martes, 20 de marzo de 2018

El maltrato del banco



No voy a mencionar el banco porque no me gusta ganarme enemigos ni correr el riesgo de cometer injusticias.

Pero lo que ocurre es que sin querer queriendo el banco parece maltratar a los clientes, que bonachonamente se disponen a hacer trámites.

Los que fueran.

He visto viejitos luchando con cajeros o resistiendo el embate tecnológico que los doblega sistemáticamente, exigiéndoles ingresar a un mundo que les resulta totalmente ajeno pero que se les impone irremediablemente.

Es increíble como vapulean a esa gente las circunstancias en las que deben confrontar por voluntad ajena, porque si fuera la voluntad propia nada es mejor para ellos que ver a la persona de frente y decirle por ejemplo que tienen que renovar una tarjeta, hacer un depósito o saber el cbi.

CBU.

¿Qué culpa tienen los viejitos de que el mundo se tecnologice en aspectos que les son desfavorables en los hechos? ¿Qué margen tienen en organizarse y ofrecer resistencia?

Poco o ninguno, quizás. Quién sabe.

La reducción de costos operativos vía las posibilidades tecnológicas son una intención irrenunciable de los cochinos capitalistas.

Pero también son buenas, puede opinar alguien. Con toda la razón.

Porque optimiza tiempos, asegura eficiencia de procesos, elimina errores humanos, facilita trámites que demandan llevar el cuerpo hasta la sucursal.

Etcétera.

Y pensar que uno escribe todo esto porque no hay forma de que ande el tel. de soporte técnico del banco y se resiste a tener que ir personalmente a corroborar la única certeza que es evidente, que se elocuencia apenas uno avanza hasta la sucursal, abre la puerta del banco e ingresa.

Que será maltratado.

Sistemáticamente.
 



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sábado, 3 de marzo de 2018

El buen camino


Me inquietan muchas cosas pero entre ellas quizás nada me inquieta más que el tema del camino. Tal vez por eso me detengo, miro u observo.

Uno queda como enredado en aquellas cosas que lo inquietan hasta que en determinado momento las afronta, las escribe y de alguna manera se las saca de encima. Presumiblemente con la intención de liberarse, propósito por el cual vale la pena luchar y ofrecer resistencia.

Si algo me gusta son los rebeldes que miran la mirada ajena como diciendo, qué te pasa. ¿Cuál es el problema?

Y siguen con sus cosas, andando en patineta, sacando la sortija, levantando un barrilete o viviendo en varias ciudades a la vez.

Reconozco que cada uno puede hacer lo que quiera, lo que se le antoje. Y nada es mejor que usar esa arbitrariedad para desplegar la vida. Pero pocas cosas me generan más respeto y admiración que las personas que se hacen cargo de lo que son y asumen su auténtica singularidad para construir la vida que quieren vivir.

Hincho por ellos.

Uno no está por supuesto para subirse a una tarima, observar ciertos aspectos de la realidad y señalarlos con el dedo como si fuera a ofrecer alguna visión infranqueable que determine lo que está bien y lo que está mal. 

Apenas si observa, se inquieta y comparte cierta inquietud para que otro se disponga al juego de interpretar las cuestiones del asunto y saque sus propias conclusiones, tal vez para reafirmar su vida.

O para transformarla.

Aún no puedo creer la cantidad de niños grandes que viven guiados por la mirada ajena. La honran en su cotidianidad y en ese mismo instante desprecian la vida. 

Si uno es exagerado.

Si es moderado puede presumir que la desaprovechan o la malgastan.

Gastan su tiempo en deberías que preconfiguran su existencia y se extravían a sí mismos para brindarle pleitesía a expectativas ajenas que miran con atención para establecer sentencias.

Entristece quizás que hombres y mujeres adultos sigan la supuesta buena senda, entrampados en ciertas certezas cuestionables, que marcan los pasos que deben seguir para no errar el camino.

Y en esa voluntad sumisa y condescendiente, no hacen otra cosa en muchos casos, que rechazar la existencia y la posibilidad de construir el mundo en el que vale la pena vivir.

También hay gente que genuinamente se adoctrina por coincidencia auténtica con los mundos esperabables que suponen muchos que deben habitar. 

Bravo por ellos, se sacan un problema de encima en esa suerte de disciplinamiento genuino que los reconforta.

El tema es el hombre que vive la vida que no quiere vivir, que es arrastrado por las excusas que alivian su responsabilidad y pasa su tiempo evitando las circunstancias que genuinamente quiere vivenciar. 

Muchas veces es por comodidad, para evitar problemas, prejuicios o incertidumbres.

Pero ese burdo truco es en realidad una destreza que ejerce la sutil cobardía, que lo delimita denigrando sus posibilidades.

Dejándolo en el lugar que muchas veces no quiere estar.

Por eso quizás uno admira a los rebeldes, que inquietan las miradas ajenas hasta perturbarlas, pero siempre celebran la existencia al seguir sus auténticas convicciones que construyen las vidas que quieren vivir.






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domingo, 18 de febrero de 2018

El bien pensado



Podría yo hablar del mal pensado y establecer quizás con mayor precisión sus lógicas, entrometiéndome en sus menesteres para observar su proceder y elucidarlo con más elocuencia. Podría profundizar tal vez en algunas cuestiones y señalarlo con mayor nitidez, cosa que generaría menores reparos de quien observa y críticamente muy bien analiza lo dicho. Porque por algo es un compañero de este mundo de escritos que se construye en conjunto, con alguien que tiene capacidad de elaborar desde la lectura, y otro que propone quizás alguna inquietud para la reflexión o el divertimento.

Somos un equipo.

Yo me preguntaba si el tipo que es bien pensado puede cambiar de actitud ante los reveses que le ofrece la existencia. Si las contrariedades que se le imponen por sus lógicas son cachetazos suficientemente fuertes como para movilizarlo y hacerlo replantear su vocación a ser bien pensado.

Me preguntaba si el tipo era quizás testarudo o negador, y no tomaba registro de la realidad que de tanto en tanto lo notifica. Y le dice, mire, aquí hay una pérdida de valores. Tenga cuidado. Hay un contexto de patrañas, engaños, vivilllos...

Pero si el tipo no escucha o es negador, no puede ver eso. Pienso. El tipo se juega por lo que es, y eso está bien. Nada mejor que alentarlo a ser él mismo. Entonces si es bien pensado, el tipo hace de algún modo bien. Se asume y se despliega desde su convicción, con los precios y perjuicios que le ocasiona. No importa si la realidad lo ajusticia o lo vapulea, si el tipo es bien pensado puede jugársela igual por el mismo camino. Quizás no le gusta sospechar, o no le gusta ver los indicios.

O peor, los hechos.

Porque si ve los hechos el tipo no tiene otra que darse la cabeza con la pared. Decir por ejemplo, pero qué hijo de puta, cómo pude haber confiado.

O, no puede ser, este tipo que se veía tan seriecito, tan responsable.

Miralo vos, cómo puede ser que sea un ladronzuelo, un farsante, un embaucador.

Pero nadie quiere darse la cabeza con la pared porque por supuesto duele. Entonces es razonable que el burdo truco lo invita al tipo bien pensado a mirar para otro lado o a taparse los ojos.

Pocas argucias son más efectivas para esquivar la realidad. Para dejar el mundo como está.

Y evitarse el arduo trabajo de poner manos a la obra y asumir las situaciones como si fuera uno un hombre estoico e innegociable, que con la madurez que le dieron sus años dice hasta acá. Y toma las decisiones que tiene que tomar.

Uno supone, no sé, pero el tipo bien pensado algo tiene que hacer.

O se juega por sí mismo, encaprichado en sus lógicas y se dedica a justificar y desmentir. O enfrenta la realidad.

No sé, no debe ser fácil porque siempre uno paga un precio. Y si el bien pensado decide seguir aferrado a sus lógicas más allá de las evidencias, por algo será.

Nadie está aquí para cuestionarlo.




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domingo, 21 de enero de 2018

Al cielo


Si bien mis hermanas son auténticas religiosas y sospecho que compiten por ese aspecto de la identidad que valora la familia, creo que la hermana mayor se está aventajando de la chiquita y su empeño innegociable de acentuar ese compromiso la está llevando a ganar posiciones.

Mi hermana menor que por estos tiempos anda embarullada en otros menesteres no se ha percatado de los movimientos de la mayor y está cediendo terreno para que mi hermana mayor avance en su identidad religiosa y se aventaje sin que la otra se de cuenta.

Sin dudas, se va por la punta.

Todo porque Paulita está distraída en sus menesteres que por fuerza de cierta naturaleza indescifrable la llevan a acelerar la vida sin el menor de los titubeos, afrontando con esa actitud todos los perjuicios y riesgos que la aceleración de la vida implica. Pero tomando también todos los beneficios que tal actitud conlleva.

-Carla está yendo a Caritas a ayudar -escucho, que me dice Flavia.

-Me contó tu mamá -remata.

Escucho que mi hermana mayor va con vocación auténtica y honra sus genuinas motivaciones de ayudar a los demás. Escucho también que está jodida de la espalda.

-Lleva colchones.

Colchones, pienso. Cómo puede ser que mi hermana flaquita lleve colchones o se los hagan cargar. No puede ser que lleve colchones y los cargue porque se va a joder la espalda. Pienso.

-¿Estás segura?

-Sí, tu mama está preocupada.

Me pregunto si debo hablar con mi hermana para persuadirla de que haga tareas más aliviadas. O que canalice su intención de ayudar de manera menos perjudicial para su salud.

Creo que sería conveniente que sea más práctica y lleve dinero. Pero inmediatamente sospecho que la idea no prosperará y mi hermana verá un espíritu de vagancia y comodidad detrás de esa sugerencia.

El espíritu sufrido, trabajoso y doliente, es más preciado en el ámbito religioso y las personas con auténtica vocación de religiosidad consciente o inconscientemente se deben sentir obligadas a honrarlo.

Pienso, pero no digo nada.





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domingo, 14 de enero de 2018

La libertad


Estoy contento.

Creo que me alegró muchísimo enterarme de una noticia que me libera de condicionamientos.

La libertad es sin dudas mi bien más preciado. Ser libre es para mí hacer lo que absolutamente quiero, sin estar condicionado con los ojos de los demás que lo preguntan todo primero y luego lo evalúan desde perspectivas muchas veces conservadoras que exigen consecuencias.

Quizás por eso me escapo.

Nada me resulta más desalentador que las vidas previsibles que cumplen el manual tradicional de la existencia. 

Las respeto por supuesto y creo que es muy lícito honrarlas. Sobre todo cuando se tiene la auténtica convicción de hacerlo. De lo contrario si alguien me pidiera un consejo al respecto, le sugeriría ahorrarse la pantomima. 

Poner la vida en manos de los ojos de los demás no es ningún negocio.

Pero nadie me pide consejos, y mucho menos me gusta darlos, porque siempre pienso que el mejor consejo es el que es capaz de darse alguien a sí mismo.

El resto es chamullo, o sólo buenas intenciones.

La libertad es para mí tal vez el bien más preciado. Pocas cosas se comparan con la satisfacción de ser y hacer lo que uno considera. Excluyéndose de las expectativas ajenas o los mandatos establecidos socialmente, que aún operan en nuestras subjetividades para indicarnos algún camino.

Si no fuera porque estoy atento sería una marioneta de mi propio destino. Y estaría honrando sin saberlo desde el inconsciente lo que alguien relevante me dijo con buenas intenciones, o esperó, o sugirió. Y ahí iría yo haciendo esa vida supuestamente mía pero verdaderamente prestada.

Quizás por eso me gustan los buenos rebeldes, los que esencialmente hacen la vida que quieren hacer. 

Sea cual sea.

Y poco escuchan lo que les dicen los demás.

Yo hincho por ellos, porque se debaten muchas veces contra perjuicios que les quieren imponer las fieras. Pero siempre salen airosos porque las fieras desde sus mundos nunca logran comprender mundos ajenos.

Y no hablo de nada raro, simplemente de quienes lideran vidas propias. De quienes creen en sí mismos para honrarlas. 

De quienes se hacen cargo de ellos.

Y viven la libertad. 





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viernes, 12 de enero de 2018

El hombre negador


Pocos mecanismos son más inefectivos para transformar favorablemente la realidad que el mecanismo de negación.

Quien se aferra a él se compromete con la mentira que niega la evidencia.

Lo sé porque observo al mecanismo desplegarse por todos lados a partir de personas diversas que lo honran a rajatabla.

Cada vez que las veo me genera la inquietud inicial que consiste en preguntarme, ¿sabrán que son presos del mecanismo negador? ¿Estimarán la ecuación que les resulta del costo y el beneficio de honrarlo?

Tengo distintas hipótesis, y como todas hipótesis, pueden ser fallidas.

Pero en el fondo sospecho que el ser humano no tiene una predisposición para el perjuicio personal. Con lo cual si alguien honra el mecanismo negador, por algo será.

¿Y cuál será el beneficio entonces?

Esencialmente, la posibilidad de evadir la realidad, hacerse cargo de ella, encausarla y corregirla.

Nada menos.

Algo que implica ciertas cuestiones, como por ejemplo ASUMIR LA VERDAD. Que no es una cosa menor. Es más fácil mirar para otro lado y desatenderse del asunto que sea.

Aunque obviamente una técnica tan burda suele ser muy costosa.

Engañarse es un truco muchas veces conveniente para evitar problemas en el corto plazo. Pero en el largo plazo lo esperable es que con esa predisposición se consoliden y acrecienten.

En síntesis, no es ningún negocio.

Lo mejor siempre es mirar la realidad como se presenta para poder operar favorablemente en ella. Porque por más que uno la quiera maquillar o intente transfigurarla al observarla, la realidad persiste y se manifiesta irremediablemente.

Ahí está, para quien quiera o no quiera verla.

Y si la vemos como la realidad es, tenemos la posibilidad real de incidir en ella. Cosa que no ocurre si nos mentimos.

Ustedes dirán, ¿por qué escribo esto? 

No sé, será que tengo miedo de caer en ese mecanismo inconveniente o habrá algún hombre negador en ámbitos laborales que persiste con su actitud irrenunciable de negar la elocuencia, y contribuye así a que en vez de alinear el mundo descuajeringado se consolide el perjuicio que ocasiona.

Se validen sus engaños y salga airoso como siempre.

Pero yo no digo nada porque ya lo he dicho todo, solo me advierto del costo que tiene mentirse y mirar para otro lado.





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