Las preocupaciones
Cuando alguien va al médico suele recibir enseguida las preguntas básicas, que al parecer son relevantes para la salud.
¿Fumás?
¿Tomás alcohol?
¿Tenés estrés?
No, no. No.
Tengo preocupaciones, que esencialmente creo que son la trastienda del estrés.
Debo confesar que durante muchos años la cabeza me jaqueó a mí.
Estaba embrollado vaya a saber en qué situaciones, disyuntivas o circunstancias que obnubilaban mi atención y me robaban impunemente el presente.
La cabeza estaba dominada por un mundo externo que la guiaba a voluntad.
Porque quedaba subsumido en una suerte de acertijos que desafiaban desentrañarse para salir airoso del tormento que fuera o del objetivo que quería lograr.
Si tuviera que ser más preciso y elocuente en la franqueza, podría verme en una sala del cine Abasto viendo una película de principio a final y no sabiendo absolutamente nada de lo que vi, de qué trataba la película o lo que fuera.
Todo por estar embrollado en pensamientos escabrosos y enredados que exigían mi atención y que me resultaban impostergables por la relevancia de los temas que fueran.
El tema sería siempre discernir el precio que le asignamos a las preocupaciones.
¿Qué tiempo es razonable dedicarle a tal o cual preocupación?
Tener esa precisión permite que el presente robado sea un espacio razonable para resolver las encrucijadas que fueran.
No sé, me parece.
Seguro, seguro, no estoy.
Si estuviera, no escribiría para dilucidar quizás las respuestas más cercanas al acierto.
¿Qué hacer entonces con las preocupaciones?
Eliminarlas en lo posible. O al menos reducirlas.
¿Cómo?
Bueno, pensemos. Si supiera, no me estaría haciendo estas preguntas ni estaría embrollado en este tipo de meollos.
Cuando uno tiene respuestas lo suficientemente convincentes, funcionales y efectivas, no se detiene a explorar lo resuelto.
¿No?
Creo que no es tan fácil reducir las preocupaciones, pero hay un truco que últimamente estoy probando y creo que ayuda un poco al menos.
Hackear la cabeza.
¿Cómo?
Mirá, yo hago lo siguiente. Siempre estoy con algo que perturba, que preocupa. Algo que me resulta relevante y que afecta mi cotidianeidad.
Como creo en el pensamiento estratégico y en la virtud de la razón, me dispongo a análisis estratégicos, como tirar del hilo de un ovillo e ir desenredándolo.
Y sí, me abrumo un poco.
O bastante.
Pienso para eso, para desenredar la madeja y dejar de algún modo la vida ordenada, en calma, con buen curso.
Entonces lo que pasa es que quedo atolondrado dándole vueltas a la cosa. Y como encima soy obstinado en el propósito, no aflojo fácil y no cedo.
Al punto que la activación basal no me deja dormir fácil o me despierta de golpe en plena noche.
¿Qué basal?
Es la activación mental. Al parecer el sistema nervioso sigue trabajando a pesar de que nos vayamos a dormir, siempre que la mente quede enquilombada.
¿Cómo eliminar entonces las preocupaciones?
Hackear la cabeza es un truco. Es como meter la cabeza en otra cuestión, otra circunstancia. Y eso se hace como sea, yendo a practicar un deporte o lo que fuera, metiéndole información de otro tipo para sacarnos del mundo que nos tiene tomado y meternos en otros mundos fuera de las preocupaciones.
Eso creo que un poco resulta.
Después lo otro es simplificar.
Pero eliminarlas, la verdad que no sabría.
Por eso, si quisiera eliminar definitivamente las preocupaciones, debería aceptar primero que es un objetivo pretencioso y que solo podría aspirar a reducirlas.
De momento apenas si logro podarlas un poco.
Y nada más.
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