Contento conmigo…
Yo estoy contento conmigo.
Enseguida se me ocurrió el título y de inmediato pensé que debería considerar poner contento contigo. Para no ser protagónico para no subir al escenario y que me iluminen las luces.
Para que alguien se interese en leer esto que vaya a saber qué va a decir.
Pero de inmediato me advertí que no podría poner el título contento contigo. Porque esencialmente sería un simulador, un farsante.
Y además estaría traicionando a lo más valioso que tiene ese universo único e inestimable de la escritura, que hace emerger palabras e ideas que vienen vaya uno a saber de dónde. Con lo cual encauzarlas, amoldarlas o transfigurarlas sería en verdad un pecado capital.
La traición más despiadada que puede hacérsele a la autenticidad.
Y si buscamos verdad, más vale que seamos respetuosos estrictos de la autenticidad.
¿Por qué estoy contento conmigo?
No sé exactamente, pero sospecho que debe ser por uno de los pilares que más reconozco y por el cual me jugué toda la vida.
Me hice cargo de mí, sin maquillaje ni nada.
Casi como Dios me trajo al mundo, podría decir, si quisiera ser preciso con una metáfora bastante acertada.
¿Y eso qué significa?
Que uno es lo que es, lo que le sale ser, lo que genuinamente emerge de su forma de estar en el mundo.
Con sus más y sus menos. Con sus virtudes y defectos.
Y en un mundo repleto de máscaras ser quien uno es con sus fortalezas y debilidades, aporta un bienestar que no se puede explicar.
Es como andar liviano por la vida aceptando que uno es lo que es sin la más mínima intención de pantomimizarse.
Así que estoy contento conmigo, esencialmente por ser quien soy y por tener la valentía de pagar el precio que sea necesario para respetarme.
Transfigurarse es una opción que no existe en mi vida.
Soy lo que soy, y estoy contento conmigo.
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