La queja…
Es un tema a observar porque de alguna manera convivimos con ella.
Nos guste o no.
Por un lado la queja puede ser propia y por el otro, ajena.
¿Qué hacemos entonces?
Cada uno sabrá, pero presumiblemente es conveniente observar un poco la cuestión para ver dónde estamos metidos y qué relación inteligente podríamos dilucidar con la queja.
Creo que no debe haber persona en el mundo que no se haya quejado alguna vez. De ahí en adelante podemos advertir que hemos sido menos o más quejosos
Y ahí creo que podríamos hacernos la primera pregunta, que pareciera esencial.
¿De qué sirve la queja?
Primero, anotemos…
Esto de tener una disposición al humor creo que es una perspectiva positiva, aunque a veces tal vez solo uno reconozca el chiste.
Saber los pasos y anotar, es una presunción tan fallida como inocente. Quizás instalada de alguna manera por la lógica tradicional de la escuela que de algún modo hace sentir que hay respuestas unívocas y por consiguiente acertadas o desacertadas.
Pero volviendo a la queja, ¿cuál es su verdadera utilidad?
Primero, si el plato que trajeron del restorán fue equivocado, la queja puede subsanarlo.
Simple y claro.
Para dar un ejemplo práctico, que sirve para no irse al extremo y andar pregonando a los cuatro vientos que la queja no sirve para nada.
No señores, no nos engañemos.
Y les digo más, en algunos casos que bien conozco la queja es una asunción existencial que logra resultados memorables si se asume con debida habilidad y destreza.
Conozco algunos casos de construir patrimonios importantes gracias a ese hábil manejo que ofrece resultados.
De modo que un buen quejoso o una buena quejosa, puede ahorrarse notables esfuerzos formativos, laborales y de numerosas índoles, por adquirir las competencias que le ofrezcan habilidades para desplegar la queja.
Obteniendo resultados que por propia acción jamás obtendría.
Porque para lograrlos debería formarse, esforzarse, trabajar, asumir riesgos, resolver problemas…
Así que no nos mintamos, la queja no es una posibilidad improductiva que no logra nada.
Es una alternativa tan posible como cómoda para lograr resultados.
Claro que no siempre la queja se sale con las suyas. Está lleno de quejosos improductivos, que señalan esto y lo otro como causantes de sus desgracias, pero no intervienen en los espacios pertinentes para obtener resultados.
Se quedan regodeados en discursos improductivos que de alguna forma los dotan de identidad, envenenan e intoxican, quizás no tanto a quien parlotea esas quejas, sino a quienes las reciben.
Como si les estuvieran echando tarros de basura a sus cabezas.
También conozco al menos a un susodicho que sin saber o sabiendo, construyó su identidad en la queja y en vez de encargarse de las soluciones que presenta la cotidianidad se aferra a los problemas.
Es como que elige vivir en ellos.
¿Por qué?
Vaya uno a saber, pero sospecho que es porque si superara la queja perdería parte de su ser.
Y diciendo esto, no sé si decir lo otro.
Que esencialmente es despojarse de la queja y adoptar una posición existencial de madurez. Una actitud que honra el propio ser, lo yergue apoyado en su responsabilidad, asumiendo su poder personal y haciéndose cargo de los asuntos que fueran.
Es la posición de quien deja de señalar al otro como responsable de sus molestias y decide hacerse de aquello que puede resolver por sí mismo.
Lo que implica dar los pasos necesarios para solucionar la queja por mérito propio.
Y si bien considero que es la forma de actuar más acertada y más evolucionada que puede adquirir el ser, también advierto que lo conceptual muchas veces no coincide con los hechos.
Debe ser porque este plomero de morondanga me dejó otra vez plantado.
¿Cómo puede ser?
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