El poeta
Son las cuatro de la tarde y estoy en la playa de Necochea sentado en la repostera mientras leo un libro. El sol está demasiado fuerte pero no tan fuerte como para sofocarme y convencerme de que es mejor levantarme de la repostera e ir directo al mar a darme un chapuzón.
Sé muy bien que mi espíritu prefiere morir sofocado ante el sol implacable que llevar mi cuerpo hasta el mar para mortificarlo con una temperatura helada e innegociable, capaz de atravesar la piel y hacer doler los tobillos.
Maricón, me digo.
Pero sigo leyendo.
-Drogas, drogas. Hay drogas.
Quito la vista del libro y veo a lo lejos. Es un hombre de unos treinta y pico que anda en cuero con una lata de cerveza Brahma en la mano. Camina tambaleando entre la gente y grita mientras avanza ante la mirada de quienes estamos en la playa.
-Drogas, hay drogas.
Otro hecho de decadencia, pienso, mientras miro que no hay ningún policía a la vista y siento que la ciudadanía está expuesta a cualquier boludo que se le ocurre hacer cualquier cosa, con la impunidad que ofrecen los países bananeros.
No puedo ser tan duro, reflexiono. Y me quedo calmo, sigiloso, con la vista clavada en el libro. Mientras veo que el hombre repite el grito desaforado a plena luz del día.
No va a venir hacia mí, pienso. Estoy en un mundo ajeno.
Vuelvo a escuchar los alaridos y percibo que el muchacho se acerca hasta que de repente llega hasta mí y se frena.
-Disculpe, ¿usted es poeta? -me dice desalineado con la lata de cerveza en la mano cuando yo levanto la vista del libro.
-No -suelto breve con gesto de pocos amigos, al tiempo que dejo el rostro adusto con la intención de desalentar la incipiente conversación.
-Pero usted seguro que es poeta -insiste-. Por eso pensé en pedirle un cigarrillo, porque como es poeta seguro es bohemio y fuma.
-No fumo -le digo complaciente, como lamentándome de no poder colaborar con las intenciones que lo perjudican.
-¿Pero seguro que no es poeta?
-No -respondo seco mientras sonrío.
Pienso que el hombre se puede fastidiar, me puede tirar la cerveza si desencadena su enojo o clavarme un cuchillo. Siento que estoy exagerando y que los malos pensamientos deben tener reminiscencias en los antepasados y los miedos.
Pero estoy atento para levantarme ante cualquier imprevisto de la repostera y noquearlo con una patada voladora.
Vuelvo la vista al libro y persisto de manera sigilosa.
El hombre se da vuelta y continúa su caminata.
-Drogas, drogas. Hay drogas -vocifera desaforado.
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