El disciplinamiento
A todos tarde o temprano nos quieren o nos han querido disciplinar, con los fines que fueran.
A mí me han dado duro con el látigo varías veces.
Chiste.
Pero, ¿por qué nos quieren disciplinar y no nos dejan ser quienes somos y hacer lo que se nos antoje?
Porque hay que encajar, adaptarse, cumplir las normas.
Estar delimitado por los usos, las buenas costumbres, lo previsible de las circunstancias que fueran.
No se puede ir de malla y camisolín a la fiesta de casamiento.
No.
Tampoco está bien visto ir de traje a la playa.
Pero ese no es el tema, el meollo es sobre otros disciplinamientos que encauzan nuestra conducta y restringen nuestro ser.
Ahí está la cuestión. Lo relevante del asunto. La voluntad ajena que amenaza con represalias o castigos mientras incita a apichonarnos.
Y es en ese espacio existencial donde vale la pena dar batalla, defender la dignidad, autoafianzarse como sujeto y recibirse de persona madura dejando atrás al niñito asustadizo y dócil que el aparato reprensor de los mecanismos de reproducción social del sistema capitalista colonizador y globalizante de los tres o cuatro tipos que manejan el mundo nos han sabido inculcar.
Y que, a no dudarlo, entretejen maniobras tan sofisticadas como perversas para manejar el mundo a voluntad y movernos a nosotros, pobres mortales debiluchos, como si fuéramos marionetas de designios ajenos.
De modo que hemos de luchar y rebelarnos.
A todo o nada.
Matar o morir.
Y dicho todo esto motivado quizás por la ideología que cree que somos susodichos pobrecitos de la capacidad de maniobra de tres o cuatro fulanos que lo entretejen todo, hemos entonces de pensar qué hacer ante los innumerables mecanismos de disciplinamiento que nos encarcelan y restringen.
Y que algunos respetan y vanaglorian hasta el punto de la despreciable obsecuencia que doblega su dignidad. Aceptando esencialmente ser quien en realidad no son.
Meditemos en paz y con el compromiso que demanda esta cuestión.
Preservemos también por favor la confidencialidad del caso.
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