sábado, 29 de enero de 2011

Alegría


A veces viene la alegría.

No era que se había ido, que no estaba más.

Esa visión catastrófica de la emocionalidad incumplida. Fue sólo un presagio fallido del pesimismo. Que quedó como un supuesto profético incumplido.

Porque la alegría no se fue, la alegría siempre estuvo.

Para decir verdad me acompañó de niño. Yo la agarré de la mano y la llevé por la vida para siempre.

No podía hacer otra cosa.

Yo la quise, ella me quiso. Nosotros nos queremos.

Así que nos aferramos y marchamos por las circunstancias. Con paso decidido, abriendo pecho a las balas.

O esquivando los disparos.

Pero anduvimos, y bien que anduvimos.

Por la alegría y por mí.

De modo que yo nunca había soltado la mano. Nunca le hice un desprecio.

Nunca.

Por el contrario siempre fue bienvenida.

Y ahora mismo percibo esa sensación íntima e intensa. Esa energía silenciosa pero movilizante. Que me dice, mirá Juan, aquí estoy.

No me había ido.


Levántate y anda por la vida. Vamos, haz lo tuyo.

Y salto como un loco del sillón. Y escribo con ansias de atrapar la sensación repentina. De congelarla en un instante con pretensión de eternidad.

Para dar por sentado que la alegría está aquí. Que es una verdad irresoluble.

Que siempre ha estado, que nunca se ha ido.
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miércoles, 26 de enero de 2011

Desahogo


Algún día voy a hacer un desahogo.

Sí, ya sé que lo estoy anunciando. Que digo que lo escribiré todo. Que los abrumaré de palabras.

Y muchas cosas más que refieren a entintar las hojas en blanco. Con la intención de dejar hasta la última palabra.

Para marcharme luego a cualquier lugar.

Pero observo la situación y en verdad veo que me engaño. Me autoengaño para ser más preciso. Para utilizar las palabras apropiadas que describen con mayor exactitud el propósito.

Porque sigo escribiendo corto, breve, conciso.

Como si fueran respiraciones escasas. Que no terminan por dar la bocanada final.

Tal vez de eso se trata. De respirar hondo y soltar.

Respirar hondo.

Soltar.

Sin dejarme tentar por el final que cierra la fiesta. Que nos dice que es hora de ir a la cama. Que hay que dormir. Soñar con los angelitos.

Otra respiración.

Otra suelta de aire.

Así vamos, buscando profundidad para decirlo todo antes de llegar al final.

Porque hay mucho que decir, mucho también que escuchar.

El silencio está lleno de palabras. Las palabras repletas de silencios.

Otra respiración más.

Porque debo entregarlo todo. Liberarme.

Vamos Juan.

Una más…
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A donde quiera que voy - Miguel Cantilo - Fabiana Cantilo




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jueves, 20 de enero de 2011

Ideas


Me parece que estoy alejándome de las explicaciones y profundizando sobre el silencio.

Esto apareció hace tiempo. Y ahora mismo me encuentro experimentándolo.

Creo que las explicaciones abruman. Nos traen desde el silencio miradas, ideas.

A veces van para un lado. A veces van para el otro.

Pero si abrimos la puerta aparecen. Se presentan entusiastas para enredarnos y confundirnos.

Traen una idea. Luego otra. Y así van, entre ideas consecuentes y contrariadas a pintar un mundo definitivo.

De modo que más bien vale hacerse el distraído. Apagarle un buen día la luz a las neuronas. Mientras uno se marcha hacia otro lugar.

Deja así esa energía explicativa a oscuras. En penitencia.

Luego es posible que las ideas con pretensión de explicaciones toquen timbre para volver a anunciarse. A que reconozcamos su presencia.

Abramos nuevamente la puerta.

Y es ahí el momento clave. Si uno se precipita sobre el impulso. Si uno obra de manera repentina. Marcha por inercia hacia la respuesta que espera. Se deja así seducir por un mundo externo que no le pertenece.

Bueno.

Ahí está el tema.

Porque el problema no es el timbre. Es que uno se para.

Y va a abrir la puerta.
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domingo, 16 de enero de 2011

Veamos


Veamos un poco la realidad. Abramos los ojos, avancemos.

Hoy veo la lluvia en la ciudad. Algunas personas que hablan cerca de mi mesa. Mientras escribo y escucho interesado algunos diálogos que no me incumben.

Como el de aquellas señoras que hablan apasionadas. Se envuelven en idas y vueltas de palabras, que toman como zarpazo a distintas personas que escrutan. Uno murió del corazón, el otro está complicado. Y entre esos retazos de palabras vaya uno a saber cuál es la historia verdadera. El motivo que alienta el entusiasmo del diálogo que no me pertenece.

Y ahora un brindis que hace sonar las copas luego de tantas muertes.

Estamos bien escucho, y sonríen las mujeres de setenta u ochenta. Mientras retoman la pasión por conversar.

Rodeadas de personas involucradas en otros diálogos que no me inquietan.

Todos frente a la persistente lluvia que se percibe desde las ventanas.
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