¿Cómo son las cosas?
Es muy simple, señores, señoritas y niños tal vez. Porque puede haber niños leyendo y no puedo omitirlos, sería como desconsiderarlos. Decirles, ¿qué hacen acá ustedes si deberían estar jugando a la pelota o andando en bici?
Dejen ya las pantallas.
Porque agarran las pantallas todos los días. Entraron los sistemas tecnológicos a la casa, acapararon la atención y los abstraen del mundo palpable, dejándolos inmersos en una suerte de paralelismo virtual donde acontecen realidades ajenas.
¿Cómo puede ser que elijan ser más espectadores que protagonistas?
¿Dónde está la trampa?
¿Es una trampa o una burda presunción de un viejo tan cascarrabias como rezongón?
No lo sé, aunque tengo miedo de descubrirme. Los años pasan muy rápido y uno, cuando quiere acordar, empieza a pensar en la jubilación.
Aunque nunca se jubile.
Disculpen, siempre tengo un exagerado que vive dentro mío y a veces me hace escribir cualquier cosa.
¡Cállate, carajo!
Sigo…
¿Se pierden el presente los chicos junto a pantallas?
Qué sé yo, no puedo caer en determinaciones que evidencien elocuentes prejuicios. Solo observo y me inquieto, nada más.
Aunque lo hago para despabilarme, como pellizcándome un poco y dilucidar si la cosa va bien por ahí o es mejor estar en guardia y ofrecer batalla.
Está bien por ahí permitirme esos raptos de locura, desborde y desenchufarle la tele a Santino, jurando y perjurando a los gritos, mientras me llevo el control, que en esta casa tele no se ve nunca más. Que delante mío tele no hay más.
Celular no hay más.
iPad no hay más.
Que es hora de tomar la vida por las astas y salir a corretear por el patio, trepar el árbol, andar en bici o jugar a la pelota.
Y Santino me mira mientras revoleo le brazos como si fuera yo un loco malo. Un viejo desquiciado, descarrilado, exaltado y bullicioso, que es incapaz de dominar sus demonios emocionales y quiere acomodar por fin el mundo a las patadas.
Por eso me observa desde el sillón con un silencio imperturbable y una cara de desconcertado que es imposible de imaginar. Como si estuviera atestiguando lo inadmisible, porque es un acto de presunta locura muy difícil de precisar, y de alguna manera es parte de una cotidianidad tan íntima como inconfesable, que debería ser guardada como un infranqueable secreto de familia.
Respiro mientras lo veo inmóvil, y me detengo para recuperarme de la locura.
Ponete los guantes, Santi, que vamos a patear al patio.
Santi sonríe y va a buscar la pelota.
Esta vez el presente no se nos va a escapar.
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