Para aprender…
La mayoría escribe para enseñar. Yo escribo para aprender.
Lamento defraudarlos.
Si tuviera las certezas, si lo supiera todo, si a la duda la tuviera arrinconada o aniquilada, difícilmente me sentaría a escribir.
Escribo para desenredarme, desatarme y liberarme.
Curarme de mí mismo, como muy bien lo vengo haciendo. Con el propósito de quedar lo más sanito posible.
Una pinturita.
Escribir es preguntarse, andar explorando vericuetos, zambullirse en inquietudes y dar con vestigios y aproximaciones más o menos razonables que con cierta fuerza de convicción digan de algún modo, es por acá.
Ajá.
O algo así.
Por eso escribo en verdad, porque al escribir uno va como corriendo las cortinas de lo que quisiera ver y aún no alcanza a ver. Intuyendo que hay algo interesante del otro lado y que más vale que siga avanzando porque si no corre debidamente las cortinas no va a ver un carajo.
Y va a quedarse de algún modo con los ojos vendados.
Lo cual sería un despropósito para sobrellevar la vida, más con todas las exigencias y desafíos que la vida impone.
Así que si debo confesarme, en verdad escribo para aprender, para entender un poco más de lo que me inquieta.
Y aunque lo que encuentre no sea un descubrimiento unívoco y definitivo, esos destellos de supuestas verdades prometedoras, debo decir que no me salvan.
Pero me avivan bastante.




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