martes, 9 de febrero de 2010

Vivir en Palabras


Hace un tiempo tuve la percepción de que había tomado una decisión. Vivir en las palabras.

No sé cuándo, ni porqué. Pero caí en el mundo de las palabras.

Zambullido, permanezco.

¿Cómo caí?, ¿Por qué me zambullí?, ¿Permanecer?, ¿Salir?

Demasiadas preguntas para quien no busca hoy respuestas.

Pero aquí veo palabras, me arrinconan, me rodean.

Las palabras vienen, van. Se esperan. Se vuelven a ir.

Tironean, provocan.

Aquí hay palabras, que quieren jugar como niñas. Todo el tiempo.

Entonces, las acepto y entiendo. Es lindo vivir en las palabras. Ellas lo saben, y yo, yo a esta altura, debería saberlo.

No digo nada, y miro para otro lado. Pero ellas quieren jugar.

Y yo no digo nada, y ellas quieren jugar.

Hoy visito la realidad. Mañana…

Mañana tal vez vuelvo.
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domingo, 7 de febrero de 2010

Piedritas



Creo que he decidido de alguna manera rendirme. Ofrecerme una explicación que me resulte razonable y efectiva. Para seguir luego caminando o saltando por la vida.

La vida es un continuo de problemas y soluciones. Que pueden variar esencialmente en su jerarquía.

Serían como piedritas. Piedritas en el zapato.

Al caminar se advierte cierta incomodidad que perturba. La piedrita se ha hecho presente y se anuncia estoica.

Pasos más, pasos menos, la piedrita está.

La vemos, la sentimos, la observamos, la explicamos.

A veces la piedrita es chiquitita, casi que no molesta. Pero está, es claro que está.

Con diámetros más o menos grandes andamos todos con una piedrita en el zapato que nos reclama atención.

Hasta que un día nos enojamos. Tenemos claro que la vamos a combatir. No puede ser que debamos convivir con ella. No es justo. No, no.

Por fin nos detenemos en el camino.

Y revoleamos el zapato.
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jueves, 4 de febrero de 2010

La Inspiración



Creo que en verdad no es uno quien decide lo que va a cargar en los párrafos. Hay una voz silenciosa, que se expresa con frecuencia.

No es que se escuchan palabras, y a uno le indican. Escriba “casa”, y va por el renglón a escribirlo. Escriba “árbol”, y lo escribe.

Uno solo traduce cierto silencio que vino a provocarlo. No sabe muy bien cómo llegó, pero se le presentó de frente y le exigió atención.

Es como que alguien se acerca y le dice. Ahora, ahora a escribir. Y usted estaba lavando los platos, dándole de comer al perro, o cazando víboras.

Ahora, escucha de nuevo. Ahora a escribir.

Entonces, permanece atento. Sabe que vendrán palabras, que ordenarán párrafos, que ofrecerán sentido.

De modo que en silencio permanece. Imperturbable, atento.

Feliz como un niño, se encuentra expectante. Ya está listo para abrir un paquete prometedor, que se muestra como el mejor regalo.

Usted no sabe que hay adentro. Pero qué le importa, sabe que va a abrir el paquete.

Así que procura ser consecuente con la energía que inquieta y pugna por revelarse. Con el propósito de ofrecerse para que un decir que necesitaba ser escuchado, se exprese.

Usted lo tenía que recibir, y otros. Otros lo tenían que escuchar.

Se predispone entonces, y escribe.

Como si fuera sólo un obrero de las palabras.
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martes, 2 de febrero de 2010

Mi Silencio



Creo que el motivo de este escrito es atraparlo, agarrarlo del cogote y callarlo de una buena vez.

Por eso recién debo haber acelerado los pasos. Porque lo advertí, lo vi, lo encontré…

Ahora sólo tengo que cumplir mi propósito. Hacer justicia y terminar con esto.

Me tiene realmente cansado, agobiado para ser más exacto. O podrido para sintetizarlo con precisión.

Todos los días está, pero hoy, justo hoy, fui tan tonto que lo dejé venir con toda la fuerza. Recién ahora advierto mi torpeza…

Pero se terminó. Se terminó.

Lo vi, lo encontré y ahora lo voy a callar para siempre. Para que se termine de una vez su juego. Que está claro, no lleva a ninguna parte. Confunde, perturba, aturde…

Todo empezó cuando decidí viajar en auto con la radio apagada cinco horas. Solo, con la radio apagada, la música apagada.

Sólo yo y el silencio.

No lo hice sin darme cuenta ni con una pistola en la cabeza, sino porque necesitaba escucharlo.

Así que arrancamos al mediodía y nos marchamos juntos. Pero al poco andar comenzó todo. Escuché conversaciones pasadas, sentí conversaciones presentes, oí conversaciones futuras.

Oí lo que yo pensaba en ese momento, hace un tiempo, lo que pensaría en el futuro. Oí lo que pensaba otro, también en el pasado, presente, futuro. Oí amigos, amigas, tíos, primos, padres, hermanos…

Un auto repleto de gente no hubiera hablado más que este silencio chamullero.

Ahora me di cuenta, hoy lo descubrí.

Por suerte hoy lo vi. Porque venía molestando desde hace años. Así que ahora lo tengo acá al ladito, quietito.

Tienen que verme la cara de felicidad por haberlo atrapado.

Debería permitirme un párrafo para cierta saludable contradicción…

No diré que es malo el silencio, porque es enriquecedor, esclarecedor. Muchas veces es buenito, nos dice cosas lindas, remarca momentos inolvidables. Nos vuelve a decir la frase perfecta, la que no olvidaremos nunca. Porque nos gusta, porque es arte, porque eso sí, eso sí es intensidad.

Pero hoy estoy enojado, así que espero con este escrito que yo haya aprendido. El silencio reciba unos buenos sopapos.

Y por hoy, al menos por hoy, no me hable más.
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domingo, 31 de enero de 2010

Piedrita de Domingo



Tres vueltas corriendo y después una breve caminata. Agarré una ramita bastante larga y de pronto encontré una piedrita. Aquí empieza la historia.

Llevaba la rama en la mano derecha. Una perra me acompañaba por detrás. Y mi vista clavada en la piedrita.

Uno, dos, tres pasos.

Pum, con la derecha.

Cuatro, cinco…

Pum, con la derecha.

La vista en la piedrita y yo con la derecha. Rítmicamente, al unísono.

Pum, con la derecha.

De pronto pensé que podría darle con la izquierda. Que la perrita me acompañaría igual y que sólo sería cuestión de preservar el ritmo con la vista clavada en la piedra.

Antes de pensar más, sonreí.

Pum, con la izquierda.

Y así fui, nuevamente rítmicamente.

Pum, con la izquierda.

Paso, paso, paso.

Izquierda.

Paso, paso, paso.

Izquierda.

Recorrí el parque unos doscientos o trecientos metros. Hasta que se me ocurrió poner fin a este cuento.

No sin antes hacer unos metros de intercalado. Tenía que darle una con izquierda y una con derecha.

Eso también fue rítmico, y estuvo bien logrado.

Caminé pausado unos cuantos metros más…

Hasta que me frené de golpe y agarré la piedra. La perra se detuvo y me observó alerta. Así que medí la distancia hasta una columna verde. Y pensé que darle desde lejos liberaría tensiones.

Tomé aire, apunté…

Pero pasó a un metro.
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El Papel del Abuelo


Era muy chiquito cuando acompañaba al abuelo a trabajar al criadero de pollos. El emprendimiento lo había iniciado mi padre y era el abuelo quien lo llevaba adelante. Así que juntaba los huevos, los repartía a comercios, les daba de comer a las gallinas y cada día recibía a unos pocos clientes.

Yo lo acompañaba cada mañana, cuando tenía cuatro o cinco años. Así que íbamos de un galpón al otro juntando los huevos o alimentando a las gallinas.

Durante la mañana siempre llegaba algún cliente. Muchas veces señoras mayores venían a comprar pollos. Aunque tal vez, nunca lo supe, íntimamente también impulsaban sus pasos la motivación de ver al abuelo.

Eso no lo pensaba por aquel entonces, pero ahora viene, se me ocurre. Y lo escribo.

En cualquier caso la clienta llegaba al mediodía o sobre la mañana. Y pedía como era habitual uno o dos pollos.

Eso ocurría casi todos los días. Así que desde cualquier galpón escuchábamos el timbre, dejábamos lo que estábamos haciendo y salíamos disparados para la oficina.

Al cabo de varios clientes me di cuenta lo que hacía el abuelo. Lo descubrí en silencio y nunca dije nada.

Entonces un día resolví ir a la oficina y le dije que me quedaría escuchando la radio. Todavía recuerdo esa radio naranja que sacaba voces por arte de magia.

Pronto estaba listo. Agarraba hojas de diarios y las ponía con cierto cuidado sobre la balanza. Una sobre otra procurando cumplir el objetivo, que los pollos pesen más. O, a decir verdad, que los pollos pesen lo que tenían que pesar.

Llegó por fin un cliente y el abuelo apareció apresurado. Yo en silencio sólo esperaba que por fin se hiciera justicia. Así que me quedé callado participando de la escena.

Pero el abuelo sacó de un plumazo las hojas que había agregado y eliminó ese peso.

Mi meticuloso esfuerzo de simular las hojas se desmoronaba en menos de un segundo. Apenas las vio, las sacó sin pensarlo.

No dije nada y continué observando hasta que se reveló la verdad.

Otra vez cobraba los kilos de pollo y entregaba doscientos o trescientos gramos de más.

Demasiada injusticia para el trabajo del abuelo.
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