No voy a decir ahora que soy un ser desconfiado que anda por la vida
sospechando de todo. Buscando en los recovecos de las circunstancias las
cuestiones fallidas, inconcongruentes, contradictorias o dudosas.
Nada de eso.
Vivo con cierto relax ante las circunstancias que acontecen y apenas las
observo un poco sin recriminarles nada.
Lo que sí, estoy atento, por una cuestión quizás de conveniencia. O, mejor
aún, de supervivencia.
Si uno no está atento es presa fácil de engaños y patrañas de poca monta. Participa
de prepo como víctima de relatos escabrosos que no se corresponden con las
verdades. Y sufre por supuesto el perjuicio que sufre cualquier ser que ha sido
engatusado o embaucado. Con todas las consecuencias que eso implica.
Por eso estar atentos sería casi una sugerencia, una humilde recomendación
para evitar perjuicios.
Y eso puede significar de alguna manera asumir cierto rasgo del ser
desconfiado. Pero diría con moderación, con calma. Una asunción de manera
responsable, prolija.
No desmedida.
Uno simplemente, ¿qué hace? Y, uno se encuentra con las circunstancias. Sí,
uno se encuentra con las circunstancias, ¿no? Entonces uno ahí observa, mira,
escucha. Uno ahí es donde debe estar atento. Comprometido. Interesado en dilucidar
el relato. Porque, ¿qué hay? Siempre hay un relato. Hay un relato de otro que
viene y dice. Dice tal o cual cosa, despliega uno dos, tres o más párrafos.
Cuenta, representa, precisa. Entonces uno mira, escucha, observa. ¿Y?
Y piensa.
¿Por qué me dice lo que me dice? ¿Por qué no me dice lo que no me dice? ¿Qué
me quiere decir en verdad cuando me dice esto?
Y así sigue con otras preguntas que va autogenerándose mientras escucha con
el propósito de desentrañar la verdad que se esconde detrás de las palabras.
El otro avanza y dice. Y uno avanza y escucha.
Es ahí donde conviene estar atentos. Procurar ver las cosas como son para
descifrarlas. Y evitar que uno quede empaquetado.
Como uno sabe que las palabras son maleables y por naturaleza gozan en algún
punto de irrelevancia, ¿qué hace?
Uno escucha palabras pero mira los hechos.
Los mira, los mira. Se apega a los hechos para observar situaciones,
comportamientos, decisiones… Sin dejarse arrastrar por las palabras.
Porque a veces las palabras dicen por ejemplo, mirá para allá. Eso dicen por
ejemplo a veces las palabras. Pero al mismo tiempo los hechos dicen, mirá para
allá.
Justo para el otro lado.
Entonces uno sabe que las palabras lo arrastran para un lado pero los hechos
lo arrastran para el otro.
Entonces piensa, analiza, dilucida.
Trata de avivarse.
Todo mientras escucha. Mientras se deja entrometer en un proceso de abstracción
para muchos inevitable que tiene como fin supremo valerse del discernimiento
para despejar las malezas que pueden construir los relatos que dificultan
encontrar la certeza.
El tema con el ser desconfiado es que es un ser quizás empeñado en desmentir
hasta la evidencia. Hasta la voz de la propia verdad. Negándose así a dilucidar
las situaciones y descubrir lo que hay de cierto detrás de los relatos.
Por eso el desconfiado acérrimo no se dispone al discernimiento, se
compromete con la decisión de desmentirlo todo y se aferra a su propia verdad. Aún
cuando la evidencia la desmienta.
Piensa que el otro en algún punto miente o lo engaña. Siempre.
Sanseacabó.
El ser atento quizás es más responsable porque tiene la vocación de
comprender, de entender, de aspirar a develar el relato.
El problema tal vez de estos días es que pareciera que hay una decadencia de
valores que se traducen en comportamientos indeseables. Lo que exige un mayor
compromiso al ser atento para no transformarse en un hombre desconfiado, porque
el objetivo no es negar todo lo que aparece y rechazarlo de plano.
El objetivo es dar por cierto lo cierto. Y por mentiroso lo mentiroso.
Lo cual implica la habilidad de saber dilucidar la farsa.