¿ Dueño de nada?
Estoy en la mesa de un restorán con varias personas disfrutando una cena.
El mozo viene y pregunta qué vamos a cenar.
Toma las órdenes y se va.
Empieza entonces una suerte de velada conversacional típica de algunos parroquianos que nos conocemos bien y que en el fondo supongo que sabemos que nos encontramos con la excusa de cenar, pero con el claro objetivo de conversar entusiastamente.
En especial de cuestiones inherentes a la condición humana que definen nuestra cotidianeidad y de alguna manera invitan a adoptar posiciones existenciales que fueran convenientes.
No son dueños de nada, escucho.
Mi coterráneo me quiere persuadir de que ciertas lógicas del sistema capitalista son en verdad una trampa porque las personas no son dueñas de nada.
Los invitan a sacar créditos y de golpe y porrazo andan en autos nuevos, tienen el último celular y hasta viven en una casa memorable, que no termina nunca de estar a su nombre.
No son dueños de nada, me insiste el comensal que insta a la sana discusión.
Como no me gusta andar con chiquitas y celebro la discrepancia para animar la velada y azuzar sanamente el despliegue intelectual, lo dejo explayarse con soltura, escuchando con la atención de un niño al que le cuentan un cuento y absorto lo cree todo.
Cuando finaliza la convencida presunción que pretende determinar la verdad, y vuelve a ratificar a viva voz que no son dueños de nada, me mantengo un instante en silencio y digo…
Son dueños de todo.
Y hago otro silencio advirtiendo la incomodidad del parlanchín primario que queda de algún modo congelado ante la palabra del parlanchín secundario.
Son dueños de todo, remarco.
No tienen un papel a su nombre, pero ese es un detalle, una irrelevante nimiedad.
Lo importante es que disponen de todo desde el momento en que inician a trabajar.
En EE. UU. está repleto de trabajadores que de un momento a otro disponen de un auto y hasta una casa con créditos pagables con su propio trabajo.
Es cierto que tienen que trabajar y no aflojar, pero con esa actitud de un momento a otro disponen de una calidad de vida que no alcanzarían en toda la vida en países subdesarrollados.
Y hasta tienen autos notablemente mejores que los ricos de países tercermundistas. Hasta trabajando en Uber rápidamente disponen de su Tesla, algo que no tiene ni el más rico de un país bananero.
Con las disculpas de la metáfora, que es precisa para graficar,
Remato sin titubeos.
Es preferible disponer de las cosas desde el inicio antes que luchar toda la vida para tener un papel donde diga que son titulares de esto o lo otro.
Es que donde aflojan les sacan todo. Si se enferman o dejan de pagar no tienen nada.
Dice el otro.
Tenés razón, tal vez.
Digo yo.
Por eso te digo, Juan Manuel: no tienen nunca nada.
Hago una pausa y lo miro.
Ahí es donde advierto que está aferrado a su certeza. Que valora creerse dueño de esto y lo otro. Y que es importante para él tener papeles donde digan su nombre como titular de una cosa y la otra.
Como hace tiempo descubrí que no me gustan las discusiones improductivas que solo dañan la emocionalidad y fomentan tanto el enojo propio como el ajeno, solo advierto la convicción de sus creencias.
No asiento como un farsante simulador ni discrepo como quien necesita imponer sus verdades.
Pero en silencio pienso que son más dueños los que disponen de las cosas que los que tienen papeles a su nombre.
Y, además, son más libres.
Aunque no esté del todo seguro.
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