martes, 24 de septiembre de 2013

La crucé

Yo la crucé a Flavia caminando.

Caminando, ¿dónde?

En un lugar donde camina bastante gente. Diría.

Flavia venía como a veinte o treinta metros. Sí, más o menos a unos veinticinco metros.

La vi de lejos, mientras intercambiaba la mirada en línea horizontal con rítmicos avisajes hacia el costado. La primer perspectiva para percibir el camino y no tropezarme. Y la vista al costado para disfrutar el paisaje, el lugar que justifica que muchos transeúntes caminen por ahí.

Entonces en uno de esos avistajes, la vi a Flavia. A lo lejos la vi.

No puede ser. Seguro que no puede ser. Eso pensaba mientras sostenía la mirada a la distancia y cedía a la alternancia de ángulos.

La situación se complicó más, porque de más cerca se confirmaba la percepción inicial. La chica que venía, linda y estilizada, era Flavia.

Flavia había venido hasta acá. Qué sorpresa, me decía. No puede ser, quería convencerme.

Pero la chica me empezó a mirar de lejos. Y entonces yo devolví la gentileza.

Y ella me miraba. Y yo le correspondía.

Flavia se acercaba. Cada paso confirmaba la certeza…

De repente, nos cruzamos.

No era ella.



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sábado, 24 de agosto de 2013

Mandados

A mí nunca me gustó ser el chico de los mandados. Siempre me mantuve alerta y negado cada vez que me indicaba la realidad que debía asumir ese rol. Quizás fue mi espíritu de vagancia, la comodidad o haraganería. No lo sé, lo único cierto es mi declinación a asumirme como el chico que iba hacerse cargo del mandado.

Aunque por supuesto no podía desatenderme del tema. El mundo venía con mandados y yo no ostentaba mayores armas para rebelarme que mi convicción por rechazarlos.

Así que decía que no quería ir y procuraba mantenerme firme en mi posición. Pero escuchaba que esta vez me tocaba a mí, que ya había ido mi hermano la otra vez y la otra mi hermana, y que anteriormente había ido mi hermano también y mi otra hermana también fue.

Y así estaban las cosas que acreditaban irrevocablemente que era mi turno y debía asumir la función estoica de cruzar a lo de Marcelino, escuchar unos quince o veinte minutos las conversaciones chismosas que el almacenero sostenía con las viejas del barrio y volver a mi casa con la misión cumplida.




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martes, 18 de junio de 2013

Culpable

Mi novia, que es más inteligente que yo y robaba ciruelas cuando era chica, me dice que no puedo dejar que otro incida en mi emocionalidad. Que ya leí o estudié bastante sobre el tema y que no me podría permitir semejante torpeza.

Ella sabe que el mundo ha venido a contrariarme hoy y que con mi temperamento no podría dejar de presentar batalla. Así que desplego la rebeldía que pretende ajusticiar el despropósito, que no es más que el accionar malicioso y dañino de algún semejante que terminó perturbándome.

Así que arremeto con rabia para ajusticiar al mundo que hoy se desalineó y decidió increparme. Aunque en verdad no es al mundo al que quiero disciplinar sino al sujeto confundido y malicioso que por esos azares de la vida se interpuso en mi camino.

Todo porque el hombre no mira al frente su camino y se interesa en provocar el mío, que seguramente le significa una amenaza para su vida mezquina, chiquita, precaria y previsible.

Solo quisiera decir que yo no tengo la culpa de sus elecciones. Solo soy culpable de las mías.

Y es una culpa que sobrellevo con convicción y alegría.

Lo siento.




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domingo, 26 de mayo de 2013

El chismoso


Triste profesión la del chismoso.

Triste, inculta y mediocre.

Parece mentira pero hay quienes la ejercen. Y hasta se vanaglorian de ella.

Es como enorgullecerse de la precariedad que puede alcanzar el ser humano, desplegando sus aspectos más pequeños y empobrecidos.

Porque el chismoso nunca aporta nada, solo se enreda en sus elucubraciones, que obnubilan su atención y despiertan sus peores cuentos. Relatos que lo embaucan en ficciones y supuestos siempre de dudosa comprobación.

Insinuaciones más o menos efectivas, pero siempre fallidas. Que lo único que hacen es demostrarle que lo que imagina está a uno, dos o cien pasos de la realidad.

Al chismoso no le importa fabular o ficcionar porque está en su salsa. Como carece de solvencia para una pretensión mayor que el chusmerío, se adentra con intención en ese mundo empobrecido.

Situación que despierta el interés de otros, no menos chismosos, que escuchan con atención a quien oficia de bufón de turno. Porque en realidad el chismoso, tiene que tener algo de bufón, algo de showman. Porque ese papel secundario y denigrante, exige que quien lo ejerce sea capaz de sostener morisquetas.

Si no llama la atención, no se pone la nariz de payaso o se envalentona con novelas infundadas y en apariencia convincentes, no despierta ningún interés. Y cae en la irrelevancia que suele caracterizar su vida.

El problema del chismoso es que ejerce su oficio sin miramientos. Desempeña su conducta antiética y despliega su destreza para hacer daño, con su lengua envenenada. Que disciplina la maldad y su actitud destructiva.

No sé ustedes, pero yo una sola vez escuché en forma intencional a un chismoso en un medio de comunicación masiva. Me pareció tan insano y vulgar, que decidí apagar la radio y no perder más tiempo.



Escritos de la Vida - Juan Valentini     *Juan Valentini es autor de "Escritos de la Vida", disponible en papel y ebook



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jueves, 23 de mayo de 2013

Una de derecha


Debo reconocer que tengo un boxeador adentro. Cada tanto saca algún puñetazo. Es una piña certera y a los dientes. Sin contemplaciones ni miramientos de ningún tipo.

Simplemente obra, con determinación y cierta malicia. Digo cierta malicia, porque a pesar de que el agresivo esté internalizado, jamás lo dejaría obrar con completa malicia. Eso revertiría mi convicción por la bondad, trastornaría mi conciencia y me haría ejercer como una mala persona. Posibilidad que está en las antípodas de mis intenciones.

Pero…

Eso no quiere decir que el boxeador no esté y que cada tanto se apodere de mí. Y aparezca.

Porque la irrupción no la hace solo frente a los demás, sino también ante mí mismo. Que lo veo operar determinado para responder desde sus lógicas al mundo.

Es ahí donde lanza la trompada.

Trompada simbólica.

Digo trompada y no trompadas, porque suele ser una. Cortita y efectiva. Pero una sola, no dos ni tres.

La piña se reduce en general a una palabra, que devuelve al sujeto la descripción que se merece por su accionar en el mundo.

Para aclarar…

Le otorga la palabra a quien obró con excesiva torpeza, mediocridad o idiotez. Para ser más exacto. Aunque suene un poquito fuerte y lo sienta mucho.

El mundo viene también con esos atisbos y se vuelve imposible esconderlos debajo de la alfombra. Así que aparecen y uno, en este caso yo, no puede más que resistirlos de alguna forma.

Como el boxeador que se apersona en mi vida para acometer justicia.



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jueves, 11 de abril de 2013

Un párrafo

Pensaba que podría escribir un párrafo para compensar la sucesión de puntos aparte que uso en mis escritos. Sería la posibilidad de profundizar de continuo lo que quiero decir, sin ningún tipo de interrupciones o saltos bruscos que develen el espíritu inquieto o ansioso que supongo puede percibirse en las letras. Eso me hace pensar que todo lo que hacemos nos revela, nos exhibe ante los otros. Lo que ocurre es que no todos pueden percibirlo, no todos podemos percibirlo. Quizás los psicólogos lo advierten y también los que tienen actitud de indagación, curiosidad y pensamiento. Más allá de lo que pueda en apariencias decir un escrito. Porque sin dudas hay algo evidente, visible. Algo que es fácilmente percibido como mensaje que da sentido al texto. Pero a la vez existe algo subalterno o subyacente, que se encuentra en las profundidades. De ahí puede hacerlo emerger el psicólogo o el ser indagador, pienso ahora. O bien puede quedar desapercibido para todo el mundo, ostentando cierta irrelevancia quizás propia de su naturaleza. Porque, a quién le importa las profundidades de lo dicho, pienso ahora. Solo al psicoanalista que uno le paga o a quien es responsable de esas profundidades. El verdadero causante, que adentrándose en ellas puede tal vez descubrirse. Dilucidarse para saber cómo está siendo y tener así la posibilidad de reafirmarse o cambiar. Eso pienso ahora. Que tal vez los escritos con puntos aparte, son relámpagos para llamar la atención. Para decirle al lector que todo es importante. Que no se vaya a perder el párrafo siguiente. Que tome aire porque ahora viene lo mejor. Eso seguro que es así. Una sucesión de golpes de impacto más o menos efectivos. Creo quizás en esa técnica. Y a la vez es una exhibición de las profundidades del ser. Porque relata cierta ansiedad que se vuelve evidente. Ciertos chispazos de energía entusiasta que necesita ser compartida. Y tal vez también ciertos avances persistentes pero reticentes. Que se despliegan en forma discontinua con el sustento de la perseverancia y la incertidumbre que frena la duda. Quizás esto es así, aunque tal vez puede ser perfectamente de otra manera.



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