sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Para qué escribo?


Bueno, no sé por qué uno espontáneamente se arrincona.

Se pone contra la pared.

Se autoimpone explicaciones últimas y definitivas que quizás no tiene, puede intuirlas o sospecharlas en el mejor de los casos.

Para decir esto es, sanseacabó.

Son intentos de precisión más o menos acertados y más o menos fallidos.

¿Por qué escribo?

Qué sé yo, por qué. Tal vez porque me sale escribir. Quizás hay una dimensión ajena que susurra en silencio y necesita algunos parlanchines para manifestar esto y lo otro.

Y los parlanchines nos entusiasmamos como si fuéramos parteros de algo que insinúa nacer y facilitamos la aparición.

Qué sé yo, se pueden decir tantas cosas. Que quizás se podrá escribir hasta un libro para explicarse, justificarse, entender vaya a saber por qué uno hace lo que hace.

¿Es necesario explicarlo todo?

¿Para qué?

Bueno, me pregunto.

Porque si hay alguna dimensión extraña e insondable que lleva a actuar, por qué no entregarse a su despliegue en vez de refrenarla con inquisiciones quizás inoportunas.

Somos lo que hacemos. Y quizás somos en verdad más cuando no nos cuestionamos lo que hacemos y dejamos ser naturalmente lo que somos.

Pero cada tanto se interponen preguntas.

¿Para qué?

Para desarrollar conciencia, buscar congruencia. Andar impecables y ordenados por la vida.

¿Bien derechito?

¿Sin contradicciones, zigzagueos ni volteretas?

Me pregunto. Siempre me pregunto, para encontrar respuestas razonables que de alguna forma concluyan la inquietud.

O la apacigüen al menos.

Para no andar de alguna manera como inquieto o molesto. Como si alguna ropa en cierto lugar del cuerpo estuviera molestando.

Escribo para ajustar el mundo desbarajustado, es cierto.

Y para ajusticiar lo injusto, sin miramientos, a veces con irrefrenable decisión y con intención deliberada.

Porque si la cotidianidad ofreció un hecho torcido, bien vale la escritura para acomodarlo.

Hacer justo lo injusto, y saldar las cuentas.

Escribo para elaborar emocionalidades y especialmente para liberarme de las pretensiones ajenas y de mí mismo, porque siempre en algún punto estoy maniatado.

Así que forcejeo, busco la punta de la soga, tiro y desenredo.

No es fácil, es cierto.

Llevo tirando y desenredando desde hace décadas. Pero aún no me desato.

En el fondo creo que escribo para procurar un avivamiento tan prometedor como esquivo, que consuela con destellos de elucidaciones efectivas.

Y escribo porque creo en las palabras para construir el mundo y el ser humano.

Somos la realidad que nos acontece por los pensamientos que transitamos y las palabras que ejecutamos.

Es mentira que el mundo se nos presenta y simplemente lo atestiguamos.

Creo que escribimos porque con las palabras lo elaboramos.

Por eso también escribimos.

Por eso parlanchineamos.


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