jueves, 6 de enero de 2011

La Mentira


Yo nunca me puse frente a frente a la mentira. Merodeé sobre ella en algunas frases, pero no resolví enfrentarla.

Hoy la miro de frente y la escruto.

Creo que esencialmente la mentira es una necesidad de la precariedad del ser.

Aparece por la imposibilidad de hacerse cargo de uno mismo.

De modo que cuando alguien miente, en verdad no les miente a los demás. Se miente a sí mismo.

Porque en ese acto que insinúa picardía revela en verdad la mayor de las traiciones que uno puede hacerse en la vida.

La traición a uno mismo.

Transcurre así la vivencia de la disociación, que lo lleva a negarse a afrontar esa posibilidad de ser.

Tal vez el deseo que siempre se vuelve infructuoso por cobardía.

De modo que es cierto que la mentira camina con patas cortas.

Y a veces, toda la vida.
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domingo, 2 de enero de 2011

Entintado


Uno de estos días voy a hacer justicia.

Basta ya de estos textitos chiquitos y breves que sólo anuncian ciertas elucidaciones que muchas veces ni siquiera son pretenciosas.

Voy a agarrar. Escuchen bien, voy a agarrar estas hojas en blanco y las voy a llenar de tinta.

Bien dicho.

Llenar de tinta, renglón tras renglón. Haciendo por fin unos cuantos párrafos, que luego se superen en páginas.

Y más páginas. Que vayan llenando todas las hojas en blanco.

Más páginas, y más.

Páginas.

Y así dejar todo entintado. Repleto de ideas, de dichos, de cosas.

Entregarme por fin. Rendirme, dejándoles todo. Las síntesis positivas, las síntesis negativas. Los pensamientos claros y también los difusos.

Entre sensaciones, imágenes, supuestos…

Y seguir, renglón tras renglón.

Escribiéndolo todo, dejando por fin ante los ojos ajenos un mundo de palabras.

Que expliquen o que confundan. No importa.

Síntesis, preguntas, respuestas. Búsquedas.

Palabras a palabras, casi atropelladas, pero siempre con sentido. Inundando todo.

Y cuando digo todo, escuchen bien. Porque es todo.

Hoja a hoja, con tinta por todos lados.

Hasta quedarme con las manos entintadas. Mirarme un segundo.

Refregarlas, y ver como la tinta cae ahora mismo.

Sobre este teclado blanco.
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Escribir


Uno tiene que celebrar la escritura, para que la escritura aparezca.

De lo contrario sólo persistirá con las manos vacías. Los textos no llegarán nunca y los renglones quedarán en blanco.

Si uno está atento, la escritura aparece.

Se revela sola. De repente.

Primero suele insinuarse, hasta cobrar mayor notoriedad. Luego se presenta con todas las fuerzas.

Se trata de un momento perturbador y movilizante. Merodean palabras, frases, párrafos…

Suele ser un momento silencioso de profundidad de abstracción. Donde uno queda subsumido en un pacto indescifrable.

Es ahí cuando uno viene como un esclavo a la hoja en blanco. Trata de liberar esas primeras palabras que reclamaban presencia. Así que tipea para desplegarlas y dejarlas ante la vista de los demás. Que tarde o temprano se encontrarán con ellas.

Pocas cosas pueden facilitarme un estado de mayor felicidad que dejarme atrapar por la escritura. La instancia de insinuación, acercamiento y encuentro es una celebración para la vida.

Así que vale la pena estar atento. Pasear a pie o tomar el subte, transcurriendo.

Cuando uno menos lo espera, participa del juego. Cierto día se siente condecorado como uno más de los esclavos que aguardan sonrientes para narrar ciertos cometidos.

De modo que paciente y expectante espera.

Sabiendo que en verdad no es un esclavo. Es sólo un niño dispuesto a jugar.
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Mucho


Mucho, poquito, nada.

Algo.

Creo que escribo algo, tal vez lo suficiente. Como para liberarme y hacer la entrega. Marcharme satisfecho dejando las ideas, experiencias y palabras.

Con la sensación de haber cumplido.

No con los demás, sino conmigo.

Y es ahí donde debería poner un punto y empezar a preguntarme. A indagarme con el fin de pedirme explicaciones.

Pero no acepto sentarme al banquillo. Enjuiciarme.

Ni mi predisposición justiciera me persuade en este momento. Porque prefiero tratarme con cariño. Por el bienestar que supone el amor y las inconveniencias que emergen de la violencia.

De modo que sólo me atrevo a preguntarme. A indicarme el motivo de la consulta que me convoca. Que aguarda aún los párrafos que incita y provoca.

Entonces respondo. Respondo de una vez por todas. Antes de agobiarme en el prefacio, el preámbulo o la introducción.

Por más auspiciosa que sea. Por más oportuna que parezca.

Respondo.

Que debo entregarme a una mayor profundidad de la escritura. Manchando más hojas con palabras. Con ánimo de decirlo todo. Aún con la certeza que no se cumplirá el cometido.

Porque siempre habrá algo por decir. Porque siempre habrá algo que no se ha dicho.

Pero he de hacerlo una vez.

Para después sí, quedarme tranquilo.

Agradecerles a todos por haber compartido el tiempo conmigo.

Y marcharme, como quien nunca se ha ido.
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Filtro


El filtro que siempre considero es procurar ser una sana influencia en los demás.

El resto, está todo permitido.

De modo que no hay problema si expreso lo conveniente o lo inconveniente con la misma efusividad.

Ese pasaje o vaivén de un lado al otro no es más que un arribo a una precisión justiciera. Que se permite entregar el ser con sus luces y sombras. Para asumirse sin complicaciones.

Reduciendo así hasta el grado mínimo la brecha que supone la identidad. Porque representa esencialmente a la persona.

De modo que acepto el comentario de un buen amigo que me mira a los ojos mientras tomamos un café. Confiesa haber leído unos cuantos textos y me dice:

- No hay distancia, Juan. No hay distancia.

Yo tomo un sorbo de café y le digo que el anti héroe tiene derecho a existir como el héroe. Que la escritura está para entregarlo todo. Y que suele ser una aspiración lúdica con propósito reflexional.

Y aunque no exista la palabra y nos escapemos del mundo, bien vale un café con un amigo. Si además de celebrar la existencia nos permite adentrarnos en las viscitudes que nos inquietan. Con el afán de explorarlas y observarlas.

Como dos niños que juegan a vivir.
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sábado, 1 de enero de 2011

Deseos Festivos


A mí me genera incomodidad escribir lo que pienso escribir.

Pero debe ser mi intención de liberación lo que me impulsa al propósito. A desplegar la voluntad incipiente que procura evadirse de las perturbaciones.

Entregarlas para que conversen con otro. Y tal vez de esa manera me dejen a mí tranquilo.

Con el supuesto que esa manifestación de la evidencia puede hacer emerger la tensión y liberarla. Desatarla como un nudo, en un propósito que bien podría iniciar un individuo pero ser una obra colectiva.

Orgullo de todos.

Así que me entrego al núcleo de la realidad que me convoca. Despidiendo el preámbulo y adentrándome en lo significativo.

Feliz Navidad y Próspero año nuevo.

Recibí infinitos mails y tarjetas con estas sanas palabras.

Intimos amigos, amigos, excelentes conocidos, conocidos, desconocidos que podrían ser potenciales conocidos, empresas, instituciones…

Feliz Navidad y Próspero año nuevo.

Aún cuando tuve la suerte de encontrarme con mensajes diferentes, no era extraño que esas frases se colaran de algún modo y remataran el brindis.

Invalidando así el atrevimiento de quién se dispuso a pensar diferente. Con la intención de mostrar otros ojos y alentar otras miradas.

Dejando así truncada las plausibles pretensiones que reclamaba el anhelo. Que aguardó impaciente e inquieto, pero se encontró con el mismo resultado.

Feliz Navidad y Próspero año nuevo.

Si al menos hubiera una inversión de los términos. Próspera navidad y feliz año nuevo. La cosa sería distinta, el cuento sería diferente.

Porque no es el sentido del cuento lo que se juzga. Es la recurrencia e impecabilidad de sus palabras.

Por qué nadie entrega por ejemplo, alegría en Navidad y abundancia en Año Nuevo. Celebración en Navidad y Salud en Año Nuevo. Risas para Navidad y saltos para Año Nuevo.

No.

Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo.

Como si esas palabras lo abarcaran todo. Cuando en verdad son una reducción de los deseos. Una síntesis abusiva y caprichosa de posibilidades que la exceden.

Convirtiéndose así en un reduccionismo que invalida la aspiración, desalienta la creatividad y lleva a las personas a narrar la previsibilidad que emerge como consecuencia de lo reiterativo.

Dejando de algún modo a quien recibe la salutación con las manos vacías.

Feliz Navidad y Próspero año nuevo.

- Qué te pasa muchachito con estos sanos propósitos del ánimo colectivo.

Nada.

Sólo que sospecho de las consecuencias que podría ocasionar esa reiteración abusiva. Porque aquí no juzgamos las sanas intenciones. El válido propósito de quien resuelve entregar lo sublime de su sentimiento en una frase que considera oportuna.

Aquí, hoy.

Aquí nos preguntamos sobre las implicancias. Esa recurrencia escrita y sonora de la frase bienintencionada. Que obligan a nuestros ojos a leerla una y otra vez. Y a nuestros oídos a escucharla tantas veces.

Pero desconozco las incidencias propias de este caso. Y sería para mí, considero pretencioso, aventurarme a precisar las consecuencias futuras de estas recurrencias del deseo.
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