¿Para qué escribo?
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Hay quizás un desarrollo importante de ciertas personas en esta cuestión.
Digo así porque por supuesto no voy a andar hablando de mí para que otro lea y piense, mirá este fanfarrón, de qué se las da.
¿A quién le ganó?
Por eso quizás uno, que sería en este caso yo, se cuida y dice al pasar que hay ciertas personas más desarrolladas con esta cuestión.
Lo que quiere decir que no solo no se conmueven por la mirada, opinión o asunción discordante con su mirada, sino que la respetan, la toleran, pueden convivir sin enojarse con ella.
Y, es más, no hacen el más mínimo esfuerzo por incidir para modificarla y producir ciertos ajustes que se acerquen a su perspectiva.
A su mirada.
Si uno piensa A y el otro piensa B. Quien piensa A, en vez de convencer al otro sobre la conveniencia de pensar A y enojarse a la vez porque piensa B, lo deja tranquilo pensando B y experimentando los perjuicios o beneficios que pensar B consecuentemente le genera.
Ahora bien…
Frenemos acá.
¿Por qué uno quiere convencer al otro de que piense similar a uno y encima suele ser frecuente que se enoje si piensa muy distinto o diametralmente opuesto?
Pensemos.
Puede ser en primera instancia porque el primer susodicho está algo inseguro en verdad de lo que piensa y necesita saber que sus cimientos son sólidos y no tan endebles como si sostuviera una estantería con clavos flojos.
Por decir algo.
Y también puede ser porque en ciertos casos, si el otro desacuerda con su postura, puede generar una fuerza que atente contra sus propios intereses y termine manifestándose en la realidad.
Votar a este o aquel.
Y lo peor, que si sigue por ese lado sosteniendo esa mirada, no solo lo votará él sino que trabajará indirectamente para que lo voten todos sus amigos, familiares, etc.
Por decir otra cosa.
Pero el ejemplo es circunstancial, no se reduce a una votación, sino que el concepto apunta a todas las vicisitudes que puedan presentarse sobre las temáticas que fueran.
Y para concluir y no seguir a las vueltas, bien vale preguntarse cuándo es preciso convivir con el díscolo y dejarlo tranquilo.
Y cuándo vale la pena ofrecer batalla y luchar por compartir lo que uno cree que es la luz ante la oscuridad.
Claro que si el otro es testarudo, terco y se las sabe todas, es preferible hacerse el distraído o dejarlo aferrado a sus propias certezas.
Es preferible que viva quizás equivocado a que se enemiste con nosotros por el solo hecho de pensar diferente.
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No exagero si digo que todos los días hay innumerables personas que disponemos tiempo para aprender.
¿Por qué?
Esa es la cuestión a explorar con la mayor precisión posible.
¿Por qué?
Porque si tomamos una acción que se transforma en un hábito y está sustentada en una suerte de exigencia al parecer irrenunciable, parecería conveniente escrutarla, entenderla y problematizarla.
¿Por qué?
Porque eso nos permitiría dilucidar si es razonable, adecuado, conveniente y eficiente dedicar tanto tiempo a aprender.
¿Por qué?
Porque si advirtiéramos algún resquicio donde aparezca la duda y una serie de cuestionamientos debidamente fundados para poner reparos en esas lógicas, quizás, solo quizás abriríamos el debate de la conveniencia de dedicar tiempo al aprendizaje.
O ajustaríamos más o menos el tiempo dedicado a aprender.
Pausa…
Dicho esto, y aún no lo otro, continuemos explorando la inquietud.
El tema es que esos tiempos dedicados a aprender tienen en su trastienda una intención muy sana y productiva.
¿Cuál?
La de ampliar el mundo de posibilidades y posibilitar que operemos en la vida con más destreza, produciendo un beneficio elocuente de bienestar, logros y construcción de resultados.
Y hasta de nuestra persona.
Nadie va a discutir el beneficio cognitivo que implica aprender, ni el valor personal que aporta para alcanzar autonomía, confianza y operar con eficacia en la vida.
Evitando andar a los tumbos.
Y comprendiendo el mundo que nos rodea o el que podemos imaginar.
De modo que aprender es como disponerse a construir la luz alta, para no andar con las luces apesadumbradas ni sostener las vidas con las luces bajas.
Algo así.
Toda esta perorata en verdad emerge por una sola cuestión que se puede sintetizar en una simple palabra.
La calculadora.
En cierto momento de la humanidad, hubo gente que se dedicó con empeño, compromiso y esfuerzo a hacer cuentas más o menos exigentes.
Lograban excelentes resultados de operaciones escabrosas que requerían atenderse con extremo cuidado.
Y dedicando un buen tiempo hacían las cuentas más complejas que necesitaban realizarse.
De un día para el otro apareció la calculadora. Y en ese preciso instante todo el tiempo destinado a hacer cuentas complejas se puso en cuestión.
Cualquier pelagatos al instante apretaba los botones y obtenía el mismo resultado que la persona que dedicó parte de su vida a adquirir la destreza de hacer cuentas complicadas.
Se invalidó de algún modo el esfuerzo y se impuso lo que es quizás más valioso, lograr el resultado.
Ahí creo que está el meollo de la cuestión. En la aparición de la inteligencia artificial, que aporta de un sopetón la destreza sin el tiempo que requiere el aprendizaje y devuelve resultados de valor.
Ese es el punto.
Y eso es lo que en verdad inquieta.
Lo que creo que quería decir.
No para dejar de aprender, sino para hacernos preguntas que quizás reafirmen nuestras lógicas y resuelvan con mayor conciencia ciertos tiempos destinados a aprender.
Y ciertos tiempos destinados a vivir.
Aunque es bueno y conveniente vivir aprendiendo toda la vida.
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Es muy simple, señores, señoritas y niños tal vez. Porque puede haber niños leyendo y no puedo omitirlos, sería como desconsiderarlos. Decirles, ¿qué hacen acá ustedes si deberían estar jugando a la pelota o andando en bici?
Dejen ya las pantallas.
Porque agarran las pantallas todos los días. Entraron los sistemas tecnológicos a la casa, acapararon la atención y los abstraen del mundo palpable, dejándolos inmersos en una suerte de paralelismo virtual donde acontecen realidades ajenas.
¿Cómo puede ser que elijan ser más espectadores que protagonistas?
¿Dónde está la trampa?
¿Es una trampa o una burda presunción de un viejo tan cascarrabias como rezongón?
No lo sé, aunque tengo miedo de descubrirme. Los años pasan muy rápido y uno, cuando quiere acordar, empieza a pensar en la jubilación.
Aunque nunca se jubile.
Disculpen, siempre tengo un exagerado que vive dentro mío y a veces me hace escribir cualquier cosa.
¡Cállate, carajo!
Sigo…
¿Se pierden el presente los chicos junto a pantallas?
Qué sé yo, no puedo caer en determinaciones que evidencien elocuentes prejuicios. Solo observo y me inquieto, nada más.
Aunque lo hago para despabilarme, como pellizcándome un poco y dilucidar si la cosa va bien por ahí o es mejor estar en guardia y ofrecer batalla.
Está bien por ahí permitirme esos raptos de locura, desborde y desenchufarle la tele a Santino, jurando y perjurando a los gritos, mientras me llevo el control, que en esta casa tele no se ve nunca más. Que delante mío tele no hay más.
Celular no hay más.
iPad no hay más.
Que es hora de tomar la vida por las astas y salir a corretear por el patio, trepar el árbol, andar en bici o jugar a la pelota.
Y Santino me mira mientras revoleo le brazos como si fuera yo un loco malo. Un viejo desquiciado, descarrilado, exaltado y bullicioso, que es incapaz de dominar sus demonios emocionales y quiere acomodar por fin el mundo a las patadas.
Por eso me observa desde el sillón con un silencio imperturbable y una cara de desconcertado que es imposible de imaginar. Como si estuviera atestiguando lo inadmisible, porque es un acto de presunta locura muy difícil de precisar, y de alguna manera es parte de una cotidianidad tan íntima como inconfesable, que debería ser guardada como un infranqueable secreto de familia.
Respiro mientras lo veo inmóvil, y me detengo para recuperarme de la locura.
Ponete los guantes, Santi, que vamos a patear al patio.
Santi sonríe y va a buscar la pelota.
Esta vez el presente no se nos va a escapar.
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