martes, 20 de octubre de 2026

¿Por qué escuchar?


Hace tiempo me inquieta la cuestión y la abordo con minuciosa observación para discernir sobre esta inquietud y alcanzar algún grado de lucidez al respecto.

Podría ser más despreocupado y convivir con estas vicisitudes, pero prefiero observarlas, contemplarlas, problematizarlas y de algún modo dilucidar el meollo para producir cierto entendimiento.

Y no solo eso…

También para definir una posición al respecto que me resulte llevadera, razonable con mis valores, y me permita ejercerla con soltura, comodidad y cierta solvencia.

Con lo cual, si no observara, si no problematizara, si no tuviera la intención de escrutar el entuerto, difícilmente comprendería ciertas lógicas y comportamientos ajenos, y sería casi imposible definir con conciencia mi posición al respecto, lo que me dejaría en una suerte de ejercicio chapucero sobre la materia.

¿Y qué observás entonces, querido?

Enumero…

Chiste, no puedo enumerar porque si preciso los procederes de compañeros de trabajo que obran en las reuniones en que participo, estaría siendo un alcahuete de vicisitudes en algún punto confidenciales.

¿Entonces?

Entonces lo observo todo y poco a poco voy escrutando y sacando conclusiones al respecto.

En términos generales creo que para escuchar hay que tener seguridad personal y una actitud de genuina humildad.

Cuando alguien no escucha, muy presumiblemente tiene problemas de ese tipo o bien está cegado por el capricho, entre otras posibles razones.

También suele ocurrir que a algún susodicho no le conviene escuchar por mezquindades personales que se anteponen a tomar decisiones convenientes en conjunto.

El ego también hace lo suyo.

Y también hace lo suyo la actitud muchas veces acomodaticia que hace como que no escucha debido a la falta de valor para ejercer su genuina palabra.

En lo que a mí respecta, yo hablo cada vez que considero relevante hablar y juzgo conveniente y positivo que se me escuche.

Luego me desentiendo del tema y me quedo con la conciencia tranquila.

También me esfuerzo por escuchar lo que no quiero escuchar.

Escucho porque sé que conviene escuchar, sobre todo la disidencia.

Es como sumarse las cabezas de otros.

Reconozco que suele ser incómodo, desafiante y hasta perturbador, pero cuando otro habla con debida argumentación, escuchar es la actitud más conveniente.

Me favorece la genuina humildad.

Y la convicción de que siempre, en vez de estar en lo cierto, es posible que esté equivocado.


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