Pero tengo que confesar que a esta altura el avivamiento también se va desplazando.
Por eso, si bien he pensado en reducir la ingesta de contenidos y desacelerar bastante, ni loco me quedo quieto.
Si corre, yo voy detrás.
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Hay gente que cae pésimamente mal y gente que cae elocuentemente bien.
También hay gente que puede estar más cerca de un extremo que del otro.
Los matices.
Pero esencialmente, ya que acabamos de decir algo al respecto, digamos que están los primeros, los segundos y los terceros.
También podríamos decir, dado especialmente que se puede decir cualquier cosa, que en esta cuestión no hay una determinación absoluta. Más bien existe un cierto dinamismo que muestra a los sujetos desplazándose en todo o en parte hacia uno de los extremos, e incluso hacia el medio.
O sea, que habría tres fuerzas. Dos de los extremos y una del medio.
Y que los susodichos, si bien tienen una predisposición que puede ser notable sobre su característica posición en esta cuestión, están inmersos en cierto dinamismo sobre la materia que no los concluye.
No los define.
Es decir, que tiendan a desenvolverse en un extremo no significa que queden fijados allí de una vez y para siempre.
Creo que esta perorata existe para comprender por qué la esposa de un amigo se refirió al susodicho diciendo que siempre cae mal.
Y por qué carajo a ese buen amigo le terminaron dando la peor cochera de todo el balneario.
Situación que podría dilucidarse si uno explora en profundidad este tipo de cuestiones.
Y luego advierte ciertos recursos, trucos y actitudes convenientes, para que quien sufre de este mal y de sus consecuencias tenga la oportunidad de reordenar su manera de ser en la materia y no padecer los perjuicios del caso.
Dependerá obviamente de su voluntad y de su compromiso con esta materia.
Pero, a no dudarlo, puede fundarse un hombre nuevo.
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Algunos las creen, no todos por supuesto.
Siempre advertí un error en general en los libros que se vuelve muy notorio. El autor se esfuerza o bien le sale hacer afirmaciones que parecen inobjetables, pero son siempre observables y cuestionables.
Pueden tener razonables reparos.
Pero la generalización busca asentarse como el agua que va por un canal con un curso definido e innegociable.
Qué metaforita, ¿no?
Digo que la generalización que el autor balbucea o enuncia con todas las letras suele estar media floja de papeles siempre.
¿Por qué?
Muy simple, porque no es una verdad inobjetable. Es una supuesta verdad. Una afirmación presentada como verdad, pero objetable.
Cualquiera puede levantar la mano y decir, pará un poquito. Esto, por esto, por esto y por lo otro, no es tan así.
Obviamente eso no pasa de manera práctica con los libros. Porque si bien el lector puede advertir reparos y cuestionar las afirmaciones del autor, lo que no puede es incidir en ese momento sobre él. La discusión queda encapsulada, solo incide en sí mismo.
No estoy de acuerdo, puede pensar. O esto no es así. Está hablando gilipollas.
Linda palabra.
Pero el autor ni se entera, sigue el transcurso del libro con la misma convicción y ánimo de establecer verdades irrevocables. Como si no existiera la posibilidad de disentir en todo o en parte. Sin tener la humildad de decir, a mí me parece, ustedes verán, creo que la cosa es más o menos así…
Ojo que puedo estar equivocado.
O algo por el estilo.
También la generalización suele usarse como un burdo truco para construir una relación amigable con el autor. Se va de alguna manera entreteniendo una cercanía identificatoria y se genera una onda conveniente entre las partes.
Somos todos de Boca, por decir algo. O de River, según la ocasión.
Pero lo identitario se da hablando de la realidad en sus aspectos más diversos, que el mundo no fue como antes, que la puerta no se puede dejar abierta, que no sé qué carajo pasa con los valores…
Obviamente no hay muchos autores que se evadan de la tentación de generalizar y también de fomentar cierta identificación con los lectores porque si no, no los leería nadie. O los leería gente que fuera más inteligente que ellos. Que estaría dispuesta a pensar por sí misma tomando lo que diga el susodicho para inspirarse y hacerse cargo de sus propias perspectivas o verdades.
Y además le importaría un bledo tener buena onda con el señor o muchachito que escribió el libro que fuera.
Lo que le importaría es pensar a partir de la contribución ajena y apiolarse.
Pero esos son la minoría. La mayoría en el fondo se pregunta: ¿para qué compré el libro si no es para que me diga las verdades, las cosas como son?
Por algo pago, ¿no?
Por este motivo es tan frecuente que se hagan afirmaciones como verdades unívocas en libros.
La mayoría de los lectores, por algo pagan. Quieren respuestas, no preguntas.
Quieren pescados, no que les enseñen a pescar.
Verdades, no dudas.
Indicaciones ajenas, no la responsabilidad de hacerse cargo de las convicciones propias.
Alguien debe decir, debe indicar. Si es por acá o es para allá.
Presumiblemente esto es porque está lleno de niños que no han querido crecer y les cuesta hacerse en verdad cargo de ellos mismos, del riesgo que implica asumir la responsabilidad y las propias decisiones.
De ahí que tantos libros entregan con convicción papilla de mayor o menor calidad.
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