El árbol caído
Es increíble cómo están siempre al acecho un montón de personas esperando con el hacha afilada al árbol caído.
Muchas veces los árboles son firmes y no hay tormentas que los derriben.
Pero otras veces, aunque parezcan bien arraigados y firmes, están un poco endebles, y tarde o temprano corren verdadero riesgo de caerse.
Cuando caen, están listos.
No hay nada que se pueda hacer.
Son momentos de éxtasis para los leñadores que arremeten con furia sin las más mínimas contemplaciones.
Estaban deseosos, urgidos, desesperados por ver esos árboles en apariencia gigantes, desplomarse y quedar patituertos.
No se puede dejar de observar la penosa desgracia del árbol que supo relucir, estar en el pedestal de su impecabilidad y luego derrumbarse de un momento para el otro ofreciendo una suerte de resistencia que es incapaz de evitar el desplome.
Y tampoco se puede dejar de observar a los leñadores tomados por un deseo de aniquilarlo sin contemplaciones y con saña, como si hubieran esperado toda la vida ese momento histórico que les resulta excitante.
Pareciera que detrás del disfrute inocultable los leñadores se regodean sin advertir la perversidad que significa gozar con el sufrimiento del otro.
Mientras tanto el árbol que supo ser robusto no recibe otra cosa que hachazos memorables.
Y los leñadores no reprimen su furia ni tienen templanza, quizás porque no advierten que el desgraciado de turno tiene familia, hijos, o es quizás un buen hombre que se dejó caer en las consecuencias de las indebidas tentaciones.
Las situaciones de los árboles caídos ocurren con cierta frecuencia y para tener un criterio propio y preciso convendría detenerse a pensar sobre el caso en particular para asumir una posición justa y no una síntesis prefabricada y decidida por quienes se arrogan la facultad de hacer justicia y ejercen la profesión de indicar con el dedo una y otra vez.
¿Qué tan grave es lo que hizo?
¿Cuál sería la penalidad justa que debería recibir?
¿Hay que matarlo?
Todo esto de los árboles caídos es un loop recurrente de la condición humana, que se refleja en las más disímiles circunstancias.
Están los árboles fuertes y robustos, que tienen raíces bien firmes y que difícilmente caigan.
Otros en cambio no están tan bien arraigados, los primeros vientos los desafían. Y si se desatan temporales se derrumban sin remedio.
Es triste que el ser humano sea ser humano y se equivoque. Sobre todo si fue un paladín de la impecabilidad.
Y es triste también que los leñadores no paren de ajusticiarlo.
Pero tengamos algo muy claro…
El éxito, aunque muchas veces fugaz, nunca lo perdonan.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Podés dejar tu comentario como usuario de Blogger, con tu nombre o en forma anónima. Seleccioná abajo.