sábado, 31 de octubre de 2026

La queja…

Es un tema a observar porque de alguna manera convivimos con ella.

Nos guste o no.

Por un lado la queja puede ser propia y por el otro, ajena.

¿Qué hacemos entonces?

Cada uno sabrá, pero presumiblemente es conveniente observar un poco la cuestión para ver dónde estamos metidos y qué relación inteligente podríamos dilucidar con la queja.

Creo que no debe haber persona en el mundo que no se haya quejado alguna vez. De ahí en adelante podemos advertir que hemos sido menos o más quejosos

Y ahí creo que podríamos hacernos la primera pregunta, que pareciera esencial.

¿De qué sirve la queja?

Primero, anotemos…

Esto de tener una disposición al humor creo que es una perspectiva positiva, aunque a veces tal vez solo uno reconozca el chiste.

Saber los pasos y anotar, es una presunción tan fallida como inocente. Quizás instalada de alguna manera por la lógica tradicional de la escuela que de algún modo hace sentir que hay respuestas unívocas y por consiguiente acertadas o desacertadas.

Pero volviendo a la queja, ¿cuál es su verdadera utilidad?

Primero, si el plato que trajeron del restorán fue equivocado, la queja puede subsanarlo.

Simple y claro.

Para dar un ejemplo práctico, que sirve para no irse al extremo y andar pregonando a los cuatro vientos que la queja no sirve para nada.

No señores, no nos engañemos.

Y les digo más, en algunos casos que bien conozco la queja es una asunción existencial que logra resultados memorables si se asume con debida habilidad y destreza.

Conozco algunos casos de construir patrimonios importantes gracias a ese hábil manejo que ofrece resultados.

De modo que un buen quejoso o una buena quejosa, puede ahorrarse notables esfuerzos formativos, laborales y de numerosas índoles, por adquirir las competencias que le ofrezcan habilidades para desplegar la queja.

Obteniendo resultados que por propia acción jamás obtendría.

Porque para lograrlos debería formarse, esforzarse, trabajar, asumir riesgos, resolver problemas…

Así que no nos mintamos, la queja no es una posibilidad improductiva que no logra nada.

Es una alternativa tan posible como cómoda para lograr resultados.

Claro que no siempre la queja se sale con las suyas. Está lleno de quejosos improductivos, que señalan esto y lo otro como causantes de sus desgracias, pero no intervienen en los espacios pertinentes para obtener resultados.

Se quedan regodeados en discursos improductivos que de alguna forma los dotan de identidad, envenenan e intoxican, quizás no tanto a quien parlotea esas quejas, sino a quienes las reciben.

Como si les estuvieran echando tarros de basura a sus cabezas.

También conozco al menos a un susodicho que sin saber o sabiendo, construyó su identidad en la queja y en vez de encargarse de las soluciones que presenta la cotidianidad se aferra a los problemas.

Es como que elige vivir en ellos.

¿Por qué?

Vaya uno a saber, pero sospecho que es porque si superara la queja perdería parte de su ser.

Y diciendo esto, no sé si decir lo otro.

Que esencialmente es despojarse de la queja y adoptar una posición existencial de madurez. Una actitud que honra el propio ser, lo yergue apoyado en su responsabilidad, asumiendo su poder personal y haciéndose cargo de los asuntos que fueran.

Es la posición de quien deja de señalar al otro como responsable de sus molestias y decide hacerse de aquello que puede resolver por sí mismo.

Lo que implica dar los pasos necesarios para solucionar la queja por mérito propio.

Y si bien considero que es la forma de actuar más acertada y más evolucionada que puede adquirir el ser, también advierto que lo conceptual muchas veces no coincide con los hechos.

Debe ser porque este plomero de morondanga me dejó otra vez plantado.

¿Cómo puede ser?


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jueves, 29 de octubre de 2026

Para aprender…


La mayoría escribe para enseñar. Yo escribo para aprender.

Lamento defraudarlos.

Si tuviera las certezas, si lo supiera todo, si a la duda la tuviera arrinconada o aniquilada, difícilmente me sentaría a escribir.

Escribo para desenredarme, desatarme y liberarme.

Curarme de mí mismo, como muy bien lo vengo haciendo. Con el propósito de quedar lo más sanito posible.

Una pinturita.

Escribir es preguntarse, andar explorando vericuetos, zambullirse en inquietudes y dar con vestigios y aproximaciones más o menos razonables que con cierta fuerza de convicción digan de algún modo, es por acá.

Ajá.

O algo así.

Por eso escribo en verdad, porque al escribir uno va como corriendo las cortinas de lo que quisiera ver y aún no alcanza a ver. Intuyendo que hay algo interesante del otro lado y que más vale que siga avanzando porque si no corre debidamente las cortinas no va a ver un carajo.

Y va a quedarse de algún modo con los ojos vendados.

Lo cual sería un despropósito para sobrellevar la vida, más con todas las exigencias y desafíos que la vida impone.

Así que si debo confesarme, en verdad escribo para aprender, para entender un poco más de lo que me inquieta. 

Y aunque lo que encuentre no sea un descubrimiento unívoco y definitivo, esos destellos de supuestas verdades prometedoras, debo decir que no me salvan.

Pero me avivan bastante.


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martes, 20 de octubre de 2026

¿Por qué escuchar?


Hace tiempo me inquieta la cuestión y la abordo con minuciosa observación para discernir sobre esta inquietud y alcanzar algún grado de lucidez al respecto.

Podría ser más despreocupado y convivir con estas vicisitudes, pero prefiero observarlas, contemplarlas, problematizarlas y de algún modo dilucidar el meollo para producir cierto entendimiento.

Y no solo eso…

También para definir una posición al respecto que me resulte llevadera, razonable con mis valores, y me permita ejercerla con soltura, comodidad y cierta solvencia.

Con lo cual, si no observara, si no problematizara, si no tuviera la intención de escrutar el entuerto, difícilmente comprendería ciertas lógicas y comportamientos ajenos, y sería casi imposible definir con conciencia mi posición al respecto, lo que me dejaría en una suerte de ejercicio chapucero sobre la materia.

¿Y qué observás entonces, querido?

Enumero…

Chiste, no puedo enumerar porque si preciso los procederes de compañeros de trabajo que obran en las reuniones en que participo, estaría siendo un alcahuete de vicisitudes en algún punto confidenciales.

¿Entonces?

Entonces lo observo todo y poco a poco voy escrutando y sacando conclusiones al respecto.

En términos generales creo que para escuchar hay que tener seguridad personal y una actitud de genuina humildad.

Cuando alguien no escucha, muy presumiblemente tiene problemas de ese tipo o bien está cegado por el capricho, entre otras posibles razones.

También suele ocurrir que a algún susodicho no le conviene escuchar por mezquindades personales que se anteponen a tomar decisiones convenientes en conjunto.

El ego también hace lo suyo.

Y también hace lo suyo la actitud muchas veces acomodaticia que hace como que no escucha debido a la falta de valor para ejercer su genuina palabra.

En lo que a mí respecta, yo hablo cada vez que considero relevante hablar y juzgo conveniente y positivo que se me escuche.

Luego me desentiendo del tema y me quedo con la conciencia tranquila.

También me esfuerzo por escuchar lo que no quiero escuchar.

Escucho porque sé que conviene escuchar, sobre todo la disidencia.

Es como sumarse las cabezas de otros.

Reconozco que suele ser incómodo, desafiante y hasta perturbador, pero cuando otro habla con debida argumentación, escuchar es la actitud más conveniente.

Me favorece la genuina humildad.

Y la convicción de que siempre, en vez de estar en lo cierto, es posible que esté equivocado.


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domingo, 4 de octubre de 2026

Con todas las letras


La autenticidad de pura cepa implica el ejercicio de la palabra sin condicionante alguno y su elocuencia con todas las letras.

Sin rodeos y mucho menos medias tintas.

Siempre celebro cuando alguien, en vez de reprimirse y contenerse de algún modo, lo dice todo.

Como si en ese acto irreversible y decidido no tuviera nada que ocultar, mostrase todas las cartas y ascendiera así quizás a uno de los mayores peldaños que alguien pudiera alcanzar en el desarrollo personal.

La decisión de hacerse cargo de sí mismo.

Como diciendo, esto soy. Esto pienso. Entonces, esto digo.

Guste o no.

Buenas noches.

O buenas tardes.

Qué sé yo.

Claro que hay que problematizarlo todo y embarcarse en ciertas disquisiciones enroscadas para poner peros a las síntesis decididas y sacar verdades en claro para determinar si la cosa es así o asá.

O más o menos así, o más o menos asá.

Pero que los Quijotes se hagan cargo de su pensamiento y lo vomiten todo de manera incontinente por lo menos genera inquietud y hace pensar en la autenticidad, en el valor de la espontaneidad, en la voluntad de no transfigurarse y hacerse cargo de sí mismo.

Y en un mundo de tantas simulaciones y tantas máscaras, ver fielmente al ser humano sin el más mínimo maquillaje ni la intención de simularse, obviamente va a hacer que se perciba como grotesco presenciar el desnudo.

Porque no estamos acostumbrados a ver de frente lo esencialmente humano.



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sábado, 3 de octubre de 2026

El futbolista agazapado


Ustedes no van a creerme, pero pasé décadas sin jugar al fútbol. Lo que fue tal vez un error estratégico proveniente de la propia preservación de un supuesto futbolista habilidoso y gambeteador que vive dentro mío.

Yo dejé el fútbol porque evito problemas evitables que pueden transformarse en problemas relevantes. Y porque, soy en parte, mal pensado o pesimista en algún aspecto.

Imaginaba a un gordo enceguecido arruinado por presuntas humillaciones propias de mi gambeta que se lanzaba sin contemplaciones sobre mis piernas para propinarme terrible guadañazo.

Y no.

No quería saber nada con una eventual quebradura propia de esa malicia que en verdad es una descarga quizás en parte comprensible de presuntos enojos propiciados por esquives, caños y gambetas.

Y el gordo, aunque no existió, actuó como un fantasma decidido a ajusticiarme y arruinar en un acto innecesario y decidido mis enflaquecidas patitas que en verdad dan lástima y que ante las patadas endiabladas ofrecen más dudas que certezas.

También creo que en su momento me espantaron las agresiones, los maltratos y las peleas de supuestos futbolistas frustrados que se creían Maradona sin advertir sus limitaciones. Tipos maleducados capaces de hacer trampa, recurrir a picardías insanas o maltratar al otro con tal de ganar a toda costa.

Pienso eso porque algo hay que pensar para darse explicaciones, sobre todo cuando uno tiene disposición a la racionalidad y aún es tan iluso de presentir que todo puede ser razonablemente explicado.

Sin percatarse de que las explicaciones en general son embusteras y, como dicen una cosa, podrían muy bien decir cualquier otra y salir igualmente airosas como si hubieran entregado la única respuesta posible.

Cuando en verdad cualquier respuesta puede ser atendible y posible y dejar conforme a las inquietudes que fueran.

Pero lo cierto, muchachos, es que la semana pasada volví a las canchas dejando salir de mí al jugador que llevo dentro y participando no solo de un partido, sino de dos partidos.

Y no fue en cualquier partido chapucero. Volví al fútbol jugando con un par de jugadores memorables de mi querido Boca Juniors que bien supieron hacer historia y meter terribles golazos en sus épocas de gloria.

Y, como si fuera poco, metí además dos goles.

Sí, señores, dos goles así como me ven con las piernas bien flaquitas y este cuerpito más propio de alguien que bien podría estar tejiendo en vez de jugando al fútbol.

Y digo más, señores…

Me entusiasmé tanto con retomar el fútbol después de dos o tres décadas que hace un mes me alisté en el entrenamiento del barrio.

Y no solo eso.

En cierto momento me tiró terrible centro otro viejo cuarentón o cincuentón y, ¿qué hice yo, señores?

¿Qué hice?

Me lancé de palomita.

Y le di con la cabeza al arco como si al viejo que represento le hubiera importado un comino reprimir al joven jugador habilidoso que llevo dentro.

Que cabeceó, y en ese sutil e inesperado acto, hizo historia entre los viejos futboleros del barrio.


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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Me gusta


No recomiendo nada porque sería una intrusión en el discernir del otro.

Una brusca manera de decidir por él o por ella.

Diciéndole por acá o por allá.

A pesar de que a uno lo inviten cada tanto con la pregunta, ¿qué te parece que debería hacer?

Asumir la responsabilidad de decidir, sería la mejor respuesta.

¿Por qué se creen que los buenos profesionales no dan indicaciones ni directivas, y jamás asumen la decisión del otro?

Porque la vida es compleja, querido. Y por más convicción que tengan, no van a pisar el palito de hacerse cargo del asunto para exponerse luego a la posibilidad de que luego venga el susodicho o la susodicha y diga…

¡Culpa tuya!

No querido, ningún profesional de la salud mental, coach ontológico y presumiblemente cualquier otro parlanchín respetable y más o menos avispado va a decidir por el consultante.

El paso en falso siempre está al acecho porque más de uno quiere que el otro le aporte la decisión correcta. Pero ese paso jamás hay que darlo, sobre todo si uno no quiere hacerse cargo de las consecuencias de la decisión que fuera.

Ajenas, por supuesto.

Y si bien no sé por qué emergió toda esta perorata, presumo que es porque iba a decir que está bueno recibir me gusta en Facebook, Instagram o donde sea.

Yo me dejaba llevar por cierto espíritu renegado que desistía del juego, bajo el marco teórico autoformulado que me decía…

Está bien Juancito, que no te pongan un puto me gusta te fortalece. Quiere decir que no sos un debilucho que mendiga aprobación.

Quiere decir que hacés lo tuyo y te hacés cargo, sin importarte un bledo la mirada del otro.

Además, Juancito…

¿Además qué?

Diluís el ego querido, y te mantenés distante de la posibilidad de ser un títere de tu propia vida.

Y ahora dicho esto, diré lo otro.

Me gusta que me pongan me gusta, es como una caricia, como una aprobación.

Un guiño de la buena onda.

Constituye la antítesis de la actitud mezquina y pijotera del fracasado y resentido, que en vez de valorar a cualquier otro prefiere hacerse el boludo y evitar poner me gusta para quizás exorcizar vaya a saber qué éxito ajeno.

Quizás por eso yo pongo me gusta sin mayores restricciones.

Celebro la vida y el éxito del otro.

Y admiro a los exitosos, a los que suelen darle con un caño.

Así que cuando alguien me pone me gusta en la publicación que sea, creo que es de mi estirpe y celebra hasta el más irrelevante éxito ajeno.

Me gusta esa actitud.



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