¿Conviene luchar?
Siempre creo que la palabra más acertada es depende.
Depende.
Repito.
Primero y esencialmente, depende de cada uno. Si alguien es tranquilo, prefiere evitar problemas, se siente más cómodo agachando la cabeza, amoldarse a la injusticia o el despropósito que fuera, puede estar mejor, quizás, en el extremo de evitar luchar o recambiar directamente a esa alternativa.
Sufriendo por supuesto las consecuencias de quien no lucha. Lo pasan por arriba o le imponen vaya a saber qué cosas.
Pero evitar la lucha es una posibilidad, nadie puede negar que en el extremo de la cobardía puede residir el ser pusilánime.
Y que esa postura es lícita y asumida por un montón de personas dispuestas a dejar el mundo como está sin asumir ningún ánimo combativo ni ponerse siquiera en guardia en defensa de sus propios intereses.
Por otro lado, y en el otro extremo, está el ser combativo. Bravucón y pendenciero.
Ojito con ese.
Apenas lo mirás es capaz de darte un castañazo.
Sin motivo, muchas veces.
Así que ese es bravucón, está siempre en guardia y combate cada día.
Lucha cuando conviene luchar y lucha cuando no hay motivo razonable ni aparente para luchar.
Y entre ambos extremos aparece el ser que podríamos definir como criterioso.
No vive en el extremo de los pusilánimes y acomodaticios que no luchan ni siquiera por ellos mismos. Ni está en el extremo de los pendencieros que viven para combatir con causa o sin causa.
Luchan cuando vale la pena luchar, porque advierten muchas veces que el mundo no puede quedar como está.
Se hacen cargo de su incidencia para defender o transformar positivamente la realidad.
Y luchan cuando hay que luchar.




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