domingo, 4 de octubre de 2026

Con todas las letras


La autenticidad de pura cepa implica el ejercicio de la palabra sin condicionante alguno y su elocuencia con todas las letras.

Sin rodeos y mucho menos medias tintas.

Siempre celebro cuando alguien, en vez de reprimirse y contenerse de algún modo, lo dice todo.

Como si en ese acto irreversible y decidido no tuviera nada que ocultar, mostrase todas las cartas y ascendiera así quizás a uno de los mayores peldaños que alguien pudiera alcanzar en el desarrollo personal.

La decisión de hacerse cargo de sí mismo.

Como diciendo, esto soy. Esto pienso. Entonces, esto digo.

Guste o no.

Buenas noches.

O buenas tardes.

Qué sé yo.

Claro que hay que problematizarlo todo y embarcarse en ciertas disquisiciones enroscadas para poner peros a las síntesis decididas y sacar verdades en claro para determinar si la cosa es así o asá.

O más o menos así, o más o menos asá.

Pero que los Quijotes se hagan cargo de su pensamiento y lo vomiten todo de manera incontinente por lo menos genera inquietud y hace pensar en la autenticidad, en el valor de la espontaneidad, en la voluntad de no transfigurarse y hacerse cargo de sí mismo.

Y en un mundo de tantas simulaciones y tantas máscaras, ver fielmente al ser humano sin el más mínimo maquillaje ni la intención de simularse, obviamente, va a hacer que se perciba como grotesco presenciar el desnudo.

Porque no estamos acostumbrados a ver de frente lo esencialmente humano.



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sábado, 3 de octubre de 2026

El futbolista agazapado


Ustedes no van a creerme, pero pasé décadas sin jugar al fútbol. Lo que fue tal vez un error estratégico proveniente de la propia preservación de un supuesto futbolista habilidoso y gambeteador que vive dentro mío.

Yo dejé el fútbol porque evito problemas evitables que pueden transformarse en problemas relevantes. Y porque, soy en parte, mal pensado o pesimista en algún aspecto.

Imaginaba a un gordo enceguecido arruinado por presuntas humillaciones propias de mi gambeta que se lanzaba sin contemplaciones sobre mis piernas para propinarme terrible guadañazo.

Y no.

No quería saber nada con una eventual quebradura propia de esa malicia que en verdad es una descarga quizás en parte comprensible de presuntos enojos propiciados por esquives, caños y gambetas.

Y el gordo, aunque no existió, actuó como un fantasma decidido a ajusticiarme y arruinar en un acto innecesario y decidido mis enflaquecidas patitas que en verdad dan lástima y que ante las patadas endiabladas ofrecen más dudas que certezas.

También creo que en su momento me espantaron las agresiones, los maltratos y las peleas de supuestos futbolistas frustrados que se creían Maradona sin advertir sus limitaciones. Tipos maleducados capaces de hacer trampa, recurrir a picardías insanas o maltratar al otro con tal de ganar a toda costa.

Pienso eso porque algo hay que pensar para darse explicaciones, sobre todo cuando uno tiene disposición a la racionalidad y aún es tan iluso de presentir que todo puede ser razonablemente explicado.

Sin percatarse de que las explicaciones en general son embusteras y, como dicen una cosa, podrían muy bien decir cualquier otra y salir igualmente airosas como si hubieran entregado la única respuesta posible.

Cuando en verdad cualquier respuesta puede ser atendible y posible y dejar conforme a las inquietudes que fueran.

Pero lo cierto, muchachos, es que la semana pasada volví a las canchas dejando salir de mí al jugador que llevo dentro y participando no solo de un partido, sino de dos partidos.

Y no fue en cualquier partido chapucero. Volví al fútbol jugando con un par de jugadores memorables de mi querido Boca Juniors que bien supieron hacer historia y meter terribles golazos en sus épocas de gloria.

Y, como si fuera poco, metí además dos goles.

Sí, señores, dos goles así como me ven con las piernas bien flaquitas y este cuerpito más propio de alguien que bien podría estar tejiendo en vez de jugando al fútbol.

Y digo más, señores…

Me entusiasmé tanto con retomar el fútbol después de dos o tres décadas que hace un mes me alisté en el entrenamiento del barrio.

Y no solo eso.

En cierto momento me tiró terrible centro otro viejo cuarentón o cincuentón y, ¿qué hice yo, señores?

¿Qué hice?

Me lancé de palomita.

Y le di con la cabeza al arco como si al viejo que represento le hubiera importado un comino reprimir al joven jugador habilidoso que llevo dentro.

Que cabeceó, y en ese sutil e inesperado acto, hizo historia entre los viejos futboleros del barrio.


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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Me gusta


No recomiendo nada porque sería una intrusión en el discernir del otro.

Una brusca manera de decidir por él o por ella.

Diciéndole por acá o por allá.

A pesar de que a uno lo inviten cada tanto con la pregunta, ¿qué te parece que debería hacer?

Asumir la responsabilidad de decidir, sería la mejor respuesta.

¿Por qué se creen que los buenos profesionales no dan indicaciones ni directivas, y jamás asumen la decisión del otro?

Porque la vida es compleja, querido. Y por más convicción que tengan, no van a pisar el palito de hacerse cargo del asunto para exponerse luego a la posibilidad de que luego venga el susodicho o la susodicha y diga…

¡Culpa tuya!

No querido, ningún profesional de la salud mental, coach ontológico y presumiblemente cualquier otro parlanchín respetable y más o menos avispado va a decidir por el consultante.

El paso en falso siempre está al acecho porque más de uno quiere que el otro le aporte la decisión correcta. Pero ese paso jamás hay que darlo, sobre todo si uno no quiere hacerse cargo de las consecuencias de la decisión que fuera.

Ajenas, por supuesto.

Y si bien no sé por qué emergió toda esta perorata, presumo que es porque iba a decir que está bueno recibir me gusta en Facebook, Instagram o donde sea.

Yo me dejaba llevar por cierto espíritu renegado que desistía del juego, bajo el marco teórico autoformulado que me decía…

Está bien Juancito, que no te pongan un puto me gusta te fortalece. Quiere decir que no sos un debilucho que mendiga aprobación.

Quiere decir que hacés lo tuyo y te hacés cargo, sin importarte un bledo la mirada del otro.

Además, Juancito…

¿Además qué?

Diluís el ego querido, y te mantenés distante de la posibilidad de ser un títere de tu propia vida.

Y ahora dicho esto, diré lo otro.

Me gusta que me pongan me gusta, es como una caricia, como una aprobación.

Un guiño de la buena onda.

Constituye la antítesis de la actitud mezquina y pijotera del fracasado y resentido, que en vez de valorar a cualquier otro prefiere hacerse el boludo y evitar poner me gusta para quizás exorcizar vaya a saber qué éxito ajeno.

Quizás por eso yo pongo me gusta sin mayores restricciones.

Celebro la vida y el éxito del otro.

Y admiro a los exitosos, a los que suelen darle con un caño.

Así que cuando alguien me pone me gusta en la publicación que sea, creo que es de mi estirpe y celebra hasta el más irrelevante éxito ajeno.

Me gusta esa actitud.



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viernes, 18 de septiembre de 2026

Se publicó mi nuevo libro: 50 - Que los cumplas muy feliz



Queridos lectores de La Guarida:

Quería contarles que se publicó mi nuevo libro, 50 - Que los cumplas muy feliz.

Un regalo inspiracional para quienes asumen la valentía de construirse como personas.

Espero que sea una sana y positiva influencia para quienes lo lean.






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sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Para qué escribo?


Bueno, no sé por qué uno espontáneamente se arrincona.

Se pone contra la pared.

Se autoimpone explicaciones últimas y definitivas que quizás no tiene, puede intuirlas o sospecharlas en el mejor de los casos.

Para decir esto es, sanseacabó.

Son intentos de precisión más o menos acertados y más o menos fallidos.

¿Por qué escribo?

Qué sé yo, por qué. Tal vez porque me sale escribir. Quizás hay una dimensión ajena que susurra en silencio y necesita algunos parlanchines para manifestar esto y lo otro.

Y los parlanchines nos entusiasmamos como si fuéramos parteros de algo que insinúa nacer y facilitamos la aparición.

Qué sé yo, se pueden decir tantas cosas. Que quizás se podrá escribir hasta un libro para explicarse, justificarse, entender vaya a saber por qué uno hace lo que hace.

¿Es necesario explicarlo todo?

¿Para qué?

Bueno, me pregunto.

Porque si hay alguna dimensión extraña e insondable que lleva a actuar, por qué no entregarse a su despliegue en vez de refrenarla con inquisiciones quizás inoportunas.

Somos lo que hacemos. Y quizás somos en verdad más cuando no nos cuestionamos lo que hacemos y dejamos ser naturalmente lo que somos.

Pero cada tanto se interponen preguntas.

¿Para qué?

Para desarrollar conciencia, buscar congruencia. Andar impecables y ordenados por la vida.

¿Bien derechito?

¿Sin contradicciones, zigzagueos ni volteretas?

Me pregunto. Siempre me pregunto, para encontrar respuestas razonables que de alguna forma concluyan la inquietud.

O la apacigüen al menos.

Para no andar de alguna manera como inquieto o molesto. Como si alguna ropa en cierto lugar del cuerpo estuviera molestando.

Escribo para ajustar el mundo desbarajustado, es cierto.

Y para ajusticiar lo injusto, sin miramientos, a veces con irrefrenable decisión y con intención deliberada.

Porque si la cotidianidad ofreció un hecho torcido, bien vale la escritura para acomodarlo.

Hacer justo lo injusto, y saldar las cuentas.

Escribo para elaborar emocionalidades y especialmente para liberarme de las pretensiones ajenas y de mí mismo, porque siempre en algún punto estoy maniatado.

Así que forcejeo, busco la punta de la soga, tiro y desenredo.

No es fácil, es cierto.

Llevo tirando y desenredando desde hace décadas. Pero aún no me desato.

En el fondo creo que escribo para procurar un avivamiento tan prometedor como esquivo, que consuela con destellos de elucidaciones efectivas.

Y escribo porque creo en las palabras para construir el mundo y el ser humano.

Somos la realidad que nos acontece por los pensamientos que transitamos y las palabras que ejecutamos.

Es mentira que el mundo se nos presenta y simplemente lo atestiguamos.

Creo que escribimos porque con las palabras lo elaboramos.

Por eso también escribimos.

Por eso parlanchineamos.


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miércoles, 9 de septiembre de 2026

¿Por qué intentar convencer al otro?


Hay quizás un desarrollo importante de ciertas personas en esta cuestión.

Digo así porque por supuesto no voy a andar hablando de mí para que otro lea y piense, mirá este fanfarrón, de qué se las da.

¿A quién le ganó?

Por eso quizás uno, que sería en este caso yo, se cuida y dice al pasar que hay ciertas personas más desarrolladas con esta cuestión.

Lo que quiere decir que no solo no se conmueven por la mirada, opinión o asunción discordante con su mirada, sino que la respetan, la toleran, pueden convivir sin enojarse con ella.

Y, es más, no hacen el más mínimo esfuerzo por incidir para modificarla y producir ciertos ajustes que se acerquen a su perspectiva.

A su mirada.

Si uno piensa A y el otro piensa B. Quien piensa A, en vez de convencer al otro sobre la conveniencia de pensar A y enojarse a la vez porque piensa B, lo deja tranquilo pensando B y experimentando los perjuicios o beneficios que pensar B consecuentemente le genera.

Ahora bien…

Frenemos acá.

¿Por qué uno quiere convencer al otro de que piense similar a uno y encima suele ser frecuente que se enoje si piensa muy distinto o diametralmente opuesto?

Pensemos.

Puede ser en primera instancia porque el primer susodicho está algo inseguro en verdad de lo que piensa y necesita saber que sus cimientos son sólidos y no tan endebles como si sostuviera una estantería con clavos flojos.

Por decir algo.

Y también puede ser porque en ciertos casos, si el otro desacuerda con su postura, puede generar una fuerza que atente contra sus propios intereses y termine manifestándose en la realidad.

Votar a este o aquel.

Y lo peor, que si sigue por ese lado sosteniendo esa mirada, no solo lo votará él sino que trabajará indirectamente para que lo voten todos sus amigos, familiares, etc.

Por decir otra cosa.

Pero el ejemplo es circunstancial, no se reduce a una votación, sino que el concepto apunta a todas las vicisitudes que puedan presentarse sobre las temáticas que fueran.

Y para concluir y no seguir a las vueltas, bien vale preguntarse cuándo es preciso convivir con el díscolo y dejarlo tranquilo.

Y cuándo vale la pena ofrecer batalla y luchar por compartir lo que uno cree que es la luz ante la oscuridad.

Claro que si el otro es testarudo, terco y se las sabe todas, es preferible hacerse el distraído o dejarlo aferrado a sus propias certezas.

Es preferible que viva quizás equivocado a que se enemiste con nosotros por el solo hecho de pensar diferente.



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