¿Por qué aprender tanto?
Tanto, es quizás la cuestión que me inquieta.
No exagero si digo que todos los días hay innumerables personas que disponemos tiempo para aprender.
¿Por qué?
Esa es la cuestión a explorar con la mayor precisión posible.
¿Por qué?
Porque si tomamos una acción que se transforma en un hábito y está sustentada en una suerte de exigencia al parecer irrenunciable, parecería conveniente escrutarla, entenderla y problematizarla.
¿Por qué?
Porque eso nos permitiría dilucidar si es razonable, adecuado, conveniente y eficiente dedicar tanto tiempo a aprender.
¿Por qué?
Porque si advirtiéramos algún resquicio donde aparezca la duda y una serie de cuestionamientos debidamente fundados para poner reparos en esas lógicas, quizás, solo quizás abriríamos el debate de la conveniencia de dedicar tiempo al aprendizaje.
O ajustaríamos más o menos el tiempo dedicado a aprender.
Pausa…
Dicho esto, y aún no lo otro, continuemos explorando la inquietud.
El tema es que esos tiempos dedicados a aprender tienen en su trastienda una intención muy sana y productiva.
¿Cuál?
La de ampliar el mundo de posibilidades y posibilitar que operemos en la vida con más destreza, produciendo un beneficio elocuente de bienestar, logros y construcción de resultados.
Y hasta de nuestra persona.
Nadie va a discutir el beneficio cognitivo que implica aprender, ni el valor personal que aporta para alcanzar autonomía, confianza y operar con eficacia en la vida.
Evitando andar a los tumbos.
Y comprendiendo el mundo que nos rodea o el que podemos imaginar.
De modo que aprender es como disponerse a construir la luz alta, para no andar con las luces apesadumbradas ni sostener las vidas con las luces bajas.
Algo así.
Toda esta perorata en verdad emerge por una sola cuestión que se puede sintetizar en una simple palabra.
La calculadora.
En cierto momento de la humanidad, hubo gente que se dedicó con empeño, compromiso y esfuerzo a hacer cuentas más o menos exigentes.
Lograban excelentes resultados de operaciones escabrosas que requerían atenderse con extremo cuidado.
Y dedicando un buen tiempo hacían las cuentas más complejas que necesitaban realizarse.
De un día para el otro apareció la calculadora. Y en ese preciso instante todo el tiempo destinado a hacer cuentas complejas se puso en cuestión.
Cualquier pelagatos al instante apretaba los botones y obtenía el mismo resultado que la persona que dedicó parte de su vida a adquirir la destreza de hacer cuentas complicadas.
Se invalidó de algún modo el esfuerzo y se impuso lo que es quizás más valioso, lograr el resultado.
Ahí creo que está el meollo de la cuestión. En la aparición de la inteligencia artificial, que aporta de un sopetón la destreza sin el tiempo que requiere el aprendizaje y devuelve resultados de valor.
Ese es el punto.
Y eso es lo que en verdad inquieta.
Lo que creo que quería decir.
No para dejar de aprender, sino para hacernos preguntas que quizás reafirmen nuestras lógicas y resuelvan con mayor conciencia ciertos tiempos destinados a aprender.
Y ciertos tiempos destinados a vivir.
Aunque es bueno y conveniente vivir aprendiendo toda la vida.
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