¿A quién le ganaste?
Yo paso desapercibido, me camuflo y ejerzo de don nadie.
Nada detesto más que me digan, presentate.
Es como ponerme contra la pared y afirmarme la espada en el pecho.
Me cuesta evadirme y hago lo que puedo, pero de alguna manera siempre me escapo.
Hasta que por ahí llega alguna pregunta intrusiva y difícil de esquivar.
En esos casos a veces demoro un instante la respuesta y la ofrezco como una suerte de rendición. Porque si bien la posibilidad de elucubrar alguna mentira me entusiasma, quizás por la intención literaria, al mismo tiempo me resulta filosóficamente inaceptable.
Sería como ejercer de farsante y asumir la posición del chanta.
Gratis encima, sin mayores beneficios, más allá de pasar inadvertido y ejercer de don nadie.
¿Qué quieren que haga o que diga?
¿Que hice esto o lo otro?
¿Que estuve acá o allá?
Cualquier respuesta podría facilitar la asunción de etiquetas y dejarme apresado en síntesis que para lo único que sirven es para arrebatarme la libertad y encarcelarme en el prejuicio que fuera.
Ser nadie tiene la virtud de aceptar la liviandad del ser, situándolo en una libertad difícil de cercenar.
Además, seamos sinceros, uno no puede andar diciendo que hizo esto y lo otro. O andar sacando a relucir vaya a saber qué pergaminos.
Uno es lo que es, la verdad del ejercicio que hace en el momento presente.
Aunque no le alcance al otro para determinarlo y quede con la intención fallida de precisarlo.
¿Para qué carajo quiere precisarlo?, me pregunto.
¿Para tener cierta previsibilidad sobre el otro que siempre tiene la posibilidad de zafarse?
Cada uno es quien es, o quien puede ser, en el momento presente.
Y si quiere autorretratarse también está bien, pero a mí me incomoda hacerlo.
Porque quizás no me interesa ganarle a nadie. O tal vez jamás a nadie le he ganado.
Con suerte si a veces logro ganarme a mí mismo. Porque a decir verdad lo habitual es que empate.
Pero tener que presentarse y decirle al resto que uno es tal o cual, quizás sea en el mejor de los casos un chamuyo más o menos cierto y más o menos mentiroso.
Porque además, convengamos, si somos sinceros. Si somos realmente precisos con la existencia y nos hacemos cargo de las dimensiones verdaderas del ser, acá no hay reyes ni mandarines, ni poderosos que se la saben toda o manejan el mundo a voluntad.
Cuando se escruta al ser en su esencia, lo encontramos en todos los casos en la misma situación.
Desnudo.
Porque tal vez esencialmente no somos nadie, si dejamos de lado de alguna forma las pantomimas o todo lo que orquesta a la persona para dotarla de valor aparente.
Y a veces también sustancial.
Con lo cual entonces pensándolo bien, o problematizándolo un poquito, quizás no estaría tan seguro de creer que no somos nadie.
Porque todos siempre somos alguien.
Hasta los que luchamos por pasar desapercibidos.
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