jueves, 29 de enero de 2026

Enero en la Feliz


Es increíble la cantidad de gente que se deja arrastrar por el prejuicio y luego queda embarcada en él, reduciendo sus vidas a delimitaciones que más de una vez no concuerdan con la realidad.

Ni loco voy en enero a Mar del Plata, está explotado de gente.

Lo dijo ayer por WhatsApp un estimado compañero de trabajo. Y días antes otro hizo un comentario similar.

Es para ellos una tortura aventurarse a ir a Mar del Plata en enero. Están convencidos de que no se puede estar en ninguna parte porque hay gente por todos lados, como si salieran a borbotones de todas las baldosas.

Por decir algo.

Colas para esto y lo otro, dicen.

Lo último que haría es ir a Mar del Plata en enero, rematan más de una vez.

Hacés bien, suelo decir. Y no agrego más nada.

No me quiero hacer cargo de la ignorancia ajena.

Pero me llevo la inquietud hasta este escrito, haciéndome una primera pregunta.

¿Fueron alguna vez en enero a Mar del Plata?

La convicción en la respuesta no me la quita nadie. Apostaría todo a que no fallo.

No pisaron nunca en enero la hermosa ciudad.

Se la perdieron este enero y su convicción por el prejuicio que sostienen a rajatabla hará que se la pierdan todos los eneros que restan hasta el final de sus vidas.

Es comprensible, el prejuicio los delimita, los reduce a vivir la tranquilidad que conocen: el mismo arbolito, la misma calle, el mismo vecino.

Algo muy distinto a lo que puede ocurrir en la gran ciudad, que depende de la actitud de cada uno para que sea una tortura o una fiesta inolvidable.

Nadie va a renegar de la comodidad y la previsibilidad que aporta la conocida tranquilidad. Ahí se puede residir en paz y bienestar.

No voy a cuestionar el beneficio de regar todos los días las mismas plantitas.

Pero sospecho que la memorable vida ocurre en la intensidad. Los recuerdos se gestan fuera de la zona de rutina, cada vez que la persona sale a encontrarse con un mundo que desconoce.

Son esos momentos que luego cada uno rememora y sirven para recordarle que en verdad estuvo vivo.

Ir a Mar del Plata en enero implica que siempre esté, por supuesto, el riesgo que significa vivir más.

Se puede ir a un lado o al otro. Hacer lo que a uno se le antoja. Perderse en innumerables experiencias novedosas. Cruzarse vaya a saber con quién.

Cenar frente al mar sin hacer cola.

O ir a restaurantes donde lo esperan sin demora con la mesa servida.

Pero es cierto, está abarrotado de gente, son cientos de restaurantes, teatros, decenas de playas, miles de comercios, bares.

Vienen personas diversas de todas partes.

Y sí, es peligroso venir a Mar del Plata en enero.

La vida puede dejar de ser previsible, tranquila, rutinaria y chiquitita.

Se puede vivir más.


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miércoles, 28 de enero de 2026

¿Qué hacer antes de morirnos?



Es como toda pregunta relevante existencial, una convocatoria personal e irrenunciable.

Porque determinar lo que habría que hacer en nombre de todos sería a todas luces un acto de abusiva arrogancia o desmedida convicción.

Apenas si uno con suerte puede inquietarse un poco y darse algunas respuestas que más o menos lo guíen como para alinear su tiempo de manera efectiva en los cursos de acción que considere convenientes.

Digo esto con los pies en la arena, viendo el mar.

Lo cual me hace pensar que voy bien.

Aunque como siempre, no estoy absolutamente seguro.

Pero estoy muy seguro, debo confesar.

Este mar y esta arena no mienten.

¿Entonces?

Aprovechar el tiempo sería un indicativo autoimpuesto. Y aprovecharlo siendo quien uno es. No va a andar adosándose máscaras y el esforzado trabajo de pantomimizarse para ser un simulador que se orqueste a las necesidades o exigencias ajenas y se distancie de quien auténticamente es.

Eso no.

Lo primero es, desde mi punto de vista, ser.

Y cada uno es como auténticamente le sale ser.

Si va para allá, va para allá. No lo jodan diciéndole que en su caso sería mejor ir para otro lado o dar cierta vuelta en firulete.

Si va para allá, vaya para allá.

Punto.

Oídos moderados al exterior. Oídos innegociables al interior.

Los otros no siempre hablan boludeces.

De modo que para andar sintetizando y diciendo algo que al menos inquiete, si no alcanza a inspirar, diría que cada uno debe encontrar sus respuestas.

Y sugeriría para eso aferrarse a su auténtico ser. Porque las respuestas genuinas y apropiadas las va encontrar en su interior.

Para eso es bueno estar atento. Ver dónde emerge la sonrisa primero, y la carcajada después.

Advertir donde se encuentra con el entusiasmo.

Y donde se embola.

Donde aparece esto es lo que quiero.

Y advertir también donde está incómodo o a disgusto. Donde es mejor huir y desaparecer.

Porque por ahí no es.

Si cada uno está atento y mira estas cuestiones, va a aprovechar bien su tiempo. Va a obrar en consecuencia con su genuino ser.

Y va a saber que carajo debe hacer antes de morirse.


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sábado, 24 de enero de 2026

¿Qué ves?



No debe haber pregunta más interesante que esa. O bien más posibilitadora que esa.

Lo de más interesante lo podemos discutir. Y lo otro por supuesto también.

Las generaciones son una farsa.

Cualquiera que las observa con un mínimo de atención lo sabe. O por lo menos cree que es así.

Saberlo, lo que se dice estrictamente saberlo. Estar seguro de manera irrevocable y definitiva, y que la realidad diga una y otra vez que es así, eso tal vez no.

El tipo lo sabe. Punto.

No jodas.

Pero volviendo al meollo del asunto que hoy nos convoca y no sabemos bien por qué, ¿qué ves?, no es una pregunta menor o irrelevante.

Es crucial para definir quiénes somos y la vida que vivimos.

Si no preguntémosle a quien ve imposibilidad y no por todas partes. Ese tipo vive poco o casi nada. No conoce la palabra aventura, riesgo, incertidumbre.

Ni logro.

O conoce muy poquito, lo mínimo de lo mínimo.

Ve peligro por todos lados, los monstruos lo acechan.

¿Y qué va a hacer?

Se va a quedar quieto, por supuesto. No va a lanzarse en un despliegue memorable para construir vaya a saber qué cosas y qué futuro.

Con esa convicción el hombre no va a crear el celular, el auto, la electricidad, no va a vivir experiencias muy notables.

Más bien va a ir del trabajo a la casa. Y de la casa al trabajo.

Mirando quizás el partidito de fútbol, la serie de Netflix y tomando sus ricos matecitos con la patrona.

Por decir algo.

Nadie dijo que no se pueda ser feliz con una vida tan previsible y rutinaria. Capaz que el tipo prefiere la certeza de lo conocido a la posibilidad de reinventarse o vivir más.

Con regar las plantitas le alcanza.

Y está bien así. Cada uno es quien es y quien elige ser.

Conozco por ejemplo a uno que es feliz con esa vida chiquitita, y cuando sale de ahí se desestabiliza como loco, quiere volver con la mayor urgencia posible.

Pero uno es lo que ve, lo que puede ver, lo que se anima a ver.

Un futbolista profesional y exitoso metió varios goles mucho antes de ponerse siquiera la camiseta.

Lo mismo un empresario que hizo empresas.

O quien logró vaya a saber qué cosas.

Chiquitas o grandes.

No se trata de inventar el avión o la televisión, se trata solo de ver lo que aún la realidad no muestra, no solo para generar el mundo externo sino también para construirnos como personas.

Cuando alguien llega a una instancia que no tenía hay una primera condición que se cumplió con claridad, el primer partido que ganó fue siempre en la mente.

No fue azar ni casualidad, fue el resultado de imponerse en la batalla más crucial que debió librar, la que ocurrió en silencio en su mente.

La que le permitió que el sí le gane al no.

Que la convicción por el resultado derrote las argucias del mundo de las excusas.

Luego se apersonó la realidad.

Como resultado final de esa íntima batalla y como consecuencia del empeño irrenunciable en obtener el resultado que fuera.

Por eso ojito con este tema, porque cada uno termina siendo delimitado y posibilitado por lo que ve.

Nadie da un pasito más.

Hay quienes ven muy cerquita, y sus vidas reflejan su visión.

Y están los que ven más largo, más pretensioso.

También sus vidas los reflejan.

Salvo que uno alucine, pierda el sentido de su realidad y no se entrometa en los desafíos de obrar en consecuencia, comprometerse, construir las habilidades que fueran y trabajar con determinación debida, es muy difícil que lo que ve sea una fantasía.

Más tarde que temprano es su propia realidad.


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viernes, 23 de enero de 2026

La filosofía del mate




La inmensa mayoría de los argentinos no tenemos adicciones, pero sí tal vez un hábito que es recurrente.

Tomamos mate.

Como los uruguayos, y como tantos otros.

¿Por qué lo hacemos?

Puede ser porque nos gusta, pero hay otras cuestiones que no son menores y que operan en esa decisión.

¿Cuáles?

La comunión que establece, por ejemplo, el mate. Porque es en esencia una suerte de instrumento efectivo para el vínculo. Que opera en silencio, pero de manera categórica.

Si uno se inmiscuye en el asunto puede ver que la naturaleza implica un dar y recibir permanente.

Alguien alcanza el mate. Otro lo toma.

Salvo cuando cebo. Ahí suele ocurrir, mate para vos, mate para mí, mate para el otro, mate para mí, mate para el otro, mate para mí.

Y así sucesivamente.

Si bien no es sistemático el procedimiento, debo confesar que es bastante habitual.

Culpable.

Decía que entonces, metiéndonos en el vericueto, el mate establece un lazo de confianza. Hay un dar y recibir que nutre cualquier relación.

Damos mate, devuelven el mate.

Pero hay algo más.

Una disposición de confianza, que tiene que ver con compartir la bombilla e intercambiar, aunque sea ínfimamente, resabios de babas.

Cualquiera que lo ve así hace tiempo opta por tener su propio mate y cebarse solo. Aduciendo quizás a que tiene una permanente mucosidad que vuelve inconveniente participar de la velada de manera tradicional. Y por el bien de todos, por supuesto, es preferible atenerse a la precaución de no compartir su mate.

De modo que prepara dos mates. Uno para el susodicho, el otro para los parroquianos.

Entonces, para terminar y no andar parlanchineando en exceso sobre esta cuestión, lo cierto es que el mate realza el momento, nutre las relaciones, fomenta los buenos vínculos.

Y aporta esencialmente valor a las circunstancias.

No demos más vueltas y vayamos a preparar unos buenos mates.


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miércoles, 21 de enero de 2026

La redundancia


Hace tiempo que comparto los escritos con la inteligencia artificial para escuchar lo que dice. Suele hacer comentarios precisos y bien fundados. Y suelo discrepar en algunas instancias.

Por ejemplo, el tema de la redundancia.

Más de una vez sugiere amputar lo escrito para sintetizarlo y que sea más filoso, según sus propias palabras.

Pero no quiero ser filoso. Quiero ser claro.

Pienso.

Por lo menos dilucidar los conceptos y perspectivas que procuro compartir. Y proponerlos con elocuente simpleza.

La mayor simpleza de todas.

Tampoco quiero resignar ciertas pretensiones de lo narrativo. El lenguaje tiene una potencialidad estilística, estética, que sería inconveniente despreciar. 

En el trasfondo siempre está la potencialidad artística que puede aspirar cualquier desarrollo aún sin pretensiones literarias.

Resignar la posibilidad de belleza narrativa sería como obstinarse a bailar con la fealdad.

Y cualquiera debería estar dispuesto a bailotear con las más lindas.

Pero este tema de la redundancia me hace recordar a algunos libros que leí. Y que lo que hacían era repetir lo mismo casi en todas sus páginas.

No exagero.

Creo que está mal. Es decir, creo que está pésimamente mal.

No se puede decir lo mismo una y otra vez.

Cada párrafo algo debería agregar. Sea una mayor profundidad, un mayor desarrollo.

Un matiz.

O una idea nueva.

Son dos extremos de una misma problemática. 

La redundancia.

Vamos a empezar a mirarla entonces con mayor cuidado. Porque en el otro extremo está quien repite siempre lo mismo, y ese tipo es en exceso pesado y aburrido. 

Si está viviendo adentro mío, quédense tranquilos.

Lo voy a vigilar de cerca.


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domingo, 18 de enero de 2026

Llenar la cabecita




Yo siempre he llenado mi cabecita de manera abusiva y sistemática.

Sin pausa.

¿Por qué?

Porque creo en la posibilidad de avivamiento que es esencial para que te vaya bien en la vida. Y a mí, como a muchos, quiero que me vaya bien en la vida.

En todos los aspectos relevantes.

Así que desde muy chico no hice otra cosa que llenar mi cabecita con la inteligencia ajena. Leía todo lo que podía, convencido de que en los libros estaba el saber, y me atosigaba a voluntad con contenidos que me aportaban valor.

Todavía recuerdo los viajes que hacía en el colectivo Andesmar que iba de La Plata a mi querido pueblo de nacimiento, Coronel Pringles.

La panzada comenzaba desde el departamento. Agarraba no menos de cinco apuntes de distintas materias de la universidad, que metía directo a la mochila. Luego iba al estante de los libros y agarraba no menos de tres, casi seguro cuatro o cinco.

También agarraba un aparatito para escuchar inglés en mp3. Porque en esa época había un aparato diminuto en el que cargabas los archivos y podías escuchar esos audios.

Escuchaba todo en inglés para practicar y aprender. Así que me taladraba también con eso.

Y cuando llegaba a la terminal de micros de La Plata, compraba. A saber:
La revista Noticias, el diario La Nación, el diario Clarín y la revista Ñ. A veces sumaba Página/12, y los diarios El día y Hoy.

Todo metía con entusiasmo en la mochila que quedaba siempre desbordada.

Luego subía al micro, me ponía junto a un ventanal y comenzaba la panzada.
Pocas cosas me hacían más feliz que ese viaje que duraba como diez horas y tranquilamente podría haber sido interminable, si por aquel entonces hubiera podido elegir.

Lo único perturbador era la música bullanguera que a veces ponía el chofer y hacía que me levante y vaya hasta él para pedir clemencia.

De modo que llenaba la cabecita con la mayor cantidad de contenido que podía absorber, pienso ahora. De ahí que andaba atosigado, desbordado por rumiaciones internas y contenidos interminables.

Iba feliz como un niño repleto de caramelos. 

Solo intercalaba el consumo de contenidos con la vista sobre la ventanilla inmensa que cambiaba el paisaje.

Y debo reconocer ahora que no he desistido del propósito del avivamiento definitivo, que por supuesto aún no llegó.

Si bien sé que no llegará nunca, también debo reconocer que el atosigamiento ofrece sus frutos, uno siente que va dando algunos pasos.

Pero tengo que confesar que a esta altura el avivamiento también se va desplazando.

Por eso, si bien he pensado en reducir la ingesta de contenidos y desacelerar bastante, ni loco me quedo quieto.

Si corre, yo voy detrás.


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