¿Para qué escribo?
Bueno, no sé por qué uno espontáneamente se arrincona.
Se pone contra la pared.
Se autoimpone explicaciones últimas y definitivas que quizás no tiene, puede intuirlas o sospecharlas en el mejor de los casos.
Para decir esto es, sanseacabó.
Son intentos de precisión más o menos acertados y más o menos fallidos.
¿Por qué escribo?
Qué sé yo, por qué. Tal vez porque me sale escribir. Quizás hay una dimensión ajena que susurra en silencio y necesita algunos parlanchines para manifestar esto y lo otro.
Y los parlanchines nos entusiasmamos como si fuéramos parteros de algo que insinúa nacer y facilitamos la aparición.
Qué sé yo, se pueden decir tantas cosas. Que quizás se podrá escribir hasta un libro para explicarse, justificarse, entender vaya a saber por qué uno hace lo que hace.
¿Es necesario explicarlo todo?
¿Para qué?
Bueno, me pregunto.
Porque si hay alguna dimensión extraña e insondable que lleva a actuar, por qué no entregarse a su despliegue en vez de refrenarla con inquisiciones quizás inoportunas.
Somos lo que hacemos. Y quizás somos en verdad más cuando no nos cuestionamos lo que hacemos y dejamos ser naturalmente lo que somos.
Pero cada tanto se interponen preguntas.
¿Para qué?
Para desarrollar conciencia, buscar congruencia. Andar impecables y ordenados por la vida.
¿Bien derechito?
¿Sin contradicciones, zigzagueos ni volteretas?
Me pregunto. Siempre me pregunto, para encontrar respuestas razonables que de alguna forma concluyan la inquietud.
O la apacigüen al menos.
Para no andar de alguna manera como inquieto o molesto. Como si alguna ropa en cierto lugar del cuerpo estuviera molestando.
Escribo para ajustar el mundo desbarajustado, es cierto.
Y para ajusticiar lo injusto, sin miramientos, a veces con irrefrenable decisión y con intención deliberada.
Porque si la cotidianidad ofreció un hecho torcido, bien vale la escritura para acomodarlo.
Hacer justo lo injusto, y saldar las cuentas.
Escribo para elaborar emocionalidades y especialmente para liberarme de las pretensiones ajenas y de mí mismo, porque siempre en algún punto estoy maniatado.
Así que forcejeo, busco la punta de la soga, tiro y desenredo.
No es fácil, es cierto.
Llevo tirando y desenredando desde hace décadas. Pero aún no me desato.
En el fondo creo que escribo para procurar un avivamiento tan prometedor como esquivo, que consuela con destellos de elucidaciones efectivas.
Y escribo porque creo en las palabras para construir el mundo y el ser humano.
Somos la realidad que nos acontece por los pensamientos que transitamos y las palabras que ejecutamos.
Es mentira que el mundo se nos presenta y simplemente lo atestiguamos.
Creo que escribimos porque con las palabras lo elaboramos.
Por eso también escribimos.
Por eso parlanchineamos.




No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Podés dejar tu comentario como usuario de Blogger, con tu nombre o en forma anónima. Seleccioná abajo.