domingo, 9 de agosto de 2026

¿ Dueño de nada?


Estoy en la mesa de un restorán con varias personas disfrutando una cena.

El mozo viene y pregunta qué vamos a cenar.

Toma las órdenes y se va.

Empieza entonces una suerte de velada conversacional típica de algunos parroquianos que nos conocemos bien y que en el fondo supongo que sabemos que nos encontramos con la excusa de cenar, pero con el claro objetivo de conversar entusiastamente.

En especial de cuestiones inherentes a la condición humana que definen nuestra cotidianeidad y de alguna manera invitan a adoptar posiciones existenciales que fueran convenientes.

No son dueños de nada, escucho.

Mi coterráneo me quiere persuadir de que ciertas lógicas del sistema capitalista son en verdad una trampa porque las personas no son dueñas de nada.

Los invitan a sacar créditos y de golpe y porrazo andan en autos nuevos, tienen el último celular y hasta viven en una casa memorable, que no termina nunca de estar a su nombre.

No son dueños de nada, me insiste el comensal que insta a la sana discusión.

Como no me gusta andar con chiquitas y celebro la discrepancia para animar la velada y azuzar sanamente el despliegue intelectual, lo dejo explayarse con soltura, escuchando con la atención de un niño al que le cuentan un cuento y absorto lo cree todo.

Cuando finaliza la convencida presunción que pretende determinar la verdad, y vuelve a ratificar a viva voz que no son dueños de nada, me mantengo un instante en silencio y digo…

Son dueños de todo.

Y hago otro silencio advirtiendo la incomodidad del parlanchín primario que queda de algún modo congelado ante la palabra del parlanchín secundario.

Son dueños de todo, remarco.

No tienen un papel a su nombre, pero ese es un detalle, una irrelevante nimiedad.

Lo importante es que disponen de todo desde el momento en que inician a trabajar.

En EE. UU. está repleto de trabajadores que de un momento a otro disponen de un auto y hasta una casa con créditos pagables con su propio trabajo.

Es cierto que tienen que trabajar y no aflojar, pero con esa actitud de un momento a otro disponen de una calidad de vida que no alcanzarían en toda la vida en países subdesarrollados.

Y hasta tienen autos notablemente mejores que los ricos de países tercermundistas. Hasta trabajando en Uber rápidamente disponen de su Tesla, algo que no tiene ni el más rico de un país bananero.

Con las disculpas de la metáfora, que es precisa para graficar,

Remato sin titubeos.

Es preferible disponer de las cosas desde el inicio antes que luchar toda la vida para tener un papel donde diga que son titulares de esto o lo otro.

Es que donde aflojan les sacan todo. Si se enferman o dejan de pagar no tienen nada.

Dice el otro.

Tenés razón, tal vez.

Digo yo.

Por eso te digo, Juan Manuel: no tienen nunca nada.

Hago una pausa y lo miro.

Ahí es donde advierto que está aferrado a su certeza. Que valora creerse dueño de esto y lo otro. Y que es importante para él tener papeles donde digan su nombre como titular de una cosa y la otra.

Como hace tiempo descubrí que no me gustan las discusiones improductivas que solo dañan la emocionalidad y fomentan tanto el enojo propio como el ajeno, solo advierto la convicción de sus creencias.

No asiento como un farsante simulador ni discrepo como quien necesita imponer sus verdades.

Pero en silencio pienso que son más dueños los que disponen de las cosas que los que tienen papeles a su nombre.

Y, además, son más libres.

Aunque no esté del todo seguro.



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sábado, 1 de agosto de 2026

Las excusas


No creo en las excusas.


Por el simple motivo de que camuflan, con mayor o menor habilidad, la auténtica verdad.


¿Cómo?


Con un cuento más o menos razonable y más o menos chapucero.


¿Por ejemplo?


El otro día había combinado con el pintor, que es un buen muchacho y se comunica con cierta frecuencia porque dice necesitar trabajo. Recibí su típico mensaje de WhatsApp preguntándome si podía venir a pintar y me pareció buena idea de mi parte que venga porque siempre hay que retocar algo, en la casa que tiene las paredes marcadas con las manos de Santino.


—Dale, venite mañana a las 9, que te espero.


—Joya.


¿Y entonces?


Entonces, luego de haber reorganizado el día para trabajar en casa y siendo las 10.30, le escribo.


—Se está haciendo tarde, ¿estás viniendo? Decime porque te estoy esperando.


—Juancito, se me pinchó la rueda de la bicicleta.


—¿Otra vez?


—Sí, Juancito, pero soluciono y mañana voy.


—Bueno, Paquito, asegurate de dejarla bien emparchada.


Le respondo y pienso que a última hora de la noche le avisaré que finalmente no podré estar. Pero descubro que no quiero ser un viejo resentido, cascarrabias y justiciero. Así que advierto esa intención de maldad insana y me repliego de inmediato.


Agarro la llave del auto y salgo para la panadería a buscar pastelitos.


Mañana quiero recibirlo como si la excusa no hubiera existido.


Y los dos creyéramos que otra vez se pinchó la rueda de la bicicleta.



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viernes, 17 de julio de 2026

¿La mano de Dios?


Pocas cosas despiertan más alegría y felicidad que los goles que la selección mete en el mundial.

No es de extrañar.

Se trata de matar o morir.

Y los argentinos queremos vivir y salir airosos. No podríamos sostener la convicción mayoritaria de que somos los mejores si caemos derrotados y terminamos moribundos en un partido mundialista.

La desazón para el típico argentino sería intolerable y la profundidad de su tristeza insondable.

Estaríamos en verdad circunstancialmente arruinados, transitando una depresión insoportable.

¿Todos?

No, pero un número significativo.

Hasta a mí me pasa que no podía nombrar al inicio del torneo más de dos jugadores de la gloriosa selección.

Messi y el Dibu.

Los otros muchachos son seguramente los mejores del mundo, pero los fui conociendo en el transcurrir de la competencia.

Y en conjunto hacen méritos más que suficientes para ganar cada partido.

Sin cesar ante cualquier infortunio, dejándolo todo hasta el segundo final.

Es difícil explicar esa pasión argentina tan única como auténtica.

Es imposible transferir la emocionalidad que los argentinos de pura cepa experimentan con el triunfo y la derrota.

Hasta yo, que no soy un típico integrante de la estirpe futbolera, me sorprendo viviendo la felicidad más memorable y absoluta o la desgracia más intolerable de todas.

Me veo en un video como uno más que se dejó llevar por la alegría desenfrenada sacándome la camiseta y festejando como un loco ante el segundo gol contra Inglaterra, en un bar repleto de argentinos.

Hay un gen argentino que me hace suponer que por eso siempre el universo nos da una mano.

Porque creo que no existe otro país en el mundo que viva el fútbol como lo vivimos los argentinos.

Y no existe felicidad más mágica en toda la humanidad que hacer que Argentina gane el mundial.

Por eso sospecho que Dios se pone nuestra camiseta.




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lunes, 13 de julio de 2026

Las preocupaciones


Cuando alguien va al médico suele recibir enseguida las preguntas básicas, que al parecer son relevantes para la salud.

¿Fumás?

¿Tomás alcohol?

¿Tenés estrés?

No, no. No.

Tengo preocupaciones, que esencialmente creo que son la trastienda del estrés.

Debo confesar que durante muchos años la cabeza me jaqueó a mí.

Estaba embrollado vaya a saber en qué situaciones, disyuntivas o circunstancias que obnubilaban mi atención y me robaban impunemente el presente.

La cabeza estaba dominada por un mundo externo que la guiaba a voluntad.

Porque quedaba subsumido en una suerte de acertijos que desafiaban desentrañarse para salir airoso del tormento que fuera o del objetivo que quería lograr.

Si tuviera que ser más preciso y elocuente en la franqueza, podría verme en una sala del cine Abasto viendo una película de principio a final y no sabiendo absolutamente nada de lo que vi, de qué trataba la película o lo que fuera.

Todo por estar embrollado en pensamientos escabrosos y enredados que exigían mi atención y que me resultaban impostergables por la relevancia de los temas que fueran.

El tema sería siempre discernir el precio que le asignamos a las preocupaciones.

¿Qué tiempo es razonable dedicarle a tal o cual preocupación?

Tener esa precisión permite que el presente robado sea un espacio razonable para resolver las encrucijadas que fueran.

No sé, me parece.

Seguro, seguro, no estoy.

Si estuviera, no escribiría para dilucidar quizás las respuestas más cercanas al acierto.

¿Qué hacer entonces con las preocupaciones?

Eliminarlas en lo posible. O al menos reducirlas.

¿Cómo?

Bueno, pensemos. Si supiera, no me estaría haciendo estas preguntas ni estaría embrollado en este tipo de meollos.

Cuando uno tiene respuestas lo suficientemente convincentes, funcionales y efectivas, no se detiene a explorar lo resuelto.

¿No?

Creo que no es tan fácil reducir las preocupaciones, pero hay un truco que últimamente estoy probando y creo que ayuda un poco al menos.

Hackear la cabeza.

¿Cómo?

Mirá, yo hago lo siguiente. Siempre estoy con algo que perturba, que preocupa. Algo que me resulta relevante y que afecta mi cotidianeidad.

Como creo en el pensamiento estratégico y en la virtud de la razón, me dispongo a análisis estratégicos, como tirar del hilo de un ovillo e ir desenredándolo.

Y sí, me abrumo un poco.

O bastante.

Pienso para eso, para desenredar la madeja y dejar de algún modo la vida ordenada, en calma, con buen curso.

Entonces lo que pasa es que quedo atolondrado dándole vueltas a la cosa. Y como encima soy obstinado en el propósito, no aflojo fácil y no cedo.

Al punto que la activación basal no me deja dormir fácil o me despierta de golpe en plena noche.

¿Qué basal?

Es la activación mental. Al parecer el sistema nervioso sigue trabajando a pesar de que nos vayamos a dormir, siempre que la mente quede enquilombada.

¿Cómo eliminar entonces las preocupaciones?

Hackear la cabeza es un truco. Es como meter la cabeza en otra cuestión, otra circunstancia. Y eso se hace como sea, yendo a practicar un deporte o lo que fuera, metiéndole información de otro tipo para sacarnos del mundo que nos tiene tomado y meternos en otros mundos fuera de las preocupaciones.

Eso creo que un poco resulta.

Después lo otro es simplificar.

Pero eliminarlas, la verdad que no sabría.

Por eso, si quisiera eliminar definitivamente las preocupaciones, debería aceptar primero que es un objetivo pretencioso y que solo podría aspirar a reducirlas.

De momento apenas si logro podarlas un poco.

Y nada más.



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jueves, 9 de julio de 2026

¿Qué más podemos comprar?


Es productivo procurar dilucidar la relación que tenemos con el consumismo.

Al advertirla posibilitamos sostenerla o modificarla de acuerdo a la decisión estratégica que cada uno juzgue conveniente.

Habrá quien la acentúe, quien la deje esencialmente igual y quien tal vez decida reducirla poco o mucho.

Pero solo podemos calibrar con eficiencia esa relación si construimos cierta conciencia para abordarla.

Si no lo hacemos, quizás no pase demasiado. En vez de calibrar nosotros la relación con el consumismo, el consumismo ejerce ese trabajo o nos dejamos llevar como nos sale.

Algunos de las narices.

Otros sin siquiera inmutarse.

A pesar de que el capitalismo buscará siempre persuadir, entusiasmar y generar la necesidad para motivar finalmente la compra del chirimbolo que fuera.

Porque está este.

Está aquel.

Y también el modelo plus.

O el alta gama.

Y no estoy diciendo que por usar la palabra chirimbolo sean estrictamente chirimbolos degradados que carezcan de valor.

Hay señores chirimbolos que entusiasman a cualquiera.

Pero usar esa palabra quizás advierte para evitar caer en las redes del consumismo y andar comprando con obsesión desenfrenada lo que se cruce en nuestro camino.

Porque el mundo está plagado de chirimbolos que no necesitamos. Son tantos que muchísimos ni siquiera sabemos que existen.

Quizás también convenga recordar que, en realidad, no compramos solamente con dinero.

Compramos con tiempo.

Con el tiempo de nuestra vida que invertimos para conseguir aquello que compramos.

—¿Qué te metés vos en el asunto si no es tu problema?

Me digo.

Y, no sé, disculpen. Soy quizás curioso y me interesa todo lo que pueda tener una incidencia de cierta importancia en la vida.

Estoy lejos de las redes del consumismo, es cierto.

Pero veo que a muchos los lleva de las narices.

Y me inquieto, ¿qué quieren que haga? 

Porque si no estoy alerta y me descuido, me lleva a mí también.



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