viernes, 4 de marzo de 2011

Atrapado


Estaba atrapado.

Eso es cierto. Eso es así.

Arrinconado, diría.

Casi enjaulado. Maniatado. Rodeado.

Apresado.

Quizás apresado. Esa es la palabra. Esa es la imagen, la justa precisión del hecho que ahora me perturba. De la condición que en este instante reclama mi atención.

Apresado.

La palabra correcta, oportuna. Indicada.

Apresado entre ideas que me abrumaban. Miradas de pasado. Análisis de presente. Proyecciones de futuro.

Una catarata de instancias que suponían cierta jerarquía y convocaban momento a momento mi atención. Como si fueran situaciones relevantes que exigen máxima urgencia.

Tonto.

Porque obraba en consecuencia.

Respondía a estas perturbaciones con ímpetu. Como un disciplinado, servil, obsecuente.

De la mente.

Que hacía de las suyas.
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domingo, 27 de febrero de 2011

Explorador


Creo que explicamos para entretenernos. Más bien, no explicamos. Si no que nos lanzamos con ímpetu hacia el entendimiento.

Perseguidos vaya a saber por qué pretensión intelectual que procura cierta elucidación.

Allá vamos, con ímpetu, entusiasmo, predisposición.

Si no fuera por esa indagación alentada por cierta expectativa, cruzaríamos los brazos y renunciaríamos al hallazgo.

Pero vamos. Bien que vamos.

Un, dos, tres…

Avanzamos como soldados como si visualizásemos el objetivo. Marchando, hacia su encuentro.

Con la esperanza de siempre, que todas las neuronas se movilicen encontrando su lugar correcto. Hasta que por fin alcancen las síntesis auspiciosas que resulten liberadoras y atendibles.

Para observarlas luego con cierta curiosidad y en silencio.

Esperando hacia el final, que se haga la luz.

Y aparezca el descubrimiento.

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Autoenojo


Yo me enojo conmigo mismo.

Por qué.

Motivos no me faltan.

De vez en cuando, por supuesto. Prima la razonabilidad, el buen criterio. La consecuencia que se revela en los actos.

El buen tino, podría agregar. Sosteniéndome ahí, en esa zona descriptiva que anuncia con pretensión de precisar. De entregar el detalle finito de la situación que inquieta.

Pero no me adentraré en otros menesteres. Evadiendo quizás con cierta sutileza lo que me reclama atención. Lo que en verdad me movilizó a correr y enchufar esta computadora.

El autoenojo.

No es frecuente, pero suele manifestarse. Hacerse presente cada tanto.

De modo que ahora simplemente lo observo. Lo contemplo con calma para desentrañarlo. Ver qué lo incentiva, qué lo provoca. Cuáles son los motivos íntimos que alientan su aparición.

Porque el autoenojo se presenta. Pero es también una condición que se arriba con propósito. Con la determinación de quien quiere subir la montaña, prepara sus menesteres e inicia con esmero sus pasos.

Hasta que llega a la cima.

Para enfrentarse cara a cara con él. Que le revela la verdad. El fundamento de su encuentro.

Entonces, sólo le queda a uno observarse. Con el propósito de quien procura entenderlo todo.

Se pregunta. Se responde.

Observa lo que pensó, lo que dijo, lo que hizo.

Se vuelve a preguntar.

Se reta también un poco.

Y se manda a mudar.
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viernes, 25 de febrero de 2011

Venir a Decir


A mí no me gusta que me vengan a decir.

Que elucubren el momento, el lugar, el instante preciso.

Las palabras indicadas.

Para desplegar el cuento que quieren contarme.

No me gusta.

Será que me obligan a ser testigo de la mentira. De asentir sobre un relato falso.

Un cuento minucioso en la forma, pero impreciso en el alma. Que apenas enmascara la realidad, revelando la hipocresía.

Resulta incordioso actuar de quien cree frente a la mentira.

En verdad no es el venir a decir lo que me perturba de algún modo. Porque tampoco es que me desvela ni mucho menos. Sólo diría que me inquieta en el momento, en la circunstancia.

Luego se esfuma como el viento. Para caer después en la intrascendencia del olvido.

Lo que me molesta es el meollo que orquesta el relato en apariencias razonable.

Si, sí.

Lo que me molesta es la cobardía.

De quien se cree demasiado vivo. Y no se da cuenta que en verdad es demasiado tonto.
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lunes, 14 de febrero de 2011

Palabras


Yo quiero que la inspiración me use como medio para compartir ideas sanas y positivas. Confío en la incidencia de la escritura para facilitar bienestar. Para provocarlo desde cada palabra y cada párrafo.

De modo que me entrego a la inspiración con la predisposición de facilitar este extraordinario hecho. Algo que realmente me entusiasma y me reconforta de sobremanera.

Si no fuera así, no escribiría.

Escribo porque confío en las palabras. En las oraciones. En los párrafos.

Creo en ellas tanto que pienso que pueden ser la mejor de las bendiciones para el hombre, para la sociedad, para el mundo.

Cuando llegan las palabras que hacen bien, el hombre se transforma.

Sus circunstancias se transforman.

Y el mundo se transforma.
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La Pared


Es posible que la escritura a veces diga.

Quedate ahí. No más.

Por qué ahí. Por qué ahí no más.

Yo quiero avanzar. Decir algo nuevo, jugar a elucidar…

- Ahí.

No sé por qué pero puede ser que la escritura pida que uno se detenga. Que no avance ni un poquito más. Que se quede ahí, en lo dicho.

Dando una vuelta. Dos vueltas.

Una vuelta más.

Quietito.

Sin avanzar hacia un nuevo renglón. Un nuevo párrafo que permita advertir el carácter novedoso de lo no dicho.

Entonces uno se inquieta como un niño en penitencia. Que no lo dejan salir de la pieza.

Se aburre dando vueltas en la cama.

Prendiendo y apagando el televisor.

Y mira la pared, sin que pase nunca nada.
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