domingo, 24 de agosto de 2025

¿Cuál es la certeza?


No hay certeza.


Sí, hay certeza.


No, no hay.


Bueno, veamos….


En algunas cuestiones hay certeza y en otras no.


¿Está bien así?


Puede ser, o es. Uno aprieta la tecla y se enciende la luz, o no?


Sí, salvo que esté quemada o no ande la electricidad.


O…


Bueno, pero esencialmente es así. 


¿La pared esa es blanca o negra?


Blanca.


Punto.


En cambio en otras cuestiones la certeza es más escurridiza, anda como evadiéndose y nunca puede atraparse por completo.


Mirá vos.


¿A qué te referís?


A cuestiones más de disyuntivas existenciales. Tomo este trabajo o el otro. Me voy a vivir acá o allá. 


Es esa señorita o la otra muchacha.


Qué sé yo, probá y fijate. No te vas a quedar resolviendo las cuestiones existenciales en el enrosque cabeceano.


Soltá la cabecita y agarrá la realidad.


Y ahí vas viendo.


Tranquilito, pero atento. 


Fijate qué sentís, si estás contento, qué te dicen las emociones. 


Qué expresa el cuerpo.


A dónde están en verdad las ganas.


Dónde querés quedarte y dónde es mejor que huyas cuanto antes.


En definitiva, quién sos auténticamente.


Eso se resuelve más confrontando con la realidad que indagando en la reflexión, que obviamente puede servir para orientar pero no define.


Más bien puede paralizar y embaucar. Darnos la razón aunque no la tengamos.


Es como una presunción, en el mejor de los casos.


La experiencia es quien lleva la batuta y te dirá si es por ahí o es mejor frenarse, doblar en la esquina o lanzarse a algún firulete.


Vaya uno a saber.


Pero certeza, lo que se dice absoluta certeza. Certeza unívoca e infalible.


No.


Esa, en ese tipo de cuestiones, siempre se le escapan a la cabeza y con suerte y atención las atrapa la experiencia y el corazón.


Suerte.






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sábado, 2 de agosto de 2025

Yo pensaba…



No sé por qué pensaba tanto, pero bueno, yo pensaba.


Mucho pensaba.


¿Y qué pensaba?


Bueno, pensaba una cosa y la otra. Daba vueltas, analizaba. Observaba cierta información, ciertas cuestiones y ahí me embarullaba en un proceso de pensamiento que me tomaba a veces por completo.


Y sí, pensaba.


Iba al cine por ejemplo y en vez de centrarme en la película, ¿qué hacía?


Pensaba.


Siempre estaba en el medio de vericuetos desafiantes que me parecían clave desentrañar para tomar las decisiones adecuadas y construir la mejor realidad posible.


O lograr lo que quería lograr.


Por eso pensaba.


Era para encontrarle la vuelta a los vicisitudes de la vida. Para ser quien uno quería ser, hacerse cargo de la potencialidad que fuera y construir la realidad que quiera.


No ser sujeto azaroso de fuerzas extrañas que determinan a las víctimas.


¿Y cómo me fue? 


No sé, más o menos bien, creo.


Esta cuestión es crucial y súper importante. El pensamiento estratégico es un recurso de inestimable valor.


Funcionar a modo descocado sería la antítesis, nada recomendable. Es como aceptar que la realidad acontezca en vez de hacerla acontecer.


Pero ambos extremos son malos.


¿Por qué?


Porque el pensamiento estratégico no debe invadir la vida arrebatando el presente que fuera.


Tiene que tener su espacio propicio, su momento y su lugar.


Si se entromete molesto en las circunstancias que fueran del presente, lo arrebata tristemente y en vez de vivir lo que estamos viviendo nos expulsa de la realidad.


Así que por esto es que hace tiempo que lo valoro y lo quiero pero lo tengo cortito. 


Cuando viene a sacarme del presente le digo, pará un poquito.


Quedate ahí, quietito.





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viernes, 13 de junio de 2025

¿Conviene tener más o menos?

 


Ah, buena pregunta.


Uno se hace preguntas con la intención de encontrar respuestas.


No para joder.


Se indaga porque detrás de la pregunta existe la posibilidad de descifrar cuestiones relevantes que pueden por ejemplo definir su existencia.


¿Conviene tener más o menos?


Tener una respuesta infalible y definitiva parecería ser una pretensión desmedida. Arribar a una precisión más o menos razonable que conforme puede ser algo esperable.


Lo primero que se me ocurre es que la elección está en el ser. Uno puede elegir tener menos o más.


Y puede buscar su propio equilibrio. No hay respuestas unívocas para todos.


Por ejemplo he notado que personas inseguras están inmersas en carreras que procuran tener siempre más de manera al parecer insaciable.


Primero una cosita, otra cosita, alguna cosa, otras cosas, muchas cosas.  Cososas. Cosotas….


Cuando menos lo esperan están desbordados de cosas y si no las manejan con la destreza de quien disfruta de las cosas innumerables, quedan embrollados en ellas, desbordados, consumidos en los tiempos que demandan preservarlas.


Esclavizados por ellas.


Agobia de sólo pensarlo, sobre todo porque con un par de cosas se puede ordenar el juego, andar livianito por la vida y ser feliz.

 

Cada uno sabrá dónde encontrar el equilibrio.


Atentos.


En mi caso la mochila no quiero que sea para nada pesada.


Lo cual no quiere decir que sea totalmente despojado y milite la mochila vacía. 


Es necesario tener donde dormir, algo para comer, y al menos una manta para no pasar frío, por metaforizar algo. 


Y también por supuesto unos pocos papelitos para que el capitalismo no imponga restricciones y no cierre implacablemente sus puertas en nuestras caras.


Vinimos sin cosas, nos vamos sin cosas.


Quizás el desafío es saber disfrutar y usar bien las cosas para que las cosas no terminen usándonos a nosotros.


Más importante que ser pobre o rico es ser libre y vivir la vida con liviandad.







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viernes, 16 de mayo de 2025

¿Qué queremos lograr?



A mí me pasa últimamente que no se me ocurre qué quiero lograr, debe ser porque ya lo logré todo.

Chiste.

En mi país creerse exitoso es un pecado capital. Es casi un mandamiento hacerse el boludo, mostrarse decadente y en lo posible pobre.

Bien pobre.

Es como que un pobre vale más que un rico. Y es visto a todas luces con mejores ojos.

Es el culto al fracaso, la debilidad, el no logro.

De ahí que tantos actúan como carmelitas descalzas.

Será por eso que inconscientemente desde algún recóndito lugar de la profundidad de mi ser hay algo que me dice, che flaquito así está bien. ¿Qué más querés, vo? Quedate Piola.

Ojo que las cosas esclavizan.

Obviamente no soy rico ni nunca quise ser rico. Mi relación con el dinero esencial es tener lo suficiente como para hacer lo que se me antoja sin privaciones y esencialmente vivir en libertad.

Es decir, no estar haciendo esto o lo otro de prepo todos los días. Si no es por ahí. 

Y a esa posta de aparente libertad ya llegué hace años. Por no decir que me las ingenié para residir esencialmente de alguna manera toda la vida en ella. Aunque siempre uno en este país por más que se desangre trabajando siente que está en el borde de la cornisa. Que los gastos lo persiguen sin miramientos y que si afloja un poco tropezará, caerá en la desgracia y el castillo de naipes que edificó con tanto esfuerzo quedará derruido por no decir completamente arruinado.

Así de mala onda y pesimista es el tipo que está agazapado en mi interior y cada tanto pide pista para salir.

Donde le das pie el hombre se da manija y elucubra las desgracias que más o menos con cierta racionalidad puede fundamentar.

Yo lo escucho poquito, porque siempre algo de verdad trae. Pero el tipo es un exagerado, mala onda, catastrófico y esencialmente una mala influencia.

Te intoxica.

Por eso lo callo apenas insinúa aparecer y por eso se mantiene agazapado y al acecho. No jode.

Decía entonces que rico no soy y pobre tampoco.

Estoy en un perfecto equilibrio.

Ser rico me generaría muchos problemas que no quisiera tener, y ser pobre sería la peor de las decisiones que alguien podría tomar. Porque es honrar la debilidad, la impotencia y el fracaso. Vivir en la precariedad y en la penuria.

Cualquier persona que trabaja no es pobre.

Y ser pobre no es ninguna virtud.

De hecho los elogios a la pobreza son una farsa perversa que debería ser erradicada. 

Quienes los balbucean suelen ser los mismos que se aprovechan de ella.

Amén.





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