El guadañazo
Qué quieren que les diga, voy a confesarme. Esta vez sí, lo diré todo.
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Publicado por Juan Valentini 0 comments
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Nada suele ser más notorio que la manifestación de la hipocresía que suele revelarse en las circunstancias más diversas.
La elocuencia mata las alocuciones más parlanchinescas.
Que suelen hacerse con impudicia entre gritos y falsas convicciones que a esta altura no engatusan ni a los más ingenuos o ignorantes.
Porque el relato siempre llega hasta donde empieza la realidad.
Y la realidad es una evidencia mucho más fuerte, precisa y cierta, que cualquier relato por más bien actuado que fuera.
Déjense de joder con el comunismo empobrecedor para todes.
Ni los predicadores del consumismo son comunistas.
Sus actos los revelan con excesiva hipocresía.
Basta de nivelar para abajo y empobrecer a todos.
Basta de castigar al sector productivo para premiar la vagancia, y usufructuar un cuantioso ingreso de intervención como supuesto servicio a la patria.
Basta de mediocres y farsantes que arruinan la vida de los ciudadanos.
Basta de políticas motivadas por el resentimiento que conducen inexorablemente al fracaso colectivo.
La realidad evidencia que no es para el lado de Cuba ni Venezuela.
La hipocresía exhibe la farsa.
El rumbo es exactamente para el otro lado.
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Hace tiempo que no escribo y últimamente sospechaba que ya lo había dicho todo y que en efecto me podía morir tranquilo.
Mi obra está en sus manos.
Si bien el público se renueva y los vericuetos de las palabras pueden proceder a decir lo mismo de distintas maneras, agregando valor y procurando precisiones más virtuosas, lo dicho está dicho.
Y pienso a veces que todo fue dicho.
Lo cual es un despropósito porque aniquila la iniciativa y el ímpetu por ir a decir lo que al parecer quizás no fue dicho.
No me enredo más. Sigamos…
¿Qué voy a decir ahora? No sé, nunca sé lo que voy a decir, lo que voy a escribir. Apenas me lanzo a la aventura de que las palabras se vayan metiendo en la hoja y que luego se formen las oraciones y los párrafos para que en conjunto se diga algo que pueda ser interesante, inquietante, novedoso o lo que fuera.
A veces un escrito vale por una palabra, otra por una oración, un párrafo o un concepto.
También por cierto pasaje narrativo que se insinúa interesante. Aunque esa es una aspiración bastante desentendida en estos tiempos. Es como que hay que ir al grano, al hueso. Decirlo todo, ya. Claro, conciso, efectivo.
No hay mayor voluntad de chamullo ni predisposición a lo estético.
¿Qué dice? Ah, pero eso lo podía decir en una oración.
Cuando no se lee, no se distingue. Todo es lo mismo y cualquier aspiración artística de la escritura pasa desapercibida. Por eso tantos textos telegráficos, hiper claros, elocuentes, precisos.
Todo para dar papilla y hacerse un lugar en el decir.
Porque algo siempre hay que decir, hasta el día que llegue la última palabra.
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Me tienen podrido.
Arranco despacio despotricando con intención de evidenciar la zoncera impúdica que se vanagloria por estos días.
Toditos.
Como puede ser señores que perdamos tiempo escuchando a parlanchines decir todos y todas o peor aún todes.
Esta bien que cada vez sean más los ignorantes y la educación esté destruida en gran parte pero habría que tener más respeto por la inteligencia.
No todos son idiotas.
Y me caliento con razón, de guapo nomás.
Por qué tenemos que escuchar a simuladores o tontos de pura cepa hablar como si fueran unos verdaderos tarambanas que procuran esforzadamente honrar la revolución de la estupidez.
Basta siñoris.
Cuando se dice todos se incluye a todas. Toditas.
Un mínimo de autoestima es suficiente para entenderlo, toda la vida fue así. Usos, costumbres, sentido común…
Y dos dedos de frente.
Y ahora no puede ser que proliferen tantos tarambanas que denodadamente procuran hablar como bobos, tratando de dominar un idioma que los enreda en la bobada y que a pesar de sus esfuerzos denodados manejan con impericia, torpeza y sin vergüenza.
Yo escucho decir todes o unes o juntes y ya no lo soporto más.
Apenas lo siento pienso si es un simulador farsante que quiere congraciarse con los boludos o es en verdad un tonto que procura vanagloriarse de la zoncera.
Basta de imponer la idiotez a cerebros ajenos.
Estudien mejor inglés que en vez de hacer el ridículo y dilapidar el valioso tiempo escaso que todos tenemos, van a sacarle más provecho a la destreza.
Hablar como un pelotudo solo sirve para descubrirse.
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Creo que ya había escrito algo que se llamaba en voz alta o en voz grave. Ahora lo busco y pongo el link sin leerlo.
No quiero condicionarme.
Simplemente fluir, abrir la boca, decir lo que se tenga que decir de una vez por todas sin titubear ni mariconear.
Haciéndose uno cargo de su propia voz. Cueste lo que cueste y le guste a quien le guste.
Sin importar lo que genere, ni hacerse cargo de interpretaciones ajenas que siempre pueden exceder lo escrito.
Escribo para liberarme, dejar salir lo que tenga que salir, avivarme, mover el avispero, incidir positivamente para transformar la realidad que sea y marcharme luego livianito y silbando bajito, con la tranquilidad de haber hecho lo que tengo que hacer.
Después el problema es del otro.
Así que voy a hablar con voz alta o grave, voy a poner puntos en las ies, y esta vez por fin de manera decidida e indeclinable, lo diré todo.
A matar o morir.
Lo único que tengo miedo es que el viejo rezongón que vive adentro mío y está siempre al acecho aproveche la volada, tome pista y agarre un protagonismo que esta vez no estoy dispuesto a darle.
Porque no tengo ganas de gritar, andar a las puteadas, maldecir al mundo y regodearme en la queja. Aún sabiendo que una relación con la queja inteligente, es dejarla desplegar para enojarnos lo suficiente al punto de resolver accionar y liberarnos de la perturbación que sea.
La queja debiera ser como un pellizco que nos propinanos. Debe ser fuerte hasta que nos movilizamos. Si solo incomoda y no perturba lo suficiente corremos el riesgo de vivir dentro del lamento boliviano.
Dejando todo cómo está.
Y si me preocupa decir lo mismo diré que no. Todos andamos dando vueltas por los mismos lugares, el público se renueva y por más que forcemos la extensión del mundo con viajes, lecturas o lo que fuera, esencialmente terminamos siendo los mismos.
Las palabras no van más allá de nuestras posibilidades.
Y para terminar solo diré que lo relevante es hacerse cargo de lo que uno es, de lo que uno siente y piensa.
Si no llega a esa instancia corre el riesgo de caer en la tibieza de la mediocridad y honrar un espíritu tan cobarde, intrascendente como pusilánime.
Hay que hacerse cargo de lo que sea, siempre poniéndole el pecho a las balas, pero jamás doblegándonos a nosotros mismos.
La paz esté contigo.
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