sábado, 3 de octubre de 2026

El futbolista agazapado


Ustedes no van a creerme, pero pasé décadas sin jugar al fútbol. Lo que fue tal vez un error estratégico proveniente de la propia preservación de un supuesto futbolista habilidoso y gambeteador que vive dentro mío.

Yo dejé el fútbol porque evito problemas evitables que pueden transformarse en problemas relevantes. Y porque, soy en parte, mal pensado o pesimista en algún aspecto.

Imaginaba a un gordo enceguecido arruinado por presuntas humillaciones propias de mi gambeta que se lanzaba sin contemplaciones sobre mis piernas para propinarme terrible guadañazo.

Y no.

No quería saber nada con una eventual quebradura propia de esa malicia que en verdad es una descarga quizás en parte comprensible de presuntos enojos propiciados por esquives, caños y gambetas.

Y el gordo, aunque no existió, actuó como un fantasma decidido a ajusticiarme y arruinar en un acto innecesario y decidido mis enflaquecidas patitas que en verdad dan lástima y que ante las patadas endiabladas ofrecen más dudas que certezas.

También creo que en su momento me espantaron las agresiones, los maltratos y las peleas de supuestos futbolistas frustrados que se creían Maradona sin advertir sus limitaciones. Tipos maleducados capaces de hacer trampa, recurrir a picardías insanas o maltratar al otro con tal de ganar a toda costa.

Pienso eso porque algo hay que pensar para darse explicaciones, sobre todo cuando uno tiene disposición a la racionalidad y aún es tan iluso de presentir que todo puede ser razonablemente explicado.

Sin percatarse de que las explicaciones en general son embusteras y, como dicen una cosa, podrían muy bien decir cualquier otra y salir igualmente airosas como si hubieran entregado la única respuesta posible.

Cuando en verdad cualquier respuesta puede ser atendible y posible y dejar conforme a las inquietudes que fueran.

Pero lo cierto, muchachos, es que la semana pasada volví a las canchas dejando salir de mí al jugador que llevo dentro y participando no solo de un partido, sino de dos partidos.

Y no fue en cualquier partido chapucero. Volví al fútbol jugando con un par de jugadores memorables de mi querido Boca Juniors que bien supieron hacer historia y meter terribles golazos en sus épocas de gloria.

Y, como si fuera poco, metí además dos goles.

Sí, señores, dos goles así como me ven con las piernas bien flaquitas y este cuerpito más propio de alguien que bien podría estar tejiendo en vez de jugando al fútbol.

Y digo más, señores…

Me entusiasmé tanto con retomar el fútbol después de dos o tres décadas que hace un mes me alisté en el entrenamiento del barrio.

Y no solo eso.

En cierto momento me tiró terrible centro otro viejo cuarentón o cincuentón y, ¿qué hice yo, señores?

¿Qué hice?

Me lancé de palomita.

Y le di con la cabeza al arco como si al viejo que represento le hubiera importado un comino reprimir al joven jugador habilidoso que llevo dentro.

Que cabeceó, y en ese sutil e inesperado acto, hizo historia entre los viejos futboleros del barrio.


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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Me gusta


No recomiendo nada porque sería una intrusión en el discernir del otro.

Una brusca manera de decidir por él o por ella.

Diciéndole por acá o por allá.

A pesar de que a uno lo inviten cada tanto con la pregunta, ¿qué te parece que debería hacer?

Asumir la responsabilidad de decidir, sería la mejor respuesta.

¿Por qué se creen que los buenos profesionales no dan indicaciones ni directivas, y jamás asumen la decisión del otro?

Porque la vida es compleja, querido. Y por más convicción que tengan, no van a pisar el palito de hacerse cargo del asunto para exponerse luego a la posibilidad de que luego venga el susodicho o la susodicha y diga…

¡Culpa tuya!

No querido, ningún profesional de la salud mental, coach ontológico y presumiblemente cualquier otro parlanchín respetable y más o menos avispado va a decidir por el consultante.

El paso en falso siempre está al acecho porque más de uno quiere que el otro le aporte la decisión correcta. Pero ese paso jamás hay que darlo, sobre todo si uno no quiere hacerse cargo de las consecuencias de la decisión que fuera.

Ajenas, por supuesto.

Y si bien no sé por qué emergió toda esta perorata, presumo que es porque iba a decir que está bueno recibir me gusta en Facebook, Instagram o donde sea.

Yo me dejaba llevar por cierto espíritu renegado que desistía del juego, bajo el marco teórico autoformulado que me decía…

Está bien Juancito, que no te pongan un puto me gusta te fortalece. Quiere decir que no sos un debilucho que mendiga aprobación.

Quiere decir que hacés lo tuyo y te hacés cargo, sin importarte un bledo la mirada del otro.

Además, Juancito…

¿Además qué?

Diluís el ego querido, y te mantenés distante de la posibilidad de ser un títere de tu propia vida.

Y ahora dicho esto, diré lo otro.

Me gusta que me pongan me gusta, es como una caricia, como una aprobación.

Un guiño de la buena onda.

Constituye la antítesis de la actitud mezquina y pijotera del fracasado y resentido, que en vez de valorar a cualquier otro prefiere hacerse el boludo y evitar poner me gusta para quizás exorcizar vaya a saber qué éxito ajeno.

Quizás por eso yo pongo me gusta sin mayores restricciones.

Celebro la vida y el éxito del otro.

Y admiro a los exitosos, a los que suelen darle con un caño.

Así que cuando alguien me pone me gusta en la publicación que sea, creo que es de mi estirpe y celebra hasta el más irrelevante éxito ajeno.

Me gusta esa actitud.



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viernes, 18 de septiembre de 2026

Se publicó mi nuevo libro: 50 - Que los cumplas muy feliz



Queridos lectores de La Guarida:

Quería contarles que se publicó mi nuevo libro, 50 - Que los cumplas muy feliz.

Un regalo inspiracional para quienes asumen la valentía de construirse como personas.

Espero que sea una sana y positiva influencia para quienes lo lean.






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sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Para qué escribo?


Bueno, no sé por qué uno espontáneamente se arrincona.

Se pone contra la pared.

Se autoimpone explicaciones últimas y definitivas que quizás no tiene, puede intuirlas o sospecharlas en el mejor de los casos.

Para decir esto es, sanseacabó.

Son intentos de precisión más o menos acertados y más o menos fallidos.

¿Por qué escribo?

Qué sé yo, por qué. Tal vez porque me sale escribir. Quizás hay una dimensión ajena que susurra en silencio y necesita algunos parlanchines para manifestar esto y lo otro.

Y los parlanchines nos entusiasmamos como si fuéramos parteros de algo que insinúa nacer y facilitamos la aparición.

Qué sé yo, se pueden decir tantas cosas. Que quizás se podrá escribir hasta un libro para explicarse, justificarse, entender vaya a saber por qué uno hace lo que hace.

¿Es necesario explicarlo todo?

¿Para qué?

Bueno, me pregunto.

Porque si hay alguna dimensión extraña e insondable que lleva a actuar, por qué no entregarse a su despliegue en vez de refrenarla con inquisiciones quizás inoportunas.

Somos lo que hacemos. Y quizás somos en verdad más cuando no nos cuestionamos lo que hacemos y dejamos ser naturalmente lo que somos.

Pero cada tanto se interponen preguntas.

¿Para qué?

Para desarrollar conciencia, buscar congruencia. Andar impecables y ordenados por la vida.

¿Bien derechito?

¿Sin contradicciones, zigzagueos ni volteretas?

Me pregunto. Siempre me pregunto, para encontrar respuestas razonables que de alguna forma concluyan la inquietud.

O la apacigüen al menos.

Para no andar de alguna manera como inquieto o molesto. Como si alguna ropa en cierto lugar del cuerpo estuviera molestando.

Escribo para ajustar el mundo desbarajustado, es cierto.

Y para ajusticiar lo injusto, sin miramientos, a veces con irrefrenable decisión y con intención deliberada.

Porque si la cotidianidad ofreció un hecho torcido, bien vale la escritura para acomodarlo.

Hacer justo lo injusto, y saldar las cuentas.

Escribo para elaborar emocionalidades y especialmente para liberarme de las pretensiones ajenas y de mí mismo, porque siempre en algún punto estoy maniatado.

Así que forcejeo, busco la punta de la soga, tiro y desenredo.

No es fácil, es cierto.

Llevo tirando y desenredando desde hace décadas. Pero aún no me desato.

En el fondo creo que escribo para procurar un avivamiento tan prometedor como esquivo, que consuela con destellos de elucidaciones efectivas.

Y escribo porque creo en las palabras para construir el mundo y el ser humano.

Somos la realidad que nos acontece por los pensamientos que transitamos y las palabras que ejecutamos.

Es mentira que el mundo se nos presenta y simplemente lo atestiguamos.

Creo que escribimos porque con las palabras lo elaboramos.

Por eso también escribimos.

Por eso parlanchineamos.


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miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Por qué intentar convencer al otro?


Hay quizás un desarrollo importante de ciertas personas en esta cuestión.

Digo así porque por supuesto no voy a andar hablando de mí para que otro lea y piense, mirá este fanfarrón, de qué se las da.

¿A quién le ganó?

Por eso quizás uno, que sería en este caso yo, se cuida y dice al pasar que hay ciertas personas más desarrolladas con esta cuestión.

Lo que quiere decir que no solo no se conmueven por la mirada, opinión o asunción discordante con su mirada, sino que la respetan, la toleran, pueden convivir sin enojarse con ella.

Y, es más, no hacen el más mínimo esfuerzo por incidir para modificarla y producir ciertos ajustes que se acerquen a su perspectiva.

A su mirada.

Si uno piensa A y el otro piensa B. Quien piensa A, en vez de convencer al otro sobre la conveniencia de pensar A y enojarse a la vez porque piensa B, lo deja tranquilo pensando B y experimentando los perjuicios o beneficios que pensar B consecuentemente le genera.

Ahora bien…

Frenemos acá.

¿Por qué uno quiere convencer al otro de que piense similar a uno y encima suele ser frecuente que se enoje si piensa muy distinto o diametralmente opuesto?

Pensemos.

Puede ser en primera instancia porque el primer susodicho está algo inseguro en verdad de lo que piensa y necesita saber que sus cimientos son sólidos y no tan endebles como si sostuviera una estantería con clavos flojos.

Por decir algo.

Y también puede ser porque en ciertos casos, si el otro desacuerda con su postura, puede generar una fuerza que atente contra sus propios intereses y termine manifestándose en la realidad.

Votar a este o aquel.

Y lo peor, que si sigue por ese lado sosteniendo esa mirada, no solo lo votará él sino que trabajará indirectamente para que lo voten todos sus amigos, familiares, etc.

Por decir otra cosa.

Pero el ejemplo es circunstancial, no se reduce a una votación, sino que el concepto apunta a todas las vicisitudes que puedan presentarse sobre las temáticas que fueran.

Y para concluir y no seguir a las vueltas, bien vale preguntarse cuándo es preciso convivir con el díscolo y dejarlo tranquilo.

Y cuándo vale la pena ofrecer batalla y luchar por compartir lo que uno cree que es la luz ante la oscuridad.

Claro que si el otro es testarudo, terco y se las sabe todas, es preferible hacerse el distraído o dejarlo aferrado a sus propias certezas.

Es preferible que viva quizás equivocado a que se enemiste con nosotros por el solo hecho de pensar diferente.



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sábado, 5 de septiembre de 2026

¿Vivir para siempre?


Hace mucho escribí algo sobre el tema en Infobae. Ahora vuelvo con la inquietud. 

No es que vuelva caprichosamente sobre temas que ya debería haber sintetizado y haberme sacado de encima mediante conclusiones convincentes. Es que hay temas que merecen problematizarse quizás eternamente porque esas conclusiones pueden ser tan esquivas como cambiantes.

Y no está mal si uno advierte que el tema es relevante o significativo, como este.

¿Vivir para siempre?

Estaba en un asado con un grupo de nuevos amigos que valoro y aprecio. En cierto momento no sé por qué surgió algo que me hizo abrir la boca.

Y como es de esperar, la abrí con la elocuencia de quien quiere decir lo que quiere decir, sin rodeos, sin insinuaciones, sin sutilezas.

Con todas las letras.

Dije que era muy posible que en unos años se pudiera vivir para siempre.

Comenté que hacía tiempo se había publicado un libro llamado La muerte de la muerte y que se estaba avanzando mucho en esa dirección.

Y dejé en claro que si algún día morir fuera una elección, yo elegiría seguir viviendo.

Fue ahí cuando los comensales de alguna manera se inquietaron y según mi percepción en algún punto se enojaron.

¿Por qué?

Porque creo que ninguno quería vivir para siempre. Era para ellos un desatino, una posibilidad presumiblemente fantasiosa y una inconveniencia a todas luces.

¿Por qué?

Por ejemplo Darío decía que sería un embole, que si uno viviera eternamente dejaría todo para después.

Obviamente lo escuchaba con atención. Y por supuesto respetaba su postura convencida e innegociable, sin el menor interés en modificarla.

Solo balbuceé que en mi caso eso no me pasaría, porque podría transitar innumerables vidas, ser esto y lo otro. Vivir acá o allá, practicar quién sabe qué deporte que ni siquiera conozco.

Y seguir disfrutando la vida.

Todos escuchaban con atención junto a la parrilla en el patio de la casa y se percibían decididas reticencias.

Andrew por ejemplo presentó sus reparos con bastante convicción, al igual que Ezequiel, a quien la posibilidad de la eternidad pareció suscitarle un repentino enojo. Maxi, mientras tanto, parecía reflexionar en silencio ante las discrepancias.

Todos parecían concordar con la idea de que era un verdadero despropósito vivir para siempre. Y que era mejor morirse al fin y al cabo.

No pude estar más en desacuerdo y me quedó cierta incomprensión sobre el tema.

¿Morirse? ¿Para qué?, pensaba.

En mi caso prefería vivir, porque siempre me queda algo por hacer y ciertas realidades estimulantes para generar.

Además, otro reparo que se presentó entre los apreciados parroquianos era que no disfrutarían para nada de vivir con los achaques de la vejez.

Sobre eso sí intervine y dije que la idea no es vivir avejentado, con dolores y achaques. La intención es vivir como si fuéramos jóvenes toda la vida, con salud.

Y comenté que había empresas de multimillonarios que estaban logrando avances considerables para revertir el envejecimiento y generar la posibilidad de vivir eternamente.

Fueron lindos intercambios que precedieron a un memorable partido de truco, donde Sergio y Gustavo mostraron en mi opinión la destreza de jugadores destacados.

Era imposible dilucidar si estaban mintiendo o diciendo la verdad.

A las dos de la mañana emprendí el regreso a casa. Y a los pocos días Santiago mandó al grupo un video donde se mostraban los avances científicos sobre ese tema que había ocupado un pasaje de la agradable velada.

Fue ahí cuando puse:

—☝️ Muy bien Santiago, eso demuestra que debieran escucharme con mayor atención. 😁

Todos nos reímos, y presumiblemente todos quedamos pensando en el tema.

Lo cierto es que respuestas en general no tengo, apenas ciertas provocaciones para pensar que pueden ser más o menos efectivas.

Y convenientes.

Porque si uno advierte presuntas verdades puede decidir su destino.

¿Y si en verdad son nuestros hijos los que tienen la alternativa y nosotros no?

Puede ser. Difícil de precisar.

Tan difícil como precisar por qué alguien quisiera morirse si en ciertos casos incluso no cree en nada y está convencido de que morimos y no pasa nada.

Nada de nada.

Una verdadera desgracia, pienso. Aunque no lo sé.

Nunca lo sé.

¿Vivir para siempre?



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