sábado, 30 de enero de 2010

Sobra un Día


Creo que mi mayor aliada de 2010 es esta hoja en blanco. Me peleo con ella, me enojo, pero finalmente me amigo.

Si no estuviera, me decretaría vencido. O muerto para ser más efusivo.

Y no quiero dramatizar hoy, aunque sienta que sobra un día.

Otra vez mi cabeza en un lugar, mi cuerpo en otro. En el medio un día que sobra, o unas horas que están de más.

Digo esto y sé muy bien que tiene que ver poco con la simpleza. El compromiso saludable que alivia la complejidad.

Pero reconozco la trampa y decido permitirme forcejear con los barrotes.

A decir verdad, no forcejeo. Sólo me acerco y ni siquiera sé si los toco, para medir su resistencia.

No los toco porque no me interesa doblegarlos hoy. Por eso los percibo, y eso es suficiente.

Ahí están. Yo los veo y ustedes deberían verlos.

Pero hoy me quedo un rato más en mi jaula. Sólo para percibir la persistencia de cierta sensación que agobia. Como para entenderla, y ofrecerle el lugar que reclamaba.

Espero en unos minutos más estar realmente cansado. Enojarme con la idea de que sobre un día. Abrir la jaula.

Y salir.
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viernes, 29 de enero de 2010

Uno Sabe...



Uno sabe siempre muy bien lo que quiere.

Bueno, no. Diría que uno sabe siempre lo que quiere. O bien para ser más justo, más preciso, debería decir que uno sabe lo que quiere. Tal vez no siempre, tal vez a veces.

Si, sí. Es así. Uno a veces sabe lo que quiere. Parecería que es así, así de simple. Que uno lo sabe, bien lo sabe. Sabe a veces lo que quiere.

Porque uno bien sabe a veces qué es lo que quiere. Eso es claro. Eso es así. Uno a veces sabe, sabe. Lo tiene claro. Se mira al espejo y dice, sí, sí, es por ahí. O lo siente, lo percibe en el corazón, en el sueño revelado.

Acá no vamos a engañarnos, acá lo tenemos más que claro.

Hay que decir sin temor a equivocarse que uno sabe a veces lo que quiere. Haciendo esa salvedad, reconociendo que es “a veces” no siempre, estaría la verdad. Por fin la certeza. La certeza que aparece por reconocer la humildad. Por dejar notar ese atisbo de duda, que acepta “a veces”, que reconoce esa precariedad. Aún sabiendo que siente la motivación de decir “siempre”, pero se queda ahí. En el “a veces”, ahí justito, uno se queda en el rincón. Con ganas de dar el paso y decir siempre. Pero queda como contenido, en el rinconcito, diciendo a veces.

Diciendo que uno a veces sabe lo que quiere.

Contento entonces uno afirma, alza la voz. Certifica.

Uno a veces sabe lo que quiere.

Aunque no sé si es tan así. Porque en verdad es a veces sí y a veces no. Con lo cual entonces lo cierto es que no sabría.

Ahí está uno no sabría lo que quiere. Ahí sí, ahora sí. La verdad llega tarde o temprano y ahora se ha presentado. Para decir que no era a veces. No, no. No era a veces como uno pensaba, suponía o se convencía.

Uno no sabe lo que quiere. Y debería saberlo porque ya es grande.

Pero uno no sabe. Y debería saberlo.

Eso sí, debería saberlo. Acá no hay dudas. Con esto no jugamos. Somos grandes. Vamos, vamos, no jodamos con esto. Tenemos alma de niños pero somos grandes.

Pero uno no sabe. Y debería saberlo.
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Uno debería saber lo que quiere.
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jueves, 28 de enero de 2010

Seis Treinta


Hoy amanecí demasiado temprano. A las 6.30 horas para ser más exacto.

Desconozco los motivos de esta imprudencia. Pero algo llevó a movilizarme de la cama, abrir los ojos y ponerme frente a la vida. Bien despierto.

Esto ocurre en pocas circunstancias. De manera que yo sé, muy bien sé, que sería inútil cerrar los ojos. Porque no hay nada de sueño y algo extraño me mira y me dice…

Ahora, bien despierto.

Es así, lo vivo y lo siento.

Ahora, bien despierto!

Así que me resigno con alegría. Porque disfrutar la mañana es siempre una bendición.

Si pudiera -siempre pienso- cada día a las seis estaría en pie frente a la vida.

El aire es más puro, el silencio tiene mayor presencia, y percibo el beneficio de la quietud que lo abarca todo, y que más tarde o más temprano despabila.

Porque cuando todos despiertan, la quietud se vuelve bullicio y el mundo ya no nos pertenece.

Hoy es madrugada y la vida no puede ser más linda a las seis treinta de la mañana.
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lunes, 25 de enero de 2010

Sabiduría






Creo que la sabiduría aparece cuando uno no espera nada del otro. Se atreve a esperar del otro cualquier cosa y trasciende la peor de las puñaladas.

Es más, va hasta la escena del crimen para anoticiarse. Mira al otro estoico e invulnerable. Levanta su remera y pide unos buenos fustazos.

Luego lo mira, se levanta y se va. Como si no hubiera pasado nada, aunque se lleva el dolor para siempre.

Sería saludable trascender la expectativa sobre el comportamiento del otro y ascender así a esa instancia de desarrollo humano.

Tal vez el propósito de la evolución del ser sea alcanzar esa cima. Y los genios, esos sí que son genios, son los únicos que arribaron a la meta y nos miran desde arriba.

El resto tal vez sea chamullo o mérito barato. Aunque hay otras instancias que arriba el ser que son por supuesto meritorias y exhiben su carácter virtuoso.

Pero vuelvo al tema que nos convoca…

Demasiado tenemos con ocuparnos de nuestro comportamiento, como para responsabilizarnos de las decisiones o acciones de los demás.

No esperemos nada del otro. No esperemos nada de nadie. Subamos la cima de la sabiduría haciéndonos cargo de nuestros pasos.

Y si esbozo un atisbo de enojo, por algo será. Tendré mis razones y sus fundamentos para permitirme ponerme en guardia y propinar unos buenos puñetazos.

Si no me enojo más es porque no quiero agarrar este escrito y escurrirlo entre mis dedos haciéndolo un buen bollito. O bien buscar un fosforito, encenderlo y darle el destino que bien se merece.

Pero no voy a hablar de mí en relación a este tema. Aunque siento que voy escalando la montaña sin pausa para escindirme del otro. Y lo único que perturba, que sí debo mencionar porque me tienen realmente podrido, son estos mosquitos de mierda que se la agarraron conmigo.

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domingo, 24 de enero de 2010

La Gran Poli


Las llamas se percibían a lo lejos y eran demasiado grandes como para no divisarlas desde la reposera. Así que me paré para advertir si se trataba de un incendio en el terreno en el que estaba, o bien ocurría en un terreno vecino.

Unos pasos bastaron para confirmarlo. Justo en la esquina estaba ardiendo el fuego con llamas que llegaban hasta la punta de los pinos.

En menos de un segundo corrí para precisar lo que ocurría. Y llegué hasta unos metros de la llamarada, donde se encontraba el cuidador observando.

Llegué alborotado gritando desde lejos. Pero Poli contemplaba las llamas como si fuera un espectáculo imperdible.

Tenía razón, lo era. Muchos metros de llamas en todos los colores que llegaban cada vez más alto. El fuego devorando todo el rincón del terreno, amenazando tomar los árboles cercanos, y él observándolo todo en silencio.

Con pocas palabras nos pusimos de acuerdo. El estaba quemando el pasto y decía tener la situación controlada. A decir verdad, el tenía razón porque hasta ese momento. Justo hasta ese momento podría aceptarse que no había incendio.

El estaba seguro que ese fuego amenazante se iba a apagar. Y yo, a juzgar por la situación, sólo me permitía trasladarle el beneficio de la duda.

Así que le transmití mi preocupación porque era claro que las llamas no las podría apagar con una manguera común. El y yo lo sabíamos.

Pero obró con la tranquilidad de quien experimenta la certeza. Así que me dejé llevar por su confianza.

Observé un minuto y crucé los dedos para que las llamas no lleguen hasta los tamariscos.

Después, resolví desandar mis pasos y volver hasta la reposera con cierta resignación, como confiándole el destino a Dios.

Noté que las llamas seguían su ritmo y me pareció percibir que por fin Poli empezaba a inquietarse.

De pronto él caminaba a mi par alejándose del fuego. Nos íbamos los dos en silencio, hasta que lo miré y le pregunté:

- A dónde vas?

- A buscar agua.
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