La mala sangre
Es esencial por no decir determinante maniobrar bien en la materia porque de lo contrario uno puede perjudicarse y hasta amargarse la vida.
No tiene sentido.
Más vale estar atento y sacarse los sátrapas de encima.
Digo, por metaforizar algo.
Porque los chantas, los vivillos, los estafadores andan a la pesca como el borracho del boliche que quiere pelear a toda costa, empuja, molesta, tira el vaso de cerveza sobre uno y recién se deja de joder cuando la verdadera víctima no aguanta más y le zarpa un castañazo.
Bien merecido que lo tiene.
No es un castañazo buscado, querido, ni siquiera celebrado. Es simplemente un acto justiciero que detiene el perjuicio que el borracho generaba con decisión de acentuar.
Empuja, tira el vaso de cerveza, pega y después qué?
Hasta ahí.
La mala sangre decía es conveniente evitarla, por decisión propia evadiéndose de esos personajes de mierda que se las rebuscan para aparecer en nuestras vidas, jodernos y salirse con la suya a costa de la maldad, la insana picardía y el compromiso con cierta filosofía de cuarta que se caracteriza por representar con elocuencia la degradación del ser humano que la asume y honra.
Hay que escaparse siempre de esos personajes nefastos y apenas se los reconoce no darles medio segundo más para que entren en nuestra vida.
Y esto lo digo esencialmente por otro chanta que se las ingenió para embaucarme un buen tiempo mientras se creía el más vivo de todos hasta que por fin llegó el castañazo.
Que no fue físico, por supuesto.
Solo un correctivo tan decisivo como simbólico que lo dejó haciendo firulete.
Que se vaya a estafar a otra parte.
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