jueves, 5 de febrero de 2026

El mar y yo



Siempre se evita decir yo en los escritos. Es una recomendación bastante habitual y razonable.

Sobre todo para quien quiere pasar desapercibido, camuflarse de algún modo y esconderse detrás de otros que se usan como escudo y van al frente.

Mirá vos.

Creo que es también algo bastante razonable porque si no quien escribe cobra algún protagonismo desmedido quizás en ciertos casos. Y solaparse o mostrarse más distante de los hechos hace que quede resguardado de algún modo.

Ponerse al frente es peligroso.

Es mejor mostrarse humilde, cabizbajo y en lo posible algo arrumbado. Lo sé gracias a mirar cómo le caen con saña a los exitosos.

Con cualquier excusa.


Son las tres de la tarde de pleno verano, estoy en la playa al lado del mar y hay un sol que realmente mata. Miro para todos lados y veo mucha gente metida en el mar. 

A lo lejos veo que viene mi nuevo amigo Rodrigo.

Sale estoico con la sonrisa de oreja a oreja.

—¿No te metés, Juan? —me dice.
—Estoy en eso.

No acoto más nada. Pero estoy en eso. Me pregunto si voy a ser tan cobarde de morirme de calor junto al mar para no sufrir lo helado del agua. Esa decisión me llevó a replegarme durante años y contemplar desde la orilla cómo todos se bañan mientras el abuelo que vive dentro mío queda echado en la reposera leyendo un librito.

No puedo ser tan maricón, me digo.

Es ahora o nunca, pienso.

En mi interior se resuelve la batalla. No sé si ganará el cobarde acomodaticio que prefiere ver la vida pasar, o si doblegaré a ese viejo y lo haré lanzarse a las olas con el ímpetu del niño que llevo dentro.

El agua está helada, el mar no perdona, me digo.

¿Pero no está caliente el agua?

No, hoy no. Sospecho que eso se dice para la tribuna. Pero no estoy seguro.

Sé que si me meto hoy me meteré mañana y los días siguientes también. Y si no me meto, volveré a la comodidad de ver la vida pasar y no sufrir un enfriamiento al parecer indebido.

De repente advierto que metí la cabeza en el agua. Y me empiezo a lanzar contra las olas.

Vuelvo a meter la cabeza una, dos, cinco veces más.

Es cierto lo del frío en la cabeza, me digo.

Y la meto otra vez.

Empiezo a barrenar y lanzarme contra las olas. Le grito a Santino que venga, que vamos a jugar. Lo veo venir corriendo con la tabla hacia mí.

—Te gano, Santi —le digo, mientras me lanzo.

Santi se apura y las olas nos empujan hasta la orilla.

El niño que vive dentro mío ha derrotado al viejo que no hizo siquiera tiempo de protestar.

Hoy no he visto la vida pasar.


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miércoles, 4 de febrero de 2026

¿Sirve rezongar?



Escuchar el escrito 


Explorémoslo…


Depende, siempre depende.


¿De qué?


De la resultante cierta del rezongo.


Veamos…


Si uno rezonga por rezongar, de puro rezongón que es, ese rezongo es improductivo y también ineficaz.


Solo sirve para darse manija y para intoxicarse, indignarse a voluntad y experimentar el mal humor.


Mal negocio.


Porque ese autoflagelo no conduce a nada bueno. Es como si uno decidiese darse latigazos en la espalda.


Duele, y no sirve para nada.


Esto por un lado, veamos qué encontramos por otro lado.


Sería la posibilidad de un rezongo con aspiración a la inteligencia, que toma el rezongo como un trampolín para la acción que incide en la realidad con la intención de transformarla.


No se trata de darse manija a voluntad y calentarse con razón.


Se trata de enojarse lo suficiente como para decir, bueno, esto la verdad me jode y me perjudica.


¿Tengo razón?


Ahí exploro la situación que fuera, y si me doy cuenta que tengo razón, entonces tengo razón.


Me caliento un poco y luego dejo que el rezongo alce las armas y proceda de la mejor manera posible para ajustar el mundo desajustado que fuera.


Y poner en orden la injusticia o la zoncera que fuera.


Si algo está mal, está mal.


Si algo es injusto, es injusto.


No le pidan a un viejo rezongón con sentido práctico y voluntad resolutiva que mire para otro lado o se aliste al bando de los acomodaticios.


Si el rezongo es razonable, el hombre debe actuar.


No puede permitirse dejar el mundo como está.


Y debe poner las manos a la obra.


Porque no puede permitir que la injusticia o la zoncera se salgan con la suya.


De mínima, el rezongo productivo debe servir para ofrecer batalla.


Aunque a veces el triunfo no esté asegurado.



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jueves, 29 de enero de 2026

Enero en La Feliz


Es increíble la cantidad de gente que se deja arrastrar por el prejuicio y luego queda embarcada en él, reduciendo sus vidas a delimitaciones que más de una vez no concuerdan con la realidad.

Ni loco voy en enero a Mar del Plata, está explotado de gente.

Lo dijo ayer por WhatsApp un estimado compañero de trabajo. Y días antes otro hizo un comentario similar.

Es para ellos una tortura aventurarse a ir a Mar del Plata en enero. Están convencidos de que no se puede estar en ninguna parte porque hay gente por todos lados, como si salieran a borbotones de todas las baldosas.

Por decir algo.

Colas para esto y lo otro, dicen.

Lo último que haría es ir a Mar del Plata en enero, rematan más de una vez.

Hacés bien, suelo decir. Y no agrego más nada.

No me quiero hacer cargo de la ignorancia ajena.

Pero me llevo la inquietud hasta este escrito, haciéndome una primera pregunta.

¿Fueron alguna vez en enero a Mar del Plata?

La convicción en la respuesta no me la quita nadie. Apostaría todo a que no fallo.

No pisaron nunca en enero la hermosa ciudad.

Se la perdieron este enero y su convicción por el prejuicio que sostienen a rajatabla hará que se la pierdan todos los eneros que restan hasta el final de sus vidas.

Es comprensible, el prejuicio los delimita, los reduce a vivir la tranquilidad que conocen: el mismo arbolito, la misma calle, el mismo vecino.

Algo muy distinto a lo que puede ocurrir en la gran ciudad, que depende de la actitud de cada uno para que sea una tortura o una fiesta inolvidable.

Nadie va a renegar de la comodidad y la previsibilidad que aporta la conocida tranquilidad. Ahí se puede residir en paz y bienestar.

No voy a cuestionar el beneficio de regar todos los días las mismas plantitas.

Pero sospecho que la memorable vida ocurre en la intensidad. Los recuerdos se gestan fuera de la zona de rutina, cada vez que la persona sale a encontrarse con un mundo que desconoce.

Son esos momentos que luego cada uno rememora y sirven para recordarle que en verdad estuvo vivo.

Ir a Mar del Plata en enero implica que siempre esté, por supuesto, el riesgo que significa vivir más.

Se puede ir a un lado o al otro. Hacer lo que a uno se le antoja. Perderse en innumerables experiencias novedosas. Cruzarse vaya a saber con quién.

Cenar frente al mar sin hacer cola.

O ir a restaurantes donde lo esperan sin demora con la mesa servida.

Pero es cierto, está abarrotado de gente, son cientos de restaurantes, teatros, decenas de playas, miles de comercios, bares.

Vienen personas diversas de todas partes.

Y sí, es peligroso venir a Mar del Plata en enero.

La vida puede dejar de ser previsible, tranquila, rutinaria y chiquitita.

Se puede vivir más.


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miércoles, 28 de enero de 2026

¿Qué hacer antes de morirnos?



Es como toda pregunta relevante existencial, una convocatoria personal e irrenunciable.

Porque determinar lo que habría que hacer en nombre de todos sería a todas luces un acto de abusiva arrogancia o desmedida convicción.

Apenas si uno con suerte puede inquietarse un poco y darse algunas respuestas que más o menos lo guíen como para alinear su tiempo de manera efectiva en los cursos de acción que considere convenientes.

Digo esto con los pies en la arena, viendo el mar.

Lo cual me hace pensar que voy bien.

Aunque como siempre, no estoy absolutamente seguro.

Pero estoy muy seguro, debo confesar.

Este mar y esta arena no mienten.

¿Entonces?

Aprovechar el tiempo sería un indicativo autoimpuesto. Y aprovecharlo siendo quien uno es. No va a andar adosándose máscaras y el esforzado trabajo de pantomimizarse para ser un simulador que se orqueste a las necesidades o exigencias ajenas y se distancie de quien auténticamente es.

Eso no.

Lo primero es, desde mi punto de vista, ser.

Y cada uno es como auténticamente le sale ser.

Si va para allá, va para allá. No lo jodan diciéndole que en su caso sería mejor ir para otro lado o dar cierta vuelta en firulete.

Si va para allá, vaya para allá.

Punto.

Oídos moderados al exterior. Oídos innegociables al interior.

Los otros no siempre hablan boludeces.

De modo que para andar sintetizando y diciendo algo que al menos inquiete, si no alcanza a inspirar, diría que cada uno debe encontrar sus respuestas.

Y sugeriría para eso aferrarse a su auténtico ser. Porque las respuestas genuinas y apropiadas las va encontrar en su interior.

Para eso es bueno estar atento. Ver dónde emerge la sonrisa primero, y la carcajada después.

Advertir donde se encuentra con el entusiasmo.

Y donde se embola.

Donde aparece esto es lo que quiero.

Y advertir también donde está incómodo o a disgusto. Donde es mejor huir y desaparecer.

Porque por ahí no es.

Si cada uno está atento y mira estas cuestiones, va a aprovechar bien su tiempo. Va a obrar en consecuencia con su genuino ser.

Y va a saber que carajo debe hacer antes de morirse.


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sábado, 24 de enero de 2026

¿Qué ves?



No debe haber pregunta más interesante que esa. O bien más posibilitadora que esa.

Lo de más interesante lo podemos discutir. Y lo otro por supuesto también.

Las generaciones son una farsa.

Cualquiera que las observa con un mínimo de atención lo sabe. O por lo menos cree que es así.

Saberlo, lo que se dice estrictamente saberlo. Estar seguro de manera irrevocable y definitiva, y que la realidad diga una y otra vez que es así, eso tal vez no.

El tipo lo sabe. Punto.

No jodas.

Pero volviendo al meollo del asunto que hoy nos convoca y no sabemos bien por qué, ¿qué ves?, no es una pregunta menor o irrelevante.

Es crucial para definir quiénes somos y la vida que vivimos.

Si no preguntémosle a quien ve imposibilidad y no por todas partes. Ese tipo vive poco o casi nada. No conoce la palabra aventura, riesgo, incertidumbre.

Ni logro.

O conoce muy poquito, lo mínimo de lo mínimo.

Ve peligro por todos lados, los monstruos lo acechan.

¿Y qué va a hacer?

Se va a quedar quieto, por supuesto. No va a lanzarse en un despliegue memorable para construir vaya a saber qué cosas y qué futuro.

Con esa convicción el hombre no va a crear el celular, el auto, la electricidad, no va a vivir experiencias muy notables.

Más bien va a ir del trabajo a la casa. Y de la casa al trabajo.

Mirando quizás el partidito de fútbol, la serie de Netflix y tomando sus ricos matecitos con la patrona.

Por decir algo.

Nadie dijo que no se pueda ser feliz con una vida tan previsible y rutinaria. Capaz que el tipo prefiere la certeza de lo conocido a la posibilidad de reinventarse o vivir más.

Con regar las plantitas le alcanza.

Y está bien así. Cada uno es quien es y quien elige ser.

Conozco por ejemplo a uno que es feliz con esa vida chiquitita, y cuando sale de ahí se desestabiliza como loco, quiere volver con la mayor urgencia posible.

Pero uno es lo que ve, lo que puede ver, lo que se anima a ver.

Un futbolista profesional y exitoso metió varios goles mucho antes de ponerse siquiera la camiseta.

Lo mismo un empresario que hizo empresas.

O quien logró vaya a saber qué cosas.

Chiquitas o grandes.

No se trata de inventar el avión o la televisión, se trata solo de ver lo que aún la realidad no muestra, no solo para generar el mundo externo sino también para construirnos como personas.

Cuando alguien llega a una instancia que no tenía hay una primera condición que se cumplió con claridad, el primer partido que ganó fue siempre en la mente.

No fue azar ni casualidad, fue el resultado de imponerse en la batalla más crucial que debió librar, la que ocurrió en silencio en su mente.

La que le permitió que el sí le gane al no.

Que la convicción por el resultado derrote las argucias del mundo de las excusas.

Luego se apersonó la realidad.

Como resultado final de esa íntima batalla y como consecuencia del empeño irrenunciable en obtener el resultado que fuera.

Por eso ojito con este tema, porque cada uno termina siendo delimitado y posibilitado por lo que ve.

Nadie da un pasito más.

Hay quienes ven muy cerquita, y sus vidas reflejan su visión.

Y están los que ven más largo, más pretensioso.

También sus vidas los reflejan.

Salvo que uno alucine, pierda el sentido de su realidad y no se entrometa en los desafíos de obrar en consecuencia, comprometerse, construir las habilidades que fueran y trabajar con determinación debida, es muy difícil que lo que ve sea una fantasía.

Más tarde que temprano es su propia realidad.


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viernes, 23 de enero de 2026

La filosofía del mate




La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.

Tomamos mate.

Como los uruguayos, y como tantos otros.

¿Por qué lo hacemos?

Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.

¿Cuáles?

La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.

Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.

Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.

Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.

Y así sucesivamente.

Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.

Culpable.

Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.

Damos mate, devuelven el mate.

Pero hay algo más.

Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.

Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.

De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.

Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.

Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.

No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.


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