Freno el auto. Suena el teléfono.
Es mi padre.
Me dice que pase por su oficina así hablamos un rato. Le digo que no puedo.
Que tengo que ir a ver a Claudito y después a Roberto.
Me insiste.
Reitero que estoy justo entrando a ver a Claudito y que después voy a
reunirme con Roberto. Y le digo que después paso.
Bueno, escucho.
Voy hasta la oficina de Claudito, pero no está. Debe haber aprovechado que
no está Guillermo para irse un poco antes. Pienso. No puedo ser tan mal
pensado. Me digo. Claudito es excelente, súper responsable y súper profesional.
De hecho si voy a verlo es para avivarme. Avivarme en cuestiones que el domina
con la destreza de los que saben.
Vuelvo sobre mis pasos y salgo para la otra oficina.
Miro para la izquierda y veo a Virginia que está hablando por teléfono. Me
cruzo con dos personas. Saludo al pasar. Abro la puerta y salgo a la calle.
Camino unos veinte metros. Llego, saludo a Darío que siempre sonríe. Mientras
de lejos me mira Flavio.
Camino unos metros y extiendo la mano.
-Mis respetos –le digo. Se ríe y avanzo unos pasos más hasta la oficina de
Roberto.
Lo cruzo al Vasco, a Carlitos y a la esposa de Raúl. Están imbrincados
hablando entre ellos. Cómo andan, digo.
Salgo y lo veo a Ismael, siempre sonriente también, como Darío.
¿Cómo anda la bicicleta? Muy bien, me dice. Siempre trato de andar porque me
hace bien. Pero ahora ando en la moto. ¿Moto? Sí, tengo una de 110. Ah,
buenísimo. Es con cambios, ¿no? Sí. Yo tenía la Zanellita, siempre me anduvo
bien. Ah, yo tengo también la Juki. Pero esa cuesta arrancar, le digo.
Y sí, es mañera, reconoce.
Lo saludo y sigo unos pasos más. Por fin llego a destino.
Roberto saca la vista de la computadora y me recibe con una sonrisa. ¿Qué
hacés rubio?, pregunta.
Hace mucho que no te veo y te vengo a visitar. Me río.
Hacía unos breves minutos que habíamos compartido otra reunión, por otras
cuestiones. Otros menesteres. Pero ahora, en este momento vengo a verlo porque
quiero avivarme de algunas cuestiones que él domina.
Cuestiones no muy sofisticadas pero que requieren cierta pericia.
Ingreso en los menesteres y hablamos con determinación. Aclara situaciones
que estaban bastante aclaradas pero aún tenían ciertos matices difusos.
Advierto posibilidades que pululan por el aire. Menciono esas alternativas.
Escucho su posición.
No lo noto convencido. Pero hay una hendija donde se ve cierta luz.
Me despido agradeciéndole la conversación y voy a ver a mi padre, que está
enfrente.
Hace mucho frío, el invierno no perdona. Cruzo la calle. Lo veo a Gaby. Lo
saludo. Observo que se ríe, que anda apurado, que camina hacia enfrente. Parece
estar contento. Qué bueno que Gaby esté contento, me digo.
Abro la puerta, lo veo a Maxi.
Lo saludo sonriente. Estás más flaco, le miento. No, no. Sí, sí, le reafirmo
con la intención de dejarlo contento, mientras le apoyo la mano en el hombro.
No te creas, dice y se ríe.
El vasco está al lado de la puerta, ¿qué hacés Vasco?, le digo mientras lo
abrazo. Acá ando. Avanzo sobre la puerta y entramos.
Está Gustavo. Hola Gustavo, le digo desde lejos, mientras se para. Camino hasta él y lo
saludo con un abrazo. Al lado está papá, hola pá, digo y también lo saludo de
la misma manera.
El Vasco no sé qué hizo. No sé dónde está. Cualquier cosa que podría decir
al respecto sería impropia o mentirosa porque a decir verdad ahora que me
detengo en esa situación, veo que el Vasco no está. Es decir, no se lo ve en
esa situación.
Raro.
He quedado embrollado con Gustavo en una conversación que ha hecho
desaparecer al Vasco.
En fin, me siento junto a Gustavo y los dos estamos frente a mi padre. Están
embrincados en un tema que no me interesa, pero de alguna manera me compete. Es
un tema en desuso, añejo, resuelto en mi cabeza hace años.
Escucho con atención pero no puedo dejar de intervenir. Sobre todo si me
preguntan. Entonces hablo desde el mismo lugar que hablo siempre, con convicción
y honestidad intelectual.
Digo lo que pienso, que es a la vez lo que creo conveniente. Y es a la vez
también lo que no quiere escuchar mi padre. Lo que se niega a ver. A escuchar.
A oír.
Por ende, me transformo en un falso enemigo. Cuando en verdad soy un aliado
valioso de su causa.
Pienso.
Enemigo sería si me presto a su motivación para hacerle creer lo que él
piensa y yo no pienso.
Aunque por supuesto esa actitud la recibe con encanto. De ahí que quien
quiere llevarse bien y dejarlo contento, no hace más que decirle lo que quiere
escuchar. Y, si se maneja con mayor destreza, acrecienta o ensalza lo que
piensa.
Todo para dejarlo contento y evitar su indeseable mal humor.
Nos adentramos en una conversación donde surgen diferentes cuestiones,
escenarios futuros, posibilidades.
¿Vos qué harías?, escucho mientras mi padre me clava la mirada.
Digo lo que pienso. Lo que creo que es conveniente.
Lo que mi padre no quiere escuchar.
Repetimos entonces una lógica recurrente. Me pregunta para escuchar lo que
no quiere escuchar. Entonces no escucha. Se enoja y me niega, con palabras cizañeras que parecen querer apuñalarme.
Yo siempre me enojo un poco también porque creo que en su postura exhibe una
posición desagradecida. En vez de valorar que le dé una opinión honesta que aporta
a resolver sus menesteres, se contentaría si contribuyo a engañarlo, contándole el cuento que se quiere contar.
Luego me voy pensando que lo que alguien no escucha en palabras tarde o
temprano lo escucha de la realidad.
Porque quiéramos o no, la realidad siempre habla.