domingo, 14 de enero de 2024

El llanto disciplinador



Si no fuera por mi espíritu práctico, resolutivo y esquivador de problemas evitables, Santino no apelaría de manera recurrente y sistemática al llanto tan insufrible como indeseable que logra todo.

El pequeño construye su mundo a voluntad con una técnica sencilla que le resulta eficiente. Son gritos indecorosos, desenfrenados, que apenas se insinúan ya logran allanar el camino a su propósito.

Y si no lo logra no importa porque tiene la habilidad de transformar los gritos en llantos, y si así no bastase, en alaridos insufribles que doblegan a cualquiera.

Así que caigo como un chorlito apenas insinúa que está dispuesto a gritar como un marrano, llorar sin pausas y revolear lo que tenga en su camino para hacerle saber al mundo que más vale que se acomode a sus deseos porque está dispuesto a arruinarlo todo.

Y va a hacerlo.

Yo le digo que tenemos que hablar, que pare un poco, que se calle.

Primero suplico sin el menor de los éxitos, luego alzo la voz y finalmente grito, me paro, me muestro desbordado por el enojo, tomado por la indignación de un padre apabullado que  no encuentra modo alguno de calmar a la fiera.

Escandalizado y a los gritos pido clemencia moviéndome desbordado de un lado al otro del living, notificando que acá se hace lo que dice el padre, mientras de manera innegociable aturden los alaridos hasta que por fin llega al culmine, al momento donde el mundo se acomoda.

Informo que se hará su voluntad.

Los gritos cesan de golpe y volvemos a ser todos felices.





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jueves, 11 de enero de 2024

Nadie se salva



Los adultos piensan que van a salvarse pero es en vano, nadie se salva.

A lo sumo se entretiene con juguetes mayor o menormente distractivos.

Pero salvarse, no.

Esto no debiera indicar que entonces es mejor rendirnos y sucumbir al pesimismo del resultado elocuente que tarde o temprano se impone.

Por ahí no es.

Porque ahí está el bajón, el desaliento, la depresión al final del camino.

Así que más vale ni dar un pasito para ese lado porque buscar el malestar es tal vez la peor de las decisiones.

¿Debido a qué, flaquito?

Que indefectiblemente vamos a transcurrir hasta el matadero.

Se me escapó.

Que indefectiblemente vamos a transcurrir, digo. Entonces para qué andar bajoneado, doblegado por la naturaleza de las cosas, entristecido por un final infeliz.

Más vale hacerse el boludo y mirar de alguna forma para otro lado, engañarse a gusto disfrutando todo lo que hay que disfrutar, siendo plenamente felices como Dios manda.

Amargarnos como acto de resistencia parece ser una posición zonza, que no lleva a ninguna parte, solo a sufrir el pesar y perder la alegría.

En la profundidad de la depresión la única certeza que se encuentra es la pérdida del día.

Más vale enfocar para otro lado, entretenerse con los juguetes que sea, y hacer algo para que se dignifique nuestra existencia.

No es solo cuestión de andar de parranda en parranda.

Como diría tal vez cualquier viejo que quiere preservar cierto orden y morigerar la exaltación del disfrute.

Supongo, no sé.





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lunes, 8 de enero de 2024

La mirada al frente


Uno podría despedirse de la vida pensando si quisiera también en esta cuestión que no es un hecho menor, sino tal vez uno de los más relevantes de la propia existencia.

Mirá vos.

Es que entre las arbitrariedades que muy bien disponemos se encuentra la posibilidad de andar por la vida con la vista al frente o mirar para los costados, percibiendo lo que hace fulanito o menganito, para compararnos, condicionarnos o definir nuestra propia existencia.

¿Cuál es el problema?

Ninguno si uno elige lo que fuera, el tema es que no se ponga a joder al otro. Diciendo por ejemplo, pará, pará, pará un poquito.

¿Por qué carajo vos te vas a Costa Esmeralda y yo me tengo que quedar a bañar en la pelopincho del patio?

Por decir una pavada, porque como el materialismo es siempre una de las cuestiones relevantes de quien mira para el costado, es propicia una burda metáfora que lo sintetice.

Pero la vista al costado no se reduce a cuestiones materiales, abarca también desde el barrio o la ciudad que vive el otro, hasta los aspectos físicos, o incluso hasta los pibes que cualquiera decidió tener, aunque parezca una locura.

Por ese motivo debe ser tortuoso vivir con la vista al costado, además de agobiante e intranquilizador.

En el fondo de esa elección está la inseguridad de la persona que en vez de centrarse en su propio querer, en su propia vida, pierde el tiempo mirando al costado y queda incluso embarullado por acciones o realidades ajenas que quizás no tienen que ver con su auténtica verdad propia.

De modo que va sin querer querido siguiendo a circunstancias o vidas que muy probablemente terminen desalineadas con su propio ser.

Porque muy posiblemente no es por ahí.

Esto lo apunto por ejemplo porque hay incontable gente que puede ser infinitamente más feliz lanzándose de bombita en la pelopincho de su patio, que residiendo en el palacio de Versalles. Lo sé por un estudio científico infalible, creo que podría ser uno de ellos.

En cambio las personas más desarrolladas y maduras, las personas seguras de sí mismas, que siguen su propio camino, no tienen tiempo ni disposición para ver qué carajo tiene o hace el otro, y se centran en su vida.

De modo que dejan al otro tranquilo, y si lo miran es muy de reojo con la única finalidad de inspirarse para ver si hay mundos posibles o interesantes que podrían abrir.

Pero esencialmente miran derechito, se guían por su genuino interés, sus auténticos deseos.

Y construyen su propia vida sin perder tiempo mirando para el costado.





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viernes, 5 de enero de 2024

Las cosas son más o menos así...


¿Cómo?

Así, escuchame un poquito, escuchame.

Todos piensan que saben, creen que saben, se convencen que saben, o actúan como si supieran siendo farsantes.

Ahí tenemos las tipologías del ser convencido, no hay más sobre esta cuestión.

Entonces el ser habla como si supiera, como si en definitiva pudiera agarrar la realidad con sus dos manos y arreglarla en un santiamén o bien advirtiendo que se reparará luego de transitar un camino mayormente o menormente repleto de espinas.

Con plazos tan imprecisos como cambiantes.

Los corderos miran o miramos atentos, como expectantes, creyendo en el hombre que fuera no duda y por fin nos llevará a buen puerto. Porque en el fondo necesitamos un parlanchín que nos convenza y que de alguna manera logre que le creamos que llegaremos tarde o temprano a La Luz del final del camino, donde dejaremos de ser los extraviados argentinos y nos recibiremos de ciudadanos que no estemos escuchando la palabra inflación, corrupción, dólar, o motochorro todas los días.

Así que el parlanchín que fuera tiene un caldo de cultivo propicio para entusiasmarnos, engatusarnos o bien para encausar por fin la cosa, arreglar la realidad y pasar a otro tema antes de que nos muéramos con la resignación de vivir en un país tan hermoso y disfrutable como novelesco y sufrido.

Entremedio no importa tanto que haya dicho que va a hacer tal o cual cosa. Lo que cuenta es creerle sobre el resultado y pensar que está guiado por buenas intenciones.

Eso es clave.

Mientras esto ocurra en el fondo aceptamos que haya dicho a y en vez de honrarla de manera irrenunciable por las improcedencias de la realidad o lo que fuera, haya tenido que hacer b o c.

Si seguimos creyendo en las buenas intenciones y en el rumbo, aceptamos el desliz y no dejamos que esa breve corrección o volantazo pueda tirar todo por la borda.

Pero hasta ahí, porque si otra vez al hombre que dirige la batuta lo convencen que no se puede, que la realidad le impondrá limitaciones, lo van a fajar o lo que sea, y deja de creer en hacer a, nos va a defraudar a todos, va a convalidar la decadencia que supimos conseguir, y va a caer en la intrascendencia que cayeron los que iban a hacer a y por hache o por b, por unas piedrirtas de mierda que le tiraron o lo que fuera, no hicieron historia.

Y tenían todo para hacer historia.

Hasta el propio desarrollo personal.

Pero en vez de creer que se puede lo convencieron que no se podía. Y todos sufrimos las consecuencias de aceptar esa creencia nefasta que lo único que hizo fue favorecer el arruinamiento colectivo.

Ahora los corderitos otra vez volvimos a respaldar a quien quiere hacer un país normal y terminar de una vez por todas con la joda que perjudica a todos los ciudadanos de bien mientras enriquecen a los vivillos de turno.

Que son los mismos de siempre. Parlanchines hipócritas y sinverguenzas que engatusan a la gilada.

En síntesis para no hacerla más larga y embarullarme en un preámbulo excesivo que busca en realidad precisar la escabullida cosa, quizás solo tengo para decir que fui al supermercado.

Al supermercado y a la estación de servicios.

Pero los hijos de mil me cobraron la factura que era de la casta.

Y yo, sin chistar, pagué como un boludo.

Si alguien sabe dónde se busca la medalla, avise.


Y digo esto sin perder la esperanza en el hombre que tiene buenas intenciones.




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miércoles, 3 de enero de 2024

Los quilomberos



No hay caso, cualquiera está expuesto a cruzarse con un quilombero barra quilombera, y sufrir las consecuencias del entuerto.

Es como el borracho del boliche que quiere pelear. La gente normal esquiva, se va, se aleja, pero el desgraciado busca, busca y busca hasta que encuentra.

A veces el quilombero se debe quedar con las ganas y las víctimas de turno se escabullen como pueden para evitar el problema, pero otras veces el quilombero de tanto buscarla se sale con la suya y genera el conflicto que tanto anheló.

¿Por qué carajo el quilombero es quilombero?

Quien sabe, posiblemente porque disfruta del conflicto, construye su identidad desde ese desliz de la existencia y obtiene algún beneficio.

Eso.

Esencialmente es porque el quilombero obtiene un beneficio, sea existir en esa identidad, o si es más práctico beneficiarse a partir del quilombo que supo orquestar.

En general los quilombero afean la existencia, erosionan los vínculos y arruinan cualquier sistema de organización que pueda existir y estar en funcionamiento.

Son personas que están extraviadas en la maldad de erosionar y hacer daños.

Es por ese motivo que a veces logran sus propósitos, porque apelan a insanas picardías, a triquiñuelas dolosas, a explotación de vínculos afectivos y lo que fuera, pero suelen ser éxitos esporádicos, siempre pasajeros. Porque a los codazos pueden acomodarse mientras ocasionan perjuicios, pero esas lógicas insanas propias de las personas no desarrolladas y mediocres, nunca prosperan.

Siempre fracasan.

A la corta o a la larga el sistema las expulsa, siempre antes de arruinarse.

Sé que los bolicheros cuando se les colma la paciencia y el borrachín de turno molesta y molesta, aportando sólo problemas, lo sacan afuera y no entra nunca más, aunque sea el hijo del dueño.

Es la forma que tienen de preservar su propio bienestar y el negocio antes de que un quilombero lo arruine.





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domingo, 31 de diciembre de 2023

La palabra que incomoda



No me pregunten por qué me toca siempre a mí abrir la boca y entregar la palabra que incomoda, que es esencialmente la antagónica con la preponderante del grupo, que tiene en general una palabra unívoca, alineada, sincrónica y sumisa.

Esa última palabra la adoso porque se desprende del eco de palabras que se reafirman mutuamente en sonoridad o en silencio, dado que la palabra silenciosa también participa por supuesto del juego y convalida por omisión lo dicho establecido.

De modo que no me pregunten por qué tengo de algún modo la mala suerte de tener que andar pronunciando las palabras divergentes que no encuadran con lo que piensan todos al unísono.

En realidad debo confesar que no es mala suerte, sino buena suerte por elección dado que no se trata de palabras divergentes por el espíritu renegado que bien podría tener, sino por el espíritu que me incita a honrar la inteligencia, la rebeldía constructiva y la asunción del protagonismo necesario que implica hacerse cargo del asunto que fuera para generar los mejores resultados deseados antes de atestiguar cualquier realidad que acontezca o suscribir a perspectivas inconvenientes en todo o en partes.

Claro que repetir como loro o quedarse callado es una opción estimulante para la mediocridad, que reside esencialmente en la comodidad de quien elige ser un tibio que no se juega nunca por nada, ni siquiera por sí mismo.

Pero abrir la boca es una cuestión de dignidad, de lealtad intelectual con los otros y con uno mismo. De sana inconformidad para obviar la maldita comodidad y hacerse cargo del asunto que fuera con la buena intención de contribuir a producir la mejor realidad posible.

Es también una decisión inteligente que reafirma el ser, enaltece su dignidad y lo reconforta al aportar el valor que fuera movilizado por sus auténticas convicciones.

Porque al fin de cuentas la palabra que incomoda hace muy bien su trabajo y logra excedentes resultados, aun sabiendo por supuesto que no siempre es infalible y acertada.

Por eso honrar la palabra que incomoda es una suerte muy bien elegida.

Obviamente no es gratis porque produce enojos, incomodidades, acciones tal vez dolosas de quienes en vez de creer en la inteligencia para dilucidar las mejores decisiones posibles se sienten cuestionados o sucumben a su propio ego, pero en el fondo del ser el negocio es bueno.

Muy bueno.





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