¿La mano de Dios?
Pocas cosas despiertan más alegría y felicidad que los goles que la selección mete en el mundial.
No es de extrañar.
Se trata de matar o morir.
Y los argentinos queremos vivir y salir airosos. No podríamos sostener la convicción mayoritaria de que somos los mejores si caemos derrotados y terminamos moribundos en un partido mundialista.
La desazón para el típico argentino sería intolerable y la profundidad de su tristeza insondable.
Estaríamos en verdad circunstancialmente arruinados, transitando una depresión insoportable.
¿Todos?
No, pero un número significativo.
Hasta a mí me pasa que no podía nombrar al inicio del torneo más de dos jugadores de la gloriosa selección.
Messi y el Dibu.
Los otros muchachos son seguramente los mejores del mundo, pero los fui conociendo en el transcurrir de la competencia.
Y en conjunto hacen méritos más que suficientes para ganar cada partido.
Sin cesar ante cualquier infortunio, dejándolo todo hasta el segundo final.
Es difícil explicar esa pasión argentina tan única como auténtica.
Es imposible transferir la emocionalidad que los argentinos de pura cepa experimentan con el triunfo y la derrota.
Hasta yo, que no soy un típico integrante de la estirpe futbolera, me sorprendo viviendo la felicidad más memorable y absoluta o la desgracia más intolerable de todas.
Me veo en un video sacándome la camiseta y festejando como un loco desenfrenado ante el segundo gol contra Inglaterra, en un bar repleto de argentinos.
Hay un gen argentino que me hace suponer que por eso siempre el universo nos da una mano.
Porque creo que no existe otro país en el mundo que viva el fútbol como lo vivimos los argentinos.
Y no existe felicidad más mágica en toda la humanidad que hacer que Argentina gane el mundial.
Por eso sospecho que Dios se pone nuestra camiseta.




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