jueves, 5 de noviembre de 2026

Esta vez…


No sé por qué en algún punto pienso que los títulos deben ser claros y explicativos.

Es porque el lector tiene que interesarse, querido.

De alguna forma vendés, decís, miren esto o lo otro. Y algún susodicho de alguna forma compra. Elige esto o lo otro.

Es como votar.

Este sí, este no.

¿A ver qué hay en la oferta?

Uno elige, querido. Hace clic aquí o allí. Y está bien que así sea. Por eso el tema del título no es una cuestión menor, es quizás la más relevante. Aunque no la más significativa.

¿Por qué?

Porque si en el mejor de los casos se logra construir valor es por el despliegue de los párrafos y la virtud de la orquestación de palabras.

Ahí está el punto.

En esa suerte de incitación al pensamiento ajeno a partir de la provocación propia, que no es ni más ni menos que la sumatoria de palabras mejor o peor organizadas, en busca de ciertos sentidos.

Ciertas observaciones que en definitiva están en manos del lector y al autor de algún modo se le escapan.

Con suerte las sospecha.

Esta vez… tal vez lo que este escrito quiera decir es que esta vez es igual a todas las veces. El autor propone y el lector define.

Si dijo esto o lo otro, si me inspiró para pensar así o asá.

Si estamos ante una obra memorable o ante una pavada inusitada.

Si hay algo distinto o quizás en el fondo es siempre lo mismo.

Y, para serles sincero, o dramáticamente franco, como suele resultarme natural, creo que esta vez no es distinto.

Es lo mismo de siempre.



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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Contento conmigo…


Yo estoy contento conmigo.

Enseguida se me ocurrió el título y de inmediato pensé que debería considerar poner contento contigo. Para no ser protagónico, para no subir al escenario y que me iluminen las luces.

Para que alguien se interese en leer esto que vaya a saber qué va a decir.

Pero de inmediato me advertí que no podría poner el título contento contigo. Porque esencialmente sería un simulador, un farsante.

Y además estaría traicionando a lo más valioso que tiene ese universo único e inestimable de la escritura, que hace emerger palabras e ideas que vienen vaya uno a saber de dónde. Con lo cual, encauzarlas, amoldarlas o transfigurarlas sería en verdad un pecado capital.

La traición más despiadada que puede hacérsele a la autenticidad.

Y si buscamos verdad, más vale que seamos estrictamente respetuosos de la autenticidad.

¿Por qué estoy contento conmigo?

No sé exactamente, pero sospecho que debe ser por uno de los pilares que más reconozco y por el cual me jugué toda la vida.

Me hice cargo de mí, sin maquillaje ni nada.

Casi como Dios me trajo al mundo, podría decir, si quisiera ser preciso con una metáfora bastante acertada.

¿Y eso qué significa?

Que uno es lo que es, lo que le sale ser, lo que genuinamente emerge de su forma de estar en el mundo.

Con sus más y sus menos. Con sus virtudes y defectos.

Y en un mundo repleto de máscaras, ser quien uno es con sus fortalezas y debilidades aporta un bienestar que no se puede explicar.

Es como andar liviano por la vida aceptando que uno es lo que es sin la más mínima intención de pantomimizarse.

Así que estoy contento conmigo, esencialmente por ser quien soy y por tener la valentía de pagar el precio que sea necesario para respetarme.

Transfigurarse es una opción que no existe en mi vida.

Soy lo que soy, y estoy contento conmigo.






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sábado, 31 de octubre de 2026

La queja…

Es un tema a observar porque de alguna manera convivimos con ella.

Nos guste o no.

Por un lado la queja puede ser propia y por el otro, ajena.

¿Qué hacemos entonces?

Cada uno sabrá, pero presumiblemente es conveniente observar un poco la cuestión para ver dónde estamos metidos y qué relación inteligente podríamos dilucidar con la queja.

Creo que no debe haber persona en el mundo que no se haya quejado alguna vez. De ahí en adelante podemos advertir que hemos sido menos o más quejosos

Y ahí creo que podríamos hacernos la primera pregunta, que pareciera esencial.

¿De qué sirve la queja?

Primero, anotemos…

Esto de tener una disposición al humor creo que es una perspectiva positiva, aunque a veces tal vez solo uno reconozca el chiste.

Saber los pasos y anotar, es una presunción tan fallida como inocente. Quizás instalada de alguna manera por la lógica tradicional de la escuela que de algún modo hace sentir que hay respuestas unívocas y por consiguiente acertadas o desacertadas.

Pero volviendo a la queja, ¿cuál es su verdadera utilidad?

Primero, si el plato que trajeron del restorán fue equivocado, la queja puede subsanarlo.

Simple y claro.

Para dar un ejemplo práctico, que sirve para no irse al extremo y andar pregonando a los cuatro vientos que la queja no sirve para nada.

No señores, no nos engañemos.

Y les digo más, en algunos casos que bien conozco la queja es una asunción existencial que logra resultados memorables si se asume con debida habilidad y destreza.

Conozco algunos casos de construir patrimonios importantes gracias a ese hábil manejo que ofrece resultados.

De modo que un buen quejoso o una buena quejosa, puede ahorrarse notables esfuerzos formativos, laborales y de numerosas índoles, por adquirir las competencias que le ofrezcan habilidades para desplegar la queja.

Obteniendo resultados que por propia acción jamás obtendría.

Porque para lograrlos debería formarse, esforzarse, trabajar, asumir riesgos, resolver problemas…

Así que no nos mintamos, la queja no es una posibilidad improductiva que no logra nada.

Es una alternativa tan posible como cómoda para lograr resultados.

Claro que no siempre la queja se sale con las suyas. Está lleno de quejosos improductivos, que señalan esto y lo otro como causantes de sus desgracias, pero no intervienen en los espacios pertinentes para obtener resultados.

Se quedan regodeados en discursos improductivos que de alguna forma los dotan de identidad, envenenan e intoxican, quizás no tanto a quien parlotea esas quejas, sino a quienes las reciben.

Como si les estuvieran echando tarros de basura a sus cabezas.

También conozco al menos a un susodicho que sin saber o sabiendo, construyó su identidad en la queja y en vez de encargarse de las soluciones que presenta la cotidianidad se aferra a los problemas.

Es como que elige vivir en ellos.

¿Por qué?

Vaya uno a saber, pero sospecho que es porque si superara la queja perdería parte de su ser.

Y diciendo esto, no sé si decir lo otro.

Que esencialmente es despojarse de la queja y adoptar una posición existencial de madurez. Una actitud que honra el propio ser, lo yergue apoyado en su responsabilidad, asumiendo su poder personal y haciéndose cargo de los asuntos que fueran.

Es la posición de quien deja de señalar al otro como responsable de sus molestias y decide hacerse de aquello que puede resolver por sí mismo.

Lo que implica dar los pasos necesarios para solucionar la queja por mérito propio.

Y si bien considero que es la forma de actuar más acertada y más evolucionada que puede adquirir el ser, también advierto que lo conceptual muchas veces no coincide con los hechos.

Debe ser porque este plomero de morondanga me dejó otra vez plantado.

¿Cómo puede ser?


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jueves, 29 de octubre de 2026

Para aprender…


La mayoría escribe para enseñar. Yo escribo para aprender.

Lamento defraudarlos.

Si tuviera las certezas, si lo supiera todo, si a la duda la tuviera arrinconada o aniquilada, difícilmente me sentaría a escribir.

Escribo para desenredarme, desatarme y liberarme.

Curarme de mí mismo, como muy bien lo vengo haciendo. Con el propósito de quedar lo más sanito posible.

Una pinturita.

Escribir es preguntarse, andar explorando vericuetos, zambullirse en inquietudes y dar con vestigios y aproximaciones más o menos razonables que con cierta fuerza de convicción digan de algún modo, es por acá.

Ajá.

O algo así.

Por eso escribo en verdad, porque al escribir uno va como corriendo las cortinas de lo que quisiera ver y aún no alcanza a ver. Intuyendo que hay algo interesante del otro lado y que más vale que siga avanzando porque si no corre debidamente las cortinas no va a ver un carajo.

Y va a quedarse de algún modo con los ojos vendados.

Lo cual sería un despropósito para sobrellevar la vida, más con todas las exigencias y desafíos que la vida impone.

Así que si debo confesarme, en verdad escribo para aprender, para entender un poco más de lo que me inquieta. 

Y aunque lo que encuentre no sea un descubrimiento unívoco y definitivo, esos destellos de supuestas verdades prometedoras, debo decir que no me salvan.

Pero me avivan bastante.


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martes, 20 de octubre de 2026

¿Por qué escuchar?


Hace tiempo me inquieta la cuestión y la abordo con minuciosa observación para discernir sobre esta inquietud y alcanzar algún grado de lucidez al respecto.

Podría ser más despreocupado y convivir con estas vicisitudes, pero prefiero observarlas, contemplarlas, problematizarlas y de algún modo dilucidar el meollo para producir cierto entendimiento.

Y no solo eso…

También para definir una posición al respecto que me resulte llevadera, razonable con mis valores, y me permita ejercerla con soltura, comodidad y cierta solvencia.

Con lo cual, si no observara, si no problematizara, si no tuviera la intención de escrutar el entuerto, difícilmente comprendería ciertas lógicas y comportamientos ajenos, y sería casi imposible definir con conciencia mi posición al respecto, lo que me dejaría en una suerte de ejercicio chapucero sobre la materia.

¿Y qué observás entonces, querido?

Enumero…

Chiste, no puedo enumerar porque si preciso los procederes de compañeros de trabajo que obran en las reuniones en que participo, estaría siendo un alcahuete de vicisitudes en algún punto confidenciales.

¿Entonces?

Entonces lo observo todo y poco a poco voy escrutando y sacando conclusiones al respecto.

En términos generales creo que para escuchar hay que tener seguridad personal y una actitud de genuina humildad.

Cuando alguien no escucha, muy presumiblemente tiene problemas de ese tipo o bien está cegado por el capricho, entre otras posibles razones.

También suele ocurrir que a algún susodicho no le conviene escuchar por mezquindades personales que se anteponen a tomar decisiones convenientes en conjunto.

El ego también hace lo suyo.

Y también hace lo suyo la actitud muchas veces acomodaticia que hace como que no escucha debido a la falta de valor para ejercer su genuina palabra.

En lo que a mí respecta, yo hablo cada vez que considero relevante hablar y juzgo conveniente y positivo que se me escuche.

Luego me desentiendo del tema y me quedo con la conciencia tranquila.

También me esfuerzo por escuchar lo que no quiero escuchar.

Escucho porque sé que conviene escuchar, sobre todo la disidencia.

Es como sumarse las cabezas de otros.

Reconozco que suele ser incómodo, desafiante y hasta perturbador, pero cuando otro habla con debida argumentación, escuchar es la actitud más conveniente.

Me favorece la genuina humildad.

Y la convicción de que siempre, en vez de estar en lo cierto, es posible que esté equivocado.


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domingo, 4 de octubre de 2026

Con todas las letras


La autenticidad de pura cepa implica el ejercicio de la palabra sin condicionante alguno y su elocuencia con todas las letras.

Sin rodeos y mucho menos medias tintas.

Siempre celebro cuando alguien, en vez de reprimirse y contenerse de algún modo, lo dice todo.

Como si en ese acto irreversible y decidido no tuviera nada que ocultar, mostrase todas las cartas y ascendiera así quizás a uno de los mayores peldaños que alguien pudiera alcanzar en el desarrollo personal.

La decisión de hacerse cargo de sí mismo.

Como diciendo, esto soy. Esto pienso. Entonces, esto digo.

Guste o no.

Buenas noches.

O buenas tardes.

Qué sé yo.

Claro que hay que problematizarlo todo y embarcarse en ciertas disquisiciones enroscadas para poner peros a las síntesis decididas y sacar verdades en claro para determinar si la cosa es así o asá.

O más o menos así, o más o menos asá.

Pero que los Quijotes se hagan cargo de su pensamiento y lo vomiten todo de manera incontinente por lo menos genera inquietud y hace pensar en la autenticidad, en el valor de la espontaneidad, en la voluntad de no transfigurarse y hacerse cargo de sí mismo.

Y en un mundo de tantas simulaciones y tantas máscaras, ver fielmente al ser humano sin el más mínimo maquillaje ni la intención de simularse, obviamente va a hacer que se perciba como grotesco presenciar el desnudo.

Porque no estamos acostumbrados a ver de frente lo esencialmente humano.



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