lunes, 13 de abril de 2026

¿Por qué abandono antes de empezar?



Creo que en algún punto voy retrocediendo.


Pero no estoy seguro.


Abandono antes de empezar.


¿Qué quiere decir eso?


Que tengo la intención de ir a una actividad y me entusiasmo como para averiguar para comenzar. Luego estoy decidido a ir.


Sin mayores dudas.


Y cuando llega el día me aparece una nueva certeza…


No quiero ir.


¿Qué pasa conmigo?


No lo sé exactamente, estoy indagando. Aunque algo sospecho. Y es esencialmente lo que presumiblemente nos pasa a todos, o nos pasa a muchos.


Para no ser tan efusivo ni determinante.


Porque cualquier afirmación que se arroga la generalización, para lo único que sirve es para que sepamos que no es certera. Además de abusiva.


¿Por qué entonces desistir antes de ir?


Porque la libertad abre un mundo de posibilidades y porque presumiblemente el presente que tenemos horas antes de la actividad que fuera es superior, más interesante, o más disfrutable.


O bien, si se computa costo de ir con beneficio, esa condición necesaria para sacarnos de la situación en que estábamos en procura de la situación nueva, no justifica las molestias que significan llevar nuestro cuerpo hasta el lugar que fuera para vivir una experiencia que en términos generales no nos aporta mayor valor al que tenemos.


Si no se entiende, lo intento decir de nuevo.


Ir a la nueva actividad implica una molestia que no tenemos. Si donde estamos en el presente estamos bien o muy bien, exigimos con razonabilidad que esa molestia implique un beneficio mayor a quedarnos donde estamos. Y si ese porcentual que podemos llamar primero compensatorio y luego retributivo, no asciende a ciertos niveles exigibles y razonables, nos sentimos desalentados a iniciar el trayecto que sea para llevar a nuestro cuerpo a tal o cual lugar, y resolvemos quedarnos donde estamos disfrutando las circunstancias que nos acontecen, porque en esencia no constituyen un valor menor que la presumible circunstancia futura, y son equiparables o superiores a esas experiencias que en principio resultaron interesantes y suficientemente motivadoras, para que averigüemos y sintamos el verdadero deseo de asistir.


Si esa ilusión del beneficio futuro que reportaría la experiencia empieza a cuestionarse, por la imposible certeza que significa corroborar el resultado sin ir, la duda de asistir se agiganta y se observa con mayor claridad el beneficio de la situación actual que persuade con más elocuencia la conveniencia de quedarse en el presente antes que aventurarse a un futuro prometedor pero bastante impreciso, que no garantiza que tal experiencia sea en verdad superior a las circunstancias en las que estamos.


Creo que por esto y no por otra cosa abandono antes de ir.



Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.


Leer Más...

domingo, 5 de abril de 2026

El árbol caído



Es increíble cómo están siempre al acecho un montón de personas esperando con el hacha afilada al árbol caído.

Muchas veces los árboles son firmes y no hay tormentas que los derriben.

Pero otras veces, aunque parezcan bien arraigados y firmes, están un poco endebles, y tarde o temprano corren verdadero riesgo de caerse.

Cuando caen, están listos.

No hay nada que se pueda hacer.

Son momentos de éxtasis para los leñadores que arremeten con furia sin las más mínimas contemplaciones.

Estaban deseosos, urgidos, desesperados por ver esos árboles en apariencia gigantes, desplomarse y quedar patituertos.

No se puede dejar de observar la penosa desgracia del árbol que supo relucir, estar en el pedestal de su impecabilidad y luego derrumbarse de un momento para el otro ofreciendo una suerte de resistencia que es incapaz de evitar el desplome.

Y tampoco se puede dejar de observar a los leñadores tomados por un deseo de aniquilarlo sin contemplaciones y con saña, como si hubieran esperado toda la vida ese momento histórico que les resulta excitante.

Pareciera que detrás del disfrute inocultable los leñadores se regodean sin advertir la perversidad que significa gozar con el sufrimiento del otro.

Mientras tanto el árbol que supo ser robusto no recibe otra cosa que hachazos memorables.

Y los leñadores no reprimen su furia ni tienen templanza, quizás porque no advierten que el desgraciado de turno tiene familia, hijos, o es quizás un buen hombre que se dejó caer en las consecuencias de las indebidas tentaciones.

Las situaciones de los árboles caídos ocurren con cierta frecuencia y para tener un criterio propio y preciso convendría detenerse a pensar sobre el caso en particular para asumir una posición justa y no una síntesis prefabricada y decidida por quienes se arrogan la facultad de hacer justicia y ejercen la profesión de indicar con el dedo una y otra vez.

¿Qué tan grave es lo que hizo?

¿Cuál sería la penalidad justa que debería recibir?

¿Hay que matarlo?

Todo esto de los árboles caídos es un loop recurrente de la condición humana, que se refleja en las más disímiles circunstancias.

Están los árboles fuertes y robustos, que tienen raíces bien firmes y que difícilmente caigan.

Otros en cambio no están tan bien arraigados, los primeros vientos los desafían. Y si se desatan temporales se derrumban sin remedio.

Es triste que el ser humano sea ser humano y se equivoque. Sobre todo si fue un paladín de la impecabilidad.

Y es triste también que los leñadores no paren de ajusticiarlo.

Pero tengamos algo muy claro…

El éxito, aunque muchas veces fugaz, nunca lo perdonan.


Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.


Leer Más...

domingo, 29 de marzo de 2026

¿Pensamos?


El pensamiento es un recurso estratégico de inestimable valor.

Y es esencialmente el causante iniciador de la realidad que vivimos y de la persona que construimos.

¿Estás seguro?

Bueno, seguro, lo que se dice seguro, segurísimo. Es decir seguro, seguro, seguro…

¿Diría que en un 90?

¿95%?

Porque si estuviera 100% seguro creería más en el capricho que en la inteligencia. Y si la duda no tiene siempre un resquicio por donde ingresar se impone la terquedad a la lucidez. 

Pero, ¿es el pensamiento o la imaginación la iniciadora de la realidad posible venidera?

Buena pregunta, de la misma estirpe.

Pensándolo bien, o intentando pensarlo bien, el combo es mejor. Pensamiento + imaginación.

O tal vez más ordenado, imaginación + pensamiento.

Partimos de ahí para que las posibles realidades se creen.

El avión, por ejemplo. El televisor.

Sí, sí. 

Sin imaginación, sin pensamiento no aparecerían por arte de magia las realidades que ahora vemos.

Alguien lo imaginó, alguien lo pensó.

Y no solo eso, alguien creyó que era posible. Aunque para ser más preciso, no creyó, sino que estaba absolutamente convencido de que iba a ser posible.

En ese punto, no dudó del resultado.

Lo visualizó, lo creyó, y no paró hasta que lo hizo.

Aunque detractores le dijeran que estaba loco, que era imposible, que iba a fracasar.

En fin, todo lo que podemos ver por ejemplo ahora con voluntad del hombre fue imaginado y pensado.

El sillón, la ventana, el aire acondicionado, la luz…

De manera que nuestras posibilidades futuras como logros y como personas, están condicionadas por la calidad y las pretensiones de nuestra imaginación y nuestros pensamientos.

Y luego obviamente está el genuino compromiso con el accionar correspondiente.

Si se quiere que la realidad en verdad se manifieste. 

Porque enroscar la cabeza con imaginación y pensamiento, es algo bastante más sencillo que vérselas con las dificultades que implican las concreciones.

No sé ustedes, pero yo creo que me quedaría un ratito pensando en esto. 

Porque el mayor tiempo debería usarlo poniendo manos a la obra.



Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.


Leer Más...

martes, 24 de marzo de 2026

El conventillo



De alguna manera cada tanto me encuentro siendo testigo de una suerte de conventillo que se autogenera a partir de los parroquianos de turno. Puede emerger desde cuestiones insignificantes hasta hechos realmente significativos.

Muchas veces solo observo. Y si me intereso en el asunto, azuzo. Me gusta encender la mecha o aventar la brasa para que se genere fuego o trasunte en la explosión.

Lo inesperado es quizás una búsqueda para saber que de alguna manera estamos vivos. Que no todo es previsible. 

Que mañana no será igual que ayer.

Por eso ante la inminencia del conventillo me mantengo atento y expectante. O bien fogoneo para que se produzca de una buena vez y con brutal elocuencia.

Me ha pasado, debo reconocer, que algunos parroquianos merodean algún tema espinoso y lo hacen con un sutil cuidado. Propio de quien no quiere entrometerse en problemas ni azuzar a las fieras.

Cuando advierto esa delicadeza y la presunción de no pisar ninguna mina para que explote, tomo el toro por las astas y arrincono al susodicho. Para que en vez de resguardarse detrás de lo que insinúa y no dice, se manifieste con todas las letras.

Es como que lo insto a pasar al frente y decir a viva voz lo que presumiblemente decía pero no podía determinarse con claridad. Abriendo la posibilidad de que lo que se entendió era algo sugerido que no fue claramente explicitado.

Así que si alguien quiere decir algo, no celebro los rodeos ni me acomodo al decir no dicho, lo insto a que hable con voz grave y salga del modo precautorio, que se sintetiza en quien no quiere pagar el precio de hacerse cargo de lo que quiere decir.

Así que cuando advierto una insinuación de alguien que dice lo que sugiere decir, pero no lo dice como si fuera una persona madura, responsable, que es capaz de hacerse cargo de sus palabras, ahí yo le digo que diga lo que quiere decir.

Porque no celebro los rodeos ni me acomodo al decir no dicho. Lo insto a que hable y se haga cargo.

Y si no se anima, mejor entonces que se quede callado.

Porque si vamos a vivir que sea con elocuencia. Con determinación y protagonismo.

Es preferible un buen conventillo que residir en falsos buenos modales.



Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.


Leer Más...

domingo, 22 de marzo de 2026

No es de extrañar…


No es de extrañar que Perico haya hecho lo que hizo.


De él no se puede esperar otra cosa.


Ya sabemos cómo es Perico.


¿En serio?


No lo creo, disculpen, pero me permito dudar.


Que Perico haya sido Perico no garantiza que Perico seguirá siendo Perico.


Eso depende de él, principalmente, y de su voluntad.


Y también, de fuerzas externas que tal vez no controle e irrumpan para sacar desde dentro de su ser vaya a saber a qué Perico.


Quizás un Perico desconocido hasta para él.


Además, habría que puntualizar que no tiene por qué reducirse a quien fue por trayectoria y antecedentes.


Podría rebelarse de sí mismo y renacer por propia voluntad.


Despojarse de quien ha sido para aventurarse a quien quisiera ser.


De modo que habría que aceptar que puede no ser quien creemos que es.


No tiene por qué ser una síntesis impoluta de su propia vida, ofreciéndole a los demás una previsibilidad tan esperable como definida.


No solo el futuro está abierto, sino su propio presente.


Porque, a juzgar por la naturaleza de los hechos, siempre está abierto su proceder.


Y puede escabullirse de las presunciones propias y ajenas en cualquier momento.


De hecho, si en verdad quiere estar vivo, debería mantenerse despojado de ellas.


Así que yo diría, en este meollo que quién sabe por qué nos convoca, que no se confíen en Perico.


Porque si bien es cierto que lo conocemos, está en sus manos ser quien ha sido o transfigurarse.


Y como bien se ha esbozado, y no es algo menor, puede suceder que ni Perico sepa quién puede llegar a ser Perico.



Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.




Leer Más...

sábado, 14 de marzo de 2026

¿Conviene luchar?


Siempre creo que la palabra más acertada es depende.

Depende.

Repito.

Primero y esencialmente, depende de cada uno. Si alguien es tranquilo, prefiere evitar problemas, se siente más cómodo agachando la cabeza, amoldarse a la injusticia o el despropósito que fuera, puede estar mejor, quizás, en el extremo de evitar luchar o recambiar directamente a esa alternativa.

Sufriendo por supuesto las consecuencias de quien no lucha. Lo pasan por arriba o le imponen vaya a saber qué cosas.

Pero evitar la lucha es una posibilidad, nadie puede negar que en el extremo de la cobardía puede residir el ser pusilánime.

Y que esa postura es lícita y asumida por un montón de personas dispuestas a dejar el mundo como está sin asumir ningún ánimo combativo ni ponerse siquiera en guardia en defensa de sus propios intereses.

Por otro lado, y en el otro extremo, está el ser combativo. Bravucón y pendenciero.

Ojito con ese.

Apenas lo mirás es capaz de darte un castañazo.

Sin motivo, muchas veces.

Así que ese es bravucón, está siempre en guardia y combate cada día.

Lucha cuando conviene luchar y lucha cuando no hay motivo razonable ni aparente para luchar.

Y entre ambos extremos aparece el ser que podríamos definir como criterioso.

No vive en el extremo de los pusilánimes y acomodaticios que no luchan ni siquiera por ellos mismos. Ni está en el extremo de los pendencieros que viven para combatir con causa o sin causa.

Luchan cuando vale la pena luchar, porque advierten muchas veces que el mundo no puede quedar como está.

Se hacen cargo de su incidencia para defender o transformar positivamente la realidad.

Y luchan cuando hay que luchar.


Si te gustó este escrito, compartilo con tus amigos.




Leer Más...