El futbolista agazapado
Ustedes no van a creerme, pero pasé décadas sin jugar al fútbol. Lo que fue tal vez un error estratégico proveniente de la propia preservación de un supuesto futbolista habilidoso y gambeteador que vive dentro mío.
Yo dejé el fútbol porque evito problemas evitables que pueden transformarse en problemas relevantes. Y porque, soy en parte, mal pensado o pesimista en algún aspecto.
Imaginaba a un gordo enceguecido arruinado por presuntas humillaciones propias de mi gambeta que se lanzaba sin contemplaciones sobre mis piernas para propinarme terrible guadañazo.
Y no.
No quería saber nada con una eventual quebradura propia de esa malicia que en verdad es una descarga quizás en parte comprensible de presuntos enojos propiciados por esquives, caños y gambetas.
Y el gordo, aunque no existió, actuó como un fantasma decidido a ajusticiarme y arruinar en un acto innecesario y decidido mis enflaquecidas patitas que en verdad dan lástima y que ante las patadas endiabladas ofrecen más dudas que certezas.
También creo que en su momento me espantaron las agresiones, los maltratos y las peleas de supuestos futbolistas frustrados que se creían Maradona sin advertir sus limitaciones. Tipos maleducados capaces de hacer trampa, recurrir a picardías insanas o maltratar al otro con tal de ganar a toda costa.
Pienso eso porque algo hay que pensar para darse explicaciones, sobre todo cuando uno tiene disposición a la racionalidad y aún es tan iluso de presentir que todo puede ser razonablemente explicado.
Sin percatarse de que las explicaciones en general son embusteras y, como dicen una cosa, podrían muy bien decir cualquier otra y salir igualmente airosas como si hubieran entregado la única respuesta posible.
Cuando en verdad cualquier respuesta puede ser atendible y posible y dejar conforme a las inquietudes que fueran.
Pero lo cierto, muchachos, es que la semana pasada volví a las canchas dejando salir de mí al jugador que llevo dentro y participando no solo de un partido, sino de dos partidos.
Y no fue en cualquier partido chapucero. Volví al fútbol jugando con un par de jugadores memorables de mi querido Boca Juniors que bien supieron hacer historia y meter terribles golazos en sus épocas de gloria.
Y, como si fuera poco, metí además dos goles.
Sí, señores, dos goles así como me ven con las piernas bien flaquitas y este cuerpito más propio de alguien que bien podría estar tejiendo en vez de jugando al fútbol.
Y digo más, señores…
Me entusiasmé tanto con retomar el fútbol después de dos o tres décadas que hace un mes me alisté en el entrenamiento del barrio.
Y no solo eso.
En cierto momento me tiró terrible centro otro viejo cuarentón o cincuentón y, ¿qué hice yo, señores?
¿Qué hice?
Me lancé de palomita.
Y le di con la cabeza al arco como si al viejo que represento le hubiera importado un comino reprimir al joven jugador habilidoso que llevo dentro.
Que cabeceó, y en ese sutil e inesperado acto, hizo historia entre los viejos futboleros del barrio.
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