Las excusas
No creo en las excusas.
Por el simple motivo de que camuflan, con mayor o menor habilidad, la auténtica verdad.
¿Cómo?
Con un cuento más o menos razonable y más o menos chapucero.
¿Por ejemplo?
El otro día había combinado con el pintor, que es un buen muchacho y se comunica con cierta frecuencia porque dice necesitar trabajo. Recibí su típico mensaje de WhatsApp preguntándome si podía venir a pintar y me pareció buena idea de mi parte que venga porque siempre hay que retocar algo, en la casa que tiene las paredes marcadas con las manos de Santino.
—Dale, venite mañana a las 9, que te espero.
—Joya.
¿Y entonces?
Entonces, luego de haber reorganizado el día para trabajar en casa y siendo las 10.30, le escribo.
—Se está haciendo tarde, ¿estás viniendo? Decime porque te estoy esperando.
—Juancito, se me pinchó la rueda de la bicicleta.
—¿Otra vez?
—Sí, Juancito, pero soluciono y mañana voy.
—Bueno, Paquito, asegurate de dejarla bien emparchada.
Le respondo y pienso que a última hora de la noche le avisaré que finalmente no podré estar. Pero descubro que no quiero ser un viejo resentido, cascarrabias y justiciero. Así que advierto esa intención de maldad insana y me repliego de inmediato.
Agarro la llave del auto y salgo para la panadería a buscar pastelitos.
Mañana quiero recibirlo como si la excusa no hubiera existido.
Y los dos creyéramos que otra vez se pinchó la rueda de la bicicleta.




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