viernes, 17 de julio de 2026

¿La mano de Dios?


Pocas cosas despiertan más alegría y felicidad que los goles que la selección mete en el mundial.

No es de extrañar.

Se trata de matar o morir.

Y los argentinos queremos vivir y salir airosos. No podríamos sostener la convicción mayoritaria de que somos los mejores si caemos derrotados y terminamos moribundos en un partido mundialista.

La desazón para el típico argentino sería intolerable y la profundidad de su tristeza insondable.

Estaríamos en verdad circunstancialmente arruinados, transitando una depresión insoportable.

¿Todos?

No, pero un número significativo.

Hasta a mí me pasa que no podía nombrar al inicio del torneo más de dos jugadores de la gloriosa selección.

Messi y el Dibu.

Los otros muchachos son seguramente los mejores del mundo, pero los fui conociendo en el transcurrir de la competencia.

Y en conjunto hacen méritos más que suficientes para ganar cada partido.

Sin cesar ante cualquier infortunio, dejándolo todo hasta el segundo final.

Es difícil explicar esa pasión argentina tan única como auténtica.

Es imposible transferir la emocionalidad que los argentinos de pura cepa experimentan con el triunfo y la derrota.

Hasta yo, que no soy un típico integrante de la estirpe futbolera, me sorprendo viviendo la felicidad más memorable y absoluta o la desgracia más intolerable de todas.

Me veo en un video sacándome la camiseta y festejando como un loco desenfrenado ante el segundo gol contra Inglaterra, en un bar repleto de argentinos.

Hay un gen argentino que me hace suponer que por eso siempre el universo nos da una mano.

Porque creo que no existe otro país en el mundo que viva el fútbol como lo vivimos los argentinos.

Y no existe felicidad más mágica en toda la humanidad que hacer que Argentina gane el mundial.

Por eso sospecho que Dios se pone nuestra camiseta.




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lunes, 13 de julio de 2026

Las preocupaciones


Cuando alguien va al médico suele recibir enseguida las preguntas básicas, que al parecer son relevantes para la salud.

¿Fumás?

¿Tomás alcohol?

¿Tenés estrés?

No, no. No.

Tengo preocupaciones, que esencialmente creo que son la trastienda del estrés.

Debo confesar que durante muchos años la cabeza me jaqueó a mí.

Estaba embrollado vaya a saber en qué situaciones, disyuntivas o circunstancias que obnubilaban mi atención y me robaban impunemente el presente.

La cabeza estaba dominada por un mundo externo que la guiaba a voluntad.

Porque quedaba subsumido en una suerte de acertijos que desafiaban desentrañarse para salir airoso del tormento que fuera o del objetivo que quería lograr.

Si tuviera que ser más preciso y elocuente en la franqueza, podría verme en una sala del cine Abasto viendo una película de principio a final y no sabiendo absolutamente nada de lo que vi, de qué trataba la película o lo que fuera.

Todo por estar embrollado en pensamientos escabrosos y enredados que exigían mi atención y que me resultaban impostergables por la relevancia de los temas que fueran.

El tema sería siempre discernir el precio que le asignamos a las preocupaciones.

¿Qué tiempo es razonable dedicarle a tal o cual preocupación?

Tener esa precisión permite que el presente robado sea un espacio razonable para resolver las encrucijadas que fueran.

No sé, me parece.

Seguro, seguro, no estoy.

Si estuviera, no escribiría para dilucidar quizás las respuestas más cercanas al acierto.

¿Qué hacer entonces con las preocupaciones?

Eliminarlas en lo posible. O al menos reducirlas.

¿Cómo?

Bueno, pensemos. Si supiera, no me estaría haciendo estas preguntas ni estaría embrollado en este tipo de meollos.

Cuando uno tiene respuestas lo suficientemente convincentes, funcionales y efectivas, no se detiene a explorar lo resuelto.

¿No?

Creo que no es tan fácil reducir las preocupaciones, pero hay un truco que últimamente estoy probando y creo que ayuda un poco al menos.

Hackear la cabeza.

¿Cómo?

Mirá, yo hago lo siguiente. Siempre estoy con algo que perturba, que preocupa. Algo que me resulta relevante y que afecta mi cotidianeidad.

Como creo en el pensamiento estratégico y en la virtud de la razón, me dispongo a análisis estratégicos, como tirar del hilo de un ovillo e ir desenredándolo.

Y sí, me abrumo un poco.

O bastante.

Pienso para eso, para desenredar la madeja y dejar de algún modo la vida ordenada, en calma, con buen curso.

Entonces lo que pasa es que quedo atolondrado dándole vueltas a la cosa. Y como encima soy obstinado en el propósito, no aflojo fácil y no cedo.

Al punto que la activación basal no me deja dormir fácil o me despierta de golpe en plena noche.

¿Qué basal?

Es la activación mental. Al parecer el sistema nervioso sigue trabajando a pesar de que nos vayamos a dormir, siempre que la mente quede enquilombada.

¿Cómo eliminar entonces las preocupaciones?

Hackear la cabeza es un truco. Es como meter la cabeza en otra cuestión, otra circunstancia. Y eso se hace como sea, yendo a practicar un deporte o lo que fuera, metiéndole información de otro tipo para sacarnos del mundo que nos tiene tomado y meternos en otros mundos fuera de las preocupaciones.

Eso creo que un poco resulta.

Después lo otro es simplificar.

Pero eliminarlas, la verdad que no sabría.

Por eso, si quisiera eliminar definitivamente las preocupaciones, debería aceptar primero que es un objetivo pretencioso y que solo podría aspirar a reducirlas.

De momento apenas si logro podarlas un poco.

Y nada más.



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jueves, 9 de julio de 2026

¿Qué más podemos comprar?


Es productivo procurar dilucidar la relación que tenemos con el consumismo.

Al advertirla posibilitamos sostenerla o modificarla de acuerdo a la decisión estratégica que cada uno juzgue conveniente.

Habrá quien la acentúe, quien la deje esencialmente igual y quien tal vez decida reducirla poco o mucho.

Pero solo podemos calibrar con eficiencia esa relación si construimos cierta conciencia para abordarla.

Si no lo hacemos, quizás no pase demasiado. En vez de calibrar nosotros la relación con el consumismo, el consumismo ejerce ese trabajo o nos dejamos llevar como nos sale.

Algunos de las narices.

Otros sin siquiera inmutarse.

A pesar de que el capitalismo buscará siempre persuadir, entusiasmar y generar la necesidad para motivar finalmente la compra del chirimbolo que fuera.

Porque está este.

Está aquel.

Y también el modelo plus.

O el alta gama.

Y no estoy diciendo que por usar la palabra chirimbolo sean estrictamente chirimbolos degradados que carezcan de valor.

Hay señores chirimbolos que entusiasman a cualquiera.

Pero usar esa palabra quizás advierte para evitar caer en las redes del consumismo y andar comprando con obsesión desenfrenada lo que se cruce en nuestro camino.

Porque el mundo está plagado de chirimbolos que no necesitamos. Son tantos que muchísimos ni siquiera sabemos que existen.

Quizás también convenga recordar que, en realidad, no compramos solamente con dinero.

Compramos con tiempo.

Con el tiempo de nuestra vida que invertimos para conseguir aquello que compramos.

—¿Qué te metés vos en el asunto si no es tu problema?

Me digo.

Y, no sé, disculpen. Soy quizás curioso y me interesa todo lo que pueda tener una incidencia de cierta importancia en la vida.

Estoy lejos de las redes del consumismo, es cierto.

Pero veo que a muchos los lleva de las narices.

Y me inquieto, ¿qué quieren que haga? 

Porque si no estoy alerta y me descuido, me lleva a mí también.



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domingo, 5 de julio de 2026

La inseguridad personal


La inseguridad personal tiene que ver con la duda genuina sobre la valía de la persona.

Por oposición, la seguridad es la aceptación de quien uno es, asumiendo sus debilidades con la misma madurez que asume las fortalezas.

El inseguro vive en un estado de duda sistemática sobre sí mismo.

Por eso suele estar mirando al otro y procurando demostrar que es mejor.

En todos los aspectos imaginables o por imaginar.

Vive mirando al costado y necesita de algún modo convencerse de que es superior mientras que al mismo tiempo se esfuerza en demostrar que el otro es inferior.

Cuanto más insegura es la persona, mayor suele ser la necesidad de demostrar que es el mejor o supera al otro en lo que fuera.

El tema es que, por inmadurez, se aferra a la necesidad de imponerse como sea hasta en las cuestiones más ridículas.

Corro más rápido, por decir una de las tantas pavadas que atiende.

Aunque una precisión estructural mayor sería demostrar que es más avispado, valiéndose de las irrelevancias que fueran para procurar demostrarlo.

Pero en el fondo el empeño es posicionarse por encima del otro mientras hace el mismo trabajo para posicionarlo como tontuelo.

Porque la comparación funciona así.

Por eso el inseguro no solo procura posicionarse él, sino también degradar al otro.

La persona segura, por oposición, se desentiende de la comparación y su energía se orienta a su propia vida.

Si el otro corre más rápido, bien por él.

Si es más vivillo, buenísimo.

Está absolutamente desentendido de mirar al otro para compararse.

Sabe que siempre habrá alguien que lo supere en algo.

Asume así el principio de realidad, con la madurez necesaria para transitar la vida.

Al inseguro, en cambio, suele desestabilizarlo hasta la más ínfima nimiedad donde advierte que el otro lo ha superado.

Algo que ocurre con mucha frecuencia.

Lo sé muy bien.

Gracias a mi hermano, que me lo enseñó durante toda la vida.




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viernes, 26 de junio de 2026

Lo que vi


Yo diría lo que vi si no fuera porque no puedo contarlo.


En realidad, no solo lo diría, sino que lo precisaría con una elocuencia notable para que no queden las más mínimas dudas. En una suerte de definiciones que se vuelvan lisa y llanamente inobjetables.


Que al mismo tiempo impidan siquiera abrir el juego para que alguien procure osar decir cualquier otra cosa.


Al diablo con las interpretaciones abusivas.


Por distorsivas, mentirosas y embusteras.


Son un burdo y recurrente cuento. Solo sirven para excusarse y autohabilitarse cualquier relato que tiene cierto aire de verdad, pero nunca se ajusta a la realidad.


Es una disociación insalvable. Cuesta creer que genere tantos adeptos y que, encima, se le otorgue a ese cuento interpretativo una cuota de honorabilidad, como si por ser una elaboración propia que refiere al hecho mereciera el mayor de los respetos.


¿Por qué?


Si la interpretación está desalineada en todo o en parte con la verdad, más que ser respetada debería ser observada.


Objetada.


Como diciéndole, un poquito está bien.


Pero, ¿a dónde va?


¿De dónde saca eso?


No puede decir cualquier cosa bajo el pretexto de que usted interpreta como se le antoje lo acontecido.


No.


No.


No.


Bueno, como poder puede.


Pero debería hacerse cargo de lo que dice.


De sus supuestas verdades, elucubraciones.


Delirios.


Siempre que la interpretación disienta de manera brusca con la verdad.


Porque si usted tergiversó lo acontecido de manera excesiva y dice lo que dice como si fuera cierto, valiéndose de lo sucedido para elaborar su propio cuento…


Hágase cargo.


Porque si bien usted puede interpretar lo que se le antoje, la realidad es la realidad.


Y lo que ocurrió es lo que ocurrió.


Lo digo yo que lo viví.


No lo que usted elaboró desde sus más íntimas fantasías.


Hay un único relato cierto.


Es el que terminó cuando ocurrió la realidad.


Las palabras corren siempre el riesgo de ingresar al territorio del chamuyo.


Sepan disculpar las interpretaciones abusivas por ponerlas en su lugar.



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