domingo, 8 de noviembre de 2026

¿A quién le ganaste?


Yo paso desapercibido, me camuflo y ejerzo de don nadie.

Nada detesto más que me digan, presentate.

Es como ponerme contra la pared y afirmarme la espada en el pecho.

Me cuesta evadirme y hago lo que puedo, pero de alguna manera siempre me escapo.

Hasta que por ahí llega alguna pregunta intrusiva y difícil de esquivar.

En esos casos a veces demoro un instante la respuesta y la ofrezco como una suerte de rendición. Porque si bien la posibilidad de elucubrar alguna mentira me entusiasma, quizás por la intención literaria, al mismo tiempo me resulta filosóficamente inaceptable.

Sería como ejercer de farsante y asumir la posición del chanta.

Gratis encima, sin mayores beneficios, más allá de pasar inadvertido y ejercer de don nadie.

¿Qué quieren que haga o que diga?

¿Que hice esto o lo otro?

¿Que estuve acá o allá?

Cualquier respuesta podría facilitar la asunción de etiquetas y dejarme apresado en síntesis que para lo único que sirven es para arrebatarme la libertad y encarcelarme en el prejuicio que fuera.

Ser nadie tiene la virtud de aceptar la liviandad del ser, situándolo en una libertad difícil de cercenar.

Además, seamos sinceros, uno no puede andar diciendo que hizo esto y lo otro. O andar sacando a relucir vaya a saber qué pergaminos.

Uno es lo que es, la verdad del ejercicio que hace en el momento presente.

Aunque no le alcance al otro para determinarlo y quede con la intención fallida de precisarlo.

¿Para qué carajo quiere precisarlo?, me pregunto.

¿Para tener cierta previsibilidad sobre el otro que siempre tiene la posibilidad de zafarse?

Cada uno es quien es, o quien puede ser, en el momento presente.

Y si quiere autorretratarse también está bien, pero a mí me incomoda hacerlo.

Porque quizás no me interesa ganarle a nadie. O tal vez jamás a nadie le he ganado.

Con suerte si a veces logro ganarme a mí mismo. Porque a decir verdad lo habitual es que empate.

Pero tener que presentarse y decirle al resto que uno es tal o cual, quizás sea en el mejor de los casos un chamuyo más o menos cierto y más o menos mentiroso.

Porque además, convengamos, si somos sinceros. Si somos realmente precisos con la existencia y nos hacemos cargo de las dimensiones verdaderas del ser, acá no hay reyes ni mandarines, ni poderosos que se la saben toda o manejan el mundo a voluntad.

Cuando se escruta al ser en su esencia, lo encontramos en todos los casos en la misma situación.

Desnudo.

Porque tal vez esencialmente no somos nadie, si dejamos de lado de alguna forma las pantomimas o todo lo que orquesta a la persona para dotarla de valor aparente.

Y a veces también sustancial.

Con lo cual entonces pensándolo bien, o problematizándolo un poquito, quizás no estaría tan seguro de creer que no somos nadie.

Porque todos siempre somos alguien.

Hasta los que luchamos por pasar desapercibidos.



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¿Conviene ser multimillonario?


Depende, siempre depende.

Todo es porque me invitan a una reunión donde me aseguran que me darán los pasos apropiados para lograr el objetivo.

Yo escucho con atención la perorata y el razonable palabrerío, que como todo resultado del parlanchineamiento impone discernir si se trata de algo razonable y fundado, o una intención quizás buena pero chapucera.

De hecho, ahora que lo pienso, lo primero que uno observa o debería observar es la seriedad del asunto que fuera. Porque es lo que hace a la credibilidad de los resultados prometidos y al debido cumplimiento de la palabra.

De ahí que parlanchinear responsable y seriamente no sea una cuestión menor, sino esencial, porque en ese acto se generan las condiciones propicias para percibir si estamos ante un asunto serio o una farsa indomable.

Una vez superada esa instancia de presumible indagación apoyada por la voluntad de la desconfianza y la elucidación, se puede seguir adelante o refrenarse, según pueda acertarse sobre la calidad del palabrerío.

¿Voy entonces?

¿Por qué iría?, me pregunto. Creo que no me interesa ser multimillonario ni enredarme en los vericuetos de los ricos.

¿Qué más necesitaría para ser feliz del mundo material?

Ni siquiera lo sé, ni siquiera me lo vengo preguntando hace años. Lo cual no quiere decir que yo sea un despojado o un hippie agazapado.

Creo en las comodidades del capitalismo y adopto los chirimbolos que fueran siempre que advierta claramente que me aportan valor.

Porque menos cosas, son menos cosas.

Y es más liviandad.

Entonces la verdad que no sabría si me interesa ser multimillonario, aunque en realidad siento que la respuesta la vivo esencialmente.

Ni remotamente me interesaría tener un avión privado. O los problemas que tienen los ricos.

Aunque tampoco me gustaría tener los problemas que tienen los pobres.

Creo que estoy en el medio, quizás a veces más cerca de un lado y a veces más cerca del otro.

Pero no, multimillonario no.

Me gusta andar livianito.



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jueves, 5 de noviembre de 2026

Esta vez…


No sé por qué en algún punto pienso que los títulos deben ser claros y explicativos.

Es porque el lector tiene que interesarse, querido.

De alguna forma vendés, decís, miren esto o lo otro. Y algún susodicho de alguna forma compra. Elige esto o lo otro.

Es como votar.

Este sí, este no.

¿A ver qué hay en la oferta?

Uno elige, querido. Hace clic aquí o allí. Y está bien que así sea. Por eso el tema del título no es una cuestión menor, es quizás la más relevante. Aunque no la más significativa.

¿Por qué?

Porque si en el mejor de los casos se logra construir valor es por el despliegue de los párrafos y la virtud de la orquestación de palabras.

Ahí está el punto.

En esa suerte de incitación al pensamiento ajeno a partir de la provocación propia, que no es ni más ni menos que la sumatoria de palabras mejor o peor organizadas, en busca de ciertos sentidos.

Ciertas observaciones que en definitiva están en manos del lector y al autor de algún modo se le escapan.

Con suerte las sospecha.

Esta vez… tal vez lo que este escrito quiera decir es que esta vez es igual a todas las veces. El autor propone y el lector define.

Si dijo esto o lo otro, si me inspiró para pensar así o asá.

Si estamos ante una obra memorable o ante una pavada inusitada.

Si hay algo distinto o quizás en el fondo es siempre lo mismo.

Y, para serles sincero, o dramáticamente franco, como suele resultarme natural, creo que esta vez no es distinto.

Es lo mismo de siempre.



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miércoles, 4 de noviembre de 2026

Contento conmigo…


Yo estoy contento conmigo.

Enseguida se me ocurrió el título y de inmediato pensé que debería considerar poner contento contigo. Para no ser protagónico, para no subir al escenario y que me iluminen las luces.

Para que alguien se interese en leer esto que vaya a saber qué va a decir.

Pero de inmediato me advertí que no podría poner el título contento contigo. Porque esencialmente sería un simulador, un farsante.

Y además estaría traicionando a lo más valioso que tiene ese universo único e inestimable de la escritura, que hace emerger palabras e ideas que vienen vaya uno a saber de dónde. Con lo cual, encauzarlas, amoldarlas o transfigurarlas sería en verdad un pecado capital.

La traición más despiadada que puede hacérsele a la autenticidad.

Y si buscamos verdad, más vale que seamos estrictamente respetuosos de la autenticidad.

¿Por qué estoy contento conmigo?

No sé exactamente, pero sospecho que debe ser por uno de los pilares que más reconozco y por el cual me jugué toda la vida.

Me hice cargo de mí, sin maquillaje ni nada.

Casi como Dios me trajo al mundo, podría decir, si quisiera ser preciso con una metáfora bastante acertada.

¿Y eso qué significa?

Que uno es lo que es, lo que le sale ser, lo que genuinamente emerge de su forma de estar en el mundo.

Con sus más y sus menos. Con sus virtudes y defectos.

Y en un mundo repleto de máscaras, ser quien uno es con sus fortalezas y debilidades aporta un bienestar que no se puede explicar.

Es como andar liviano por la vida aceptando que uno es lo que es sin la más mínima intención de pantomimizarse.

Así que estoy contento conmigo, esencialmente por ser quien soy y por tener la valentía de pagar el precio que sea necesario para respetarme.

Transfigurarse es una opción que no existe en mi vida.

Soy lo que soy, y estoy contento conmigo.






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sábado, 31 de octubre de 2026

La queja…

Es un tema a observar porque de alguna manera convivimos con ella.

Nos guste o no.

Por un lado la queja puede ser propia y por el otro, ajena.

¿Qué hacemos entonces?

Cada uno sabrá, pero presumiblemente es conveniente observar un poco la cuestión para ver dónde estamos metidos y qué relación inteligente podríamos dilucidar con la queja.

Creo que no debe haber persona en el mundo que no se haya quejado alguna vez. De ahí en adelante podemos advertir que hemos sido menos o más quejosos

Y ahí creo que podríamos hacernos la primera pregunta, que pareciera esencial.

¿De qué sirve la queja?

Primero, anotemos…

Esto de tener una disposición al humor creo que es una perspectiva positiva, aunque a veces tal vez solo uno reconozca el chiste.

Saber los pasos y anotar, es una presunción tan fallida como inocente. Quizás instalada de alguna manera por la lógica tradicional de la escuela que de algún modo hace sentir que hay respuestas unívocas y por consiguiente acertadas o desacertadas.

Pero volviendo a la queja, ¿cuál es su verdadera utilidad?

Primero, si el plato que trajeron del restorán fue equivocado, la queja puede subsanarlo.

Simple y claro.

Para dar un ejemplo práctico, que sirve para no irse al extremo y andar pregonando a los cuatro vientos que la queja no sirve para nada.

No señores, no nos engañemos.

Y les digo más, en algunos casos que bien conozco la queja es una asunción existencial que logra resultados memorables si se asume con debida habilidad y destreza.

Conozco algunos casos de construir patrimonios importantes gracias a ese hábil manejo que ofrece resultados.

De modo que un buen quejoso o una buena quejosa, puede ahorrarse notables esfuerzos formativos, laborales y de numerosas índoles, por adquirir las competencias que le ofrezcan habilidades para desplegar la queja.

Obteniendo resultados que por propia acción jamás obtendría.

Porque para lograrlos debería formarse, esforzarse, trabajar, asumir riesgos, resolver problemas…

Así que no nos mintamos, la queja no es una posibilidad improductiva que no logra nada.

Es una alternativa tan posible como cómoda para lograr resultados.

Claro que no siempre la queja se sale con las suyas. Está lleno de quejosos improductivos, que señalan esto y lo otro como causantes de sus desgracias, pero no intervienen en los espacios pertinentes para obtener resultados.

Se quedan regodeados en discursos improductivos que de alguna forma los dotan de identidad, envenenan e intoxican, quizás no tanto a quien parlotea esas quejas, sino a quienes las reciben.

Como si les estuvieran echando tarros de basura a sus cabezas.

También conozco al menos a un susodicho que sin saber o sabiendo, construyó su identidad en la queja y en vez de encargarse de las soluciones que presenta la cotidianidad se aferra a los problemas.

Es como que elige vivir en ellos.

¿Por qué?

Vaya uno a saber, pero sospecho que es porque si superara la queja perdería parte de su ser.

Y diciendo esto, no sé si decir lo otro.

Que esencialmente es despojarse de la queja y adoptar una posición existencial de madurez. Una actitud que honra el propio ser, lo yergue apoyado en su responsabilidad, asumiendo su poder personal y haciéndose cargo de los asuntos que fueran.

Es la posición de quien deja de señalar al otro como responsable de sus molestias y decide hacerse de aquello que puede resolver por sí mismo.

Lo que implica dar los pasos necesarios para solucionar la queja por mérito propio.

Y si bien considero que es la forma de actuar más acertada y más evolucionada que puede adquirir el ser, también advierto que lo conceptual muchas veces no coincide con los hechos.

Debe ser porque este plomero de morondanga me dejó otra vez plantado.

¿Cómo puede ser?


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jueves, 29 de octubre de 2026

Para aprender…


La mayoría escribe para enseñar. Yo escribo para aprender.

Lamento defraudarlos.

Si tuviera las certezas, si lo supiera todo, si a la duda la tuviera arrinconada o aniquilada, difícilmente me sentaría a escribir.

Escribo para desenredarme, desatarme y liberarme.

Curarme de mí mismo, como muy bien lo vengo haciendo. Con el propósito de quedar lo más sanito posible.

Una pinturita.

Escribir es preguntarse, andar explorando vericuetos, zambullirse en inquietudes y dar con vestigios y aproximaciones más o menos razonables que con cierta fuerza de convicción digan de algún modo, es por acá.

Ajá.

O algo así.

Por eso escribo en verdad, porque al escribir uno va como corriendo las cortinas de lo que quisiera ver y aún no alcanza a ver. Intuyendo que hay algo interesante del otro lado y que más vale que siga avanzando porque si no corre debidamente las cortinas no va a ver un carajo.

Y va a quedarse de algún modo con los ojos vendados.

Lo cual sería un despropósito para sobrellevar la vida, más con todas las exigencias y desafíos que la vida impone.

Así que si debo confesarme, en verdad escribo para aprender, para entender un poco más de lo que me inquieta. 

Y aunque lo que encuentre no sea un descubrimiento unívoco y definitivo, esos destellos de supuestas verdades prometedoras, debo decir que no me salvan.

Pero me avivan bastante.


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