jueves, 9 de julio de 2026

¿Qué más podemos comprar?


Es productivo procurar dilucidar la relación que tenemos con el consumismo.

Al advertirla posibilitamos sostenerla o modificarla de acuerdo a la decisión estratégica que cada uno juzgue conveniente.

Habrá quien la acentúe, quien la deje esencialmente igual y quien tal vez decida reducirla poco o mucho.

Pero solo podemos calibrar con eficiencia esa relación si construimos cierta conciencia para abordarla.

Si no lo hacemos, quizás no pase demasiado. En vez de calibrar nosotros la relación con el consumismo, el consumismo ejerce ese trabajo o nos dejamos llevar como nos sale.

Algunos de las narices.

Otros sin siquiera inmutarse.

A pesar de que el capitalismo buscará siempre persuadir, entusiasmar y generar la necesidad para motivar finalmente la compra del chirimbolo que fuera.

Porque está este.

Está aquel.

Y también el modelo plus.

O el alta gama.

Y no estoy diciendo que por usar la palabra chirimbolo sean estrictamente chirimbolos degradados que carezcan de valor.

Hay señores chirimbolos que entusiasman a cualquiera.

Pero usar esa palabra quizás advierte para evitar caer en las redes del consumismo y andar comprando con obsesión desenfrenada lo que se cruce en nuestro camino.

Porque el mundo está plagado de chirimbolos que no necesitamos. Son tantos que muchísimos ni siquiera sabemos que existen.

Quizás también convenga recordar que, en realidad, no compramos solamente con dinero.

Compramos con tiempo.

Con el tiempo de nuestra vida que invertimos para conseguir aquello que compramos.

—¿Qué te metés vos en el asunto si no es tu problema?

Me digo.

Y, no sé, disculpen. Soy quizás curioso y me interesa todo lo que pueda tener una incidencia de cierta importancia en la vida.

Estoy lejos de las redes del consumismo, es cierto.

Pero veo que a muchos los lleva de las narices.

Y me inquieto, ¿qué quieren que haga? 

Porque si no estoy alerta y me descuido, me lleva a mí también.



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domingo, 5 de julio de 2026

La inseguridad personal


La inseguridad personal tiene que ver con la duda genuina sobre la valía de la persona.

Por oposición, la seguridad es la aceptación de quien uno es, asumiendo sus debilidades con la misma madurez que asume las fortalezas.

El inseguro vive en un estado de duda sistemática sobre sí mismo.

Por eso suele estar mirando al otro y procurando demostrar que es mejor.

En todos los aspectos imaginables o por imaginar.

Vive mirando al costado y necesita de algún modo convencerse de que es superior mientras que al mismo tiempo se esfuerza en demostrar que el otro es inferior.

Cuanto más insegura es la persona, mayor suele ser la necesidad de demostrar que es el mejor o supera al otro en lo que fuera.

El tema es que, por inmadurez, se aferra a la necesidad de imponerse como sea hasta en las cuestiones más ridículas.

Corro más rápido, por decir una de las tantas pavadas que atiende.

Aunque una precisión estructural mayor sería demostrar que es más avispado, valiéndose de las irrelevancias que fueran para procurar demostrarlo.

Pero en el fondo el empeño es posicionarse por encima del otro mientras hace el mismo trabajo para posicionarlo como tontuelo.

Porque la comparación funciona así.

Por eso el inseguro no solo procura posicionarse él, sino también degradar al otro.

La persona segura, por oposición, se desentiende de la comparación y su energía se orienta a su propia vida.

Si el otro corre más rápido, bien por él.

Si es más vivillo, buenísimo.

Está absolutamente desentendido de mirar al otro para compararse.

Sabe que siempre habrá alguien que lo supere en algo.

Asume así el principio de realidad, con la madurez necesaria para transitar la vida.

Al inseguro, en cambio, suele desestabilizarlo hasta la más ínfima nimiedad donde advierte que el otro lo ha superado.

Algo que ocurre con mucha frecuencia.

Lo sé muy bien.

Gracias a mi hermano, que me lo enseñó durante toda la vida.




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viernes, 26 de junio de 2026

Lo que vi


Yo diría lo que vi si no fuera porque no puedo contarlo.


En realidad, no solo lo diría, sino que lo precisaría con una elocuencia notable para que no queden las más mínimas dudas. En una suerte de definiciones que se vuelvan lisa y llanamente inobjetables.


Que al mismo tiempo impidan siquiera abrir el juego para que alguien procure osar decir cualquier otra cosa.


Al diablo con las interpretaciones abusivas.


Por distorsivas, mentirosas y embusteras.


Son un burdo y recurrente cuento. Solo sirven para excusarse y autohabilitarse cualquier relato que tiene cierto aire de verdad, pero nunca se ajusta a la realidad.


Es una disociación insalvable. Cuesta creer que genere tantos adeptos y que, encima, se le otorgue a ese cuento interpretativo una cuota de honorabilidad, como si por ser una elaboración propia que refiere al hecho mereciera el mayor de los respetos.


¿Por qué?


Si la interpretación está desalineada en todo o en parte con la verdad, más que ser respetada debería ser observada.


Objetada.


Como diciéndole, un poquito está bien.


Pero, ¿a dónde va?


¿De dónde saca eso?


No puede decir cualquier cosa bajo el pretexto de que usted interpreta como se le antoje lo acontecido.


No.


No.


No.


Bueno, como poder puede.


Pero debería hacerse cargo de lo que dice.


De sus supuestas verdades, elucubraciones.


Delirios.


Siempre que la interpretación disienta de manera brusca con la verdad.


Porque si usted tergiversó lo acontecido de manera excesiva y dice lo que dice como si fuera cierto, valiéndose de lo sucedido para elaborar su propio cuento…


Hágase cargo.


Porque si bien usted puede interpretar lo que se le antoje, la realidad es la realidad.


Y lo que ocurrió es lo que ocurrió.


Lo digo yo que lo viví.


No lo que usted elaboró desde sus más íntimas fantasías.


Hay un único relato cierto.


Es el que terminó cuando ocurrió la realidad.


Las palabras corren siempre el riesgo de ingresar al territorio del chamuyo.


Sepan disculpar las interpretaciones abusivas por ponerlas en su lugar.



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jueves, 18 de junio de 2026

¿Cómo hacer para que te quieran?


No estoy absolutamente seguro, porque esencialmente no estoy seguro de nada.


Pero vale la exploración para aproximarnos a esta cuestión relevante y dilucidar tal vez algunas pistas que pudieran resultar efectivas.


Es como desentrañar un escabroso acertijo con la sana ilusión de un presumible hallazgo.


Que tengamos suerte entonces…


Lo primero a observar tal vez es que la pregunta tiene un destinatario externo, hay un otro. Alguien a quien de algún modo consideramos para procurar que nos quiera.


Alguien o varios, ese no es el punto.


Pero hay un otro, ajeno a nosotros a quien consideramos y de alguna manera procuramos que nos quiera.


¿Por qué?


Supongo que es porque necesitamos ser queridos. O bien porque es reconfortante y saludable ser querido.


Parecería que la tendencia saludable del ser va para ese lado. Para el lado de ser de algún modo apreciado.


No odiados, que sería la contraposición y también tiene presumiblemente lógicas para lograr ese objetivo, que algunos les sale muy bien.


Entonces, ¿cómo logramos que nos quieran?


Considerando primero al otro. Si es que queremos actuar de algún modo para producir el resultado. Que también podría salirnos naturalmente.


¿Por ejemplo?


Bueno, por ejemplo a alguien le sale la sonrisa fácil, es amoroso, se interesa genuinamente por el otro, ayuda todo lo que puede.


Presta plata.


Presta plata no, me parece que no es buena la metáfora.


Decía…


Hay claves, seguramente, y quien naturalmente no es querible podría por lo menos indagarlas, problematizarlas y decidir después qué hará al respecto.


Si se queda empacado en quién es o se dispone a adoptar otras formas, otros matices.


Porque supongamos que alguien no es amoroso. Es más, es arisco. No es muy servicial, ni solidario. Encima está centrado en sí mismo y le importa un bledo el otro.


Ahí está el tema. La tensión es para observarla.


¿Qué hace entonces el tipo?


Se debe jugar por la disyuntiva de ser quien auténticamente es y no contribuir a ser querido o maquillarse de algún modo.


Es decir que necesita entonces hacer un esfuercito para que le salga de adentro al menos de la manera que pueda, un ser amoroso, cálido, dispuesto a ayudar al otro.


A hacer los mandados.


Otra vez la metáfora chapucera, desalineada que huele mal.


¿Por qué tenés que poner una metáfora así? ¿Porque sale, nomás? ¿Por honrar la espontaneidad desmedida? ¿O por creer con convicción en lo emergente?


Por una mezcla quizás de todo en distintas proporciones.


Volviendo entonces al meollo de la cuestión seamos claros, precisos y elocuentes.


¿Querés ser querido?


Fíjate entonces quién estás siendo y si estás dispuesto a amoldarte un poco en caso de que lo consideres necesario y puedas maniobrar de manera razonable con la persona que sos.


Porque si te pantomimizás te extravías de vos mismo y es un verdadero mamarracho. Además de ser un trabajo tan insano como no recomendable.


Y esto no se lo digo al otro en verdad, me lo digo a mí mismo que vaya a saber por qué me pregunto por estas cuestiones, cuando bien podría estar caminando, jugando al tenis o andando en bicicleta.


Pero me embrollo en disquisiciones que siempre me exceden.


Y si bien toda esta perorata es en apariencia superficial, bien saben los lectores inteligentes que las apariencias suelen engañar y en el trasfondo de la cuestión que nos convoca hay un pretensioso tratado existencial que emerge de las profundidades de la condición humana.


Porque no nos engañemos, si hay valor, si hay verdad, está en la pureza de la simpleza. No en las artimañas retóricas de la abstracción que procura hacer la cosa difusa en vez de aclararla.


Todo para que haya un aire de supuesta incomprensión que deje al lector de alguna manera patituerto.


Pensando….


Qué interesante debe ser lo que dice el tipo que resulta incognoscible y supera la capacidad de cualquier pretencioso entendimiento, que tan solo quiere ver la verdad de frente.


Con los ojos abiertos.


Por eso denunciado el burdo truco es menester aceptar que la verdad reside en la simpleza, y que cualquier tratado que puede insinuar formas chapuceras puede traernos con elocuencia las verdades más esquivas.


Que no solo se insinúan por momentos, sino que se manifiestan con contundencia sin mayores reparos.


Como diciendo, atenti. Ahí está la pelotita.


¿La vieron?


Porque la pelotita siempre está, y siempre alguien la ve.


No depende tanto de lo que se muestra, sino de lo que cada uno puede ser capaz de ver.


No jodamos.



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