domingo, 8 de enero de 2012

Conversaciones Espontáneas


Escribir espontáneamente debe purificar la mente, el cuerpo y el alma.

Eso pienso yo. Eso supongo o vaticino.

No tengo mayores pruebas, no es que aquí hay un sustento empírico que avale el vaticinio. Ni una determinación racional que lo fundamente.

No hay mucho en ese sentido. De modo que sólo emerge la carencia, la falta de una comprobación que notifique el acierto. Diga que esto es así. Determine con evidencia, reduzca las inquietudes y aniquile las dudas.

Es apenas una idea, una humilde mirada que se permite suponer. Proyectar de alguna manera un entendimiento que quizás es precario, pero siempre válido.

Porque uno puede suponer, vislumbrar, entusiasmarse con una definición. Cierta proyección que presumiblemente parecería respetable, entendible.

No más que eso.

Pero no es poco, porque esa suposición puede aportar ciertas posibilidades. Abrir así un camino que tal vez sea saludable recorrer. Transitar con atención para constatar la experiencia.

Ahí sí lo empírico podría aportar la validez que exigen los críticos. Que entusiastas se muestran hostiles ante una suposición que carece de argumentos, a pesar de que reconoce su vulnerabilidad.

Entonces, decía.

Creo que uno se purifica en la espontaneidad de las palabras.


Escritos de la Vida - Juan Valentini     *Juan Valentini es autor de "Escritos de la Vida", disponible en papel y ebook. Los contenidos de este Blog no forman parte del libro.  



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miércoles, 4 de enero de 2012

Ser

Uno no es siempre el mismo. Eso es mentira.

Lo permanente es el cambio, la reconfiguración. Una suerte de reinvención de la persona, que expresa su renacer ante cada día.

Aunque esa imprevisibilidad moleste, suene perturbadora y nos invite al rechazo. Al repudio que libera el enojo, cuando se enfrenta a lo que disgusta, se exhibe un mundo diferente al que uno cree, comprende y vivencia.

El desafío es sostenerse sobre la imprevisibilidad, sin vulnerar confianza. Ahí esta el arte de la persona que tranquiliza y nos calma. De quien sabemos lo que podemos esperar.

A pesar de que estemos inmersos en el cambio.

Porque si bien la reinversión tiene su naturaleza de permnencia, nadie escapa a lo que es. Aún cuando se esfuerce por ser distinto.




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viernes, 30 de diciembre de 2011

Poder

Hoy pude.

Podría no haber podido, como tantas veces. Pero no, hoy pude.

Quizás por eso estoy contento, sonriente. Como quien logra el resultado, proyectó a lo lejos. Apuntó.

Tomó carrera…

Y la metió en el ángulo. Viendo desde lejos cómo la pelota se desplazó en el aire, llevó un futuro decidido pero incierto. Y se estampó en la red. A la vista de todos.

Es cierto que uno es efusivo, realza quizás pequeñeces. Llama la atención sobre sutiles aspectos de la vida que quizás suenen como nimiedades, si uno los anuncia. Los sube al escenario y los presenta.

Pero no estoy aquí para denigrar el hecho ni atemperar el acierto.

Por el contrario, me detengo a tipear algunas letras para precisar el momento subjetivo y atraparlo. Uno entiende cuando observa, sintetiza con intensión, y asciende así a una posibilidad de comprensión que le facilita efectividad en su vida cotidiana.

De modo que bien vale pararse frente a la jugada, contemplar el momento inicial que visualizó el pelotazo. Mirar con atención la corrida, y acompañar con la vista el trayecto de la pelota que se incrusta en el arco.

Toda una pantomima de metáforas para descubrir que el hombre se debate entre poder y no poder. Que anda como un péndulo en la vida, aunque prepondere tal vez un extremo. El que lo relata como ser humano en su personalidad.

Es por eso que hay que detenerse frente a los hechos de cierta relevancia que emergen en la vida. Ascender a la claridad que buscamos. Descubrir la importancia de comprometernos con el lugar poderoso que se asienta dentro de nosotros mismos.

Visualizar la próxima jugada.

Y darle con todo a la pelota.




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jueves, 22 de diciembre de 2011

El Juego

Una vez descubierto el juego, uno puede liberarse de la trampa.

Todos jugamos.

No digan que no, que no es así. Que aquí no hay ningún juego, que nadie juega…

Cuando digo todos, hablo de todos. De mí y de ustedes también.

No me importa que alguien se enoje, levante la mano y enfatice.

Me mire con cara de pocos amigos y me diga:

-    No, no. Yo no juego.

Alto. Alto ahí.

Mejor que interrumpir es escuchar. Y una característica superadora a la ansiedad es la paciencia, porque en la paciencia hay calma y reflexión. Mientras que en la ansiedad hay impulso y demencia.

Si exageramos. Claro.

Porque no voy ahora a decir que el ansioso es un loco. Que sólo se constituye en su locura por interrumpir. Por mirar desde lejos y participar.

No.

No diré eso. Porque haría que otro también observe esa disidencia. Descubra cierto desbarajuste de la afirmación. Y levante estoico la mano.

Para puntualizar esa sutil diferencia entre la fallida verosimilitud de lo dicho. Que procuraba pintar el mundo tan solo con unas breves palabras.

Pero no nos distraigamos ahora. Volvamos a lo nuestro.

A la temática y al énfasis de lo dicho. La determinación que hoy acontece.

Todos jugamos.

Todos participamos de ciertas trampas, propias y externas que nos constituyen, y se nos imponen.

Y todos tenemos el desafío de liberarnos de ellas.




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Y entonces...

Y entonces qué? –le dije agobiado.

Cansado de terminar el relato comprometido, hacer la pausa oportuna y escuchar la misma respuesta.

Me miró como quién recibe la provocación. Permaneció en silencio y sostuvo la mirada.

Yo no soy el guapo del novecientos. No me gusta hacerme el malandra, caminar erguido como para enfrentarlo todo. Y desenfundar el puñal.

Para ajusticiar luego.

Apenas lo miro al hombre que me agobia, saco pecho como un niño que exige una explicación.

Que se ha ofendido, porque descubre que no pasa nada con el juego. Y se siente burlado en su sana predisposición.

Sostengo entonces la mirada clavada en la respuesta que no llega.

Mientras las palabras retumban.

Y permanezco en silencio, frente a aquél psicólogo de aquellos años.

En la última sesión.



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Tristeza

Debe ser el tema de la vida que marcha.

Avanza sin detenerse, mientras somos apenas partícipes secundarios de una representación que nos excede.

De ahí debe venir la tristeza, los vestigios de esa sensación extraña que permanece en las profundidades. Se sostiene en un recóndito lugar del ser, mientras camino.

Ando por la vida.

Como quien pasea entre vaivenes y circunstancias, para observarlo todo. Muchas veces con ojos abiertos, muchas veces sin ver.

Es raro sentir que la vida nos habla aunque no la escuchemos. Aunque nos hagamos los distraídos y miremos para otro lado.

Todos crecemos. Todos cambiamos.

Hasta el mismo cuerpo avanza sigiloso y en silencio hacia un natural despliegue, una transformación que opera inadvertida para nosotros, pero tarde o temprano se hace visible para los demás.

Es triste bucear en las certezas que nos sobrepasan. Mientras nos empeñamos por simplificarlo todo.

Sonreímos ante la foto, o brindamos con champán.

Aunque la tristeza de fondo permanezca y nos recuerde que acontece.

Sólo para que la observemos, cuando nos ha venido a buscar.



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