¿Sirve el cacareo?
Si no fuera por Leticia, que no se llama Leticia, quizás no estaría escribiendo esto con intención de dilucidar los comportamientos efectivos en el accionar humano.
Uno puede embaucarse en verborragias más o menos eficientes que persiguen el propósito de incidir en la realidad para encauzarla o transformarla positivamente.
Puede también mantenerse al margen sin ejercer la palabra y ser un espectador de la realidad que acontece.
O bien puede emerger como un equilibrista conteniendo el decir y ejerciéndolo solo de manera pertinente en caso de que fuera hecesario ejercerlo.
Como muy buen hizo Leticia, no en una, sino en dos oportunidades. La primera en una conversación personal donde actuó de manera inteligente, medida, cautelosa, con la sapiencia de quien tiene experiencia y valora más escuchar que decir.
Y en la segunda oportunidad de manera precisa, pertinente, guiada por el único objetivo necesario que era lograr lo que quería sin mayores vueltas.
Es gracias a esa actitud propia de las personas maduras e inteligentes, que uno observa la conveniencia de evitar embrollarse en cacareos inefectivos que no llevan a ninguna parte.
Con la salvedad que cierta participación en cacareos es necesaria para evitar que cualquier señorita cacareante entreteja novelas en apariencia creíbles pero en esencia mentirosas, propias de fabulaciones o insanas elucubraciones, a los fines de generar quilomvos y perjuicios.
De modo que el accionar responsable es iluminado por el accionar de Leticia, con la salvedad que antecede y es necesaria para evitar que cacareantes sin sustento pero con habilidades de simulación establezcan pretenciosas verdades mentirosas ante cualquier desprevenido que caiga en la trampa.
Y si bien yo no tengo nada que ver en este meollo ni soy parte del entuerto, agradezco que las circunstancias de la vida me ofrezcan la posibilidad de observarlo todo para aprender del comportamiento humano y definir el proceder más conveniente a los efectos de sobrellevar de la mejor manera posible las circunstancias de la vida que se puedan presentar.
Sin caer en la verborragia ni en la sumisión de quien convalida lo que no es cierto.
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